Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 7 Portador de la Luz #2
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7 Portador de la Luz #2

Era una pregunta de niño, sin importancia alguna para su conversación, pero se sintió totalmente incapaz de ignorar la curiosidad. ¿Era la apariencia de Aria una proyección de lo que ella quería que él viera?

—Puedo aparecer bajo muchas formas. Soy una deidad. Manipulamos la textura de los mundos, los moldeamos según nuestros deseos y anhelos a través de las manos de nuestros Divinos. Me presento ante ti como Ari'atór, para que no tengas miedo.

No había hecho nada por calmar su curiosidad; de hecho, la había despertado, pues ¿por qué debería tener miedo?

—¿Tengo razón sobre este lugar? ¿Hay una Fuente en este bosque?

Ella sonrió, con la mirada abierta y honesta. —Sí. Y la invasión del sur debe ser atajada con presteza, manteniendo al enemigo lejos de ese lugar.

—No creo que tengamos suficientes efectivos. A menos que Tar'eastór venga y envíe suficientes guerreros, suponiendo que puedan llegar a tiempo.

—Hay otro ejército aguardando tus órdenes, solo en caso de que lo necesites.

Fel'annár se sobresaltó y sacudió la cabeza. —¿Dónde?

Aria miró hacia las ramas que los rodeaban y luego volvió la vista a su Ber'anor. —En los árboles. ¿Dónde si no?

—Están demasiado lejos de las murallas de la ciudad para ser de ayuda…

—En los árboles, Ber'anor.

—¿Los Shirán? Pero… ¿acaso no los mandáis vos?

—Sí. Pero no puedo intervenir directamente en Bel'arán, Fel'annár.

Mi voluntad debe cumplirse a través de los Divinos, a través de almas que están vinculadas a todos los mundos élficos.

El Ber'ator y el Ber'anor actúan en mi nombre.

Es algo necesario, pues el poder absoluto traería consigo la corrupción.

Es la ley de la existencia. Las cosas deben hacerse por las razones correctas y en el momento oportuno; en el mundo adecuado. Los dioses no suelen ser una excepción.

—Pero estás aquí, dándome órdenes, diciéndome qué hacer.

—Sí. Y, sin embargo, eres libre de elegir en este mundo.

Siempre has sido libre de alejarte de mis mandatos.

Pero elijo bien a mis Divinos, les muestro la importancia de sus misiones.

A veces fracaso, soy rechazada o incomprendida y debo intentarlo de nuevo.

Contigo, elegí bien. —Respiró profundamente; una raíz de árbol se deslizaba justo bajo el suelo arcilloso, irguiéndose a su lado.

Extendió una mano fuerte y callosa, y la acarició con cariño—.

Pero no puedo comandar a los Shirán directamente, no en este mundo.

—¿Pero cómo voy a hacer tal cosa? Además, los Shirán ya tienen un líder, Kestu… ketsubab…

—Ket'subá.

Fel'annár la miró fijamente, preguntándose cuántos Servidores Divinos tendría y si conocería todos sus nombres. —Ket'subá, sí. Entonces, ¿no los comandaría él?

—Es un pensador, Fel'annár. Es inteligente, un diseñador de misiones, alguien que actúa en la sombra.

Incluso ahora, trabaja arduamente junto a aquellos a quienes lidera.

Busca una forma de ayudarte, de ayudarnos a todos en esta guerra que se avecina.

Tú eres un general, un comandante, tal como Gor'sadén te enseñó a ser, tal como tu sangre te predispuso a ser.

Si pides ayuda a los Shirán, debe ser solo como último recurso.

Una vez que se muestren ante este mundo, no habrá vuelta atrás.

Los cimientos de Bel'arán se reconfigurarán para siempre.

Evítalo si puedes, úsalos si debes; en tal caso, confía en Lainon como tu capitán.

Fel'annár miró al suelo, observando cómo bullía de vida alrededor de la cazadora, fascinado por la unión de la carne y el suelo fértil. Era casi como si ella se hubiera hundido en él, volviéndose uno con la tierra.

—Aún estamos a muchos días de la ciudad. El enemigo llegará antes que nosotros.

—Tal vez. —La cazadora alzó la vista hacia el despejado cielo nocturno—. Se avecina una tormenta, Fel'annár, y las lluvias caerán con fuerza sobre las altas cumbres del Bosque Perenne. Por la mañana, el río bajará crecido y rápido.

Su última palabra resonó por el claro, instándole a comprender. Pero él no lo hizo. Ni una sola nube flotaba en el cielo. Incluso podía ver las estrellas.

Pero si el río crecía, significaría un regreso más rápido a la ciudad.

Se volvió de nuevo hacia la cazadora, fijando la vista en la mano derecha, enfundada en un guante protector de arquero.

Descansaba contra un árbol, y observó cómo los dedos lo acariciaban suavemente, recorriendo los surcos y las grietas.

El gesto era idéntico al que él mismo había adoptado de niño.

Captó la mirada de la cazadora, sintiéndose inseguro, aprensivo, pero la pregunta salió de la boca antes de que pudiera contenerse.

—¿Ganaremos esta guerra?

La cazadora se acercó, con el atisbo de una sonrisa melancólica en los labios. —No puedo ver el futuro, Ber'anor. Solo sé que necesitamos ganar esta guerra, a toda costa.

—¿Es ese mi propósito?

Estaba a un brazo de distancia, pero de pronto el fiero rostro se situó a escasos centímetros del suyo, llenando la visión.

—Conoces la respuesta a esa pregunta. Eres el único que puede oírme.

Eres el único que puede oír al mundo, y el mundo te oye a ti.

Los árboles están dentro de ti, y compartes la sangre de Or'Talán.

Puede que hayas oído un pasaje del Libro de los Iniciados: Una tierra en guerra…

El aliento de Fel'annár se detuvo en la boca. Recordó luces bajo la piel, una escritura antigua apareciendo y desapareciendo. Abrió la boca y habló.

—Un rey que fracasa…

Los ojos de Aria se agrandaron, y la voz fue un susurro feroz. —Una Luz en el Bosque.

—¿Qué… qué es la luz? —Necesitaba respirar; sentía presión en el cuello y el pulso le martilleaba a pesar de que no inhalaba.

—La luz es el poder de un mundo, su fuerza motriz, la esencia misma que fluye a través de los árboles, danza en el viento y se adentra en la tierra.

Este es el poder que ostentas, Fel'annár, un poder que aún no has utilizado en todo su potencial.

El Kal'hamén'Ar fue fundamental en tu camino de descubrimiento.

Sin él, no estarías hablando conmigo ahora, nunca habrías desarrollado tus habilidades más allá de una simple charla de tarde con un roble.

Fel'annár meditó sobre sus palabras y luego dio voz a algo que lo había estado inquietando.

—La luz blanca que nos salvó en la cueva del Segador… yo estaba encerrado en piedra, nunca he sido capaz de escuchar en tales circunstancias. Y, sin embargo, las manos brillaron por sí solas. ¿Es la misma luz?

La mirada de Aria chispeó con aprobación. —Como te he dicho, este es el poder que posees, niño; un poder que viene de fuera y de dentro. Aún tienes que aprender a manejarlo, a comprender cómo tu poder puede darnos la victoria sobre el invasor. Pero la luz no surgió por sí sola, Fel'annár.

La expresión se tornó entonces distante.

—Apresúrate hacia el sur, Ber'anor. Mantén al enemigo alejado de la Fuente, fuera del Bosque Perenne, por cualquier medio que tengas a tu alcance.

El bosque lo sabrá, se protegerá a sí mismo si hay una brecha.

Este es el único mundo donde la verdadera naturaleza de los Shirán es todavía un misterio.

Me gustaría que siguiera siendo así, pero si deben ser revelados, si no hay otro camino, entonces comenzará una era de la iluminación.

Fel'annár quiso preguntarle qué quería decir, pero el bosque a su alrededor se estaba desvaneciendo. La miró con desesperación.

Hablaremos de nuevo.

Ella se desvaneció y Fel'annár se encontró en el vacío. Todo había desaparecido, y caía a toda velocidad por el espacio negro, agitando brazos y piernas, desesperado por encontrar algo, lo que fuera, que detuviera la caída.

Chocó contra una superficie dura; el golpe fue tan brutal que le robó el aliento y, por un momento, no pudo respirar mientras la visión se volvía blanca. Luchó por inhalar, jadeando salvajemente mientras alguien lo sujetaba y otro le tocaba el pecho sobresaltado.

—Respira hondo, inspira y espira, inspira y espira. Sigue mi voz. —Era Gor'sadén.

—Solo es un sueño —dijo la voz reconfortante de Idernon.

Con aire de nuevo en los pulmones y las extrañas luces disipándose, se obligó a respirar. Poco a poco se calmó y abrió los ojos. Gor'sadén e Idernon lo miraban fijamente, con Tensári justo detrás, bajo el cielo iluminado por la luna y el tenue resplandor de la hoguera.

Aria había estado a su lado poco después de su nacimiento. Ahora, por segunda vez en su vida, se había encontrado cara a cara con una diosa, había mirado a los ojos de la eternidad y oído palabras procedentes del universo, a través de los árboles, a través de la luz en el bosque.

La cazadora le había instado a regresar, a proteger el Bosque Perenne contra el enemigo que se aproximaba, tal como hizo su abuelo antes que él.

Con Lainon como su comandante Shirán en caso de que las cosas se pusieran feas, rezó para que Aria tuviera razón, para que realmente se acercara una tormenta y el río fluyera con fuerza, llevándolos a casa más rápido, hacia una guerra que debían ganar a toda costa.

Tenía que aprender a manejar el poder que poseía en todo su potencial, desde fuera y desde dentro, pues ¿no había dicho Aria que aquello podría ayudar a lograr la victoria?

Necesitaría que Gor'sadén le ayudara a controlar esa luz que siempre había estado allí, y de la que nunca había advertido que podía manipular hasta ahora.

Rinon dejó al teniente Enar a la cabeza de la fila y espoleó al caballo para ponerlo al galope corto, recorriendo el interminable flujo de refugiados civiles.

A pie o en carros, viajaban en silencio, con el pensamiento en su isla invadida, preguntándose qué habría sido de sus reyes y de su amada armada, si sus hogares habrían ardido y si las baratijas y recuerdos de toda una vida habrían acabado pisoteados.

Divisó el carro que buscaba, se detuvo a su lado y asintió al conductor.

—¿Cómo se encuentra el capitán Airen?

—Duerme. La Sombra vela por él.