6 Oyentes de Ea Uaré #4
Pero lo hizo. Él la estaba mirando fijamente. Con un sutil asentimiento, volvió a dirigirse a los novicios, dejando a la nieta de Zéndar totalmente atónita y absurdamente eufórica.
Si tan solo su madre pudiera verla ahora. Si tan solo su padre estuviera allí entre la multitud, orgulloso y a la vez aterrorizado de que su destino fuera idéntico.
Respiró hondo, intentando con todas sus fuerzas recordar a su madre, pero todo lo que alcanzaba a ver era un rostro borroso y una voz profunda, pero ninguna palabra a la que pudiera aferrarse.
Se preguntó si le pasaría lo mismo a Fel'annár.
Él era un bebé cuando Lássira murió. Seguramente no podía recordar el rostro, ni siquiera la voz.
Eso la hacía sentirse afortunada, porque ella al menos había tenido a su padre y a su abuela.
Aun así, por aquel entonces se había sentido diferente, privada de hermanos y hermanas, de una madre que había muerto demasiado joven.
Pero Fel'annár solo había tenido a su tía.
Bulan había pedido ayudar a criar al sobrino, pero Amareth siempre lo había rechazado con firmeza.
Tenían casi la misma edad y ambos habían sabido siempre que serían guerreros.
Ella solo se había cruzado con Fel'annár una vez, apenas lo conocía y, sin embargo, el rostro y las pocas palabras que habían compartido le habían dicho mucho más que su padre.
El Señor de la Guerra, su primo, era todo lo que había esperado y más.
La fe en él no había sido errónea. No la había decepcionado como Bulan sugirió que podría ocurrir.
Pero claro, él tampoco había conocido a Fel'annár en aquel entonces.
¿Qué pensaría de él ahora que habían ido juntos a la guerra?
Se sentía mal regodearse, pero había tenido razón y, sin duda, no resistiría la tentación de decírselo a su padre cuando regresara.
Por ahora, se sentía satisfecha, sabiendo que valía la pena soportar las miradas calculadoras, los celos y los comentarios sarcásticos de los compañeros novicios.
Pensaban que era una privilegiada, una presuntuosa.
Creían que usaría la relación con el Señor de la Guerra para medrar y ganar renombre.
Creían todas esas cosas que ella jamás haría, y Vasanth pensó que lo comprendía.
Al rebajarla, ellos se sentían iguales. Así que dejaría que lo hicieran, mientras no pusieran en duda la lealtad y la valía.
Con el tiempo, comprenderían que nunca se aprovecharía de la sangre que compartía con el Señor de la Guerra.
Cualquier cosa que lograra en aquel ejército sería por mérito propio, se lo juró a sí misma.
El capitán Henú se dirigió a su patrulla de cincuenta novicios recién asignados.
—Vosotros cincuenta partiréis en treinta minutos, junto con veinte guerreros experimentados. Preparaos para pasar dos o tres días en el camino. Coged el equipo, las monturas y reuníos en las puertas. ¡Treinta minutos!
Vasanth saludó junto con los demás y luego echó a correr hacia los barracones.
En el interior, recogió hasta la última de las armas y cogió el macuto de viaje; sabía que estaba listo a falta de la ropa adicional que necesitaría.
Se colgó la bolsa al hombro, se la echó a la espalda y se dirigió a los establos.
Pronto estuvo montada y trotando hacia las puertas, donde el nuevo capitán seguramente les informaría sobre la misión.
El corazón le martilleaba en el pecho y la mente le gritaba que mantuviera la calma, que no mostrara la inquietud que sentía, la cercanía del conflicto, el olor metálico de la sangre que derramaría por primera vez.
Henú estaba en la silla y, a su lado, dos tenientes.
Detrás, veinte guerreros de aspecto sombrío.
Sintió a los demás novicios colocarse junto a ella, con caballos resoplando ansiosos por la marcha, rostros de elfos jóvenes como libros abiertos.
Ojos brillantes, bocas entreabiertas, entusiasmo y miedo, valor e incertidumbre; todo lo que ella sentía pero no mostraría.
—Ya sabéis que la guerra viene del sur. El General Rinon escolta a refugiados de Pelagia y Puerto Helia, pero la capitana Sorei informa de la presencia de unas nuevas criaturas que cree que podrían ser Sabuesos.
No son nativos de estas tierras y están demasiado cerca de los civiles que se dirigen a la ciudad.
Se cree que la caravana de refugiados está a unos dos días de distancia.
Nuestra misión es protegerlos de un ataque y ayudar al General Rinon a trasladar a esa gente sanos y salvos a nuestra ciudad.
Henú se volvió hacia el teniente Chandor y este escudriñó la patrulla.
—Para muchos de vosotros, este es vuestro primer viaje hacia el peligro, puede que incluso sea vuestro primer encuentro con los Desviados, o quizás con estas criaturas parecidas a sabuesos.
Pero sabed que vuestro capitán está con vosotros para guiaros y aconsejaros en cada paso del camino, al igual que yo, Chandor, vuestro teniente.
Esta es la División del Bosque, bajo el mando de nuestro Señor de la Guerra, el General Fel'annár.
Él y nuestro rey os agradecen vuestros sacrificios en los días venideros.
Una oleada de agujas ardientes recorrió la columna de Vasanth; sentía que le quemaba la cara y luchó por contenerla.
Era la División del Bosque, y por fin era una novicia.
Mientras las puertas se abrían chirriando, la patrulla de setenta guerreros de Henú partió al galope, con las capas volando tras ellos.
¡Por los dioses! La sangre de Vasanth cantaba en las venas. Pasara lo que pasara en los días venideros, para eso había nacido.
Con Aria como testigo, juró que haría que Fel'annár se sintiera orgulloso de la sangre que compartían.
La llave de la puerta de la celda de Draugolé chasqueó suavemente. No se trataba de la entrega de una comida. Era una visita furtiva del único que lo había visitado últimamente: el carcelero Kalan.
Kalan era un converso reciente, un guardia de la prisión que seguiría a Draugolé una vez que hubiera escapado de aquel lugar.
Quería disfrutar de los beneficios de trabajar para la mente más aguda que jamás hubiera conocido.
Draugolé sabía que lo había dicho para ganarse su favor. Había funcionado y, bueno, era cierto.
La asociación de Kalan con Draugolé era una garantía de trabajo para toda la vida lejos de aquella tortura subterránea, uno mucho mejor pagado que el de un carcelero.
Todo lo que Kalan tenía que hacer era asegurarse de que nadie sospechara lo que estaba haciendo, lo que Draugolé estaba haciendo a pesar de estar encerrado en aislamiento.
Se volvió hacia la puerta y alargó la mano para coger el papel que el guardia le ofrecía. Al abrirlo, leyó, con los ojos azules brillando en la penumbra. Los dedos rozaron la única frase que contenía.
Invasores desconocidos desde el sur.
¿Dónde estaban los detalles?
Draugolé se apartó de la pared de piedra, con el ceño fruncido mientras revisaba el reverso de la nota; luego volvió a girarla.
—¿No hay nada más? —murmuró.
Kalan apretó los labios y ofreció al señor la misma respuesta que le había dado el día anterior y el anterior a ese.
—Nada, mi señor.
El silencio se prolongó, pero aun así, Kalan esperó.
El jefe del Gremio de Mercaderes y el ex-Lestari Nestar claramente no habían dicho lo que Draugolé quería oír.
Todo lo que podía hacer era esperar que estuvieran llevando a cabo alguna hazaña que llevara tiempo, que no lo hubieran abandonado.
Pero a Kalan le resultaba evidente que Draugolé empezaba a sospechar.
—Tráeme papel y tinta mañana, Kalan. Y mantén los ojos y los oídos abiertos. Si oyes que alguno de los Ilícitos rompe el secreto, debo saberlo de inmediato.
—Por supuesto, mi señor.
—Eso será todo, Kalan.
Había un tono melancólico en la voz del señor. Parecía pensativo, casi nostálgico. Pero Kalan sabía con certeza que no lo estaba. Estaba tramando algo, pensando como pocos otros podrían hacerlo.
Una vez que Kalan se hubo marchado, Draugolé dio rienda suelta a la mente.
Nestar y Melu'sán se estaban tomando su tiempo, demasiado.
Sabía que nunca lo traicionarían, al menos no por los motivos correctos.
Tenía tanto contra ellos como ellos contra él.
Pero una sospecha se estaba formando, una voz insistente que le decía que podrían darle la espalda, huir ante estos invasores desconocidos, dejarlo allí en aquel pozo infernal con trescientos Ilícitos y ningún lugar a donde ir.
La ira amenazó con romper la practicada calma. La reprimió, obligándose a pensar.
Hasta entonces, dos Ilícitos que se habían negado a aceptar la invitación de Draugolé para unirse a él habían muerto posteriormente por causas naturales.
Kalan no había tenido reparos en administrar el veneno; después de todo, solo era una pequeña gota del brebaje de Nestar en cada una de sus comidas.
Pero Draugolé sabía que no podía usar mucho más sin despertar sospechas, a pesar de que los sanadores no habían encontrado nada que sugiriera juego sucio.
Pero allí, en aquellas mazmorras, los Ilícitos sabían que no había nada de natural en las muertes de sus hermanos. Era hora de insistir, una vez más, de asegurar su ayuda, antes de que Rinon regresara, antes de que llegaran a la ciudad esos invasores desconocidos.
El momento era propicio. Draugolé necesitaba actuar ya, mientras la ciudad estaba prácticamente indefensa. La única grieta en los bien trazados planes eran los dos cómplices, que se habían vuelto casi mudos para él.
La ventana de oportunidad para apoderarse de la ciudad se hacía más pequeña con cada día que pasaba.
Enviaría a Nestar y Melu'sán un ultimátum, pues ¿no habían prometido su lealtad?
Si lo abandonaban ahora, juraba que nunca cosecharían los beneficios de lo que habían logrado, ni recogerían los frutos del intelecto superior de Draugolé, porque sin él, no eran nada.