6 Oyentes de Ea Uaré #3
—Lo que queda de nuestro propio ejército tardará otras dos semanas en llegar en balsa, según el comandante Turion.
No habrá suficientes balsas para todos, a menos que hayamos perdido a muchos más de los que previmos.
Creo que muchos vendrán a caballo. Digamos que dos mil en el mejor de los casos.
Aun así, no llegarán a tiempo. Con los quinientos guerreros de aquí y otros cuatrocientos novicios sin experiencia en el campo de batalla, sumamos poco menos de tres mil.
Con el enemigo potencialmente a solo una semana de distancia, se nos echarán encima antes de que podamos defendernos debidamente.
Handir había dicho lo que ninguno de ellos deseaba oír, lo que Turion ya sabía y para lo que se estaba preparando.
—Nos encaminamos a un asedio. Es nuestra única posibilidad de supervivencia hasta que llegue ayuda de nuestro ejército o, con algo de suerte, de la Madre Patria.
Thargodén asintió, se volvió hacia las ventanas abiertas y cerró los ojos.
—Habrá muchos refugiados llegando desde Puerto Helia y de la propia Pelagia —dijo Amareth—. Debemos preparar alojamientos, reservas y suministros para poder resistir todo el tiempo que sea necesario.
El rey se volvió hacia los invitados.
—Encárgate de los refugiados, Amareth. Tienes pleno permiso para actuar en mi nombre. Pero con estas cifras, cuantos más tomen el camino del bosque, mejor.
Amareth asintió y se giró hacia el príncipe alpino cuando este habló.
—El comandante Turion va a enviar una patrulla hacia la posición del General Rinon.
No sabemos cuántos guerreros están con él, ni si se ha reagrupado con la patrulla del capitán Salo.
Pero a buen seguro le faltarán guerreros para proteger a tantos civiles.
Y además, la capitana Sorei ha traído la singular noticia de que hay Sabuesos de la Montaña merodeando por el Camino del Oeste.
—Ese es un acontecimiento preocupante —reflexionó Aradan—. ¿Desde cuándo han existido sabuesos en Ea Uaré?
—Desde nunca, Aradan —dijo el rey—. Eso plantea la cuestión de qué alianzas ha forjado este nuevo enemigo.
Thargodén respiró profundamente y se volvió de nuevo hacia la familia y los invitados.
—Debemos retrasar el cierre de las puertas tanto como podamos, para que los refugiados puedan salir y los cazadores puedan llenar nuestros almacenes.
Una vez que Rinon esté a salvo en casa, sabremos más sobre a qué nos enfrentamos exactamente.
—El rey se giró hacia un lado, aparentemente sumido en sus pensamientos. Handir lo observaba.
—¿En qué estás pensando, padre?
Tras un momento, Thargodén habló con voz suave y distante.
—Quizá tenías razón, Handir, Sontúr. Quizá esto no sea una coincidencia, quizá esté relacionado de algún modo con la guerra del norte y el extraño comportamiento de los Desviados.
Luchamos y vencimos a los Señores de la Arena, y nuestro ejército victorioso aún tiene que regresar.
¿Acaso este ataque desde el mar está teniendo lugar exactamente cuando se planeó? ¿Mientras nuestro ejército está lejos?
—Dos frentes, sí. Tiene sentido —asintió Sontúr mientras miraba de reojo a Handir.
—¿Pero con quién se aliarían los Señores de la Arena? —preguntó Aradan.
Maeneth dio un paso al frente.
—Das por hecho que no son los propios Señores de la Arena, Aradan.
Por improbable que parezca, sabemos poco de Calrazia, de su geografía.
¿Y si hay un mar más allá de las arenas del norte?
Navegarían rodeando la costa occidental y luego hacia el sur.
Quizá sí son Señores de la Arena los que vienen del mar.
—No podemos descartarlo —admitió Aradan.
—Amareth, tú estás a cargo del bienestar de los refugiados.
Con las cifras que calcula Turion que vendrán, necesitarás la ayuda de Erthoron.
Aradan, tú eres mis ojos y oídos en el Consejo Real.
Handir, tienes mi voto y tu lugar a la cabeza de este.
Maeneth, eres libre para servir en el ejército, según disponga Turion, al igual que Sontúr hasta que Fel'annár regrese.
Llyniel, tú eres mi Lestari, la mano sanadora que mis guerreros necesitarán en las semanas venideras.
El rey inspiró profundamente y los miró a todos y cada uno de ellos.
—Debemos trabajar juntos, al unísono, unidos por el honor y la sangre.
Sois mi familia y, juntos, los linajes de Zéndar, Aradan, Vorn'asté y Or'Talán prevalecerán.
Jamás han visto estas tierras tal sangre unida como una sola.
Semejante fuerza combinada no puede ser derrotada, nunca será conquistada, pues incluso si estas tierras cayeran ante el enemigo, nuestro legado común jamás lo hará.
Les dio la espalda con rigidez, con los ojos cerrados mientras miraba hacia el Bosque Perenne que se extendía tras las ventanas. Los abrió despacio y apretó la mandíbula; quería gritar a los dioses, dondequiera que estuviesen.
¿Por qué? ¿Por qué no podéis dejarnos en paz? ¿Por qué debemos sufrir a lo largo de esta vida de guerra, que no es más que momentos fugaces de júbilo y felicidad?
Deseaba salir volando hacia dondequiera que estuviese Lássira. Pero Thargodén era rey y estaba obligado a proteger a su pueblo con todo lo que tenía, incluso con sus propios hijos.
En las sombras más profundas de la fortaleza real, Lerita observaba cómo los invitados del rey se marchaban con los rostros impasibles.
El rey la haría sentirse orgullosa, haría que su padre se sintiera orgulloso.
En cuanto a ella, dejaría a Senat a cargo del Gremio Académico hasta que la guerra terminara, fuera cual fuese el desenlace.
Se miró la cara interna de la muñeca y, con los dedos de la otra mano, acarició el semicírculo con el punto, la marca de los Shirán. Era hora de partir hacia el Bosque Perenne y su propio consejo de guerra, en un lugar muy diferente a este.
Vuela rápido, hermano Lainon. Trae al Adalid a casa y a la guerra.
Vasanth Ara Bulan, Aren Zéndar, miró a su alrededor en el patio donde los otros novicios aguardaban órdenes.
Hoy, a cada uno de ellos se le asignaría un capitán y recibirían su primera misión. Comenzarían a servir sin la obligatoria experiencia de campo.
Estaba emocionada, aunque la expresión permanecía inalterable. Nunca había esperado que su primer día de servicio al rey fuera así, preparándose para una guerra que decían que venía del sur.
Aquella mañana se había despertado sabiendo que algo iba mal.
Las voces eran demasiado altas y la actividad demasiado intensa para las horas del alba.
Y luego habían oído que el Círculo Interior se había activado durante la noche, que la capitana Sorei había regresado con noticias funestas de la costa.
Ya había visto a un gran grupo de ciudadanos alejarse de la ciudad, adentrándose en el bosque pese al peligro.
Por el rabillo del ojo, vio a los capitanes salir del Círculo Interior, con rostros severos y en silencio.
Con ellos iba el Comandante General Turion.
Solo había cuarenta capitanes cuando debería haber habido ciento diez.
Fel'annár se había marchado a la guerra antes de que pudieran completar sus filas, pero al menos algunos de ellos eran silvanos.
Rezaba por que la asignaran a uno de ellos, para poder servir en la División del Bosque, bajo el mando supremo de Fel'annár.
Al fin y al cabo, para eso había venido, esa era la razón por la que casi había vuelto loco a su propio padre.
Él no había querido regresar, pero lo había hecho por ella.
Ahora más cerca, admiró las armaduras, los emblemas, las espadas y las ornamentadas corazas. Algunos incluso llevaban un Colanei o un Turanés colgando del cinto. Ella nunca tendría uno, eran demasiado caros. Pero entonces la vista se posó en Sorei y en la peculiar hoja que sobresalía del arnés.
Turion se situó ante la multitud de novicios, con los demás capitanes repartidos a su izquierda y derecha, la vista puesta en los reclutas, buscando indicios de fuerza, estatura, las armas que portaban y quizá la expresión de sus ojos.
De los cuatrocientos novicios, cien eran mujeres.
Seguramente serían las últimas en ser elegidas, repartidas cortésmente entre los capitanes porque Turion se lo pedía.
Así de fuerte era el prejuicio hacia las guerreras.
Había sido distinto en la época en que su madre sirvió como guerrera, en los días previos al ascenso de Band'orán al poder.
Apretó la mandíbula y se puso en formación ante la orden de un teniente.
Un capitán alpino dio un paso al frente y leyó su lista, empezando por los apellidos.
La mayoría eran alpinos, y todos los últimos diez nombres eran femeninos.
Contuvo la mueca de desprecio que amenazaba con aparecer en el rostro.
Pero el escepticismo pronto fue reemplazado por la estupefacción cuando el siguiente capitán dio un paso al frente, pues Ara Bulan fue el primer nombre que pronunció. Con los ojos muy abiertos y totalmente perpleja, salió de la fila y se acercó al elfo que sería su primer capitán.
Henú.
Los otros capitanes la vieron saludar, siguiéndola con la mirada mientras pasaba por delante de la fila y se situaba tras Henú.
Uno por uno, otros se unieron a ella. Hombres, mujeres, silvanos y alpinos; algunos felices, otros claramente decepcionados.
Para ella, aquello era un sueño hecho realidad, pues todos los esfuerzos de aquellos últimos años habían dado fruto.
A pesar de los pensamientos pesimistas y la naturaleza escéptica, los hechos la habían desmentido.
No había pasado desapercibida. Las habilidades habían sido tenidas en cuenta y, a pesar de ser mujer, había sido la primera guerrera que Henú había querido en su equipo.
Intentó no sonreír, trató de mantener la vista al frente y se dijo desesperadamente a sí misma que no mirara al comandante general.