Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 6 Oyentes de Ea Uaré
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6 Oyentes de Ea Uaré

Oyentes de Ea Uaré

Gra'dón se abrió paso hacia los niveles inferiores de la residencia real, escoltado por un guardia a cada hombro. En la mano, el único fruto de su trabajo de aquella mañana: una llave incrustada de joyas que centelleaba y relucía bajo la vacilante luz de las antorchas.

Había interrogado a los pocos guerreros pelágicos que habían encontrado tras registrar la isla de arriba abajo.

Primero, les había preguntado con amabilidad por el secreto del fuego flotante, e incluso les había ofrecido la vida a cambio de él.

Pero se habían negado, así que había empleado el Telzorán con suma destreza.

No se había detenido hasta que el hueso blanco y brillante asomó a través de la carne ensangrentada y las serpientes silbaron con un deleite morboso, infundiendo en Gra'dón un poder familiar que lo espoleaba, alimentándolo de alguna manera inexplicable.

Solo entonces les había arrancado los dedos para usarlos para vaciarles las cuencas de los ojos.

Mientras lo hacía, observaba al resto de sus cautivos con la esperanza de que cambiaran de opinión y le entregaran el secreto.

Había disfrutado de su horror, vibrando con la fuerza de mil guerreros, con la necesidad de usar el Telzorán de nuevo. Era un arma poderosa y, sin embargo, una debilidad que jamás mostraría a nadie, ni siquiera a sus hermanos, no fuera que intentaran arrebatársela.

A pesar de la tortura y de la mordida del Telzorán, nadie había hablado, salvo un elfo que le había contado lo de una llave que abriría las puertas de las cámaras de tesoros de los elfos marinos, pensando quizás que así podría conservar la vida.

Como medio Calraziano que era, Gra'dón se lo había agradecido al guerrero de mente débil y, acto seguido, lo había desentrañado por traicionar a su propio rey.

Era una lástima que el guerrero no hubiera podido verlo por sí mismo, pues Gra'dón ya lo había cegado.

Había encontrado la llave, justo donde el servil guerrero había dicho que estaría. Ahora, todo lo que tenía que hacer era encontrar la cámara.

Las botas resonaban sobre la piedra húmeda; caminaba con la espalda encorvada para que las serpientes del yelmo no rozaran los techos.

Los elfos eran más altos que los mortales, pero Gra'dón era más alto que todos ellos.

Una vez completada la colonización, ordenaría a sus ingenieros modificar las estructuras principales para no tener que doblarse y agacharse bajo las puertas.

La sombra del yelmo de serpiente era de un gris carboncillo contra la luz anaranjada que se reflejaba en la piedra reluciente.

El aire se volvía más pesado con cada tramo de escaleras, y se preguntó cuánto habían descendido exactamente.

Al bajar los últimos escalones, se encontró ante un corredor largo y oscuro, al final del cual había una puerta de madera sencilla.

No había tallas ni grandes estatuas como las habría en Calrazia. De no haber sabido de qué se trataba, habría confundido aquel lugar con un almacén.

Avanzó a grandes zancadas, observó la llave y el ojo de la cerradura a un lado de la puerta. Se preguntó si habría trampas instaladas, si el servil guerrero lo habría enviado allí para engañarlo. Se volvió hacia uno de los guardias, le entregó la llave e hizo un gesto con la cabeza.

Sin vacilar, el guardia dio un paso al frente, insertó la llave y la giró.

Con un golpe sordo, el mecanismo se desplazó y la puerta se abrió con un siseo, mientras las antorchas chisporroteaban.

Los guardias se dieron la vuelta para proteger la llama mientras Gra'dón entraba, con los ojos fijos en la pared del fondo, que no era de piedra.

Era de cristal.

Se estremeció al sentir el pinchazo de cien dagas gélidas en la carne. No había sentido una emoción tan abrumadora desde que presenció la ejecución de miles de los guerreros traidores de la Frontera Oeste que se habían sublevado contra su cacicazgo en Calrazia.

Ante él, más allá del muro de cristal, se extendía el fondo del Mar Pelágico.

Peces de colores nadaban entre las rocas y otros animales más grandes se deslizaban aquí y allá, y tras ellos, el mar de un azul claro. Eran aguas poco profundas, cercanas a los muros del palacio real. No podía sino preguntarse qué aspecto tendría aquello de noche.

Entre los peces y la fauna flotaba un elfo; el cuerpo se mecía de un lado a otro, con la bota atrapada entre las rocas y el cabello gris desplegado a su alrededor como un halo de seda.

Tarde o temprano, las corrientes liberarían el cuerpo, o tal vez no, y Gra'dón vería cómo la carne se pudría lentamente.

Un genio había construido aquel lugar, y no por primera vez resolvió llevarse consigo a artesanos, arquitectos, músicos y artistas élficos a su nueva corte para esclavizarlos y encargarles la creación de cosas hermosas.

Les diría que eran los últimos de su especie, los guardianes de su cultura perdida.

Sería una inspiración poderosa que seguramente evocaría obras de belleza como jamás había visto.

Una vez que la ciudad de Ea Uaré fuera suya, regresaría aquí y convertiría este lugar en su salón del trono. El telón de fondo acuático sería un recordatorio eterno de por qué habían venido, al menos en parte.

Con un movimiento de la mano, los dos guardias abandonaron la cámara, no sin antes entregar una antorcha. Solo, comenzó la inspección del tesoro real, maravillándose ante los contrastes de su propia mente.

Amaba a aquellas gentes por su destreza, por su capacidad para crear cosas bellas y por la sangre inmortal que le habían dado. Las odiaba por su arrogancia, por su crueldad. Los Señores de la Arena jamás separarían a un niño de su madre.

Había pinturas y estatuas, monedas y joyas. Había piedras preciosas, armas con incrustaciones de pedrería, broches para el pelo y rollos de seda pura.

Dejaría la mayor parte de aquel tesoro allí, lo auditaría y luego lo custodiaría para uso futuro, pero tomaría una parte para sí mismo y como recompensa para sus caciques y capitanes mientras estos conquistaban las tierras élficas por orden suya.

Al acercarse al muro de cristal, los ojos se centraron de nuevo en el mundo submarino ante él, sopesando el siguiente movimiento.

Había hecho todo lo que estaba en su mano para descubrir el secreto del Fuego Azul, y había pasado en la isla más días de los previstos.

Pero no había logrado encontrarlo y, aunque era reacio a abandonar la búsqueda, la prioridad eran sus hermanos.

Tenía la firme intención de llegar a la hora y al lugar acordados, intercambiar información y planificar los días venideros.

No había otra alternativa que seguir adelante, pues cada día de retraso permitía que los aliados de Thargodén pudieran acercarse.

Aun así, contaba con sus Lagartos de Gas de la madre patria y, según los informes, con sus Sabuesos, entrenados por los Desviados bajo la estrecha supervisión de sus propios maestros de bestias calrazianos durante los últimos tres años.

Pero sin el Fuego Azul, no utilizaría las lanzas de fuego de largo alcance para el ataque a Ea Uaré.

No servirían para otro propósito que destruir los edificios de la ciudad que deseaba para sí y asolar el Gran Cinturón Forestal.

Este formaba parte de su futuro imperio.

Era hermoso. No había necesidad de destruirlo, a menos que el mago lo volviera en su contra.

Pondría en práctica el plan original, montando las torres de asedio y los trabuquetes a medida que avanzaran hacia la ciudad, tal como había planeado inicialmente.

Con las fuerzas que Gra'dón traía, y junto con los Sabuesos y los Lagartos de Gas, tenía más que suficiente para borrar a los elfos de Thargodén de la faz de Bel'arán.

Y si de algún modo lograban presentar batalla, Gra'dón enviaría a las Huestes de Gharzakan.

Después del almuerzo se reuniría con los maestros de bestias y, si todo salía según lo planeado, pondría un pie en la península en dos días.

Años de cuidadosa planificación cobraban forma por fin. Largas jornadas de negociaciones, decenas de incursiones en el norte y el sur en busca de información sobre armamento, tácticas militares, cultura y política élficas. Todo se reducía a este momento.

Un cofre grande atrajo la atención de Gra'dón.

Se desbordaban monedas de él; la tapa estaba abierta y resultaba tentadora.

Lo cogió, lo vació y luego sustituyó las monedas por gemas.

Rubíes y esmeraldas, zafiros y diamantes, ópalos y perlas, muchísimas perlas.

Cuando estuvo lleno hasta los topes, cerró la tapa y se dirigió hacia las puertas abiertas.

A medio camino hacia ellas, la mirada topó con una pintura, colocada torcidamente sobre una pila de baratijas de oro.

Aminoró el paso, se detuvo, frunció el ceño con profunda curiosidad.

Se apartó de la puerta y caminó hacia la exquisita obra de arte.

Se arrodilló ante ella, se colocó el cofre del tesoro bajo el brazo y, con la otra mano, la alcanzó.

En el centro había un elfo con una imponente corona sobre los cabellos rubios.

Vestido con terciopelos y sedas, brocados y el cuero más suave, se trataba sin duda de un rey, pero no de Pelagia.

Los espías le habían dicho que estos no tenían hijos, y Vorn'asté solo tenía hijos varones. Tenía que ser el rey de Ea Uaré.

Bajó la mirada hacia la inscripción de la esquina inferior derecha.

Linaje de Or'Talán

Or'Talán, primer rey de Ea Uaré, azote de Calrazia.

Había muerto en la Batalla bajo el Sol y, aunque había sido un enemigo del reino, Gra'dón siempre lo había admirado por sus hazañas.

Había venido de la Madre Patria, colonizado aquel bosque y forjado un reino para sí mismo.

Había sido el comandante de su propio ejército, había inspirado a sus guerreros y se había vuelto casi invencible.

Así pues, estos eran sus herederos; aquel rey era su hijo, dedujo Gra'dón.