3 Huida de Dan’bar #5
—No tengo quejas —dijo Sontúr con voz arrastrada y una sonrisa pícara mientras se volvía hacia ella.
Ella le devolvió la sonrisa y luego levantó la vista hacia el imponente edificio que albergaba al Gremio Académico.
Había pasado muchos días allí en su juventud, estudiando botánica y luego química, leyendo e indagando, investigando con líquidos y viales, minerales y gases.
Era un edificio oscuro, de piedra caliza y pizarra, y aunque solo tenía tres plantas, los techos eran inusualmente altos, lo que hacía que aquella construcción fuera casi tan alta como el propio palacio fortaleza.
No pudo evitar fijarse en el tejado casi plano, el potencial para el cultivo hidropónico.
Por el rabillo del ojo, pudo ver a Sontúr admirando las estatuas que se anidaban entre las esquinas superiores del edificio. Señaló la de la izquierda y habló sin apartar los ojos de la exquisita escultura.
—¿Eso es un azor?
—Sí. En la cultura araria, se dice que son aves de gran inteligencia y velocidad. Si te fijas bien, verás un pájaro más pequeño posado en el ala derecha. Los reyezuelos son los portadores de la filosofía y el aprendizaje.
Sontúr asintió, apartó la mirada del azor y del reyezuelo casi invisible, y la vista derivó hacia la estatua de la esquina opuesta.
Era un Saltarisco Arcoíris, ¿o era un pelícano? Maeneth nunca había podido decidirse y, por lo que parecía, Sontúr tampoco.
Entraron al interior, a la brillante luz de las velas, pues había poca luz natural en aquel lugar. Los académicos decían que era para proteger los libros y artefactos que databan de muchos siglos atrás.
Se detuvieron en medio del vestíbulo y Maeneth recorrió la sala con la mirada, subiendo por las paredes llenas de libros y por los elfos que colgaban de pesadas escaleras. Aquello le trajo gratos recuerdos de juventud y descubrimiento.
—Princesa Maeneth.
Ella se dio la vuelta y se tomó un momento para escrutar el severo rostro que tenía ante sí, esa expresión neutra que rara vez había sido capaz de leer.
—Maestra del Gremio Lerita.
Sorprendentemente, la mujer sonrió, aunque fuera apenas.
—Bienvenida de nuevo, pequeña alquimista.
Maeneth sonrió ante el nombre que Lerita le había puesto cuando aún era una niña. Había estado aprendiendo sobre fuentes de combustible, había provocado una deflagración y se había chamuscado las cejas.
—Príncipe Sontúr, bienvenido a mi gremio.
—Señora.
Lerita los guió escaleras arriba, por un largo pasillo y luego a una habitación sin ventanas.
Había botellas y cajas, viales y tubos, cuencos y varillas y todo tipo de equipo.
Sontúr sonrió, se volvió hacia Maeneth y observó cómo pasaba una mano por la larga mesa de trabajo, con la mirada fija en nada en particular.
Caminó hasta el extremo opuesto y abrió una puerta que se encontraba entre dos estanterías. Sontúr estiró el cuello, vislumbró una cama y arqueó una ceja.
—He pasado muchas noches en estos aposentos, demasiado cansada para volver al palacio después de un largo día de estudio y experimentación, o simplemente esperando a que ocurriera alguna reacción.
El príncipe sacudió la cabeza con diversión.
—Eres una investigadora de lo más dedicada.
—Sin duda lo es —respondió Lerita antes de volverse hacia Maeneth—. Esta habitación es tuya una vez más, princesa. Toma la llave, ciérrala cuando estés fuera y siempre que sea necesario.
Maeneth la cogió y sonrió a la mujer que tanto le había enseñado sobre la ciencia y, sin embargo, nada sobre sí misma.
—Gracias, Lerita.
La maestra del gremio hizo una reverencia y pronto Sontúr y Maeneth estuvieron solos, de pie en una habitación llena de gratos recuerdos.
—Aquí es donde comenzó mi amor por la ciencia, donde se encendió mi pasión.
—Maeneth sintió el hombro de Sontúr rozar el suyo mientras él se movía para quedar frente a ella—.
Tengo que reorganizar un poco. Alguien ha estado aquí y ha cambiado cosas.
—Maeneth se dirigió a la puerta, la cerró con llave y volvió junto a Sontúr—.
No queremos que ningún académico entrometido ande metiendo las narices aquí.
—Hablas como si esperaras que lo hicieran.
Ella se rió entre dientes.
—Oh, sí. Verás, siempre he hecho las cosas a mi manera, siempre y cuando pudiera justificar mis actos con la razón, al contrario que muchos que hacen las cosas porque es «como se hacen».
Solían quejarse de mis métodos, me llamaban consentida o favorecida.
Tenía pocos amigos aquí, salvo Lerita y un puñado de otros científicos afines.
Ahora, la mayoría parece haberlo olvidado; me tratan con respeto y esperan que pueda favorecerles de alguna manera si les pido un favor.
—La memoria es selectiva.