Camille
Todavía estaba oscuro cuando regresamos a casa. Odiaba esta parte del trato, pero Derek seguía sin querer hablar.
Durante el viaje de vuelta me había dedicado a tararear la música de la radio del coche. Ahora que estábamos en casa, me excusé con Derek y fui a la habitación donde estaban mis cosas para guardar la ropa en una bolsa de plástico.
Estaba tan confundida con mis sentimientos en ese momento. Y como todavía no habíamos tenido «la conversación», necesitaba irme cuanto antes.
Terminé de hacer la maleta en un momento y, con la esperanza de que él estuviera en su habitación, caminé en silencio hacia la puerta de la casa.
Era un milagro que, después de solo tres semanas, pudiera orientarme en aquella casa enorme.
—¿Adónde vas? —oí la voz de Derek retumbar detrás de mí.
Me detuve. ¿Por qué tenía que aparecer? Habría sido mucho más fácil no tener que despedirme.
—¿Adónde vas? —repitió.
—A casa.
—¿No es el hogar donde está tu corazón? ¿O cómo lo decís los humanos?
Le lancé una mirada desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
—¿Dónde está tu corazón? —preguntó, señalándose el pecho.
Se me escapó una risita mientras me llevaba la mano al pecho.
—Justo donde debería estar, Derek. ¿A qué estás jugando? ¿Puedes ser menos críptico?
—Acordamos que hablaríamos de nuestros sentimientos cuando todo esto terminara.
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia aunque estaba más interesada en la conversación que él.
—Te quiero.
Lo dijo tan de golpe que pareció una broma.
Empecé a caminar hacia la puerta cuando lo oí suspirar.
—Te quiero, Camille. Me atraes, pero he de admitir que me da miedo quererte.
Me di la vuelta para mirarlo y ya había acortado la distancia entre nosotros. Me miraba con ojos seductores... ¿o eran imaginaciones mías?
—¿Qué has dicho? —susurré.
—He dicho que te quiero. Te deseo muchísimo.
Algo en la forma en que me miraba a los ojos mientras hablaba hizo que me flaquearan las piernas.
—Pero Derek... —empecé a decir.
—Calla —dijo antes de besarme.
—Mhmm... —siempre se me ha dado fatal contener los gemidos. Y volví a fallar.
Separé los labios, dejando que su lengua invadiera mi boca.
Esta vez fue delicado, no como la primera. También me provocó un poco. Interrumpió el beso para que ambos pudiéramos respirar.
Bajó los besos a mi cuello, haciéndome estremecer de placer. Ya me flaqueaban las piernas y tuve que apoyar las manos en su pecho musculoso.
Se entretuvo allí, jugueteando con mi piel. Mi respiración era entrecortada y cada vez más irregular. Me estaba haciendo desear un mordisco.
Sus manos me bajaron la cremallera de la chaqueta de cuero.
Unos segundos después, estábamos en una de las muchas habitaciones de la casa. Estaba decorada en distintos tonos de rojo. Hasta los muebles tenían un acabado rojizo.
Vi a Derek sonreír antes de pulsar un interruptor que inundó la habitación de luz roja.
Pronto estábamos los dos desnudos. Deslizó un dedo sobre mi pezón erecto mientras chupaba el otro.
Fue sembrando besos por mi vientre mientras descendía hacia mi entrepierna.
Saboreó el interior de mis muslos, subiendo hasta mi sexo. Su rostro desapareció entre mis piernas y me aferré a las sábanas.
—Qué dulce eres aquí abajo.
Casi le atrapo la cabeza entre las piernas cuando pasó la lengua por mi clítoris. Hundí las manos en su pelo y no pude evitar soltar un gemido sonoro.
El cosquilleo empezaba a concentrarse.
Me corrí antes de poder avisarle. Mis fluidos le inundaron la boca, pero él no paró. No hasta que terminé.
Colocó su cuerpo entre mis piernas y me penetró lentamente, sin apartar la mirada. Sus ojos decían más de lo que las palabras jamás podrían expresar. Con su cuerpo y con su mirada me decía que me quería tanto que podría morir de amor.
Sus manos recorrieron mi espalda desnuda hasta sujetarme con firmeza por la cintura.
Seguí gimiendo mientras penetraba más hondo, cada embestida un poco más rápida que la anterior.
Tenía la espalda arqueada y quería más de él. Quería que siguiéramos siendo uno, tal como estábamos en ese momento.
Su boca buscó la mía y durante unos instantes nuestras lenguas se entrelazaron.
—Ya viene otra vez —grité.
—Sí, yo también —respondió Derek, embistiendo más rápido.
Después de alcanzar el orgasmo, nos quedamos tumbados en la cama, cogidos de la mano, respirando al unísono.
—Todavía no me creo que fueras a irte sin despedirte siquiera —dijo Derek mientras me besaba el cuello.
—No es eso. Mira, estoy tan asustada como tú. Una cazadora enamorándose de un vampiro no es precisamente la mejor historia de amor, ¿sabes?
No dijo nada, así que decidí hacer la pregunta que yo también tenía en mente.
—Entonces, ¿qué viene ahora?
Se encogió de hombros. Un momento, ¿acababa de encogerse de hombros?
—A ver, no estoy seguro de recordar cómo funciona todo esto. Podría hacerte mi mujer, o algo así.
—¡No puedes ser tan viejo como para no recordar la palabra «matrimonio»!
¿Estaba bromeando?
¡No lo estaba! ¿De verdad no se daba cuenta?
—Podríamos conseguir que funcionara —dijo finalmente con una sonrisa.
—En realidad no podemos. Lo nuestro no puede funcionar. Tú eres un vampiro y yo soy una cazadora de vampiros. Somos como las dos caras de una moneda. Llevamos vidas completamente distintas.
—Eso no importa. Me exiliaron de los míos porque no bebo sangre.
Tengo un artefacto que me permite caminar entre los humanos y pasar desapercibido.
Para no llamar la atención, podríamos mudarnos a otra ciudad y empezar de cero.
Incluso podría conseguir un trabajo o algo así.
—Sus ojos brillaban ahora con un destello de esperanza.
—¿Y yo qué? Seguiría teniendo que salir de misión. A veces sería arriesgado. —Aunque deseaba todo aquello, me costaba ser optimista.
—Oye, mírame —sentí cómo tomaba mis manos entre las suyas. Era reconfortante la forma en que las sostenía y las acariciaba con ternura—. Tú también vas a empezar una nueva vida. Piensa que los dos nos retiramos para comenzar de nuevo.
—¿Podríamos hacer eso?
Sonrió tan ampliamente que se le veían las encías.
—Por supuesto que sí, claro que podemos.
Se oyó un repiqueteo en la ventana y Derek se levantó a ver qué era.
—Una paloma, ¿será una señal? —preguntó mientras extendía la mano hacia mí para que me acercara.
Era una pequeña paloma blanca. Picoteaba lo que parecía ser su reflejo en el cristal espejado; desde fuera no podía vernos.
—Es preciosa —susurré.
Como si la hubiera asustado, echó a volar.
—Y ahí está el sol, radiante y espléndido.
Sí, era hermoso. Igual que este amor que había encontrado.
Seguíamos con las manos entrelazadas y mi cabeza apoyada en su hombro mientras contemplábamos juntos el amanecer.