Destinada al vampiro (Pasiones oscuras nº 1) Camille
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Camille

—¿Qué has dicho? —preguntó la anciana. No logré descifrar su estado de ánimo por el tono de voz. Tampoco podía verle el rostro desde donde estaba encadenada.

¡Espera! ¿Qué? ¿Había oído bien? ¿Derek acababa de...?

—Dije que es mi compañera. No puedo luchar contra el κακο yo solo, y estoy enamorado de ella. Es la mujer que amo —repitió Derek sin pestañear.

Agradecí estar oculta en la oscuridad, fuera de la vista. Se me habían sonrojado las mejillas, y la oscuridad me salvaba de la mirada penetrante de Derek. Apenas veía nada, pero cuando lo oí resoplar, recordé que los vampiros podían ver incluso en la oscuridad.

—¿Has vuelto a enamorarte de una humana? —Había amargura en la voz de la vampira. Era tan evidente que casi podía palparla.

—Me enamoro de quien quiero. Además, ¡me desterrasteis, todos vosotros! ¡Ningún vampiro puede relacionarse con los exiliados! —gritó Derek con rabia.

—Yo no te desterré. Fueron los ancianos.

—Formas parte de los ancianos, madre. No me ayudaste cuando tuve que matar a mi esposa ni durante mi destierro. ¡Te sentaste con ellos a decretar mi castigo! No me has ayudado ni protegido en nada. Necesito que Camille venga conmigo. No pienso dejar a mi amada en un lugar como este —estalló Derek.

El corazón me latía tan fuerte que podría haberme desmayado. Claro que ya lo había oído decirlo una vez, pero que lo proclamara así ante otra persona era completamente distinto. Sentía mariposas en el estómago.

—Derek, no pasa nada si no me dejan marcharme. Eres lo bastante fuerte para vencer a esa cosa —dije, intentando calmarlo.

Mis palabras no sirvieron de nada.

—¡No te metas en esto!

—¿Y qué pasará cuando te alimentes de ella también? —Su madre señaló hacia mí con la cabeza.

—Eso no va a pasar.

Nunca nadie había luchado así por mí, y eso me hacía quererlo aún más. Me hacía sentir especial, deseada. Todo lo contrario al trato que había recibido durante toda mi vida: de mi padre, de los cazadores y de todos los demás.

La mujer ordenó al hombre que la acompañaba que abriera la reja y nos liberara de los grilletes.

Fuera de la celda, me froté el hombro; también me dolía.

—Ya que no puedes elegir a una mujer de entre los vampiros porque estás exiliado, supongo que solo te queda buscar compañera entre los humanos —dijo con desdén.

La mujer se acercó a Derek, se quitó un collar con una cruz del cuello y se lo puso a él.

—Mira, no duele, ¿verdad?

Él no dijo nada. En lugar de eso, extendió la mano derecha hacia mí y tomó la mía.

—Ya te lo dije. Te devolverá todos tus poderes. La capacidad de caminar bajo el sol, todo.

—Sigo sin ver por qué debería agradecértelo. Me abandonaste cuando más te necesitaba. No estuviste a mi lado.

—De acuerdo, saquemos a estos dos de aquí —se le daba de maravilla actuar como si yo no existiera. Ni siquiera me miró.

Nos llevó por un camino distinto al que habíamos usado para entrar. Nunca había estado en aquel templo de vampiros, así que tampoco es que reconociera nada. Al final, salimos por la parte trasera del templo.

—Id hacia el sur y llegaréis donde está vuestro coche —indicó, señalando con el dedo índice un sendero invisible.

—Gracias —susurré.

Volvió a ignorarme, y me estremecí de rabia.

—¿Entonces esto es todo? —le preguntó a Derek con anhelo en la mirada.

—Sí. Esto es todo. Probablemente sea la última vez que nos veamos. Cuídate.

—Cuídate, hijo mío. Tienes mi bendición.

¿Hijo mío? ¿Había oído bien? ¿Aquella mujer tan hermosa, que parecía incluso más joven que yo, era la madre de Derek?

—Gracias —susurró él. Tras la dura fachada que mantenía, pude percibir un atisbo de emoción en su voz. La quería.

Aquella escena entre madre e hijo empezaba a incomodarme.

Bostecé al despertar. Los rayos del sol entraban por las ventanas.

—¡El sol! ¡Derek!

Salté de la cama y corrí directamente a su habitación. ¿Se habría acordado de bajar la cortina de cuero después de que regresamos anoche?

Irrumpí en su habitación sin llamar.

—¡Derek!

Estaba allí, mirando por la ventana abierta. ¡Sin camiseta!

No pude evitar recorrerle el torso con la mirada.

Reconocí la cadena que llevaba al cuello: era la que su madre le había dado el día anterior.

Corté mis pensamientos de golpe. Recordé que ahora no solo podía exponerse al sol, sino que también podía leer la mente.

—No recuerdo haber llegado a mi habitación anoche. ¿Me llevaste tú? —Era una pregunta obvia.

—Sí. Te quedaste dormida en el coche. Tuve que resistir la tentación de dejarte allí.

—Gracias, guapo —dije con sarcasmo.

Todo lo de ayer aún me daba vueltas en la cabeza, y había algo que necesitaba confirmar.

—Ehm, Derek, sobre lo que dijiste anoche… —comencé.

—¿Qué pasa con eso?

—Dijiste que me amabas. ¿Lo decías en serio? No es que importara, ¿verdad?

Por primera vez desde que lo había pillado así, se giró para mirarme.

Tuve que obligarme a apartar los ojos de su pálida piel musculosa. Sus abdominales eran para morirse. Vale, no podía dejar de mirarlo y me pilló embobada.

—No es la primera vez que me lo oyes decir. ¿A qué viene tanto revuelo ahora?

No sabía qué dolía más: las palabras en sí o la forma en que las pronunció sin inmutarse.

—Cla-ro —dije arrastrando la palabra.

—Acordamos aparcar nuestros sentimientos hasta que acabemos con el κακο.

—Eso deberíamos —respondí con frialdad.

—Exacto.

—¿Cómo nos cargamos a ese cabrón del demonio? —Tuve que cambiar de tema para demostrar que iba en serio con lo de mantener la profesionalidad.