Destinada a Flurry (Destinada a los Jinetes Draken 2) 9 Rowan
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9 Rowan

cKP

ROWAN

Santos y jodidos astros. Jadeo cuando la cara de Kai desaparece entre mis muslos, su boca moviéndose con una lentitud deliberada que tiene que estar pensada para volverme loca.

Con una pierna apoyada en su hombro y sus poderosas manos manteniéndome abierta, no puedo hacer otra cosa que sentir cómo se abre camino con la lengua por la piel sensible de mi cara interna del muslo, encendiendo un rastro de escalofríos que rebotan directos hasta mi centro.

Su aliento es un contraste ardiente con el agua helada que se arremolina a nuestro alrededor, y la humedad que ahora empapa mis pliegues no tiene nada que ver con el arroyo.

—No luches contra tu placer —ordena Kai, sus palabras cosquilleando mi piel.

No sé qué odio más, si que me esté dando órdenes incluso ahora… o que una parte de mí lo disfrute.

Le agarro de los hombros, mis uñas hundiéndose en él con más fuerza de la estrictamente necesaria para mantener el equilibrio.

O quizá no sea suficiente, porque él se acurruca aún más y aspira hondo.

No puedo imaginar que huela bien entre mis muslos, pero cuando Kai alza la cara un momento, la lleva cubierta por un velo brillante de agua y deseo. Oscuro, hambriento y sin defensas.

Luego vuelve a bajar la cabeza; su lengua se desliza entre los labios de mi sexo, trazando patrones intrincados, casi cruelmente complejos, rodeando cada vez más cerca mi hinchado vértice. Más cerca aún.

No puedo evitar el humillante gemido que se me escapa, y me muerdo el labio para no gemir demasiado alto, pero es inútil, de verdad, dada la forma en que las hadas nos observan desde la orilla, con los ojos brillantes, los labios entreabiertos por la anticipación o la envidia, o ambas cosas.

La forma en que sé que Theron nos está mirando.

Por fin, la boca de Kai supera el último milímetro que le falta para llegar al centro de mi necesidad y yo jadeo, mis caderas alzándose en un movimiento traidor y ansioso.

Intento apartarme, pero Kai gruñe una advertencia contra mí, la vibración un rayo fulminante directo a mi núcleo.

Y entonces, por si eso no fuera suficiente, lo remata con un mordisco agudo.

—No luches contra tu placer —dice Kai de nuevo, recolocando mi pierna sobre su hombro mientras me agarra el trasero con la mano libre—. Especialmente si quieres seguir respirando con cierta regularidad.

Respirar con cierta regularidad. A mi mente borracha de deseo le hace falta un latido para procesar las palabras.

Cierto. El acto. Kai no me está adorando a mí, está adorando el pacto que hicimos.

Pero que me partan los astros: es muy bueno en ello.

Sus manos encallecidas son inexorables mientras me mantiene anclada contra la roca resbaladiza, sus colmillos raspando mi piel, acercándose cada vez más a mi ápice.

Las pequeñas punzadas de dolor encienden una excitación que no tengo ninguna esperanza de controlar.

De repente, la lengua de Kai chasquea directamente contra ese botoncito hinchado y dolorido, y todo mi cuerpo se sacude. Grito, incapaz de contener el sonido cuando lo vuelve a hacer, una y otra vez, ahora implacable donde antes solo estaba jugando.

—Kai… —jadeo, mis dedos enredándose en su pelo, sin saber si intento acercarlo más o apartarlo.

No responde con palabras. En lugar de eso, su boca se cierra en torno a mi clítoris y succiona, con suavidad al principio, luego con una presión creciente que hace que mis muslos tiemblen junto a sus orejas.

La doble sensación de su lengua latigueando contra mí mientras sus labios crean esa succión perfecta es demasiado. Mucho demasiado.

La tensión se enrosca en la parte baja de mi vientre.

Tirito, la cabeza echada hacia atrás, los ojos fuertemente cerrados contra el placer abrumador.

No puedo pensar en las hadas que nos miran, no puedo preocuparme por los ojos de Theron taladrándome la espalda.

No existe nada más que esto: solo Kai y el fuego implacable que me arrastra por las venas.

—No puedo… —logro articular, pero él desliza un dedo en mi interior, curvándolo hacia arriba para acariciar un punto que hace estallar estrellas tras mis párpados.

La liberación estalla en mi centro sin previo aviso, arrancando un grito de mi garganta. Mi cuerpo se arquea, cada músculo se contrae mientras chispas de placer se encienden hacia afuera en reacción en cadena desde donde su boca sigue trabajando mi abultado brote.

Cuando los temblores remiten, Kai alza la cabeza, la boca reluciente, y se pasa la punta de la lengua por los colmillos. Relamiendo los últimos restos de mis jugos.

—Precioso —oigo que escupe Theron desde algún lugar cercano, su voz cargada de algo que ahora mismo no tengo capacidad de analizar, pero que sé que odio.

Ignorando la capa de baba que las palabras de Theron acaban de echar sobre nosotros, deslizo las manos por los brazos de Kai, los músculos bajo mi agarre tensos e implacables. Puedo sentir la fuerza en él, el poder que mantiene contenido. La magia que vibra en su interior. Y la oscuridad.

Inclino la cabeza y paso la punta de la lengua por la oreja de Kai, y la violencia encadenada en su interior ruge dentro de mi alma. Gime. El sonido es bajo y primitivo. Y nada humano.

—Deja eso —exige entre dientes, el pecho subiéndole y bajándole como si hubiera estado corriendo. Incluso las sombras que se filtran de él palpitan.

Sonrío con fiereza y me inclino para arrullarle al oído—. No luches contra tu placer, príncipe. Especialmente si quieres seguir respirando con cierta regularidad.

Alzo la cabeza un latido, le sostengo la mirada desafiante y, lenta, deliberadamente, vuelvo a tomar la punta de su oreja entre mis labios.

Y la sorbo como un caramelo.

Su respuesta de deseo se hace evidente en el agua, levantándose dura e insistente contra mi muslo. Le siento ardiendo, incluso a través del arroyo frío, su cuerpo vibrando con la misma jodida necesidad que me había hecho sentir a mí momentos antes.

Una impía satisfacción resuena en mi interior. Sí. A este juego podemos jugar dos.

Deslizo una mano en su pelo, enredando entre mis dedos los mechones rubios y mojados. La respuesta de su cuerpo es tan salvajemente satisfactoria como el fogonazo de furia renovada que cruza su rostro.

La boca de Kai choca contra la mía, sus dientes hundiéndose en mi labio inferior con una fuerza que es a partes iguales castigo y pasión.

El sabor cobrizo de la sangre se mezcla con el agua a nuestro alrededor, pero no me importa.

Un calor líquido llena mi núcleo, irradiando hacia afuera, derramándose por mis venas.

La sensación de su lengua conquistadora en mi boca es una burla de lo que puede ocurrir. Una amenaza.

Y, a pesar de todo, a pesar de las miradas, del agua fría, de la roca dura bajo mí—del conocimiento de que todo esto no es más que una actuación—, quiero más.

Lo ansío. Le muerdo de vuelta, mis dientes raspando su labio, arrancándole un gruñido bajo desde lo más hondo del pecho.

Sus sombras se arremolinan a nuestro alrededor como sábanas de seda negra retorciéndose en una tormenta, ocultando los ojos curiosos de las hadas, pero sé que siguen ahí, mirando, esperando.

Kai me aferra las caderas, sus dedos hundiéndose en mi carne con una fuerza que dejará moratones—. —Deja de jugar con fuego, pequeña alquimista —dice contra mi boca, su voz un gruñido bajo y peligroso—. Te vas a quemar.

—Pruébame —le reto, pasando los dientes por su piel mojada y deslizando la punta de la lengua por su cuello, justo antes de hundirlos en la carne sensible.

Kai se sacude y luego vuelve a hundir los dedos en mi interior.

Llenándome con una intensidad repentina que me roba el aliento.

Tras la resolución del orgasmo, la sensación resulta abrumadora, una invasión dura y experta que envía ondas de placer tan intensas que cruzan la línea hacia el dolor, recorriéndome el cuerpo.

Su pulgar encuentra mi clítoris con precisión infalible, rodeándolo en un ritmo que imita el martilleo de mi corazón.

Mi deseo palpita, como si la satisfacción que había tenido instantes antes no hubiera existido jamás.

Jadeo, echando la cabeza hacia atrás, la espalda arqueándose mientras intento primero escapar de la intrusión y—al fracasar—buscarla más.

Tomar más de él, profundizar el contacto.

El agua a nuestro alrededor se agita con nuestros movimientos, salpicando nuestra piel.

Los ojos de Kai se asen a los míos, sus pupilas dilatadas por la lujuria y algo más oscuro, algo más posesivo.

Dentro de mí, sus dedos se mueven con un ritmo implacable, llevándome cada vez más alto, empujándome hacia el borde del éxtasis.

Puedo sentir la tensión formándose dentro de mí, una espiral de calor y necesidad que amenaza con volver a consumirlo todo.

Es más de lo que mi cuerpo puede soportar.

Estoy segura. Mis uñas dejan medias lunas sangrientas en la piel de Kai.

El aire me llega en jadeos cortos y entrecortados, el pecho alzándose con el esfuerzo de contener la tormenta de sensaciones que ruge en mi interior.

Intento contenerme, mantener un mínimo de control, pero es un esfuerzo inútil.

El toque de Kai es demasiado experto, demasiado sabedor.

Me toca como si yo fuera un instrumento, arrancando sonidos y sensaciones de los que no sabía que aún fuera capaz.

Un segundo orgasmo me desgarra como un terremoto.

Todos los músculos se tensan. La liberación es aún más potente que la primera.

Tanto que duele. Un dolor lacerante y exquisito que difumina la línea entre placer y agonía.

Mi canal se contrae en torno a los dedos de Kai, mis músculos internos apretándose y soltándose en un intento desesperado y vano de resistir las sacudidas posteriores que amenazan con deshacerme.

Pasa una eternidad hasta que la ola de sensaciones empieza a remitir.

Hasta que consigo tomar aire, por tembloroso que sea.

Pero Kai no muestra piedad. Su mano vuelve a moverse, los dedos curvándose con pericia en mi interior, acariciando ese punto que manda nuevas sacudidas de sensación atravesando mi cuerpo otra vez.

Como si nada de lo de antes hubiera contado una mierda.

Intento gritar, pero su boca cubre la mía, tragándose mis gemidos y reclamándome con embestidas posesivas que no dejan espacio para que yo haga nada.

El beso es brutal y posesivo. Un reflejo del ser primitivo y salvaje que es.

Y sin embargo, de algún modo, eso solo aviva más mi deseo de correrme otra vez.

Y de hacerlo pedazos. En cualquier orden.

Antes de que pueda conseguir lo segundo, otro orgasmo estalla.

Es demasiado: demasiado intenso, demasiado absorbente.

Mi cuerpo se sacude de forma violenta, mis caderas embistiendo contra su mano mientras cabalgo la cresta de esta nueva ola.

Mis uñas arañan la espalda de Kai. Él lo recibe todo, absorbiendo mi dolor, mi placer, mis gritos.

Sus ojos, esos fríos e implacables ojos azul glaciar, se clavan en los míos, implacables y constantes.

Me anclan, me sujetan a tierra, incluso cuando el resto del mundo se deshace, disolviéndose en una neblina de sensación cruda y primitiva.

Me agarro a él para no ser arrastrada del todo por la fuerza de todo lo que bulle en mi sangre.

Mi corazón martillea. Mi centro late. Los dedos de Kai están resbaladizos de mi excitación cuando su palma se desliza por mi vientre, moviéndose para esquivar la curva de mi ombligo.

Mi ombligo. Eso es justo lo que se cuida de no rozar. Yo…

Un ruido gutural altera la niebla de mi mente. Pese a la advertencia de los brazos tensos de Kai, me giro, el aire aún llegando a mis pulmones en jadeos desgarrados.

Theron está más cerca de lo que hubiese esperado, con los ojos fijos en nosotros con tanta hambre como la que su mano tiene aferrada a su polla—.

—No paréis ahora —resopla hacia nosotros con irritación, los sonidos de sus gruñidos haciéndose más fuertes y urgentes, sus músculos del brazo marcándose mientras continúa dándose placer—.

¿O es que encuentras que la chica se ha vuelto aburrida para ti, príncipe de Slait?