Despiadado, salvo con ella (Las velas negras de la frontera 1) 43 Ashton
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43 Ashton

Ashton

—Lo haría. Con las manos. Con el cuerpo.

O, si te sientes particularmente tímida...

La alzó antes de que pudiera protestar. Sus nalgas desnudas quedaron apoyadas contra él, tentadoras.

Pero aún no era suya para tomarla. La recostó enseguida en la cama y la cubrió con la colcha adicional que estaba doblada a los pies.

La barrera de la noche anterior sería ahora de ella durante el tiempo que quisiera.

—No estoy acostumbrado a estar con una virgen —dijo mientras desataba las calzas—.

Perdóname —añadió. El recuerdo de las nalgas de Cassia contra él, de su cuerpo desnudo entre sus brazos, estuvo a punto de acabar con su dominio de sí mismo—.

Claro que tú no lo eres —agregó al darse cuenta de su error.

Ashton terminó de desvestirse sin ceremonia, calzas incluidas, hasta que entre los dos no quedó más que la colcha. —Me acostaré contigo, pero no quitaré esa colcha a menos que me lo pidas. Se detuvo al ver su expresión a la luz de las velas.

—Has visto antes el cuerpo de un hombre, ¿verdad? —preguntó.

—Sí, pero no... no... —Lo señaló—. No como el tuyo.

Había recibido mejores cumplidos, pero el de Cassia quizá fuera su favorito. Al subir a la cama, se prometió que ella le suplicaría antes de que la tomara. Aquella noche sería para que ella la disfrutara.

—¿Cómo vas a... cómo vamos a... si estoy cubierta?

—Quizá no lo hagamos —dijo, acomodándose a su lado—.

Vuélvete hacia mí —le pidió mientras la ayudaba a ponerse de costado.

Entonces apartó los mechones que le cubrían el hombro desnudo y se inclinó para besárselo.

Del hombro pasó a la base del cuello y descendió a besos por su clavícula.

El estremecimiento de Cassia fue la primera victoria de Ashton aquella noche.

Cuando ella le deslizó una mano por el brazo, Ashton por fin la besó y murmuró: —Explora cuanto quieras, Cassia.

Y ella lo sorprendió al hacerlo. La colcha resbaló hasta dejar al descubierto la parte superior de sus senos. Ashton sintió una enorme tentación de explorar por su cuenta, pero una promesa era una promesa.

Los dedos de Cassia encontraron primero la superficie lisa de su vientre. Al principio lo tocaron con vacilación; luego, con más audacia al ver que él no la detenía.

—Puedes tocarme con más fuerza —dijo contra su garganta.

—No quiero hacerte daño.

Él soltó una risa grave. —No me lo harás.

Ella cobró valor. Su mano descendía más allá del ombligo de Ashton cuando él le sujetó la muñeca y se la llevó de nuevo al pecho.

—Todavía no —dijo—. Esta noche no se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Él alzó la cabeza para mirarla. —De ti. De que descubras lo que desea tu cuerpo. Nada más.

—¿Debería...? Creo que tendrás que quitar esto.

La colcha.

Apenas salieron las palabras de sus labios, él se la arrancó del cuerpo y comenzó su propia exploración.

Le recorrió con los dedos los costados de los senos.

Le endureció los pezones, primero con los dedos y luego con la lengua, sin prestar atención a su jadeo cuando hundió el rostro entre sus senos.

Escuchó cada sonido que ella emitía. Advirtió cuándo arqueaba el cuerpo hacia él. Solo volvió a mostrarse tímida cuando su mano se deslizó entre sus piernas.

—Confía en mí —le susurró al oído, sin sorprenderse al encontrarla húmeda y dispuesta para él.

Cuando introdujo un segundo dedo, a Cassia se le cortó el aliento.

Ashton se deleitó con los sonidos que ella hacía mientras trazaba círculos con el pulgar y acompasaba los movimientos de la lengua con los de sus dedos, con los labios pegados a los de ella.

Puro placer: eso era lo que le ofrecía.

—¿Por qué dejaste de besarme? Me gustan tus besos.

—Y a mí los tuyos. Pero quiero ver tu rostro.

—Mmm —murmuró ella mientras él movía los dedos—. ¿Por qué?

—Porque sospecho que nunca has tenido un orgasmo y quiero ver tu hermoso rostro cuando lo tengas.

—¿Te parece hermoso mi rostro? Ashton, por favor, no dejes de hacer eso... Ella movió las caderas arriba y abajo contra su mano. Estaba condenadamente cerca.

—No me atrevería.

—¿Éxtasis?

—Sí, éxtasis.

—¿Qué es...? Ashton... Ashton, por favor.

Ella se lo pidió; él se lo concedería.

Antes de que Cassia pudiera detenerlo, Ashton ya estaba entre sus piernas, separándolas. Hundió el rostro donde habían estado sus dedos y los sustituyó por la lengua.

—Ash...

No sabía si ella quería que se detuviera o si intentaba decirle otra cosa. Pero primero quería oírla gritar, algo arriesgado dadas las circunstancias.

Con la lengua moviéndose ahora junto al pulgar, hizo lo único que la mayoría de los hombres no podía hacer. Lo que había aprendido por las malas.

Se contuvo. Dejando a un lado su propio placer, Ashton lamió su sexo y trazó círculos con la lengua muy despacio. Sabía, por la manera en que ella le había sujetado la cabeza, por el movimiento de sus caderas... que estaba cerca.

Entonces levantó la mirada. —Llega al éxtasis para mí, dulce Cassia.

Y le pasó la lengua de arriba abajo. Ella empujó las caderas contra su boca y gritó. Él saboreó cada instante de su placer y solo se detuvo cuando Cassia se desplomó sobre la cama, jadeante.

Ashton se limpió la boca y se arrodilló entre sus piernas para adorarla como ella merecía.

Esa noche no durmió en el suelo.