Capítulo cuarenta y tres
SEBASTIAN
El hospital ahora era otro, pero aún tenía esa misma atmósfera pesada del anterior... aquel donde había perdido a Bonnie y donde por poco no perdí a Layla. Donde pasé dos meses pidiendo que despertara, en el fondo con el miedo de que eso nunca ocurriera.
Ahora estábamos en un lugar donde, según Logan, tenía la mejor sala de emergencias obstétricas de la Costa Oeste.
Layla fue llevada inconsciente, y mi hermano volvió a usar su influencia como médico para poder acompañarla.
Sylvie se quedó conmigo en la sala de espera.
Michael no vino con nosotros porque se ofreció a ir a la comisaría.
Daniel Reed había sido trasladado, bajo custodia, a otro hospital, ya que probablemente le había dejado varios traumatismos mientras lo golpeaba.
En ese momento, lo único que deseaba era matarlo. Y sentía que sería capaz de ir a buscarlo incluso al infierno para terminar ese trabajo si algo más grave le pasaba a Layla o a nuestro hijo.
Después de un periodo angustiante de espera, Logan regresó con noticias.
—Va a tener que someterse a una cesárea de emergencia.
—Su embarazo todavía no ha llegado ni a las treinta y una semanas, Logan. He leído lo suficiente sobre el embarazo en estos últimos meses como para saber que el bebé aún no está listo para nacer.
—Las probabilidades de supervivencia son altas en esta etapa, Sebastian, aunque el bebé sea prematuro. Pero lo cierto es que no hay otra opción en este momento. Layla ya está siendo preparada para la cirugía.
—¿Está consciente? —Logan asintió, y eso me hizo soltar el aire con alivio—. Quiero estar con ella.
—Lo estarás. Ven conmigo.
Asentí y ya iba a seguirlo. Pero antes, me giré hacia Sylvie y traté de tranquilizarla, diciéndole que todo iba a estar bien. Ella me sorprendió con un abrazo.
—Cuídala bien, por favor —me pidió—. Debe estar nerviosa. Dile que todo va a estar bien.
—Voy a cuidarla.
Se separó, pasando el dorso de las manos por su rostro para secarse las lágrimas.
—No le digas a Lay que te abracé. Si no, va a pensar que de verdad me convencí de que eres un buen tipo.
—Tranquila. Seguiremos fingiendo que aún no estás convencida. —Intercambié una leve sonrisa con ella—. No sé si hoy podrá recibir visitas. Si quieres ir a casa...
—No —me interrumpió—. Me quedaré aquí. ¿Puedo?
Miré a Logan, que asintió antes de decir:
—Ya sé que Layla es una hermana muy preocupada, así que dile que estoy cuidando de Sylvie. Te acompañaré hasta el quirófano y luego volveré para quedarme con ella. Tendré que estar disponible, aunque no participe en la cirugía, pero Evelyn y Camila vienen para acá y la llevarán a comer algo.
—No hace falta todo eso —replicó la chica.
—Bienvenida a la familia Turner —declaró Logan—. Tenemos muchos defectos, pero las familias de las personas que amamos también se vuelven nuestra familia. Y siempre nos cuidamos entre todos.
Intercambié una sonrisa con mi hermano y nos abrazamos brevemente, antes de que me acompañara hasta el lugar donde me prepararía para entrar al quirófano.
Cuando entré, Layla ya estaba lista. Me miró, visiblemente aliviada al verme.
Su rostro tenía un hematoma, probablemente causado por Daniel Reed, y eso volvió a llenarme de rabia por un instante.
Pero enseguida intenté dejarlo de lado. Nuestro hijo estaba a punto de venir al mundo, y eso debía suceder en un ambiente de paz.
Me acerqué a ella y besé su frente por encima de la mascarilla que llevaba puesta.
—Tengo tanto miedo... —confesó ella.
Yo también estaba aterrado, pero intenté no transmitirle eso.
—Estás en manos de un excelente equipo, Lay. Y yo estoy aquí contigo.
La médica responsable del parto nos avisó que la cirugía iba a comenzar y me senté en una silla junto a la camilla, sosteniendo la mano de Layla. Ella estaba temblando y miraba todo el tiempo la cortina sobre su pecho, como si pudiera ver a través de ella.
Bajé el rostro cerca de su oído y le pregunté, en voz baja:
—Cuéntame algo que parezca tonto y banal.
Ella esbozó una leve sonrisa, y eso hizo que mi corazón se calmara.
—Odio los hospitales... —declaró ella.
—Tampoco es mi lugar favorito —respondí—. Ya lo sabía, así que cuéntame algo que no sepa.
Ella pensó por un segundo.
—Y siempre soñé con quedar embarazada y tener un bebé, pero... también quiero ser madre a través de la adopción.
—Eso también lo sé. Y tú sabes que lo sé, ¿verdad?
El motivo por el que ya lo sabía no era algo de lo que me sintiera orgulloso, ya que era una de las cosas que había leído en su diario. Aun así, estaba dispuesto a no decir más mentiras ni fingir sorpresa por cosas que ya conocía.
—Lo sé. Pero no sé qué piensas tú sobre eso.
—Lo que pienso... O mejor dicho, de lo que estoy seguro, es que quiero ser el padre de tus hijos, Lay. Entiendo tu miedo, porque el hombre que te adoptó nunca ha comprendido lo que realmente significa ser padre.
—No tengo ese miedo, Sebastian. Tú fuiste padre de nuestro bebé desde que supiste que existía, incluso antes de tener la confirmación de que fuera tuyo.
—Voy a amar muchísimo a cada uno de nuestros hijos, Lay.
Ella volvió a sonreír, y eso significó todo para mí. Solo esa conversación, sobre los hijos que aún llegaríamos a tener, ya era una señal de que había logrado perdonarme.
—Entonces cuéntame algo tú —pidió ella.
Aunque su perdón estaba claro ahí, yo sabía que debía dejar todo de la forma más transparente y sincera posible. Por eso le conté:
—Leí cinco pasajes de tu diario. Exactamente cinco. Y estoy siendo completamente sincero.
—Te creo. ¿Puedes decirme cuáles?
Teníamos algo de tiempo para eso. Entonces le conté, en voz baja, todo.
Le conté todo, desde el día en que su diario cayó abierto en una página donde vi mi nombre, donde ella escribió sobre cuando me encontró en el mismo hospital en el que su madre estaba recibiendo tratamiento.
Hablé sobre cada uno de los pasajes que leí y, más que eso, sobre cómo me sentí en cada uno de ellos.
Cómo la forma en que ella describió lo que sentía en aquel Año Nuevo me resultó tan familiar, porque era exactamente la misma rabia que también llenaba mi pecho.
Sobre mi fascinación al ver sus primeros dibujos allí.
Sobre mi sorpresa al leer que Albert no la quería y, ya en ese momento, preguntarme cómo era posible que alguien no quisiera a Layla.
Y que aún no había conocido, a través del diario, toda la historia, y por eso mi curiosidad cuando le pregunté aquello era completamente genuina.
Y, por último, le hablé del último pasaje que leí, que era el texto junto al dibujo de la casa junto al mar.
—Solo podía pensar en cuánto merecías tener a alguien a tu lado para mirar las estrellas, Lay —completé.
Tenía lágrimas en los ojos. Su mano aún sostenía la mía con fuerza.
—¿Puedo contarte algo yo también? —preguntó ella.
Seguíamos hablando en voz baja, al mismo tiempo que revisábamos los monitores de sus signos vitales y del bebé, e intentábamos descifrar en las expresiones del equipo médico si todo parecía estar saliendo bien durante la cirugía.
—Claro. Así es como funciona, ¿no? Yo te cuento algo, tú me cuentas algo a cambio.
—Escribí más cosas sobre ti. Y confieso que me dio mucha vergüenza pensar que las habías leído.
Aquello era, de hecho, una sorpresa.
—¿Qué tipo de cosas escribiste sobre mí que te darían vergüenza si las leyera? —Acerqué más el rostro a su oído y susurré—. ¿Algo indebido, traviesa?
Ella rió suavemente.
—No. Tal vez mencioné que soñé contigo una vez, pero no describí el sueño.
—Me lo vas a describir después, ¿cierto?
—Tal vez. Pero la verdad es que, antes de aquella primera noche juntos...
ya me fijaba en ti. Claro que todavía no te amaba, no estaba enamorada ni nada por el estilo.
Pero ya existía una atracción y una curiosidad.
Y de alguna manera ya me identificaba con algo en ti.
De la misma forma en que tú leíste lo que escribí en la noche de Año Nuevo y viste que te sentías igual...
yo miraba tus ojos y ya percibía que teníamos dolores parecidos.
Era increíble lo real que era todo eso. Layla y yo habíamos tenido vidas distintas, veníamos de realidades completamente opuestas y de situaciones diferentes.
Pero compartíamos el sentimiento de ausencia paterna, además de que ambos habíamos tomado decisiones profesionales intentando agradar a esos mismos padres que no se preocupaban por nuestras verdaderas necesidades.
Los dos compartíamos el instinto de querer proteger y cuidar a nuestros hermanos menores.
Y, por último, conocíamos el dolor del duelo.
Iba a responder algo, pero en ese momento notamos un mayor movimiento entre el equipo médico. Quise acercarme más, pero permanecí al lado de Layla, sosteniendo su mano, intentando calmarla, aunque yo también me sentía tenso. Hasta que, instantes después, escuchamos el sonido que más esperábamos.
El llanto de nuestro bebé.
Nuestro pequeño llegó al mundo. Aún tan pequeño, pero aun así ya perfecto.
El llanto de Layla se intensificó cuando el médico lo levantó para mostrárselo, y yo también estaba completamente abrumado por la emoción.
La médica nos explicaba todo, pero yo no podía apartar la mirada de nuestro hijo mientras recibía los primeros cuidados.
Solo logré prestar atención a la información más importante.
Era muy pequeño, pesaba un poco menos de dos kilos y, por eso, tendría que permanecer algunos días en el hospital, pero solo para ganar peso.
Todo estaba aparentemente bien con él. Era sano y muy fuerte para un cuerpecito tan pequeño y frágil.
Y Layla también estaba bien.
No pude contener las lágrimas cuando corté el cordón umbilical. Sentí angustia al verlo con un aparato que lo ayudaba a respirar, pero la médica nos aseguró que sería solo un soporte.
Ya tenía que ser llevado a una incubadora, pero antes pudo ir a los brazos de Layla por unos minutos. Y su llanto suave se calmó en cuanto lo colocaron sobre el pecho de su madre.
—Dios mío... Sebastian, nuestro bebé es tan perfecto.
—Lo es —respondí, volviendo a sentarme a su lado y besando su frente, sin poder dejar de mirar a nuestro hijo.
—Hola, mi amor... —dijo Layla en voz baja—. ¿Sabes que eres muy amado? Mamá y papá te esperaron tanto. Incluso habiendo llegado de sorpresa. Tan de sorpresa que ni siquiera decidimos tu nombre.
—Y llegaste en una noche muy lluviosa, hijo. —Layla me miró y yo le sonreí—. Está cayendo un diluvio allá afuera. Creo que es una de las lluvias más fuertes que han caído en la ciudad en los últimos años.
—El momento más especial de mi vida está ocurriendo en medio de una tormenta.
—Sí. Eso resignifica todo, ¿no?
Ella asintió y levantó el rostro para que intercambiáramos un beso breve, antes de que ambos volviéramos la mirada hacia el bebé. Entonces volví a hablar:
—Tuve mucho tiempo para intentar distraer la mente en estos días en que estuviste lejos. Y estuve investigando el significado de algunos de los nombres que consideramos para él.
Ella me miró, curiosa.
—¿En serio? ¿Y cuál significado te pareció más bonito?
—El día de la ecografía mencionamos “Nathan”. Viene del hebreo. Y significa “regalo”, “don” o “dádiva”.
—Nathan... —repitió.
—También investigué otros nombres que consideramos, como...
—No —me interrumpió—. Nathan... es perfecto. Porque él es nuestro regalo. Es una dádiva en nuestras vidas.
Le di otro beso en la frente y luego hice lo mismo en la cabecita de nuestro hijo.
Nuestro Nathan...
Nuestro pequeño regalo.
La mayor dádiva de nuestras vidas.
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