Capítulo treinta y tres
SEBASTIAN
Todo el desahogo de Layla sobre la confianza me quitó el sueño esa noche. Porque no podía dejar de pensar que, de alguna manera, yo había quebrado la suya.
Recordaba el día en que le entregué su diario, después de haberlo guardado conmigo durante el tiempo en que estuvo en coma.
Y ella simplemente lo tomó, sin hacer ninguna pregunta al respecto.
De hecho, en cierto momento incluso llegó a agradecerme.
Dijo que estaba agradecida de que no se lo hubiera dado a Sylvie, porque estaba segura de que su hermana lo leería.
Me agradeció... por guardar sus secretos. Creyendo que yo no los había leído.
En mi defensa, podría explicarle cómo leí el primer fragmento, casi sin querer, al ver mi nombre cuando el cuaderno cayó y se abrió.
Era natural que terminara leyendo algo donde se mencionaba mi nombre, ¿no?
Debería haberme detenido en esa página, pero mis manos me traicionaron y terminé pasando a otras...
Pero me di cuenta de mi error a tiempo y me detuve. Hasta que, en otra ocasión, tuve que abrir el cuaderno —para buscar su documento de identidad— y nuevamente me vi atrapado por los dibujos y el texto que encontré allí.
Aun así, otra vez habían sido solo algunas páginas, y me detuve enseguida. ¿Cuántas fueron? Unas cuatro fechas leídas entre las cientos que había allí.
Intentaba construir mentalmente argumentos para justificar lo que hice, pero me di cuenta de que el único era: “hice algo mal, pero podría haber hecho algo peor, y aun así no lo hice”. Lo cual era ridículo en todos los sentidos posibles.
De cualquier forma, necesitaba contarle eso a Layla. Y lo antes posible. Cuanto más tiempo pasara guardando ese secreto, más sentiría que estaba traicionando su confianza.
Pensaba en todo eso mientras preparaba el desayuno. Era demasiado temprano para un domingo, pero no había logrado dormir, así que decidí levantarme y hacer algo.
Creí que Layla tardaría un poco más en despertarse, pero me equivoqué cuando la vi cruzar la puerta de la cocina, aún en pijama, acercándose a mí para saludarme con un beso.
—Buenos días, amor. ¿Por qué te levantaste tan temprano?
¿Qué debía responderle? ¿Debería ser sincero y decirle que ni siquiera había dormido? Tal vez era lo mejor, así podría aprovechar para explicarle el motivo.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, noté que se sentaba frente a la isla de la cocina, mirando el celular con cierta preocupación.
—¿Pasó algo? —pregunté.
—Recibí un mensaje de Sylvie esta noche, pidiéndome que la llamara lo antes posible. Lo envió a las dos de la mañana, y todavía no son ni las ocho. Debe seguir durmiendo a esta hora, ¿no? Por eso le respondí con otro mensaje para que me avise cuando se despierte.
—Debe ser algo de adolescente, ¿no? Seguro quiere algún consejo tuyo.
—Eso es lo que me preocupa. Sylvie no es de las que piden consejos, a menos que esté metida en problemas.
—¿En qué tipo de problema podría meterse a las dos de la mañana? Tú misma dices que no es de salir a fiestas y que tiene un horario estricto para volver a casa.
—Sí. Eso es lo que me preocupa. Bueno, esperaré a que me avise y entonces la llamaré. —Layla volvió a mirarme y sonrió—. ¿Y tú? ¿Por qué te despertaste tan temprano?
—Nada en especial, la verdad. Y hoy es domingo. Podemos volver a la cama.
—Ya veo. Algo me dice que no es precisamente para dormir, ¿verdad?
No lo era. Ni para lo que probablemente ella estaba pensando.
Claro que me encantaría pasar el domingo haciendo el amor con ella, pero ese día estaba decidido a contarle lo del diario. No iba a seguir postergándolo.
Así que podíamos desayunar con calma, conversar un poco más y luego volver a la cama, donde la abrazaría, le diría que la amaba y...
Le pediría perdón por haber sido un idiota, y entonces le contaría todo.
Era un buen plan. Ya conocía a Layla lo suficiente como para saber que se volvía un poco menos paciente cuando tenía hambre. Sería mejor que comiera antes de esa conversación.
Cuando terminé de preparar los huevos, los puse en un plato y se los serví a Layla, dejándole un beso en los labios antes de volver a la cocina para hacer los míos. En ese momento, su celular sonó.
Ella atendió con buen ánimo:
—¿Te dormiste después de las dos y ya estás despierta antes de las nueve? ¿Qué está pasando? —Hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, ya se notaba tensa—. Tranquila, Syl... Habla despacio... ¿Qué pasó?
Me giré hacia Layla y noté su expresión preocupada, ahora sosteniendo el teléfono con ambas manos.
—No puedo creer que haya hecho eso... Tranquila, mi amor... No, no va a hacer nada... No, no puede hacer eso... Si intenta algo, lo denuncio ante servicios sociales y pido tu custodia. Tranquila, Syl...
Layla se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro, yendo de la cocina a la sala. Apagué el fuego y me quedé atento. Si ese maldito Albert le había hecho algo a la chica, yo mismo iría a ponerlo en su lugar.
Esperé unos veinte minutos hasta que Layla terminó la llamada y volvió a la cocina, visiblemente furiosa.
—¡Ese... ese... imbécil!
Estaba muy enojada. Pero, al parecer, “imbécil” era lo peor que lograba decir sobre Albert.
—¿Qué hizo, Lay?
—Descubrió lo del noviazgo de Syl. Le dijo cosas horribles. Amenazó con sacarla de la escuela. Intentó quitarle el celular, pero ella se encerró en su cuarto y no se lo permitió.
—No puede sacarla de la escuela contra su voluntad.
—No puede. Si lo hace, pediré su custodia, tengo motivos para hacerlo. Sumado a que él siempre está borracho y casi no pasa tiempo en casa.
—Tengo muy buenos abogados, Lay. Si eso es lo que ambas quieren, vamos a hacerlo.
—¿Me ayudarías con eso?
¿De verdad aún tenía esa duda? Haría cualquier cosa por verla feliz.
Me acerqué y la abracé.
—¿La lastimó? ¿Intentó algo contra ella? —pregunté, preocupado.
—No físicamente. Pero... ¿sabes cómo se enteró de todo?
—¿Cómo?
—Le tomó el celular mientras dormía. Usó su propio dedo para desbloquearlo y abrió sus mensajes. Pero, específicamente, los mensajes que intercambiaba conmigo.
—Qué hombre enfermo. ¿Por qué haría algo así?
—Probablemente porque cree que soy una mala influencia para Sylvie. Y seguro piensa que lo confirmó, porque ella me contó sobre el inicio de la relación por mensajes. Él los leyó, se enfureció y la despertó a los gritos.
—Debe de haberse asustado mucho.
—Sí. ¿Cómo pudo hacer algo así? Nunca fue el mejor padre conmigo, pero siempre fue mucho mejor con Sylvie.
No imaginaba que fuera capaz de caer tan bajo con ella.
¿Invadir su privacidad de esa manera? Entiendo a los padres que quieren saber con quién hablan sus hijos menores en internet, pero...
eran mensajes conmigo, su hermana. Algo tan personal. Eso fue... Fue horrible.
—Lo sé... lo sé, Lay…
Yo lo sabía.
Y sabía también que lo que Albert había hecho aún podía justificarse como una forma de sobreprotección de un padre. Muy distinto a cuando yo había hecho prácticamente lo mismo con Layla.
Yo no había tenido esa intención...
Pero la intención importaba poco frente a lo que había hecho.
—Lay, tenemos que hablar... —dije.
Ella se apartó un poco para mirarme a los ojos, aunque yo mantuve mis manos sobre su vientre. Layla me observó, esperando a que empezara a decir lo que tenía que contar. Tomé aire para hacerlo, pero mi voz fue interrumpida por el sonido del timbre.
—¿Quién será a esta hora? —preguntó, curiosa.
Yo también habría sentido curiosidad, si no fuera porque lo que predominaba en mí era la irritación por quienquiera que hubiese interrumpido ese momento.
Me aparté de Layla y fui hacia la sala. Noté que ella me seguía, caminando más despacio.
Apenas abrí la puerta, dos pequeños rayos de cabello castaño entraron corriendo en la casa, seguidos por... ¿un perro?
—¡Tío Sebastiaaaaan! —gritó Anna, corriendo hacia mí y abrazándose a mis piernas.
Miré más adelante y vi a Aurora subirse de pie sobre el sofá, seguida por Blue.
—Pero qué... —empecé a decir, pero mi voz fue interrumpida por la de mi madre.
—Qué bueno que ya están despiertos, tenía miedo de que fuera demasiado temprano. —Miró a Layla, que se detuvo a mi lado—. Layla, querida, ¿cómo estás? Vaya, te vi ayer mismo, pero hoy parece que tu barriga ha crecido más. Ah, qué tontería, deben ser las prendas, ¿no?
—¿Mamá? —dije, atónito, mirando a mi madre parada en la puerta. A su lado había una maleta infantil con dibujos de unicornios.
Miré un poco más allá y vi a un hombre de traje, de unos cuarenta y tantos años, parado en el jardín. Nos saludó con la mano. Layla le devolvió el saludo, confundida. Yo, en cambio, estaba demasiado desconcertado como para reaccionar.
—¿Quién es ese tipo? —pregunté.
—Ah, es Mark.
—¿Mark? ¿Qué Mark, mamá?
—Era uno de los guardias de seguridad de casa. Ahora es algo más que eso, ¿sabes a qué me refiero? ¿Has visto esa película de Whitney Houston con el guardaespaldas?
—¿Estás saliendo con uno de tus guardias?
—A veces el amor surge donde menos se espera.
—¿Qué quieres decir, mamá? ¿Qué pasó con León?
¿Por qué demonios seguía haciendo ese tipo de preguntas?
Ella hizo un gesto con las manos frente al rostro, como si no fuera nada importante.
—Las cosas entre nosotros no funcionaron. Es una historia larga, hijo. En fin, ese es Mark. Te encantará conocerlo.
Ya debería estar acostumbrado a los constantes cambios de pareja de mi madre. De hecho, León había durado demasiado.
Pero ese no era el punto más importante en ese momento.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunté—. Con las niñas, y... el perro...
—¡Blue, no puedes comerte el cojín! —gritó Anna, soltando mis piernas y corriendo hacia dentro para tirar del cojín que el perro estaba mordiendo. Ambos comenzaron una especie de tira y afloja.
Volví a mirar a mi madre, exigiendo una explicación.
—¡No lo van a creer! —empezó, entusiasmada—. Anoche recibí una llamada de nada más y nada menos que Richard Muller.
—¿El cineasta? —preguntó Layla, impresionada.
Yo, en cambio, me sobresalté al oír el sonido de la tela desgarrándose. El cojín con el que Anna y Blue jugaban prácticamente había explotado por la sala, y ahora Aurora giraba sobre sí misma en el suelo con las manos en alto, como si la espuma fueran copos de nieve.
—¡El cineasta! —confirmó mi madre—. Quiere hacer una prueba conmigo para ser la protagonista de su próxima película. ¿No es maravilloso?
—¿Y no podías contarnos eso por teléfono? —pregunté.
—No entendiste, Sebastian. La prueba es mañana. Necesito viajar hoy mismo.
—¿Viajar? Hollywood está a menos de una hora en coche de aquí.
—La prueba será en Miami.
—¿Qué?
—Richard está ahora mismo en medio de la grabación de otra película. Y ya necesita cerrar el elenco de la siguiente. Aceptó hacer las pruebas conmigo en el set. Será solo una formalidad, porque dijo que, si quiero, el papel ya es mío.
—Entonces podrías saltarte las formalidades, ¿no? ¿Para qué necesitas ir hasta allá? —dije, desesperado, anticipando hacia dónde iba todo aquello.
—Son formalidades necesarias, hijo. Y, bueno... no tengo cómo llevar a las niñas y a Blue conmigo. Camila y Michael también están de viaje, así que...
—No, mamá...
—Pensé que tú podrías...
—No lo digas, por favor...
—Cuidar de las niñas.
Abrí la boca para responder, pero el sonido de algo rompiéndose volvió a resonar en la casa.
Layla corrió para resolver lo que fuera que las gemelas habían hecho, mientras yo me quedaba ahí, inmóvil, frente a mi madre.
—No pueden quedarse conmigo, mamá. Layla y yo iremos a la empresa mañana.
—Eres el jefe. Puedes tomarte unos tres días libres.
—¿Tres días?
—Tal vez cuatro. Richard dijo que sería importante que yo fuera a cenar con algunos patrocinadores de la película.
—¿Cuatro días?
—Hijo, fuiste tú quien me incentivó a volver al cine. Yo dije que solo lo haría si era a lo grande, y esta es la mejor oportunidad que voy a tener. No quieres que renuncie, ¿verdad?
Me lanzó su mejor mirada de madre dramática. Mejor aún: madre dramática y actriz, lo que hacía que aquel pedido fuera todavía más difícil de rechazar.
Maldita sea, ¿cómo iba a decir que no en una situación así?
—¡Qué bueno que me vas a ayudar con esto, hijo! —Me abrazó. Pero podría jurar que ni siquiera había alcanzado a responder nada—. Gracias. ¡Y gracias también, Layla! Nos vemos en unos días, traeré regalos de Miami. ¡Rory, Anna, la abuela las ama!
Y, antes de que yo siquiera pudiera abrir la boca para responder, se dio la vuelta y prácticamente desapareció de mi vista.
—¡Rory, querida, bájate de ahí! —Escuché la voz de Layla.
Acto seguido, llegó hasta mí el sonido de algo rompiéndose en la cocina, confirmando que, si Aurora estaba subida en algún lugar de la sala del que debía bajar, Anna estaba haciendo de las suyas en la cocina.
Blue pasó corriendo entre mis piernas y casi me hizo caer, llevando en la boca algún objeto que no alcancé a identificar.
Era un escenario de absoluto y completo caos.
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