Capítulo seis
SEBASTIAN
Me estaban llenando de medicamentos fuertes.
Lo cual debía de ser lo normal para alguien que había pasado por una cirugía como la mía después de sufrir un accidente de auto.
Cada vez que el efecto de los medicamentos comenzaba a disminuir, sentía dolor en cada músculo, hueso y articulación de mi cuerpo, algo que parecía venir a recordarme la gravedad de lo que había ocurrido.
Y siempre me llevaba a pensar que, si yo estaba en un estado tan crítico, ni siquiera podía imaginar cómo estaría Layla, considerando que estaba sin cinturón de seguridad en el momento del accidente.
Atendiendo a mi pedido, mi hermano Logan estaba cuidando directamente de su caso y me mantenía informado.
Aunque actualmente era el director general del Hospital de Nueva York, había trabajado durante años allí, en Los Ángeles, y por eso tenía muchos conocidos y buenos contactos en esa institución, lo que le permitió pedir algunos favores especiales.
Además de poder participar directamente en los procedimientos, también consiguió que su esposa Evelyn y nuestra cuñada Camila fueran registradas como acompañantes de Layla, ya que eran amigas de ella.
Sobre todo porque, hasta ese momento, su padre todavía no había aparecido por allí. Solo su hermana, que por ser menor de edad no podía ser acompañante de una paciente en la unidad de cuidados intensivos.
Lo que sabía hasta el momento era que Layla había sufrido algunas fracturas óseas, aunque ninguna de ellas era lo suficientemente grave como para dejar daños permanentes.
Y que había perdido mucha sangre con el accidente y, por eso, necesitó recibir una transfusión.
También respiraba con la ayuda de aparatos, pero Logan me aseguró que esa probablemente sería una condición temporal.
Se mostraba optimista respecto a su mejoría, pero yo no sabía hasta qué punto ese optimismo era real o si solo lo hacía para mantenerme tranquilo en esa cama.
Claro, como si yo tuviera alguna posibilidad de escapar de allí, teniendo la pierna enyesada y suspendida, y con tantos analgésicos fuertes metidos en mi torrente sanguíneo que incluso llegaba a perder la noción de cuánto tiempo pasaba despierto o dormido.
Sin embargo, en ese momento estaba completamente despierto. Y, aunque no lo hubiera estado, de todos modos me habría despertado por la furia con la que se abrió la puerta de mi habitación.
—Hola, Sebastian —me saludó la mujer después de entrar como un huracán.
“Huracán” sería un buen término para referirse a ella.
—Hola, Janet —respondí.
Janet Rodriguez trabajaba para mi familia desde hacía muchos años, desde que mis hermanos y yo aún éramos niños. Por eso tenía una forma medio maternal de hablarnos.
No maternal de una manera cariñosa, sino autoritaria.
Como en ese momento, cuando me miraba con una mezcla de preocupación y una expresión que parecía preguntar “¿en qué mierda te metiste ahora?”.
Era nuestra abogada. Durante mucho tiempo se había ocupado solo de asuntos de la empresa, pero recientemente también había comenzado a trabajar en nuestros casos personales.
Se acercó a la cama y miró mi pierna.
—Me enteré de que casi tuvieron que amputarte una pierna.
—Qué bueno que no tuvieron que hacerlo, ¿no? —repliqué con sarcasmo—. ¿Por qué estás aquí? ¿Viniste como amiga de la familia o como abogada?
—Inicialmente, como amiga. Como la amiga mayor, que tiene edad suficiente para ser tu madre y que se desesperó cuando descubrió lo que había pasado.
Sabes, Sebastian, en algún momento de mi vida decidí que no quería tener hijos, y te juro que pensé que con eso nunca recibiría llamadas en medio de la noche ni me sentiría mal por saber que alguien a quien quiero se metió en algún lío o casi se mata en plena madrugada.
—Siempre pensé que ese era el discurso que usabas con Michael cuando hacía alguna estupidez y necesitabas sacarlo de problemas.
—Y lo era. De ustedes tres, Michael era el chico problemático.
Pero Logan y tú, de repente, después de hacerse adultos, decidieron unirse a él en eso.
—Hizo una pausa, intentando mantener su postura autoritaria y fría.
Sin embargo, noté que contuvo la respiración en un intento evidente por no llorar, y su voz sonó quebrada cuando concluyó—.
Cuando vi el estado en el que quedó tu auto, simplemente perdí la cabeza.
Podías haber muerto. Tienes suerte de estar vivo.
—Lo sé, Janet. Lo sé. Pero estoy bien. Siento haberte preocupado, de verdad.
Ella asintió.
—¿Aún sientes dolor?
Sabía que no era propio de ella demostrar preocupación, aunque realmente se preocupara.
—Estoy bien, en serio.
—Bien... —Se sentó en el sillón al lado de mi cama y, visiblemente, intentó recomponerse para volver a su postura fría, profesional e impaciente de siempre—. ¿Podemos hablar ahora como cliente y abogada?
—¿Necesito una abogada ahora?
—¿Qué crees? En este momento hay una joven en coma en la unidad de cuidados intensivos de este hospital, que llegó hasta aquí después de sufrir el mismo accidente que tú, en un auto que tú conducías. ¿Puedes explicarme qué fue lo que pasó?
Podía hacerlo. Había repasado todos aquellos acontecimientos en mi mente unas mil veces.
—El tráfico se detuvo. Yo iba a una velocidad alta, pero dentro de los límites de la carretera. No conseguí frenar a tiempo, intenté sacar el auto de la vía, pero perdí el control y choqué contra un árbol.
—Te hicieron un análisis de sangre y había un porcentaje de alcohol.
Esa era una posibilidad que todavía no se me había pasado por la cabeza. Sobre todo porque, cuando tomé el volante, no me sentía borracho. No había percibido todo lo que ocurrió como una consecuencia de una posible falla en mis reflejos.
¿Podría haber sido eso? Si así fuera, mi culpa por lo ocurrido no sería solo subjetiva. Ya no sería únicamente una serie de “si”. “Si hubiera dejado que Layla tomara un taxi” o “si no le hubiera dicho esa estupidez que hizo que se quitara el cinturón de seguridad”.
Ahora podría ser una culpa objetiva y directa.
—Aún no había relacionado una cosa con la otra, Janet. Además, en ese momento no me sentía borracho. No al punto de estar incapacitado para conducir.
—Bien, solo el peritaje del auto podrá decirlo. Existe la posibilidad de que haya sido alguna falla mecánica.
—¿No hay otra posibilidad?
—No. Tuve acceso a las cámaras de seguridad de la carretera que registraron tu accidente.
El intervalo de segundos entre el momento en que el tráfico se detuvo y el momento en que saliste de la vía era más que suficiente para que hubieras frenado, Sebastian.
Pero parece que ni siquiera intentaste hacerlo.
—Sí lo intenté. Recuerdo claramente haber pisado el freno.
—¿De verdad lo recuerdas? Accidentes como el tuyo a veces afectan un poco el discernimiento de nuestra memoria.
Pensé mejor en eso, intentando recordar el momento del accidente. Janet tenía razón, no podía tener demasiada certeza sobre lo que decía. Los recuerdos eran demasiado vagos.
—Entonces, ¿por eso viniste aquí como mi abogada? —pregunté, pero no esperé su respuesta—. Si se comprueba mi culpa, pagaré por ello. No quiero ninguna defensa.
—Vamos con calma, Sebastian. Sé que ya estás cubriendo todos los gastos hospitalarios de la joven y que seguirás haciéndolo si ella queda con alguna secuela o si llega a morir, pero estamos hablando de un proceso que puede pasar al ámbito criminal.
—Si algo más grave le ocurre, Janet, merezco ser castigado.
—Soy tu abogada y es mi deber defenderte.
—No si yo no quiero ser defendido.
—¿Hacemos un acuerdo? Concéntrate únicamente en recuperarte. En ponerte bien para salir pronto de esta cama y de este hospital. Y deja que yo me encargue de las cuestiones burocráticas y legales.
Percibí en la mirada de Janet la urgencia que sentía para que yo aceptara aquello. Y por eso asentí, intentando tranquilizarla, asegurándole que realmente iba a concentrarme en recuperarme lo más rápido posible.
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