Desperté embarazada del millonario (Los Hermanos Turner nº 3) Capítulo dos
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Capítulo dos

LAYLA

Yo ya sabía incluso cuál sería la respuesta de mi madre si le contaba lo que había hecho esa noche:

"Pero ¿qué es lo que tienes en la cabeza, niña, para aceptar ir a una habitación de hotel sola con un hombre al que apenas conoces?".

Y ya sabía también los argumentos que usaría a mi favor.

Sebastian Turner no era exactamente un hombre desconocido.

Además de ser el actual CEO del estudio de arquitectura donde yo trabajaba, también era cuñado de mi amiga Camila, quien era una persona en la que yo tenía total y plena confianza.

Y yo más o menos... lo conocía.

Aunque él no me conociera. Después de todo, yo era simplemente una más entre los cientos de empleados de Turner. Pero él era el jefe, el gran CEO atractivo...

Quiero decir... el jefe. Nada más.

Los argumentos, obviamente, no convencerían a mi madre. Tan sobreprotectora como era, enseguida me daría un sermón sobre los peligros de quedarme sola con un desconocido.

Y yo probablemente me reiría y respondería en tono de broma que un hombre guapo como Sebastian Turner correría muchos más riesgos conmigo que al revés.

Eso, por supuesto, en una situación normal.

En una situación en la que, para empezar, mi madre estuviera viva para que pudiéramos tener ese diálogo.

Ya hacía cuatro meses que ella había muerto. Y yo todavía me encontraba, día tras día, repasando mentalmente todas las conversaciones que quería tener con ella. Todas las cosas que quería contarle.

Desearía que ella estuviera allí para poder abrazarla y decirle lo sola que me sentía.

Quería que me orientara sobre qué hacer con Sylvie, mi hermana menor, que todavía era una adolescente. Sobre qué tipo de consejos debía darle. Sobre cómo yo, que tenía apenas veinte años, iba a ser capaz de terminar de criar a una chica de casi diecisiete.

Quería contarle lo insoportable que estaba siendo mantener mi decisión de volver a la casa de mi padre, para poder estar cerca de Sylvie.

En ese tema, ella me pediría que tuviera paciencia y diría que, en el fondo, él me quería.

Incluso ella siempre supo que eso era una gran mentira.

La suite de Sebastian Turner, en realidad, era como un pequeño apartamento. Probablemente era más grande que mi casa.

Apenas entramos, me encontré con una lujosa sala de estar, donde había una barra que la separaba de una cocina, un balcón que parecía bastante amplio y una gran puerta abierta desde donde tenía vista hacia un dormitorio con una cama enorme.

Caminé de inmediato hacia una gran ventana que daba al balcón, desde donde se tenía una vista privilegiada de Los Ángeles, a través de vidrios que protegían el lugar de la lluvia fuerte y del viento que venía desde afuera.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Sebastian, llamando mi atención de vuelta hacia él.

Tal vez habría sido prudente negarme. Pero todo lo que logré pensar fue: "¿Por qué no?"

Entonces lo acompañé hasta el bar que estaba en la sala. Él tomó dos copas y una botella de vino. Mientras la abría, mi celular vibró y lo saqué de mi bolso para ver el mensaje recibido.

Y creo que dejé mi desánimo bastante evidente en mi expresión, porque Sebastian preguntó:

—¿Algún problema?

—No. Es mi hermana adolescente. Fue a una pequeña fiesta de Año Nuevo con sus amigas y le pedí que me avisara cuando llegara a casa. Solo que no imaginé que volvería tan rápido.

—No debe ser fácil para ella.

—No lo es.

Cuando me entregó la copa, dejé los buenos modales completamente de lado y simplemente me bebí el líquido de un solo trago.

Sebastian ni siquiera había empezado a beber el suyo, pero enseguida se ofreció a servirme más.

Y solo esa primera dosis de alcohol ya me hizo perder la inhibición y comenzar a desahogarme con mi jefe como si nos conociéramos muy bien.

—Cualquier adolescente daría todo por tener un día al año en el que no tuviera hora para volver a casa. Yo le dije que incluso podía dormir en casa de una de sus amigas y regresar mañana. Pero probablemente esperó hasta la medianoche y se fue. ¿Por qué no puede simplemente ser una adolescente?

—Tal vez porque perder a uno de los padres a tan corta edad hace que uno madure.

—Yo soy la hermana mayor. El peso de asumir nuevas responsabilidades en una situación como esa es mío, no de ella.

Bebí otra copa, y Sebastian hizo lo mismo con la suya, de modo que enseguida tuvo que volver a llenar ambas. Y tal vez esa primera dosis de alcohol también lo había vuelto un poco más hablador de lo que se había mostrado hasta entonces.

—Yo soy el mayor de tres hijos y, aunque ya éramos adultos cuando nuestro padre murió, también asumí el papel de convertirme en una especie de figura paterna para mis hermanos.

—¿Y funcionó?

—No. Ni un poco. No tuve mayores preocupaciones con Logan, que es nuestro hermano del medio.

Pero Michael... abandonó la universidad, no quería saber nada del trabajo, era fiestero, irresponsable.

Incluso escuchaba mis consejos y decía que los seguiría, pero...

creo que nunca logré transmitir suficiente autoridad para eso.

—Bueno... Michael Turner era el CEO de Turner Architecture cuando empecé a trabajar allí, y era un buen jefe. Mi amiga Camila siempre dice que es un gran marido, y también veo que parece ser un buen padre.

—Lo es. Un gran padre, de hecho. Y también es un buen hombre. Al final, logró encaminarse, a pesar de todo lo que imaginábamos cuando era más joven.

—Entonces... hiciste un buen trabajo.

—No creo merecer el mérito por eso. Me puse un peso sobre los hombros que no era mío. Nosotros tuvimos a nuestra madre. Tú y... Sylvie, ¿verdad?... tienen a su padre.

—Sí... Sylvie tiene un padre. Aunque en este momento no está siendo lo suficientemente bueno, ni siquiera para él mismo. ¿Te molesta si abro la puerta del balcón?

Movió la cabeza en señal de negación y fui hasta la puerta para abrirla. Él me siguió, llevando las dos copas y la botella de vino, que ya estaba casi por la mitad.

Coloqué mi inseparable cuaderno y mi bolso sobre una de las sillas y me senté en otra.

Había una más a mi lado, donde Sebastian se sentó.

La lluvia seguía cayendo con fuerza, golpeando sin piedad los vidrios que rodeaban el lugar, pero al menos los truenos ya no eran tan estruendosos.

Y eso, para mí, ya representaba un enorme alivio.

Los peores momentos de mi vida habían estado marcados por el sonido de tormentas.

Mi inconsciente había absorbido esos recuerdos con tanta fuerza que el hecho de que lloviera tan intensamente en esa primera víspera de Año Nuevo sin mi madre hacía que el dolor en mi pecho fuera todavía mayor.

Sebastian Turner volvió a servirnos y volvimos a beber en silencio durante algunos segundos. Hasta que pareció desinhibirse un poco más, al punto de hacer una pregunta más personal:

—¿Por qué dijiste que solo Sylvie tiene un padre? ¿Son medio hermanas?

—Ella es mi hermana completa. Tanto en el registro civil como en mi corazón. Pero... biológicamente...

Saqué mi celular del bolso y abrí la galería de fotos, desplazándome hasta encontrar una en la que estábamos Sylvie, nuestra madre y yo.

Había sido tomada hacía más de un año, antes de que el estado de salud de mi madre empeorara.

En una época en la que todavía creíamos que todo estaba bajo control.

Le entregué el celular a Sebastian y dejé que mirara la foto. Sylvie y nuestra madre eran casi copias una de la otra. Ambas con piel color oliva y cabello castaño y liso. El de mi hermana, sin embargo, tenía un tono más claro, y ella tenía los ojos azules, heredados de nuestro padre.

La diferencia física entre ellas y yo era bastante evidente.

—Fui adoptada —conté.

Él asintió, pero yo sabía que aquello no explicaba por qué me había referido a mi padre como si fuera solo el padre de Sylvie.

No era algo fácil de explicar, y mucho menos algo que yo solía contarle a la gente.

No era algo en lo que siquiera me gustara pensar.

Yo era conocida —al menos hasta la reciente pérdida de mi madre— como una persona alegre. Pero eso se debía a que evitaba exponer los detalles más tristes de mi vida. Podía parecer extrovertida, pero en realidad era muy reservada con respecto a eso.

Sebastian me devolvió el celular y, cuando fui a tomarlo, nuestras manos se tocaron y ambos levantamos el rostro, con nuestras miradas encontrándose. Él nunca me había mirado de esa manera (bueno, en realidad, hasta ese día nunca me había mirado de ninguna forma), y eso despertó algo dentro de mí.

Era obvio que yo ya había notado lo atractivo que era aquel hombre. El cabello rubio, los ojos azules, la barba corta que le daba un aire aún más masculino a su mandíbula definida. Pero, en ese momento, en ese cruce de miradas... sentí... algo más.

Además de su belleza, la sensualidad de aquel hombre me golpeaba de lleno, pero siempre había sido algo solo de mi parte, y solo desde lejos.

Ahora parecía existir una tensión sexual a nuestro alrededor.

O tal vez era solo el alcohol confundiendo mi cabeza y haciéndome ver —y sentir— cosas que no existían.

Pensando en eso, me esforcé por salir de aquel trance y simplemente tomé de nuevo mi celular, intentando ignorar la aparente atracción que había surgido entre nosotros.

Después de todo, era obvio que nada iba a ocurrir entre nosotros, por innumerables razones. Hacía aproximadamente un año que él había perdido a su esposa, y era evidente que aún no se había recuperado de aquello. Sin mencionar que él era mi jefe.

Además, aunque todavía no había bebido lo suficiente como para considerarme borracha, el alcohol había afectado lo suficiente mi mente como para no saber muy bien cómo diferenciar el deseo de la necesidad afectiva.

Yo estaba triste, emocionalmente golpeada...

y, en esas condiciones, el sexo podía parecer una excelente vía de escape.

Solo parecer...

Miré hacia afuera y noté que la lluvia comenzaba a disminuir.

—Creo que el tráfico ya debe estar más fluido ahora —declaré, poniéndome de pie.

Sebastian hizo lo mismo, pero le dije:

—Por favor, no hace falta que te molestes con eso. De verdad puedo irme sola. Si no consigo un auto por aplicación, vi que hay una estación de metro cerca de aquí.

—No, dije que te llevaría.

—De verdad no es necesario. Además, bebiste un poco.

Él miró la copa que tenía en la mano y la dejó sobre la silla en la que antes había estado sentado.

—Esa cantidad de alcohol no es suficiente para alterar mis reflejos.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente.

Asentí con la cabeza. Y allí, de pie uno frente al otro, otro clima extraño nos envolvió.

Y una multitud de pensamientos desordenados invadieron mi mente.

Estaba tan sola...

Él era un hombre tan atractivo...

Hacía mucho tiempo que no me involucraba físicamente con nadie...

Estaba realmente tan sola...

Él era realmente una tentación en forma de hombre...

Y yo, sinceramente, no quería irme...

Sebastian también me miraba como si mil cosas estuvieran pasando por su cabeza. Entonces me sorprendió al dar un paso al frente y colocar su mano en mi cintura.

—Creo que no estoy pensando con claridad —declaró. Un destello de arrepentimiento pasó por sus ojos, mezclándose con el deseo.

O con la necesidad de escapar.

O tal vez con ambas cosas al mismo tiempo.

En una osadía que estaba segura de que jamás habría tenido si estuviera completamente sobria, apoyé las palmas de mis manos sobre su pecho, sintiendo, bajo la tela de la camisa de vestir, su pecho que parecía bien formado.

¿En qué estaba pensando?

—Creo que no quiero pensar con claridad —repliqué. Mis ojos vagaban por sus labios y, me di cuenta que los de él también recorrían los míos.

Y él demostró que tampoco quería pensar demasiado en aquello cuando su brazo rodeó por completo mi cintura, atrayendo mi cuerpo hacia el suyo. Levanté el rostro para seguir mirándolo, sintiendo su respiración contra mi piel.

Un segundo más.

Otro cruce de miradas.

Otro pensamiento advirtiéndome de lo loco que era aquello.

Al diablo con la cordura.

Entonces, sus labios se encontraron con los míos.

Y, en ese instante, decidí que nada más importaba.

*****