Despertarás en otra vida CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

MANU

Q uizá el problema no está en mí, sino en los demás y en su manera de tratarme.

​ Necesito reflexionar sobre lo que me ha pasado.

​ Once años. Once años que, para mí, han sido unas pocas horas.

​ Los viajes en el tiempo son una estafa.

​ No tengo padre. No tengo madre. Se han ido. Y no puedo contar con Paula. Nunca he confiado en ella, porque es la única que sabe que hay algo en mi cabeza que no está bien. Estoy solo y roto, sin nadie que me ayude a recoger los pedazos.

​ Porque soy invisible. Invisible salvo para el demonio.

El demonio que se escondía dentro del muerto que intentó destruir a mi hermana, me vio, me eligió, y se me metió.

Tengo ese momento grabado a fuego. Intenté escapar de él, por eso corrí hacia el bosque, para esconderme.

Pero del demonio no te puedes esconder. Hagas lo que hagas, te acaba encontrando.

Para mí ha sido reciente. Aunque hayan pasado once años.

​ Esto no lo predije, joder. No lo vi. No soy capaz de verlo todo. Las visiones son caprichosas. Selectivas. Puede que sea mejor así.

​ Me encuentro sentado encima de una roca, en un trozo de playa desierta.

A lo lejos, se oye música. A lo lejos. El olor salino me rasga la garganta.

Once años, joder, once años perdidos que para mí han sido unas pocas horas, y en este tiempo el mundo ha seguido girando sin que mi ausencia le importara a nadie.

​ Es una locura.

​ Y ahora, porque el ahora es lo único que debería importarme, no puedo dejar de mirar a esas tres chicas que llevan un buen rato riéndose.

​ ¿De qué se ríen?

​ ¿Se están riendo de mí?

​ ¿Por qué no me dicen nada?

​ No me han visto o han pasado de mí. Son guapas, desinhibidas, divertidas, y están borrachas.

Míralas. Ahora se han puesto a bailar bajo la luz de la luna llena…

y están a un par de minutos de desnudarse y adentrarse en el mar.

Una noche inolvidable. A medida que se van quitando la ropa mientras juegan entre ellas, siento cómo la quietud se tensiona a mi alrededor.

​ Contengo la respiración en el momento en que escucho su voz dentro de mi cabeza:

​ Acércate. Arriésgate. Si no te acercas a ellas, seguirás sin ser nadie.

Y tú no quieres seguir siendo «nadie», ¿no, Manu?

Tú quieres ser alguien importante. Que hablen de ti.

Que tu presencia imponga. Ni te han visto.

Y, si lo han hecho, les pareces tan poca cosa que les da lo mismo quedarse en bolas delante de ti.

Permíteme salir. Vamos, déjame salir. Empieza el juego.

Demuéstrales que eres grande, que eres tú el que manda, que tú tienes el poder.

Venga, Manu, que lo pasaremos bien. Te va a gustar tanto que, en pocos días, me vas a pedir que repitamos.

No te contengas. El destino de esas chicas ya está escrito.

​ No me contento con observarlas. Es esperar.

Medir cada sombra, cada latido, cada crujido de la ola que podría ser mi aviso para actuar.

En mi mente la escena se ejecuta con frialdad matemática: el instante perfecto, la distracción exacta, el mundo que se detiene cuando yo decido.

Ellas no lo saben, pero sus vidas cuelgan de un hilo frágil que yo sostengo entre los dedos, templado, decidido.

Cuando llegue el momento, nadie entenderá por qué pasó, la lógica que lo hizo posible.

Solo sabrán que algo oscuro y preciso cobró su precio como aquellas desapariciones que no le interesan a nadie: sin dejar rastro.