Capítulo 15 #2
La calma después de la tormenta, pensó Elena. Pero también sabía que esta calma era solo temporal.
Elena y Hannia continuaron en la pequeña plaza.
El sol comenzaba a bajar lentamente, tiñendo el cielo de tonos cálidos, pero la conversación que compartían era lo que verdaderamente las mantenía en paz.
La amistad entre ellas se había profundizado a través del caos, y aunque sus vidas nunca volverían a ser las mismas, por primera vez en mucho tiempo, Elena sentía que estaba donde debía estar.
Elena se levantó lentamente, estirándose un poco, como si el peso de las últimas horas finalmente estuviera cayendo sobre ella. —Tenemos que seguir adelante, ¿verdad? —dijo en voz baja, como si necesitara reafirmar el camino que estaba tomando.
Hannia asintió con firmeza. —Sí, pero no tienes que hacerlo sola.
Y tampoco tienes que hacerlo de inmediato.
Este es el momento para pensar, para entender mejor lo que te espera.
La Orden te observa, y no dudo que en algún momento te llamarán para decidir tu papel en todo esto.
Pero hasta entonces, necesitas estar en paz con tus decisiones.
Esas palabras resonaban dentro de ella. No todo estaba decidido aún, y aunque la idea de un destino predeterminado la inquietaba, sabía que tenía que tomar control de lo que podía.
—Tengo que ver a Erevan —dijo finalmente. Sabía que él estaba en algún lugar dentro del Palau, siendo observado y estudiado, y no podía dejar que pasara más tiempo sin estar a su lado.
Hannia la miró con una mezcla de compasión y preocupación.
—Está en las mazmorras, Elena. Aceptó estar ahí por su seguridad y por la nuestra.
Pero… —dudó un momento—, no sé cuánto tiempo más aguantará.
Ahora no es un prisionero. Se está entrenando, adaptando…
pero está luchando constantemente contra lo que es.
Y aunque te lo diga, no sé cuánto tiempo más podrá contenerse.
Elena sintió un nudo en el estómago. Sabía que la naturaleza de Erevan no podía ser reprimida indefinidamente.
Había visto cómo, a pesar de sus esfuerzos, él todavía tenía que luchar contra su esencia demoníaca.
Sin embargo, su amor por él la impulsaba a seguir creyendo que había una manera de mantener el control, de que él podía ser algo más.
—Voy a hablar con él —dijo con su voz llena de determinación—. No puedo dejar que siga luchando solo. Él necesita saber que estoy aquí.
Hannia asintió, comprendiendo perfectamente lo que significaba para Elena. —Te acompaño —dijo—. No es fácil entrar en esas mazmorras, pero creo que pueden permitirte verlo, al menos un momento.
Ambas caminaron hacia el Palau Reial Major, sintiendo cómo la atmósfera cambiaba a medida que se acercaban.
Las sombras del edificio imponente parecían proyectar una sensación de poder y misterio, y Elena no pudo evitar sentir una punzada de temor mientras se dirigían hacia su interior.
Al entrar, el pasillo resonó con el eco de sus pasos.
Los miembros de la Orden se movían de un lado a otro, algunos sumidos en sus tareas, otros murmurando sobre la reciente liberación del portal.
Aunque Elena no podía escucharlos claramente, sabía que estaban hablando sobre lo que había sucedido y sobre Erevan.
Hannia llevó a Elena hacia una entrada secreta, un arco cubierto de símbolos que brillaban tenuemente con la luz de las antorchas. La magia impregnaba el aire, creando una barrera que solo los autorizados podían cruzar.
—Este es un lugar antiguo —explicó Hannia mientras las puertas se abrían ante ellas—. Nadie ha estado aquí en años, no al menos para propósitos de encarcelamiento. Pero Erevan está aquí por elección propia, Elena. Lo está haciendo por ti.
Elena sintió una mezcla de alivio y culpa al escuchar esas palabras. Sabía que Erevan había hecho ese sacrificio, pero aún le dolía verlo en esa situación.
Al cruzar las puertas y descender las escaleras hacia las mazmorras, el aire se volvía denso y frío, lleno de una energía poderosa que parecía vibrar en cada piedra.
Finalmente, llegaron a la mazmorra, aunque ahora más bien parecía una antigua habitación de hotel.
La puerta estaba abierta de par en par, revelando un espacio sorprendentemente acogedor.
En lugar del suelo frío y áspero que Elena recordaba, había una cama con un colchón grueso y suave, y junto a ella una mesa llena de notas dispersas.
Antorchas mágicas colgaban de las paredes, pero en lugar de fuego, emanaban una suave luz azul que llenaba la estancia con un resplandor tranquilo y misterioso.
Erevan, que estaba recostado en la cama, parecía mucho más relajado que la última vez que lo había visto.
Sin embargo, en el momento en que Elena entró, se levantó de golpe, sus ojos se abrieron de par en par y una mezcla de sorpresa y alerta cruzó por su rostro. La calma que había intentado mantener se desvaneció al instante, y su mirada se posó en Elena con una intensidad casi palpable.
—Erevan… —susurró ella, su voz apenas un susurro.
Erevan abrió los ojos lentamente, y una leve sonrisa apareció en su rostro cuando la vio. —Elena… —respondió con suavidad—. Sabía que vendrías.
Elena dio un paso hacia él, y aunque Hannia intentó detenerla con una mano en su brazo, el gesto quedó en el aire cuando Elena, sin dudarlo, corrió hacia Erevan. El impulso fue mutuo: apenas se miraron, cruzaron el espacio entre ellos en un abrir y cerrar de ojos, el mundo se redujo a ese instante.
Elena se estrelló contra él y la realidad se detuvo.
El cuerpo de Erevan no se sentía solo como carne; era una masa de sombras compactadas bajo un barniz de calidez humana.
Al rodearla, Elena sintió que no la abrazaba un hombre, sino una noche sólida y protectora.
Su contacto sabía a ozono y a ceniza dulce, un choque de energías que le incendió los nervios, confirmando que su alma ya no era una propiedad privada, sino un territorio compartido con el abismo.
El aire parecía vibrar a su alrededor, las paredes del antiguo lugar se difuminaron mientras el tiempo se suspendía. Las antorchas mágicas emitían un suave resplandor azul, envolviéndolos en una burbuja de intimidad y magia.
El corazón de Elena latía desbocado, y por un momento, la realidad, la oscuridad, los portales, los demonios, desaparecieron.
Solo existían ellos dos, unidos en un abrazo que hablaba de promesas, miedos y una conexión que iba más allá de lo físico.
El mundo, por más caótico que fuera, parecía irrelevante mientras estuvieran así, juntos.
Erevan bajó la cabeza y susurró contra su cabello: —No sabía cuánto necesitaba esto… —Su voz estaba cargada de emoción, un susurro lleno de gratitud y algo más profundo, como si ese simple gesto de cercanía lo anclaba a la realidad y le daba fuerzas para continuar.
Elena. Mi naturaleza… —dijo, pero Elena lo interrumpió.
—No me importa lo que seas —dijo con firmeza—. Sé lo que eres para mí. Eso es lo único que importa.
Las palabras de Elena resonaron en la celda, llenando el espacio con una sensación de esperanza. A pesar de todo el caos que los rodeaba, a pesar de las sombras y la oscuridad, había algo más fuerte que el miedo: su vinculo.
Elena y Erevan mantuvieron sus miradas conectadas a través de las frías barras de la celda.
A pesar de las runas brillando a su alrededor, parecía que en ese pequeño espacio se creaba un santuario solo para ellos, donde nada ni nadie podía interrumpir la conexión que habían forjado a lo largo de esta lucha entre la luz y la oscuridad.
—Dime, Erevan… —susurró Elena—. ¿Es esto lo que quieres? ¿Estar aquí, atrapado en estas mazmorras? No puedo imaginar que estés aquí solo.
Erevan bajó la mirada, su respiración más lenta y pesada.
Había una lucha interna reflejada en sus ojos, una batalla que estaba librando no solo contra los demonios exteriores, sino contra las sombras dentro de su propio ser.
—No quiero estar lejos de ti, Elena —respondió con voz suave, llena de vulnerabilidad—.
Pero… si me libero demasiado pronto, si no logro mantener el control… no sé lo que podría suceder.
Elena sintió un nudo en el pecho al escuchar esas palabras. Sabía que Erevan estaba luchando no solamente por él, sino también por protegerla.
—Lo que importa es que estamos juntos en esto —dijo finalmente, su voz temblando ligeramente—. Pase lo que pase, no te dejaré enfrentar esto solo. No me asusta lo que eres, sino perderte.
Erevan alzó la vista hacia ella, con una mirada que reflejaba no solo agradecimiento, sino un amor profundo que no había experimentado antes en toda su existencia.
—Tú eres lo único que me mantiene anclado a este mundo —admitió en un susurro—.
Es tu luz la que me ha hecho resistir la tentación de ceder a la oscuridad por completo.
Elena tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras. Sabía que la situación era compleja, pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantener a Erevan a su lado.
Hannia, que había permanecido en silencio mientras observaba la interacción entre ellos, finalmente intervino.
—Esto va más allá de lo que imaginaba —dijo en voz baja, dirigiéndose a Elena—.
La Orden nunca ha enfrentado algo como esto.
Y si quieres que Erevan permanezca en el mundo humano, tendremos que encontrar una manera de conservar el equilibrio. No será fácil.
Elena asintió lentamente. —Haré lo que sea necesario. No importa lo que tenga que sacrificar, pero no dejaré a Erevan.
Hannia observó la determinación en los ojos de su amiga y supo que estaba siendo completamente sincera. El lazo entre Elena y Erevan era ineludible, y cualquier decisión que tomaran a partir de ahora tendría consecuencias para ambos mundos.
—Tendremos que ser cuidadosos —continuó Hannia—. La Orden no está de acuerdo con que los demonios se mezclen en nuestro mundo, pero… Erevan no es solo un demonio.
Elena sintió una oleada de alivio al escuchar eso. Sabía que, aunque la situación era delicada, aún había esperanza. —Gracias, Hannia —murmuró, sintiendo un profundo agradecimiento por su amiga.
Hannia simplemente asintió, una pequeña sonrisa jugando en sus labios. —No te preocupes, Elena. Esto no ha terminado. Aún tenemos tiempo para encontrar una salida.