Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 11. 11
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L a tormenta llegó del sur.

No había electricidad en el ala nueva. La parte original de la casa tenía un generador provisional que Deering había conectado para las herramientas, pero llevaba una semana averiado y nadie había mandado al técnico porque la temporada alta hacía que los electricistas del condado cobraran el doble y tardaran el triple.

Victoria había dicho a Charles que iba a supervisar el avance de la reforma ese fin de semana. Charles tenía un torneo de golf el sábado y una cena de consejo el domingo. Eleanor estaba en Newport. Marcus tenía libre porque Victoria se lo había dado sin que él preguntara por qué.

Lo que no había dicho a nadie era que no iba a ir sola.

Adrienne llegó a la casa de Georgica Pond el viernes por la tarde en un coche alquilado. Traía dos bolsas de provisiones de Dean la biblioteca con las estanterías trazadas en la pared pero no construidas; el hueco del ala nueva donde la escalera flotante iría en invierno, vacío por ahora, marcado solo con una línea de cinta azul en el suelo que el equipo de Deering había puesto para no tropezar con el borde.

Adrienne llegó y dejó las bolsas en la cocina y fue directamente al ala nueva a ver los ventanales.

Estuvo mirándolos durante tres minutos sin decir nada. Luego:

—Son exactamente como los dibujaste.

—Los dibujamos —dijo Victoria.

Adrienne la miró brevemente y no respondió, que era su forma de aceptar la corrección.

Comieron en la cocina, sobre la lámina de plástico que cubría la isla de mármol, porque era la única superficie horizontal limpia del ala nueva.

Quesos, pan de hogaza, uvas tardías que tenían el peso exacto del verano que empezaba a ceder.

El vino era un Côtes du Rhône que Adrienne había comprado porque era lo que había en la tienda del Village y no por ninguna razón más ceremonial.

El aire olía a madera cortada y a la tierra húmeda del jardín exterior que Deering no había tocado todavía y que en agosto olía a sal del estanque y a hierba caliente.

La tormenta empezó a las nueve de la noche.

El primer aviso fue el viento cambiando de dirección, del sur al suroeste, con esa brusquedad de los frentes atlánticos cuando deciden llegar en lugar de anunciarse.

El cielo sobre el estanque se cerró con rapidez y los primeros relámpagos sobre el agua fueron horizontales, del tipo que no cae sino que corre entre nubes. El trueno llegó siete segundos después.

—¿Dónde están las velas? —dijo Victoria.

—En la bolsa azul, junto a la puerta.

Las encendió antes de que la lluvia llegara.

Tres velas de cera de abeja sobre la isla de mármol, los vasos de vino cerca, y la lámina de plástico que crujía con las corrientes de aire que entraban por los marcos de las ventanas todavía sin sellado definitivo.

La luz de las velas sobre el mármol blanco proyectaba algo ambarino y móvil que hacía que las paredes de la cocina en obra parecieran distintas de lo que eran: no a medio hacer sino a medio revelar.

La lluvia llegó con violencia. El tejado del ala nueva, con algunas juntas sin terminar, respondió con tres goteras que Victoria identificó por el sonido antes de verlas: una en el ángulo noroeste del salón, una en el pasillo del primer piso, y una tercera cerca del hueco donde iría la escalera, que producía un sonido de agua sobre el suelo de madera bruta que había que controlar antes de que se extendiera.

Fueron a verla con la linterna grande. Diez minutos comprobando dónde exactamente cedía el tejado, con Adrienne sosteniendo el haz de luz hacia arriba mientras Victoria seguía la línea de humedad en la viga más expuesta.

Cuando volvieron a la cocina, Victoria tenía polvo de obra en el pelo y un rasguño en el dorso de la mano derecha de haber apoyado contra un borde sin limar.

Adrienne lo vio sin que Victoria lo mencionara.

Cogió un paño limpio de la bolsa de provisiones y lo humedeció en el agua de una botella y limpió el rasguño con esa atención suya que cuando era física tenía exactamente la misma calidad que cuando era intelectual: completa, sin prisa, sin dramatizar lo que no necesitaba drama.

—No es nada —dijo Victoria.

—Lo sé —dijo Adrienne, y siguió limpiando.

Se sentaron a ambos lados de la isla de mármol.

La tormenta había alcanzado su pico: el viento movía las ventanas en sus marcos provisionales y la lluvia sobre el tejado era un ruido continuo que llenaba el espacio de la misma forma en que lo llena la música cuando el volumen es el correcto.

Las tres velas ardían sin oscilación porque el aire de la cocina, protegida por las paredes de la parte original, estaba quieto.

Victoria miraba la superficie del mármol blanco. Las vetas finas corrían en diagonal con la irregularidad de las cosas naturales que ningún diseñador puede reproducir exactamente. Era la primera vez que lo veía sin la lámina de protección encima, bajo una luz que no fuera la de la obra.

—Es exactamente como lo dijiste —dijo Victoria.

Adrienne miró el mármol.

—Sí —dijo.

El trueno sonó más cerca. La lluvia no aflojó.

—Adrienne —dijo Victoria.

—Dime.

Victoria no continuó de inmediato. Había una frase que llevaba semanas organizándose en algún lugar que no era exactamente la cabeza sino más abajo, y que esta noche, con el mármol y las velas y la tormenta y el rasguño limpio en el dorso de la mano, había decidido subir.

—Cuando todo esto termine —dijo. Y se detuvo.

—¿Qué? —dijo Adrienne. Sin urgencia. Con el espacio que siempre dejaba para que las cosas llegaran a su ritmo.

—No lo sé todavía. —Victoria levantó la vista del mármol—. Pero es lo más honesto que tengo ahora mismo.

Adrienne la miró durante un momento que tenía la calidad de los momentos en que alguien decide algo. Luego rodeó la isla. No con prisa. Se colocó a su lado y levantó la mano hacia su cara con la lentitud con la que hacía todo cuando importaba de verdad.

—Pues quédate con lo más honesto que tienes —dijo—. Y ya veremos adónde llega.

Esta vez fue Victoria la que se acercó. Sin el peso de nueve días de espera como en el loft de julio, sin el umbral del primer beso que ya estaba cruzado.

Esto era diferente: más consciente, más dentro.

La boca de Adrienne sabía a vino y a algo más que Victoria ya reconocía como propiamente suyo, y besar a Adrienne después de semanas haciéndolo seguía teniendo esa calidad de atención completa, de pregunta que espera respuesta antes de continuar.

Adrienne extendió las mantas que había traído de los armarios de la parte original de la casa sobre el suelo junto a la isla de mármol.

Olían a cedro y al tiempo que llevan las cosas guardadas mucho tiempo sin usarse.

Sobre ellas, en la luz de las velas que se iban consumiendo y con el ruido de la tormenta llenando el ala nueva, Adrienne llevó el ritmo como siempre lo llevaba: con una precisión que no era mecánica sino la de alguien que sabe exactamente lo que quiere hacer y tiene tiempo para hacerlo.

Sus manos en la espalda de Victoria, deslizando la tela hacia arriba con una lentitud que era deliberada, que le daba tiempo a sentir cada centímetro de contacto entre la palma y la piel.

Victoria se dejó hacer. No porque no supiera lo que quería sino porque lo que quería era esto: que Adrienne tomara el tiempo que necesitaba, que no hubiera prisa en ninguno de los dos cuerpos porque la tormenta iba a durar toda la noche y ellas también.

Adrienne la tumbó sobre las mantas con la misma firmeza con la que hacía todo, sin brusquedad, sin tentativa, y se colocó sobre ella con el peso preciso de alguien que no oculta que está ahí.

Victoria sintió la calidez de su piel contra la suya, el contraste con el aire fresco que entraba por los marcos sin sellar, y cerró los ojos porque cuando los cerraba el olor de Adrienne era lo único que existía: ese olor amaderado que todavía no tenía nombre pero que ya sabía que iba a reconocer durante el resto de su vida.

La boca de Adrienne bajó por su cuello hasta el hueco de la clavícula, donde se detuvo con una presión que hizo que los músculos del vientre de Victoria se contrajeran involuntariamente.

Luego más abajo, con esa metodicidad suya que no era frialdad sino todo lo contrario: la atención completa de alguien que no quiere perderse nada.

Los dedos de Adrienne encontraron el borde de su ropa interior y la quitaron sin apresurarse, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, que era exactamente lo que tenían.

—Mírame —dijo Adrienne, en voz baja.

Victoria abrió los ojos. Adrienne tenía la cara a pocos centímetros de la suya, los ojos oscuros con esa expresión que Victoria había tardado meses en aprender a leer: no depredadora sino concentrada, la misma que tenía sobre los planos o sobre un balance de resultados, pero dirigida ahora a algo que no era papel ni número.

Lo que siguió fue lento de una forma que Victoria no esperaba que pudiera ser tan demoledora.

Los dedos de Adrienne encontraron su centro con una seguridad que no era presunción sino conocimiento acumulado de las semanas anteriores, y el ritmo que establecieron era exactamente el correcto, lo suficientemente suave al principio para que la tensión se enrollara con lentitud, acumulando capa sobre capa, y luego más preciso cuando Victoria empezó a moverse hacia ella buscando más contacto.

—No tan rápido —dijo Adrienne, y redujo el ritmo un grado, solo uno, lo suficiente para que Victoria soltara un sonido que no había planeado soltar.