Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 10. 10
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L a casa de Georgica Pond tenía dueño nuevo desde mediados de julio, en cuanto la familia de Boston que la vendía llegó a un acuerdo con sus abogados sobre la división del patrimonio.

Charles había firmado convencido de que era una inversión patrimonial inteligente.

Victoria había firmado pensando en los techos de nueve metros del salón principal y en la escalera original de madera que alguien, en algún punto de la historia de la casa, había decidido no derruir cuando modernizaron el resto: la única parte del edificio que todavía era lo que había sido.

El arquitecto era un hombre llamado Deering, especializado en rehabilitación de propiedades de época en el condado de Suffolk, recomendado por los Hartwell.

Charles lo había contratado la misma semana de la firma.

Victoria había tenido dos reuniones con él sobre el proyecto general, había revisado sus propuestas, había rechazado el ochenta por ciento de ellas sin explicar por qué, y luego había llevado los planos al loft de Broome Street.

La primera vez que Adrienne los desplegó sobre la isla de madera del centro los estudió durante diez minutos en silencio, con el rotulador que siempre tenía cerca girando entre los dedos, antes de decir nada.

—La escalera la conservas —dijo.

—Sí.

—Todo lo demás está por definir.

Adrienne puso el índice en el rectángulo del salón principal .

—Aquí necesitas altura. No muebles, no columnas, no elementos que compitan con los ventanales. Si vas a tener vistas al estanque, el salón tiene que ser la continuación del paisaje, no su interruptor.

—El arquitecto sugiere paneles de madera clara en las paredes.

—El arquitecto sugiere lo que vende —dijo Adrienne—. Paneles de madera clara en una casa de 1928 con ventanales de esa proporción es un anacronismo que ni siquiera es elegante. Caoba oscura o piedra. Sin término medio.

Victoria miró el plano.

—Caoba —dijo.

Adrienne señaló el rectángulo de la biblioteca en el ala este.

—Esta habitación tiene la orientación correcta para leer. Sur con luz de tarde, sin sol directo por la mañana. Las estanterías tienen que llegar al techo. No a la mitad. Al techo.

—¿Para cuántos libros?

—Para los que todavía no has comprado —dijo Adrienne.

Esa frase. Una imagen del futuro en la que alguien que no era Charles la conocía lo suficiente para saber que necesitaba espacio para libros que todavía no existían. Victoria la dejó estar sin tocarla demasiado.

Las sesiones con los planos se convirtieron en el ritmo de las siguientes semanas.

Martes y jueves en el loft, con los planos extendidos sobre la isla de madera o en el suelo, según la escala de lo que estuvieran revisando.

El calor del verano en el loft sin aire acondicionado hacía que las hojas de papel se curvaran ligeramente en los bordes y que la tinta del rotulador de Adrienne tardara un segundo más en secarse.

Sobre esas hojas húmedas y curvas fueron trazando la versión definitiva de algo que Deering recibía los lunes por mensajería y que siempre le llegaba con más anotaciones de las que él había hecho .

Adrienne tenía opiniones con una precisión que Victoria no había esperado: sobre la proporción de las ventanas del segundo piso en relación con la línea del tejado, sobre el grosor del mármol de la cocina, sobre el ángulo de la escalera flotante que Victoria quería instalar en el ala nueva.

—Mármol blanco —dijo Adrienne una noche, con el rotulador sobre el rectángulo de la cocina—. No gris, no beige. Blanco con veta fina. En una cocina así el material tiene que ser capaz de soportar treinta años de uso y seguir siendo lo que era.

Victoria anotó en el margen. Treinta años de uso. Lo escribió sin pensar en lo que significaba, y luego lo pensó, y luego decidió no seguir pensándolo.

La escalera flotante del ala nueva era el único punto de conflicto real con Deering.

Él la había marcado en rojo en la última versión del plano: estructura incompatible con escalera suspendida .

Victoria había añadido ella misma, sobre el rojo de Deering, una línea de puntos indicando el ángulo que quería.

—¿Ha visto el informe de Deering sobre la escalera? —preguntó Adrienne una tarde, con el plano extendido entre las dos en el suelo del loft.

—Lo he leído —dijo Victoria.

—¿Y?

—Y Deering lleva veinte años haciendo lo posible y no sabe lo que hay del otro lado.

Adrienne dejó el rotulador sobre el plano. La miró con algo que era difícil de clasificar en su cara: no sorpresa exactamente, más bien la suspensión breve del ritmo habitual, como cuando un sistema encuentra un dato que no esperaba.

—¿Qué? —preguntó Victoria.

—Que llevas dos meses diciéndome que no sabes lo que quieres —dijo Adrienne—. Y sobre esta escalera no tienes ninguna duda .

Victoria miró el plano.

—Son cosas distintas.

—Sí —dijo Adrienne. Con el tono de alguien que anota un hecho en una columna que ya tiene otros hechos y que todavía no ha llegado a la suma.

Deering refunfuñó durante dos semanas. Luego Adrienne le mencionó a Victoria el nombre de un carpintero estructural del Village que llevaba veinte años haciendo imposibles en madera y que cobraba según lo que valían y no según lo que costaban.

Victoria lo llamó. El carpintero vino a ver la obra, caminó alrededor del ala nueva durante quince minutos, dijo que era difícil pero no imposible, y cobró el doble de lo que habría cobrado Deering por hacerlo bien.

La escalera quedaría instalada en los meses de invierno, cuando la reforma avanzara hasta ese punto. Por ahora existía solo en el papel: una curva de puntos trazada con el rotulador de Adrienne sobre el plano, con la letra de Victoria en el margen anotando las dimensiones exactas.

Una noche de la última semana de julio, cuando los planos estaban casi definitivos para la primera fase de reforma, Adrienne los dobló con esa precisión suya y los guardó en el tubo de cartón donde los transportaban. Dijo, sin mirarla:

—Cuando esté terminada, va a ser la casa más honesta que hayas construido nunca.

Victoria no respondió. Miró el tubo de cartón sobre la isla de madera, con los planos dentro, con las líneas que indicaban dónde iba cada pared y cada ventana y cada metro de caoba y de mármol.

Pensó que Adrienne tenía razón. Pensó que eso era exactamente el problema.