-7- #3
—Tú no eres así —susurró la joven, llevándose ambas manos al estómago, sintiendo un calambre físico, una náusea profunda y punzante originándose en sus entrañas—.
Tú no eres este monstruo frío que intentas aparentar.
Tú viste algo real en mí. Tú fuiste la que me dijo que Julian no tenía la capacidad mental para saber quién era yo de verdad.
Tú me dijiste que yo estaba apagando mi propio fuego para no deslumbrar la mediocridad de tu hijo.
—Te dije exactamente lo que sabía que necesitabas escuchar para que abrieras las piernas de una vez por todas.
La mentira fue proferida con tanta frialdad, sonó tan cruda, quirúrgica y monstruosa, que silenció la habitación por completo, ahogando incluso el sonido de la resaca oceánica en el exterior.
Victoria mantuvo el contacto visual implacable, obligándose a sí misma a no apartar los ojos ni pestañear, obligándose a observar, como una espectadora clínica, cómo el alma de la joven que tenía frente a ella se hacía literalmente pedazos y caía al suelo de la oficina en tiempo real.
Lo que Harper no podía ver era que los nudillos de Victoria, firmemente ocultos y entrelazados tras su propia espalda, estaban completamente blancos por la fuerza sobrehumana con la que la CEO apretaba sus manos enlazadas para evitar que estas temblaran delatando su propia destrucción.
—Fue solo un maldito juego —continuó la mujer mayor, agarrando la empuñadura del cuchillo que acababa de clavar en el pecho de Harper y girándolo lentamente sin mostrar piedad alguna—.
Estabas hiperventilando, al borde de un patético ataque de ansiedad preboda, asfixiada por la seda del traje y por tus propias inseguridades crónicas de chica de clase media que se ve superada por el entorno.
Te ofrecí una vía de escape rápida. Una catarsis biológica para rebajar la tensión nerviosa.
Fue un simple exceso de adrenalina provocado por el aislamiento, una forma de despedida de soltera anticipada y completamente privada. Absolutamente nada más que fricción.
—Estás mintiendo con cada palabra que sale de tu boca —la voz de Harper era ahora apenas un hilo de sonido, un gemido herido y ahogado en la garganta—.
Sentí cómo latía tu corazón cuando me tocabas, Victoria.
Sentí cómo me mirabas ayer cuando me quitaste el vestido.
No fue solo un maldito juego para descargar tensión.
—Estás confundiendo tristemente el morbo hormonal de lo prohibido con sentimientos reales y perdurables, Harper —Victoria se dio la vuelta en un giro seco, casi militar, regresando al refugio del alféizar de la ventana, dándole la espalda a la joven para ocultar la mueca de dolor profundo que, a su pesar, empezaba a desfigurar la rectitud de sus propios labios—.
Eres inexperta y muy joven, supongo que es comprensible que te aferres a la intensidad.
Pero el experimento ha finalizado oficialmente.
Te vas a casar con Julian el próximo sábado, frente a trescientos invitados.
Te convertirás en mi nuera oficial, vivirás en ese inmenso apartamento de Tribeca que él ha pagado, asistirás a las galas benéficas del museo Metropolitano y te acostumbrarás rápidamente a sonreír y mirar hacia otro lado cuando tu marido se pase de copas en las cenas del club de campo.
Esa es la vida de lujo que elegiste cuando decidiste aceptar el anillo de diamantes que llevas en el dedo.
Ahora, cumple tu parte del contrato comercial.
—¿Y tú? —preguntó Harper, incapaz de retener el llanto por más tiempo, dejando que las lágrimas resbalaran silenciosa y amargamente por sus mejillas pálidas—.
¿Tú también vas a mirar hacia otro lado cuando me veas entrar en una habitación agarrada de su brazo?
¿Vas a cenar el pavo de Acción de Gracias todos los años sentada frente a nosotros y vas a fingir que no recuerdas exactamente a qué sabe mi piel o cómo gimo cuando me metes los dedos dentro?
¿Realmente vas a cargar con ese nivel insano de podredumbre moral el resto de tus días por proteger las apariencias de tu estúpida empresa?
La pregunta cruda y directa pareció golpear físicamente a Victoria Vance.
La coraza de la CEO tembló. Sus hombros anchos se encogieron hacia delante por un microsegundo, una reacción física incontrolable al dolor del golpe, pero recuperó su postura marcial de inmediato.
Agarró su vaso de whisky de la repisa de madera, apretando el cristal cilíndrico con tanta violencia silenciosa que las venas de su antebrazo resaltaron bajo la piel, pareciendo a punto de estallar el recipiente en su propia palma.
—El ser humano, querida Harper, ha demostrado que puede soportar niveles asombrosamente altos de podredumbre interior si con ello consigue mantener su mundo exterior intacto y a salvo del caos —contestó Victoria, manteniendo la voz monocorde, sin girar la cabeza, manteniendo la vista fija en la espuma negra de las gigantescas olas que rompían con violencia contra las rocas del acantilado bajo su ventana—.
Sal inmediatamente de mi despacho. Y si te queda un mínimo gramo de decencia y de sano instinto de supervivencia en el cuerpo, no vuelvas a dirigirme la palabra sobre este asunto jamás. Da la vuelta y cierra la puerta.
Harper se quedó completamente inmóvil, sintiéndose como un fantasma en su propio cuerpo, mirando la espalda rígida, impenetrable y cobarde de la mujer a la que hacía apenas unas horas acababa de entregarle sus miedos, sus complejos y sus secretos más íntimos.
El frío artificial de la habitación finalmente logró traspasar la fina barrera de su piel, instalándose profundamente en la médula de sus huesos, congelando y matando por necrosis el último rastro de calidez, esperanza y pasión que había albergado en su interior al cruzar esa misma puerta.
La crueldad verbal de Victoria no provenía de la maldad pura, no provenía de un sadismo genuino; provenía del terror más absoluto y paralizante.
Harper, a pesar del dolor que le partía el esternón, lo sabía.
Podía verlo claramente en la rigidez antinatural de su postura, en la forma en que los cubitos de hielo del vaso tintineaban levemente delatando el temblor patético de su mano.
Pero comprender el miedo irracional del verdugo no lograba, bajo ningún concepto, que el golpe final de la guillotina sobre el cuello doliera menos.
La había utilizado como un pasatiempo, la había devorado para saciar un hambre de diez años de viudez reprimida, y luego la había desechado de un plumazo como a una pieza de hardware defectuosa en la fría cadena de montaje de Vance Dynamics.
Sin añadir una sola palabra más, sin concederle a la matriarca la satisfacción de escucharla sollozar en alto, Harper se agachó lentamente, recogió el costoso pañuelo de seda Hermès del suelo y lo apretó con tanta fuerza en su puño derecho que las uñas se le clavaron en la carne de la palma, casi sacando sangre.
Giró sobre sus talones descalzos y salió del despacho a paso fúnebre, dejando deliberadamente la puerta de caoba abierta de par en par tras de sí, permitiendo que la oscuridad del pasillo invadiera la oficina.
Caminó por la larguísima galería de la planta superior arrastrando los pies, sintiendo que la gravedad se había multiplicado por diez y cada baldosa de piedra caliza pesaba cien kilos.
La opulenta mansión de la familia Vance, con sus techos altísimos, su arquitectura de vanguardia y sus muebles de diseño italiano, ya no era una simple jaula de cristal que le generaba síndrome de la impostora; ahora se había revelado en toda su magnitud como un inmenso y suntuoso mausoleo destinado a enterrarla en vida.
Al entrar de nuevo en su suite, vio a Julian exactamente en la misma posición laxa e indolente en la que lo había dejado.
Él soltó un ronquido sordo, húmedo, y se rascó el estómago a través de la fina camiseta de su pijama de diseñador, completamente ajeno al hecho de que el mundo interno de la mujer que estaba a punto de convertirse en su legítima esposa acababa de ser bombardeado y reducido a cenizas radiactivas.
Harper se deslizó en silencio bajo el pesado edredón nórdico, pegándose al borde opuesto del colchón, lo más lejos posible del cuerpo caliente de su prometido, abrazando sus rodillas contra el pecho en posición fetal.
Temblaba sin control, sacudida por espasmos silenciosos, consumida por un frío profundo e interno que ninguna manta térmica ni ningún sistema de calefacción de lujo podría curar jamás.
En la más absoluta oscuridad de la habitación que se suponía que debía representar el principio de su nueva vida perfecta, cerró los ojos y se obligó a tragarse el nudo punzante de los sollozos, comprendiendo, con una lucidez aguda, dolorosa y devastadora, que el verdadero infierno no ardía en espectaculares llamas rojas; el verdadero infierno te quemaba la piel a fuego lento con el implacable, silencioso e insoportable frío del hielo.