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El reloj digital de la mesita de noche parpadeaba con una estridencia roja que perforaba la oscuridad casi absoluta de la habitación: las tres y catorce de la madrugada.
Harper Delaney yacía rígida sobre su mitad del inmenso colchón de plumas, con los ojos muy abiertos, clavados en las intrincadas molduras del techo abovedado que apenas podía distinguir en la penumbra.
A su lado, Julian respiraba con un ritmo pesado y denso, emitiendo un leve y constante silbido por la nariz en cada exhalación.
Su brazo derecho descansaba inerte sobre la cintura de Harper, un peso muerto, posesivo y opresivo que amenazaba con cortarle la circulación sanguínea.
La temperatura del dormitorio estaba programada por el sistema domótico a unos gélidos dieciocho grados centígrados, pero bajo la opulencia del edredón nórdico de plumón de ganso, Harper se estaba asando viva.
Una fina capa de sudor frío le cubría la frente y le pegaba la camiseta de algodón a la espalda.
Horas antes, cuando finalmente habían abandonado la terraza acristalada tras aquella cena que había rozado la tortura psicológica, Julian había cerrado la puerta de la suite con el pestillo, se había aflojado el cinturón y se había abalanzado sobre ella.
Lo había hecho con la torpeza del vino francés, el exceso de confianza de su clase social y la arrogancia implícita de la propiedad.
Sus manos, extrañamente ásperas por empuñar palos de golf los fines de semana, le habían apretado las caderas con demasiada fuerza, mientras su boca, que todavía conservaba el regusto metálico de la langosta y el alcohol caro, buscaba el cuello de Harper.
La joven había sentido una repulsión física tan violenta, tan visceral, que tuvo que clavar las uñas de forma dolorosa en las palmas de sus propias manos para no empujarlo contra el tocador y salir corriendo por la puerta.
—Julian, por favor, detente —había suplicado, girando el rostro bruscamente para que los labios húmedos de él aterrizaran torpemente en su mejilla en lugar de en su boca—. Estoy agotada. La migraña me está matando. Siento unos pinchazos horribles detrás de los ojos.
Él se había apartado de inmediato, soltando un suspiro exagerado, rodando los ojos hacia el techo con fastidio evidente.
—Venga ya, Harper. Llevo casi una semana entera fuera de casa. ¿Me vas a castigar por estar cruzando el Atlántico y cerrando un trato que nos asegura la vida entera a ti y a nuestros futuros hijos?
—No te estoy castigando, Julian. Simplemente no me encuentro bien físicamente. Han sido unos días de locos organizando todo con tu tía.
—Estás tensa por las malditas flores, la mantelería y todas esas minucias sin importancia.
Mañana por la mañana le diré a Eleanor que se ocupe del personal y te deje en paz, que se vaya a molestar al jardinero.
Te necesito relajada y dispuesta para la luna de miel en las Maldivas, preciosa.
No me apetece tener a una esposa neurótica paseando por la playa privada.
Esa había sido su máxima muestra de empatía emocional.
Cuatro minutos después de soltar aquella barbaridad revestida de preocupación conyugal, Julian se había desplomado sobre las almohadas y se había quedado profundamente dormido, dejándola a ella atrapada en un bucle mental de ansiedad corrosiva, culpa y deseo no resuelto.
Ahora, en el silencio denso de la madrugada, el olor de la loción de afeitar cítrica y sintética de Julian impregnaba el tejido de algodón de la funda de la almohada, metiéndose por las fosas nasales de Harper, revolviéndole el estómago con cada inspiración.
Se sentía sucia. Se sentía como una estafadora profesional que había logrado infiltrarse en la cámara acorazada del banco más seguro del mundo, solo para darse cuenta, una vez dentro, de que la puerta de titanio se había cerrado por fuera y el oxígeno se estaba agotando rápidamente.
Levantó el brazo pesado de Julian con un cuidado exquisito, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los pulmones, y lo apartó de su cadera milímetro a milímetro.
Él emitió un gruñido inarticulado en sueños, se dio la vuelta llevándose consigo gran parte del pesado edredón y siguió durmiendo de espaldas a ella, completamente ajeno a la tormenta que destruía a la mujer que tenía al lado.
Harper deslizó las piernas fuera de la cama.
Sus pies descalzos tocaron las tablas de madera de roble, recibiendo una punzada de frío punzante que le subió por los gemelos y la ayudó a anclarse mínimamente al presente.
Se puso de pie en silencio, caminando de puntillas por la inmensa habitación.
Agarró una bata de seda azul marino que colgaba del perchero victoriano de la esquina y se la ató a la cintura con un nudo apretado, violento, como si estuviera asegurando un arnés de seguridad.
Salió de la suite empujando el pomo lentamente, cerrando la puerta con un clic apenas perceptible.
El pasillo de la planta superior de la mansión Vance parecía la galería central de un museo de arte contemporáneo fuera del horario de visitas.
Desolado, inmenso e intimidante. Las luces de emergencia, unos pequeños apliques incrustados a ras de suelo cada dos metros, proyectaban un resplandor blanquecino y estéril sobre las paredes empapeladas en tonos ceniza.
Harper comenzó a caminar sin un destino fijo consciente, guiada únicamente por la necesidad imperiosa de mover los músculos para no volverse loca.
Pasó por delante de la puerta de madera maciza de la habitación de Sloane, donde reinaba un silencio absoluto, y continuó su trayecto arrastrando ligeramente los pies desnudos hasta el final de la galería este.
La cena había sido una obra de teatro grotesca, una tortura diseñada al milímetro para volverla paranoica.
La actitud de Victoria durante la velada no había sido una casualidad; no era distracción por el trabajo ni cansancio.
Había sido una ejecución pública y meticulosa de sus esperanzas.
Cada vez que Harper intentaba encontrar los ojos de la mujer mayor en la cabecera de la mesa, buscando un ancla, un mensaje mudo, chocaba directamente contra un grueso muro de metacrilato irrompible.
La mujer que le había arrancado gemidos guturales contra la madera del escritorio de la biblioteca, la que horas más tarde le había marcado la clavícula con los dientes entre las botellas de Châteauneuf-du-Pape, la había tratado como a un bicho irrelevante frente al hombre con el que supuestamente iba a compartir el resto de su vida.
Y Harper lo odiaba. Odiaba a Victoria por su cobardía gélida, por su capacidad sociopática para compartimentar el deseo y la vida pública.
Pero, sobre todo, se odiaba a sí misma. Se odiaba por la necesidad física que le retorcía las tripas, por el calor que se acumulaba en su bajo vientre con solo recordar la presión de aquellos dedos fríos sobre su piel sudorosa.
Sus pies la llevaron, de forma casi magnética, ineludible, hacia la escalera principal. Descendió los peldaños flotantes aferrándose a la barandilla de cristal templado y giró hacia el ala oeste.
El territorio de la matriarca.
El ala oeste albergaba la inmensa suite principal de la viuda y un despacho privado anexo donde Victoria solía encerrarse a trabajar de madrugada cuando sufría de insomnio o cuando los mercados asiáticos abrían con volatilidad.
Al acercarse a las dobles puertas de madera maciza oscura de aquel despacho, Harper notó un fino y afilado haz de luz amarilla filtrándose por debajo de la rendija que separaba la madera del suelo de piedra.
Estaba despierta.
El corazón de Harper dio un salto errático en su pecho, golpeando dolorosamente contra sus propias costillas como un pájaro enjaulado. Se detuvo en seco a medio metro de la entrada.
¿Qué pretendía hacer exactamente? ¿Irrumpir allí y exigirle respuestas a la CEO implacable de una de las empresas de ciberseguridad más letales y calculadoras de Estados Unidos?
Era un suicidio emocional, una locura que solo garantizaría su destrucción.
Sin embargo, la simple idea de dar media vuelta, volver a cruzar el museo vacío, meterse en la cama y escuchar la respiración plácida de Julian hasta que saliera el sol, le pareció un destino infinitamente más cruel.
Levantó la mano derecha, apoyó la palma plana contra la madera fría, sintiendo la veta tallada bajo su piel, y empujó. La puerta cedió sin apenas emitir un sonido gracias a las bisagras de acero perfectamente engrasadas.
El despacho privado era sustancialmente más pequeño e íntimo que la monstruosa biblioteca de la planta baja.
Estaba forrado íntegramente en paneles de nogal oscuro y dominado en su pared frontal por enormes ventanales de suelo a techo que daban directamente al Atlántico Norte.
La única luz provenía de una pequeña lámpara de lectura de latón envejecido situada sobre el escritorio desordenado y del resplandor azulado de la luna que se colaba a través de los cristales, tiñendo la estancia de un aura espectral.
Victoria estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta, observando la marea negra.
Llevaba unos pantalones de lino sueltos de color blanco roto y una sencilla camiseta de algodón gris de manga corta.
Ver a la todopoderosa Victoria Vance despojada de sus trajes de sastre de miles de dólares, sin la armadura de seda y lana fría, resultaba una rareza absoluta que descolocó a Harper por un segundo.
Sostenía un vaso de cristal grueso en la mano derecha, haciendo girar los cubitos de hielo en su interior en un movimiento pendular, rítmico y repetitivo, que delataba una agitación subterránea que la rigidez de sus hombros intentaba ocultar desesperadamente.