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El pañuelo de seda Hermès, un regalo pretencioso que la tía Eleanor le había hecho la Navidad anterior, se sentía como una lija fina contra la piel hipersensible de su cuello.
Harper Delaney estaba de pie frente al espejo ovalado del baño de su suite, con los dedos temblorosos intentando anudar la tela estampada con motivos ecuestres de forma que pareciera un accesorio de moda casual y no lo que realmente era: un vendaje de emergencia.
Bajo la seda, justo en el hueco donde la clavícula se unía con el músculo esternocleidomastoideo, latía un hematoma fresco de un color violáceo profundo.
Era el trofeo clandestino del encuentro en la bodega de vinos de la tarde anterior, un recordatorio físico de que su cordura se había ahogado en algún lugar entre las botellas polvorientas de Châteauneuf-du-Pape y las manos posesivas de Victoria Vance.
Harper apretó el nudo y bajó las manos, apoyándolas en el mármol frío del lavabo.
Sus ojos grises, rodeados por unas ojeras que el corrector apenas lograba disimular, le devolvieron una mirada cargada de culpa y anticipación febril.
Su cuerpo seguía zumbando. Cada fibra muscular de su abdomen y de sus muslos recordaba la presión, la humedad y el peso de la mujer mayor contra ella.
Había cruzado el punto de no retorno; la línea moral que separaba a la prometida perfecta de la amante adúltera ya no existía.
La había hecho pedazos y, para su absoluto horror, había disfrutado del sonido de la ruptura.
Un golpe seco en la puerta del dormitorio la sacó de su monólogo interno.
—¡Delaney, sal de ahí! —gritó Sloane desde el otro lado de la madera—. ¡La caballería británica acaba de cruzar la verja principal! ¡Tenemos visual del objetivo!
El estómago de Harper dio un vuelco violento. Julian.
El tiempo de descuento se había agotado. El hombre con el que iba a casarse acababa de cruzar la puerta de la propiedad. Tragó saliva, forzando a sus pulmones a expandirse contra la repentina opresión en su pecho, y salió del baño.
Sloane estaba asomada a uno de los inmensos ventanales de la suite, apartando la cortina de lino con una mano mientras sostenía una manzana a medio comer en la otra. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris que contrastaba de forma hilarante con la pulcritud de la habitación.
—Ahí está —dijo Sloane, dando un mordisco sonoro a la fruta—. El salvador de los mercados europeos, llegando en... ¿qué demonios es eso? ¿Un Porsche Panamera alquilado? Sutil. Muy propio de él.
Harper se acercó a la ventana, manteniéndose un paso por detrás de su amiga.
Abajo, en el camino semicircular de grava blanca, un sedán deportivo negro acababa de detenerse con un frenazo innecesariamente brusco que levantó una nube de polvo.
Las puertas delanteras se abrieron y el sonido de una carcajada masculina, grave y expansiva, flotó hasta el segundo piso, superando el ruido del océano.
Era el típico "chico de oro" americano: atractivo, carismático, seguro de sí mismo, pero emocionalmente superficial.
Julian Vance salió del asiento del conductor.
Llevaba unos pantalones chinos de color arena, mocasines de ante sin calcetines y una camisa Oxford azul claro con los primeros tres botones desabrochados, las mangas remangadas hasta los codos para mostrar el costoso reloj suizo que adornaba su muñeca izquierda.
Su cabello castaño claro, aclarado por el sol, estaba estratégicamente despeinado.
Parecía el protagonista de un anuncio de perfumes caros, la encarnación perfecta del privilegio sin remordimientos.
—Debería bajar —murmuró Harper, sintiendo que los pies se le habían pegado al suelo de madera.
—Sí, supongo que el comité de bienvenida requiere a la futura esposa —Sloane se giró y escrutó a Harper de arriba abajo, deteniéndose en el pañuelo del cuello—. Bonito estrangulador de seda. ¿Tienes frío en pleno mes de junio, o es que la boda te está dando literalmente alergia en la piel?
Harper evitó la mirada aguda de su amiga, ajustándose el borde del jersey oscuro que llevaba debajo.
Sloane siempre había desconfiado de Julian.
Como artista gráfica acostumbrada a observar las texturas y las intenciones ocultas, Sloane Kensington poseía un radar impecable para detectar el narcisismo, y el prometido de Harper siempre había encendido todas sus alarmas.
—Hace corriente en los pasillos, Sloane. Deja de analizarlo todo.
—Yo no analizo. Yo observo —replicó su amiga, encogiéndose de hombros y tirando el corazón de la manzana a una papelera de mimbre—. Vamos, te escolto hasta el frente de batalla.
Las dos mujeres bajaron la gran escalera principal.
El vestíbulo ya era un hervidero. Eleanor Vance estaba de pie junto a la doble puerta de roble, con las manos entrelazadas sobre el estómago y una sonrisa radiante que Harper no le había visto en toda la semana.
Dos empleados del servicio esperaban pacientemente para hacerse cargo del equipaje.
Cuando Harper pisó el último escalón, la puerta se abrió de par en par.
Julian entró como un huracán. Su actitud expansiva y su necesidad absoluta de ser el centro de atención chocaron frontalmente con el ambiente hermético que había dominado la casa durante su ausencia.
Su presencia ocupó todo el espacio vital del vestíbulo de inmediato.
—¡Tía Eleanor! —exclamó Julian, soltando una bolsa de viaje de cuero italiano sobre la alfombra y abriendo los brazos—. Estás fantástica. ¿Has estado tomando el sol o es que aterrorizar a los organizadores de bodas te rejuvenece el cutis?
Eleanor soltó una risita aguda, un sonido casi juvenil que desconcertó a Harper, y se dejó abrazar por su sobrino.
—Oh, calla, adulador. El viaje te ha dejado exhausto, se te nota en los ojos. ¿El tráfico desde el JFK ha sido terrible?
—Un infierno absoluto, tía. Pero mereció la pena.
Cerramos la fusión en Londres la pasada madrugada.
Los británicos son duros de roer, pero no saben aguantar una negociación a las tres de la mañana con escocés de por medio —Julian se separó de Eleanor, palmeándole el hombro con afecto condescendiente, y entonces sus ojos azules escanearon la sala hasta clavarse en Harper—.
¡Ahí está! La razón por la que he cruzado el charco en tiempo récord.
Avanzó hacia ella con zancadas largas. Harper se quedó inmóvil, paralizada por una disonancia cognitiva aplastante.
Durante los últimos tres años, Julian había sido su refugio, su billete de salida de las deudas y la ansiedad económica.
Conoció a Harper en Yale. Él la había deslumbrado con su seguridad absoluta, su capacidad para resolver cualquier problema con una llamada telefónica y su sonrisa de niño rico que prometía que nada malo podía pasar en su mundo de algodones.
Pero ahora, viéndolo acercarse, no sintió alivio. Solo sintió una invasión.
Julian la agarró por la cintura, tirando de ella contra su pecho con una fuerza brusca. Su colonia, un aroma agresivo a cítricos metálicos y madera de cedro sintética, asaltó las fosas nasales de Harper, ahogando instantáneamente cualquier recuerdo del sándalo natural y terroso de Victoria.
—Dios, te he echado de menos, preciosa —dijo Julian, besándola sonoramente en los labios.
Fue un beso rápido, posesivo, diseñado para ser visto por los presentes más que para ser sentido por ella.
La quería como se quiere a una posesión valiosa que le otorgaba un toque de autenticidad a su vida.
Para Julian, ella era la prueba viviente de que él era profundo, de que era capaz de amar a alguien fuera de su círculo endogámico de apellidos compuestos.
—Hola, Julian —logró articular Harper, separándose unos centímetros, apoyando las manos en el pecho de su prometido para mantener la distancia—. ¿Qué tal el vuelo?
—Largo. Aburrido. El wifi del avión era un desastre, apenas pude revisar los informes trimestrales —Julian no le preguntó cómo estaba.
No se fijó en las ojeras, ni en la rigidez de su postura, ni en el pañuelo del cuello.
Su atención ya se había desviado hacia Sloane, que observaba la escena apoyada en la barandilla de la escalera con los brazos cruzados—.
Kensington. Veo que sigues viva y vistiendo como si acabaras de saquear un contenedor de ropa benéfica en el Soho.
—Vance. Veo que tu ego sigue teniendo su propio código postal —respondió Sloane con una sonrisa gélida—. Felicidades por sobrevivir al wifi del avión. Eres un verdadero héroe de la clase trabajadora.
La mandíbula de Julian se tensó por una fracción de segundo, pero su fachada de chico encantador se recuperó al instante.
Soltó una carcajada vacía, desestimando el comentario como si fuera el zumbido de un mosquito molesto.
Estaba demasiado centrado en sí mismo y en su carrera como para notar los matices de las mujeres de su vida.
—Sigue afilando esa lengua, Sloane. Algún día alguien te pagará por ello en lugar de por esos lienzos oscuros que pintas —Julian se volvió de nuevo hacia su tía—.
Necesito un trago, tía Eleanor. Y una ducha que no huela a queroseno.
¿Dónde está mi madre? Pensé que la CEO en persona bajaría a recibir a su único hijo.
La temperatura de la habitación pareció descender varios grados en cuestión de segundos. El aire acondicionado del vestíbulo no se había encendido, pero el vello de la nuca de Harper se erizó de forma involuntaria.
El sonido inconfundible de unos tacones golpeando el suelo de piedra caliza del pasillo este anunció su llegada.
Victoria apareció en el arco que conectaba el vestíbulo con la biblioteca.
Llevaba un traje sastre de un gris marengo impecable, con los pantalones perfectamente planchados y una blusa de seda negra cerrada hasta el último botón.
Su cabello estaba recogido en un moño bajo y severo, sin un solo mechón fuera de lugar.
Victoria se enfundó inmediatamente en su armadura de hierro, volviendo a ser la suegra distante.