Despertar en Los Hamptons -5- #2
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El contraste fue brutal. La amante devoradora de la noche anterior había vuelto a encerrarse dentro de la armadura de la CEO de Vance Dynamics.

—Buenos días —dijo Victoria. Su tono era neutro, casi conversacional, mientras se acercaba al tocador para recoger su reloj de pulsera de acero.

Harper tragó saliva, sintiendo la boca seca.

—Buenos días.

—He pedido que te suban un termo de café y algo de fruta.

Eleanor está abajo organizando a las tropas.

Al parecer, el diseño floral del altar no coincide con la asimetría de la carpa principal —Victoria se abrochó el reloj, sin mirar directamente a Harper—.

Deberías vestirte. La casa se va a convertir en un circo en menos de media hora.

Harper sintió un vacío repentino en el estómago.

Esperaba algún tipo de reconocimiento, una palabra de afecto, un atisbo de la vulnerabilidad que habían compartido a las tres de la madrugada.

Pero Victoria la estaba tratando con la misma eficacia clínica con la que gestionaría una crisis de relaciones públicas en su empresa.

—¿Eso es todo? —preguntó Harper, su voz sonando más frágil de lo que pretendía—. ¿Vas a actuar como si nada hubiera pasado?

Victoria se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Se giró muy despacio. Su expresión era inescrutable, una pared de mármol pulido.

—Actuaré de la forma necesaria para asegurar que esta semana transcurra sin incidentes que perjudiquen el valor de nuestras acciones en bolsa, Harper.

Lo que ocurrió anoche fue... inevitable.

Una catarsis necesaria para ambas. Pero afuera de esta habitación, tú eres la prometida de mi hijo y yo soy tu suegra.

Te sugiero que lo recuerdes cuando bajes a desayunar.

Sin esperar respuesta, Victoria salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic definitivo.

Harper se quedó mirando la madera desnuda durante un largo minuto. La realidad de su situación se asentó como un bloque de cemento sobre su pecho. Estaba atrapada en un juego de ajedrez donde no conocía las reglas, y Victoria Vance acababa de mover la reina.

Bajó a la planta principal una hora más tarde, enfundada en unos vaqueros y un jersey ancho de cuello alto que ocultaba las marcas violáceas que salpicaban su clavícula y su cuello.

La casa era un auténtico caos logístico.

Hombres y mujeres vestidos con delantales verdes corrían de un lado a otro portando inmensos cubos de agua y cajas de cartón repletas de rosas blancas, lirios del valle y eucalipto.

El olor de la vegetación cortada competía con el aroma a cera y productos de limpieza de alta gama.

Esquivó a dos operarios que transportaban un arco de metal oxidado y se escabulló hacia el salón principal. Eleanor estaba de pie junto al piano de cola, gesticulando enérgicamente con una taza de té en la mano frente al asustado florista jefe.

—He dicho que las hortensias deben ir en las esquinas, no en el centro. ¡El centro es para la cascada de orquídeas! —gritaba Eleanor—. ¿Es tan difícil comprender un simple plano bidimensional?

Harper retrocedió silenciosamente, buscando una ruta de escape hacia la cocina, pero chocó directamente contra Sloane.

Su amiga la agarró por los brazos para estabilizarla. Sloane llevaba sus habituales botas militares llenas de polvo y una camiseta de un grupo de punk de los ochenta. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el cuello alto del jersey de Harper.

—Vaya, vaya. Alguien ha dormido profundamente —comentó Sloane, bajando la voz y acercándose a su oído—.

Tienes un brillo extraño en la cara, Delaney.

Un brillo de «acabo de sobrevivir a un huracán y me ha gustado».

Y dado que Julian sigue en Londres... me pregunto quién ha sido el fenómeno meteorológico.

Harper se tensó, mirando nerviosamente hacia el salón para asegurarse de que Eleanor no estaba escuchando.

—No digas tonterías, Sloane. Estoy estresada, nada más. Voy a buscar café.

—Claro. Café —Sloane soltó una carcajada seca, dándole una palmada en la espalda—. Suerte ahí fuera, soldadito. La general Vance está en la biblioteca revisando contratos y la coronel Eleanor está a punto de decapitar a un florista. Cuidado con el fuego cruzado.

La mención de la biblioteca fue como un imán para la brújula interna de Harper.

En lugar de dirigirse a la cocina, sus pies trazaron una trayectoria directa hacia el ala este de la mansión. Caminaba con la cabeza gacha, esquivando macetas de helechos y asistentes con auriculares. Se sentía desconectada del bullicio, flotando en un estado de duermevela.

La puerta de caoba de la biblioteca estaba entreabierta. Harper se detuvo en el umbral. El interior olía a papel viejo, encuadernaciones de cuero curtido y, sutilmente, a sándalo.

Victoria estaba sentada tras un inmenso escritorio de roble tallado, con gafas de lectura de montura negra puestas, escribiendo rápidamente en un teclado inalámbrico.

Harper empujó la puerta y entró, cerrándola a sus espaldas. El suave clic de la cerradura hizo que Victoria levantara la vista.

Durante un segundo infinito, ninguna de las dos habló. El ruido de los floristas y de los gritos de Eleanor quedó amortiguado, reduciéndose a un murmullo lejano y sin importancia. Estaban en el ojo del huracán.

Victoria se quitó las gafas lentamente, dejándolas sobre una pila de carpetas. Su mirada barrió la figura de Harper, deteniéndose en el jersey de cuello alto.

—Has tardado mucho en bajar —dijo Victoria, su voz carente de la frialdad corporativa de la mañana, reemplazada por una vibración baja y posesiva.

Harper avanzó por la alfombra oriental, bordeando los inmensos globos terráqueos antiguos y las estanterías de tres metros de altura.

—Intentaba evitar a tu cuñada y a su ejército de jardineros.

Se detuvo al otro lado del escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera pulida. Estaba enfadada por cómo Victoria la había despedido por la mañana, pero el enfado no lograba apagar el incendio que se encendía en su sangre con solo tenerla a menos de un metro de distancia.

Victoria se puso en pie, apoyando las manos en su lado del escritorio, inclinándose hacia delante.

—El azul no te favorece, Harper. Apaga tus ojos.

Antes de que Harper pudiera replicar, Victoria rodeó el escritorio.

Sus movimientos eran los de un felino acorralando a su presa.

Agarró a Harper por la cintura, tirando de ella con brusquedad, levantándola del suelo con una fuerza que desmintió su edad, y la sentó sobre la superficie del escritorio de roble, esparciendo varios documentos importantes en el proceso.

—¿Qué haces? —jadeó Harper, mirando instintivamente hacia la puerta cerrada—. Cualquiera podría entrar. Eleanor está a treinta metros de aquí.

—Que entren —susurró Victoria, metiéndose entre las piernas colgantes de Harper.

Sus manos subieron bajo el grueso tejido del jersey, buscando el contacto directo con la piel desnuda de la espalda baja de la joven. El contraste de sus dedos fríos sobre las vértebras calientes de Harper la hizo jadear.

—Dijiste que afuera de la habitación éramos suegra y nuera —le recriminó Harper, aunque sus propias manos ya se estaban hundiendo en el cabello oscuro de la mujer mayor, arruinando su peinado impecable.

—Mentí —confesó Victoria contra sus labios.

El beso en la biblioteca fue diferente al de la noche anterior.

No había la desesperación de lo desconocido; había la urgencia del peligro inminente.

El sabor de la tinta y el papel antiguo se mezcló con la saliva.

Harper rodeó la cintura de Victoria con sus piernas, atrayéndola aún más hacia sí, sintiendo la dureza de la madera bajo sus muslos.

Era un juego suicida. La constante amenaza de ser descubiertas elevaba la excitación a niveles insoportables.

Se separaron de golpe cuando el sonido de unos pasos fuertes resonó por el pasillo exterior, acercándose a la puerta.

Victoria retrocedió medio paso, arreglándose la camisa con un movimiento fluido, mientras Harper se deslizaba del escritorio a la velocidad del rayo, fingiendo examinar lomo de una primera edición de Dickens en la estantería más cercana, con las mejillas ardiendo y el pulso latiendo violentamente en su cuello.

Los pasos pasaron de largo sin detenerse.

Harper cerró los ojos y apoyó la frente contra la madera de la estantería, intentando controlar su respiración.

—Esto es una locura —murmuró.

Victoria, ya sentada de nuevo en su sillón ejecutivo, volvió a ponerse las gafas de lectura.

—Baja a la bodega de vinos a las seis de la tarde, Harper. Asegúrate de que nadie te siga. Marcus me pidió que revisara el inventario del Châteauneuf-du-Pape para la cena del viernes. Necesitaré... asistencia.

Harper se giró para mirarla. La CEO estaba de nuevo allí, tecleando impasible en su ordenador, como si los últimos cinco minutos hubieran sido una alucinación producto del estrés de la boda.

—A las seis —confirmó Harper, sabiendo que acababa de firmar su propia sentencia de muerte social, y sonriendo ligeramente mientras abandonaba la biblioteca.