Capítulo 36 #2
Unas habitaciones más allá, Hailee seguía afanándose en despejar el cuarto de invitados para la llegada de Rona y Flynn a la mañana siguiente.
Unas risas ahogadas captaron la atención de Zoey.
Las de Hailee y Sascha. Las lágrimas le escocieron en los ojos.
Sonidos ligeros, despreocupados. Señales de que los tiempos se suavizaban y la confianza crecía.
Sonidos que, en los últimos meses, había temido no volver a escuchar jamás.
Una pequeña sonrisa asomó a la comisura de sus labios, y posó una mano sobre el collar de constelaciones que descansaba sobre sus clavículas. Habían pasado meses desde que había sentido su peso familiar. El simple hecho de tenerlo de vuelta la hacía sentirse más en paz consigo misma.
Apretó el libro en su regazo y bajó la mirada hacia él.
Bajo la luz de las estrellas, las incrustaciones doradas de Aquila se reflejaban hacia los cielos.
Había llegado esa tarde, un regalo de Flynn.
Le había suplicado que volviera a Eslovenia a buscarlo para Sascha.
Era el último recuerdo que le quedaba de su familia en un país al que nunca podría regresar.
Detrás de ella, la puerta de cristal se deslizó y dos pasos casi silenciosos resonaron sobre la tarima de madera.
—Tiene que estar helando aquí fuera, Zoey. ¿Qué haces?
Zoey se volvió en su asiento y el corazón se le encogió al ver a Sascha con dos tazas humeantes, mientras cerraba con suavidad la puerta del porche con un pie.
—Me apetecía estar aquí —respondió, señalando otra silla de mimbre frente a ella.
—No eres normal. ¿Qué tienes ahí? —preguntó Sascha, acercándose y dejando las dos tazas sobre la mesita.
—Un regalo para ti.
—¿Para mí? —preguntó Sascha, dejándose caer en una silla frente a ella.
Zoey captó el tenue aroma a chocolate que emanaba de la taza humeante y levantó el libro para que él lo viera. —Para ti.
Sascha se quedó paralizado, y por primera vez desde que lo conocía, Zoey vio cómo sus muros se derrumbaban por completo.
Los ojos se le abrieron ligeramente y parecía haber rejuvenecido años; la dureza de sus rasgos se suavizó y el peso de su mirada se alivió.
Era un hombre joven que trabajaba en un parque de bomberos e intentaba abrir una floristería, no un asesino curtido en mil batallas que dejaba un rastro de sangre a su paso.
Tragó saliva. —¿Cómo?
Zoey guardó silencio un momento más, sin querer perder ese atisbo de él que acababa de vislumbrar. —Le pedí un favor a Flynn. Espero que no te importe que le diera tu antigua dirección.
—Yo... no. No, no me importa.
Sascha alargó la mano hacia el libro, y Zoey la vio temblar.
A medio camino, se detuvo en seco y agachó la cabeza.
A Zoey le dolió el pecho, y tuvo la sensación de saber lo que estaba pensando.
El miedo a no ser digno de tocar algo tan profundamente ligado a su familia.
A que, incluso ahora, no fuera digno de llevar el apellido Sokolje.
Se inclinó hacia adelante y le puso el álbum de fotos en las manos, envolviendo las de él con las suyas y apretándole los dedos contra el cuero de la cubierta.
—Es tuyo —susurró, y su aliento se condensó en una nube frente a ella.
Sascha contuvo el aliento con un jadeo breve y tragó saliva de forma audible.
—Yo... no pensé que volvería a ver esto. Gracias.
—Iba a traerlo conmigo desde Eslovenia, pero no quería que se estropeara si no conseguía salir de Spíti Karcharía.
Sascha se quedó paralizado un instante y, lentamente, alzó la mirada.
—Nunca me dijiste que habías ido.
Zoey lo miró parpadeando. ¿Cómo era posible que nunca se lo hubiera contado? Con todo el tiempo que habían pasado juntos. Con todos esos momentos de pausa en la conversación. Con todas esas veces en que las palabras parecían inalcanzables. ¿Por qué nunca le había dicho que había estado en su casa?
—Me dijiste que te buscara allí si alguna vez te necesitaba.
Sascha ladeó la cabeza.
—¿Y aun así fuiste a Spíti Karcharía después de aquello? Tuviste mil oportunidades de escapar.
—No iba a abandonaros, ni a ti, ni a Rona, ni a Hailee. Yo... sin vosotros tres, mi vida habría estado vacía.
Sascha la observó durante un largo momento mientras el silencio pesaba entre ellos.
Las estrellas brillaban sobre sus cabezas, y Zoey tuvo la sensación de que también contenían el aliento.
De pronto, Sascha se puso de pie y tiró de ella con suavidad para que se levantara.
La atrajo hacia sí, enmarcándole el rostro con las manos.
Cadera contra cadera. Pecho contra pecho.
Zoey alzó la vista hacia él, agradecida por el silencio de la noche.
Había en él una intensidad que relampagueaba como una tormenta a punto de desatarse.
Su mirada se clavó en ella con una agudeza que nunca le había visto, como si quisiera llegar hasta lo más profundo de su ser.
Habló en un susurro.
—Me has visto en mi peor momento, Zoey. Me has visto en mi faceta más violenta. Me has visto matar por ti, por mí y sin motivo alguno. Me has visto herido. Me has visto débil. Has conocido mi pasado y me has conocido a mí. Dime, ¿por qué fuiste a Spíti Karcharía?
Zoey no podía apartar los ojos de los de él. Le cubrió la muñeca con la mano, apretándole los dedos, y aferró la tela de su ropa.
—Sabes por qué —susurró ella también.
—Necesito oírtelo decir.
Zoey no podía hablar. Las palabras se le atascaban en la garganta, desesperadas por salir, pero aterradas ante cómo serían recibidas. ¿Saldría Sascha huyendo? ¿Dejaría de verlo para siempre si hablaba demasiado pronto?
Sascha apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos.
—Zoey —dijo—. Dímelo.
—Te quiero —susurró, con las lágrimas a punto de brotar.
Fue como una flecha disparada desde un arco. Se le heló la sangre y sintió que todo su ser pendía de un hilo. ¿Y si aquello lo arruinaba todo?
Sascha la atrajo hacia sí y sus labios se posaron sobre los de ella con peso e intención.
Zoey sintió promesas en cada movimiento.
Presencia. Seguridad. Futuro: uno conquistado a pulso, pero mucho más dulce por todo su potencial.
Zoey alzó las manos y le pasó los dedos por el cabello rubio, estrechándolo todo lo que pudo.
El asesino que le había salvado la vida y había renunciado a todo su mundo por ella: el hombre del que nunca se había propuesto enamorarse.
Zoey se apartó para tomar aire, con la sangre cantándole en las venas con un brillo nuevo.
Sascha permanecía frente a ella, sujetándola como si nada pudiera convencerlo de soltarla.
Sus ojos azules, casi plateados bajo la luz de las estrellas, parecieron humedecerse un instante, y entonces sonrió.
Fue como ver la luna llena asomando entre nubarrones.
—Yo también te quiero —respondió.
Zoey no podía apartar la mirada. No podía hablar. No cuando el momento era tan frágil.
Y quizá, después de todas las veces en que las palabras habían exigido ser pronunciadas durante sus silencios incómodos, este era un momento que no necesitaba palabras. El silencio y la noche les pertenecían.
El hombre que había perdido y que había luchado por volver a ella. Un hombre sin el cual no quería volver a imaginar la vida. Uno al que nunca había visto venir.
Su historia estaba marcada, ensangrentada y magullada, pero era suya , y Zoey no la cambiaría por nada del mundo. Con el rabillo del ojo, vio las constelaciones centellear, como si expresaran una aprobación silenciosa.
Polaris: la estrella que la había guiado, indicándole una y otra vez el norte verdadero.
Orión: el poderoso cazador que le ofrecía aliento silencioso para seguir adelante, para perseguir, para luchar.
Pero era Aquila, apenas visible sobre el hombro izquierdo de Sascha, la que brillaba con más intensidad.
Serena, elegante. La portadora de los rayos de Zeus.
Mientras Zoey se inclinaba de nuevo hacia él para darle otro beso, habría jurado que la constelación del águila desplegaba las alas y se elevaba más alto en la noche.