32 Theo
Este jueves por la mañana, Grind House se siente diferente.
El aroma del espresso y los pasteles recién horneados me envuelve cuando llego quince minutos antes para ocupar nuestra mesa habitual de la esquina, la de las sillas de cuero gastado y vistas a la calle.
Pido dos bebidas: mi café con leche de avena y el café solo de Victor, sin nada de crema.
Nuestra rutina. Nuestra cita fija que en realidad no es una cita porque Victor se niega a reconocer lo que esto es.
Observo a la barista preparar nuestras bebidas mientras mis dedos tamborilean contra la mesa de madera. Ocho meses de esto: de momentos robados, de besos voraces tras puertas cerradas, del miedo constante de Victor a que lo descubran. Ocho meses siendo el secreto de alguien.
—Buenos días —dice mientras se desliza en el asiento frente a mí. Su voz no deja traslucir nada.
Le acerco su café.
—Justo a tiempo.
Sus dedos rozan los míos al coger la taza y, a pesar de todo, mi cuerpo sigue respondiendo a su contacto, el muy traidor.
—Gracias.
Da un sorbo sin apartar los ojos de los míos.
La cafetería bulle a nuestro alrededor: portátiles que se abren, conversaciones que fluyen, baristas que cantan los pedidos.
Pero entre nosotros pesa el silencio de lo que pasó en aquel callejón.
Del pánico de Victor cuando los faros barrieron nuestros cuerpos.
De sus palabras: «Esto no puede volver a pasar».
—¿Qué tal el gimnasio? —pregunto al fin, porque alguien tiene que romper el hielo.
—Bien.
Hace girar la taza lentamente.
—Reynolds ha firmado un nuevo contrato de patrocinio.
Asiento, a la espera de más, pero no ofrece nada. La distancia calculada en sus ojos me oprime el pecho. He visto a este hombre deshacerse debajo de mí, lo he visto entregarse por completo, lo he oído suplicar que no parara, y sin embargo aquí estamos, sentados como simples conocidos.
—¿Vamos a hablar de lo de la otra noche? —pregunto al fin.
Victor aprieta la mandíbula. Sus ojos recorren la cafetería antes de volver a los míos, confirmando exactamente lo que ya sé. Incluso aquí, en nuestro espacio seguro, está buscando testigos, a cualquiera que pueda ver a Victor Kaine sentado frente a otro hombre.
El peso de su silencio se vuelve insoportable, me oprime el pecho hasta que no puedo respirar.
—¿Qué estamos haciendo, Victor?
La pregunta se me escapa, directa y sin adornos. Sin juegos, sin dobles sentidos, solo la verdad desnuda suspendida en el aire entre nosotros, la verdad que me repito que cambiará con el tiempo.
Los dedos de Victor se crispan alrededor de la taza.
—¿A qué te refieres?
—A esto.
Hago un gesto señalándonos a ambos.
—A lo que sea que llevamos haciendo más de ocho meses.
Se remueve en el asiento y baja la mirada a la mesa.
—Las cosas han sido una locura en el gimnasio. Dawson ha vuelto a las andadas, esta vez fue a por Reynolds. El chico tiene verdadero potencial y Dawson lo sabe.
Su voz adquiere ese tono animado de siempre cuando habla de peleas.
—Tuve que reestructurar todo su contrato, añadir bonificaciones por rendimiento...
—Me da igual Dawson —lo interrumpo con voz baja pero firme. La cafetería sigue bullendo a nuestro alrededor, ajena a cómo mi mundo se tambalea.
—¿Te avergüenzas de mí?
Victor se queda paralizado, la boca entreabierta, las palabras mueren en sus labios. El silencio se extiende entre nosotros, los segundos parecen horas, y tengo mi respuesta antes de que hable.
—No es tan simple, Theo.
Se inclina hacia delante y baja la voz hasta casi un susurro.
—Mi negocio, mi reputación, todo lo que he construido está en un mundo donde...
Se interrumpe, forcejea con las palabras.
—Los chicos del gimnasio no lo entenderían. Los inversores, los patrocinadores, esperan cierta imagen. Me muevo en un mundo donde...
Sus palabras suenan huecas, excusas que pretenden funcionar como una centrífuga, separando lo que él considera pragmatismo.
Lo que más duele es el destello de dolor en sus ojos que me dice que él también lo sabe.
Está recitando un guion que se ha repetido mil veces, justificaciones que se desmoronan un poco más cada vez que las pronuncia.
—¿Entonces qué soy? ¿Tu sucio secreto? ¿Algo que hay que esconder? —pregunto, y el dolor afila mi voz más de lo que pretendía.
Victor me mira fijamente, el rostro convertido en una máscara de conflicto.
Abre la boca ligeramente, luego la cierra.
No salen palabras. En el silencio entre nosotros, casi puedo ver la guerra que se libra tras sus ojos: deseo contra miedo, conexión contra imagen.
El ruido de la cafetería parece intensificarse a nuestro alrededor, subrayando su silencio ensordecedor.
Espero, le doy una oportunidad más de decir algo, lo que sea, que pueda salvar lo que hemos construido. Pasan diez segundos. Veinte. Baja la mirada a la taza, los dedos recorriendo el borde.
Nada.
Un peso frío se instala en mi pecho. Después de ocho meses de pasión, de confesiones susurradas en la oscuridad, de aprender cada curva y cada ángulo de su cuerpo, Victor ni siquiera es capaz de ofrecerme palabras.
Me obligo a esbozar lo que espero que parezca una sonrisa, aunque la noto frágil en mi rostro.
—Ya veo.
La silla raspa contra el suelo cuando me levanto, dejando mi café con leche intacto sobre la mesa. El calor de la taza se eleva en tenues volutas de vapor: todas las palabras y sentimientos que quedaron sin decir entre nosotros, abandonados al éter.
Victor alza la vista hacia mí, la expresión completamente desprotegida por una vez. Si tan solo tuviera el valor de acompañar esa vulnerabilidad con palabras.
—Creo que los dos necesitamos espacio para averiguar qué queremos de verdad —digo con una voz más firme de lo que me siento por dentro.
Victor abre la boca, la cierra, luego niega levemente con la cabeza. El hombre que dirige un club de lucha, que domina cada sala en la que entra, está sentado ante mí completamente mudo.
Ya he visto suficiente.
Sin decir nada más, me doy la vuelta y camino hacia la puerta. Cada paso me pesa más que el anterior a medida que la realidad va calando.
La campanilla sobre la puerta tintinea cuando la empujo y la luz del sol me golpea el rostro. Se me nubla la visión, las lágrimas se agolpan en las comisuras de los ojos. Parpadeo con furia para contenerlas, negándome a dejarlas caer. Aquí no. No donde alguien pueda verme.
Dios, qué ironía. Incluso ahora, oculto mis emociones en público, igual que él.
Llego hasta la mitad de la manzana antes de tener que detenerme. Apoyo la mano contra una pared de ladrillo para sostenerme. El peso que siento en el pecho me aplasta.
Creí en nosotros, en él. En cómo su cuerpo respondía al mío, en lo desesperadamente que me deseaba.
La noche que me dejó entrar en él, contemplando nuestro reflejo en aquellos espejos mientras se deshacía por completo.
En cómo me lo entregaba todo. Pensé que significaba algo profundo. Pensé que lo estaba conquistando.
Menuda puta broma.
Todas esas noches, todas esas confesiones susurradas en la oscuridad, todos esos momentos en que bajaba la guardia por completo... nada de eso fue suficiente. Le di todo lo que soy, y él ni siquiera puede reconocerme a plena luz del día.
Enderezo los hombros y sigo caminando. Las lágrimas se retiran, sustituidas por algo más frío. Fui ingenuo al pensar que la entrega física se traduciría en valentía emocional. Esto no funciona así. Victor no funciona así.
Ocho meses siendo el secreto de alguien. Ocho meses siendo suficiente para su cama, pero no para su vida.
Nunca más.