Deseo oscuro (de la serie La Cacería del Vacío nº 4) 12 Victor
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12 Victor

Las noches de pelea siempre cargan el aire con una electricidad especial. El rugido de la multitud, el olor a sudor y adrenalina, la energía primitiva que vibra en el ambiente... es donde siempre me he sentido como en mi elemento. Donde más seguro estoy de quién soy.

Esta noche estamos hasta los topes. Casi quinientos cuerpos apiñados en el almacén, el ring iluminado como si fuera el único lugar del mundo que importa.

Marco está en la puerta mientras yo hago mi ronda, comprobando la seguridad, asegurándome de que la barra esté bien surtida.

Este es mi reino. El único lugar donde todo cobra sentido.

Voy camino de la zona de luchadores cuando el móvil me vibra en el bolsillo. Seguramente Ray con novedades sobre la venta de entradas, o alguien que se retrasa. Lo saco y toco la pantalla sin mirarla apenas.

Se me encoge el estómago cuando veo el nombre.

Theo.

—Joder —murmuro, echando un vistazo rápido alrededor para asegurarme de que nadie me observa.

El pulgar se me queda suspendido sobre la notificación, el corazón latiéndome de pronto más fuerte que con cualquier nervio de antes de una pelea.

Debería borrarlo sin mirarlo. Bloquear su número. Olvidar que existe.

Pero lo abro.

Me encantó ver a Papi antes.

El mensaje me deja sin aliento antes de que pueda prepararme, y la imagen de debajo se carga de inmediato.

Ropa interior negra de encaje ceñida a unas caderas estrechas, inconfundiblemente masculina pero delicada de un modo que se me hace la boca agua.

La foto está cortada justo por debajo de la cintura, mostrando solo el contorno de lo que oculta esa tela fina, la ligera curva que presiona contra el encaje.

Se me escapa un gemido y levanto la vista de inmediato para asegurarme de que nadie me ha oído. Un sudor frío me recorre la espalda a pesar del calor del local abarrotado.

—¿Todo bien, jefe? —Marco aparece a mi lado con gesto preocupado.

Me pego el móvil al pecho.

—Bien. ¿Qué necesitas?

—Jenkins pregunta por ti. Dice que tiene una duda sobre su rival.

—Dile que voy en cinco minutos —logro decir, con la voz estrangulada hasta para mí mismo.

Marco asiente y vuelve hacia los vestuarios. En cuanto lo pierdo de vista, bajo la mirada al móvil otra vez, a esas piernas largas y caderas estrechas que agarré con tanta fuerza hace solo unos días.

Me quedo mirando esas bragas negras de encaje mientras se me pone dura contra mi voluntad.

A la mierda. Estoy tan jodidamente harto de tener que esconder erecciones como un puto adolescente cachondo.

Llevo días así: empalmado en el gimnasio, empalmado en reuniones, empalmado en la puta ducha mientras intento quitarme el recuerdo de su cuerpo de la piel.

Y ahora, veinte minutos antes del combate clandestino más importante del mes, aquí estoy otra vez, con la polla a punto de reventarme la cremallera porque este tío no me deja en paz.

—Ahora no —gruño, y pulso el botón de apagado. La pantalla se oscurece y me meto el móvil hasta el fondo del bolsillo mientras me recoloco con un tirón brusco. Este es mi mundo. Él no pinta nada aquí.

Me abro paso entre la multitud hacia la zona de preparación, saludando con la cabeza a los habituales que han pagado buen dinero por estar aquí esta noche.

Esto no es un evento público cualquiera: estas peleas son con invitación, combates de alto riesgo para apostadores serios y espectadores con pasta.

El tipo de sitio donde un hombre se labra su reputación.

El tipo de sitio donde esa reputación puede hundirse igual de rápido.

Jenkins se está vendando las manos cuando entro en la sala del fondo; se le iluminan los ojos al verme.

—Jefe, quería preguntarte...

—Luego —lo corto mientras recorro la sala con la mirada. Algo no va bien. La energía ha cambiado.

Y entonces lo veo: Rick Dawson, el muy cabrón, plantado junto al dispensador de agua como si estuviera en su casa, de cháchara con mis luchadores. La sangre me hierve al instante; la tensión de mi cuerpo encuentra un objetivo más aceptable que Theo.

—¿Quién coño lo ha dejado entrar? —exijo en voz lo bastante alta para que varias cabezas se giren. Dawson levanta la vista con una sonrisa socarrona y alza el vaso de agua en un brindis de guasa.

—¡Victor! Buen montaje el que tienes aquí. Una operación de primera.

Avanzo hacia él; cualquier pensamiento sobre Theo y erecciones inoportunas queda barrido por la rabia pura. Dawson es la última persona que debería estar en mi territorio, echándole el ojo a mis luchadores, evaluando mi negocio.

—No estás invitado —digo, plantándome tan cerca que puedo olerle la colonia cara—. Lárgate antes de que te eche a patadas.

La voz se me convierte en un gruñido.

—Ya.

Dawson se limita a reírse y da otro sorbo de agua.

—¿Así se trata a un colega? Solo estoy charlando con el talento.

—Mi talento —doy otro paso hacia él, metiéndome en su espacio—. Y no somos colegas.

Jenkins y los demás nos observan; la sala se ha quedado en silencio. Esto es justo lo que Dawson quiere: montar un numerito, hacer que parezca un inestable delante de mis luchadores.

Me vuelvo hacia Marco, que ya viene hacia nosotros.

—Acompaña al señor Dawson a su coche.

—Sé dónde está la puerta —dice Dawson, pero no se mueve.

—Pues parece que no.

Le hago una seña a Marco, que agarra a Dawson del brazo.

—Quítame las manos de encima —espeta Dawson, pero Marco ya lo está sacando a rastras.

—Ya nos veremos, chicos —les grita Dawson a mis luchadores mientras se lo llevan—. Pago mejor, y mi local no apesta a meados.

Los sigo entre la multitud con la mandíbula tan apretada que los dientes podrían partírseme. Cuando llegamos a la salida trasera que da al aparcamiento, le digo a Marco:

—Yo me encargo.

El aire fresco de la noche me golpea cuando la puerta se cierra a nuestra espalda. Dawson se estira la chaqueta cara, con la cara roja de rabia.

—Vuelve a tocarme y te demando hasta dejarte en la ruina —escupe.

Doy un paso más, cernéndome sobre él.

—Intenta birlarme a otro de mis luchadores y no te van a quedar dedos para firmar el papeleo.

—Vaya, qué duro eres con tus amenazas —Dawson sonríe con suficiencia—. Pero ya he fichado a Díaz. Rodríguez es el siguiente.

Mi mano sale disparada y le agarro del cuello de la camisa antes de poder contenerme.

—¿Vienes a mi casa, bebes mi agua y encima te jactas de robarme a mi gente?

—Tu casa es un vertedero —sisea sin echarse atrás—. Y tus luchadores merecen algo mejor que tus métodos de entrenamiento anticuados y las miserias que les pagas.

Lo suelto de un empujón.

—¿Crees que entiendes este mundo porque tienes pasta? No eres más que un turista. Estos luchadores necesitan a alguien que haya estado en las trincheras, no a un trajeado que vio la UFC en la tele y decidió jugar a promotor de peleas.

—Sigue diciéndote eso mientras tu mejor talento se larga por la puerta —entrecierra los ojos—. Vuelve a cruzarte conmigo y me aseguraré de que todos los propietarios de esta ciudad sepan lo que pasa de verdad en tus eventos privados. Las apuestas. La falta de autorización médica.

—Haz otra amenaza y serás tú quien necesite autorización médica —digo con voz mortalmente calmada—. Es tu última advertencia. Mantente alejado de mi gente.

Esa oleada de ira controlada me recorre las venas. Esto, esto es lo que entiendo. Territorio. Respeto. Poder.

Dawson resopla y retrocede con las manos en alto.

—Eres un dinosaurio, Kaine —se endereza la chaqueta y recupera la compostura—. Puede que tus amenazas funcionen con ratas de gimnasio, pero esto son negocios.

—Lárgate de mi vista —gruño.

Retrocede hacia su coche sin dejar de señalarme.

—Esto no ha terminado.

—Más te vale —le grito, y lo observo hasta que sus luces traseras desaparecen tras la esquina.

Respiro hondo el aire fresco de la noche antes de volver a entrar. El calor y el ruido del local me envuelven mientras me abro paso entre la multitud. El primer combate está a punto de empezar y me obligo a concentrarme en lo que importa: mis luchadores, mi gimnasio, mi reputación.

Jenkins domina su combate, técnico y preciso.

La multitud ruge cuando conecta una combinación devastadora en el tercer asalto y su oponente cae a la lona.

Lowman lo sigue con una impresionante victoria por sumisión.

Al final de la noche, ganamos cinco de seis; solo perdió Méndez, y aun así fue por decisión ajustada.

La multitud se dispersa poco a poco hasta que solo queda mi círculo íntimo. Ray cuenta la recaudación de la noche mientras Marco y los chicos limpian. Asiento cuando Ray me da las cifras finales: mejor que el mes pasado.

—Que le den a Dawson —murmuro—. Que se lleve a quien quiera. Volverán cuando se den cuenta de que su gimnasio de lujo no enseña a pelear de verdad.

Ray asiente.

—Ese hijo de puta no entiende lo que es la lealtad.

Cuando se va el último, me quedo solo en el club vacío. Las luces sobre el ring siguen encendidas y proyectan largas sombras por el suelo. Me subo entre las cuerdas y me planto en el centro, donde todo sucede. Esto es real. Esto tiene sentido.

Saco el móvil y me digo que solo estoy comprobando los mensajes. Pero mi pulgar se mueve solo, encuentra el mensaje de Theo, abre esa foto otra vez: encaje negro tirante, la promesa de lo que hay debajo.

Mi cuerpo responde al instante, ese calor que me recorre de nuevo. Debería borrarla. Bloquear su número. Pero mi determinación se debilita con cada segundo.

De pie en el ring vacío, miro fijamente la foto de Theo con el pulgar en el aire sobre el teclado. ¿Qué coño se supone que debo contestar a eso?

Bonitas bragas. ¿Dónde las compraste? Escribo y borro inmediatamente. Demasiado informal, como si esto fuera normal.

Te dije que fue un error. Borrar. Demasiado a la defensiva.

Tienes que dejar de escribirme. Borrar. Demasiado desesperado.

Queda conmigo esta noche. Borrar. Ni de coña. No pienso volver a caer.

El corazón me late con fuerza mientras por fin escribo:

Yo no hago esto.

Le doy a enviar antes de poder cambiar de opinión y me quedo mirando la pantalla, entre el miedo y la anticipación. El indicador de escritura aparece casi al instante.

Ya lo hiciste. Y fue la mejor noche de tu vida.

Se me cae el alma a los pies porque tiene razón.

Lo fue. Nada de lo que he vivido antes o después se acerca a lo que pasó entre nosotros.

La polla se me pone dura, dolorosamente dura contra la cremallera, solo de pensar en su cuerpo bajo el mío, en los sonidos que hacía cuando me metía dentro de él.

Escribo, los dedos moviéndose a pesar de mí mismo.

Lo fue. Y tengo la polla dura ahora mismo pensando en ello. Pero no puedo hacer esto. No puedo ser esto.

Añado:

Deja de escribirme. Por favor.

La respuesta llega más rápido de lo que esperaba.

No puedo. Nunca me habían follado tan bien. Quiero más. Necesito más.

Gimo y echo la cabeza hacia atrás para mirar las luces del techo. Estoy bien jodido. Todo lo que he construido, todo lo que soy, parece pender de un hilo. Un movimiento en falso y todo se viene abajo.

Me quedo sentado con el hilo de nuestra conversación brillante en la pantalla, la prueba de mi debilidad.