CAPÍTULO 29
«La felicidad es una huésped honesta: avisa al llegar de que no ha venido para quedarse.»
JULIETTE MOREAU
El campo se despierta antes que nadie y no espera a nadie.
Cuando bajé, el sol todavía estaba bajo y la casa de piedra ya olía a café y a puerta abierta.
La gente del pueblo subió con la furgoneta cantando gravilla, el técnico repartió las carpetas, y el día me cogió del codo y me llevó: parcela alta, corte de prueba, los manojos de lavanda cayendo sobre las lonas con un sonido de lluvia seca que yo conocía de oído sin haberlo oído nunca.
Trabajé con las manos el día entero, y necesito registrar lo que eso hizo conmigo: en París, mi trabajo es impedir que los números mientan.
Aquí, era sujetar el tallo en el punto justo, sentir que el tallo crujía maduro, decir en voz alta el nombre de cada cosa para el cuaderno; y cada nombre venía con mi abuela dentro, con Lyon dentro, con todo lo que soy cuando nadie me está pidiendo cuentas.
La sospechosa se quedó en París, colgada del torno, a setecientos kilómetros. Aquí yo era solo la mujer que sabe el nombre de todo esto.
Él pasó la mañana entre la nave y las parcelas, con las mangas remangadas, y la tregua funcionó de una manera que me desarmó por el flanco: funcionó fácil.
Sin cargo alrededor, los dos trabajábamos como un engranaje antiguo: él probaba, yo anotaba; yo señalaba, él comprobaba; y cuando discrepamos sobre el punto de corte de la parcela baja, discutimos de verdad, con argumentos y cabezonería, y gané, y él anotó la derrota en su cuaderno como quien guarda el recibo de algo bueno.
Fue en el alambique donde vi la cara.
El alambique viejo es una institución con opinión propia, manejada por un señor del pueblo que trata a la máquina de «ella» y al jefe de nadie.
Dejó que el dueño del grupo entero cargara leña, arreglara el fuego y se enredara con la horca de volver los manojos; y cuando la caldera soltó un suspiro de vapor a destiempo y el jefe saltó hacia atrás como un gato escaldado, el viejo dijo, sin quitarse el cigarrillo apagado de la comisura de la boca:
—A ella no le gusta la gente nueva. Vuelva el año que viene.
Y él se rio.
No la risa de sala, que yo conocía; esa risa corta y administrada que concede un punto y cierra el orden del día. Esta empezó en el pecho y subió sin pedir paso, lo dobló por la cintura con la mano apoyada en la rodilla, le humedeció los ojos, volvió a empezar cuando parecía terminada.
Una risa con la edad equivocada, diez, veinte años más joven que su dueño, escapándose de dentro del hombre como un animal que ha encontrado la cancela abierta.
Dejé de anotar. Me quedé mirando aquello con el cuaderno olvidado, y lo que me apretó el pecho no fue la risa; fue su matemática.
Porque se veía, con una claridad que dolía, que aquella risa había vivido en la cara de aquel hombre en algún tiempo antiguo, y que en algún punto de la vida alguien, o algo, le había enseñado a la risa a pedir permiso.
Yo estaba viendo al hombre de antes. De antes de qué, no lo sabía —él guardaba sus fechas como yo guardaba las mías—, pero el «antes» estaba allí, entero, iluminado por el vapor de lavanda, y era bonito de una manera que daba ganas de pelearse con el calendario.
Este es el que habría sido. Esto es lo que quedó debajo de la helada, esperando el deshielo, todos estos años.
Me pilló mirando. No se arregló la cara.
Eso, de todo lo que pasó aquel día claro, fue lo que más me desmontó: no se arregló la cara.
La tarde bajó lenta como miel de tarro. Comimos a la sombra del plátano con la gente —pan, queso de cabra, melocotón que manchaba la barbilla—, y después el campo entró en esa hora parada en que hasta las cigarras trabajan por turnos.
Dormí veinte minutos sentada contra el muro de piedra, con el sombrero en la cara, y me desperté con la sombra movida y una botella de agua fresca del pozo puesta a mi lado, de pie, sin nota.
Protocolo suyo. Yo estaba aprendiendo a leerlo.
Al final del día la furgoneta bajó al pueblo con el equipo, el viejo del alambique apagó a «ella» con dos palmadas cariñosas en el costado, y la casa de piedra se quedó para nosotros y para los grillos.
Volvimos a cenar en la cocina —sobras ascendidas con aceite, tomate, el pan de ayer convertido en bruschetta en la plancha— y el agua del pozo en los dos vasos, porque mañana las parcelas seguían queriéndonos con la nariz limpia.
Hablamos bajo, sin prisa, de esa manera nueva que la tregua había inventado.
En algún momento él fregó los platos y yo los sequé, y lo doméstico de la escena me dio un vértigo pequeño: los dos parecíamos algo que los dos nunca habíamos sido.
Subí primero. Me duché, saqué de la maleta la camisa que había venido doblada en el fondo —su camisa, la que se quedó conmigo desde Cannes por un error de la lavandería del hotel que nunca corregí ni pienso corregir—, me la puse y me miré un segundo en la penumbra de la habitación, sin encender la luz.
Término adicional dos, pensé.
Crucé el pasillo descalza y llamé a su puerta. Dos veces, suave.
Abrió con el pelo todavía húmedo de la ducha, y vi sus ojos bajar a la camisa y volver, y vi lo que le costó no decir nada, y aprecié el coste.
—La señorita —empezó, ronco.
—Tú —corregí, y entré en su habitación con el medio paso que cambia jurisdicciones, cerrando la puerta detrás de mí con la mano a la espalda—. Aquí fuera no hay edificio. Palabras tuyas.
Su habitación tenía la ventana abierta al valle y ninguna luz encendida; solo la luna haciendo su trabajo en la piedra del alféizar, y el campo respirando ahí fuera, templado, lleno de grillos.
Vino despacio, se detuvo a un palmo, y esperó como espera siempre, con aquella hambre enorme y educada, la última pregunta de la noche hecha sin palabras.
Respondí tirando de él por la nuca.
Este beso ya no necesitaba demostrar nada, y eso fue lo que lo hizo distinto de todos: empezó lento y siguió lento, un lujo de quien tiene la noche entera y un valle de guardaespaldas.
Sus manos encontraron mi cintura por encima de la camisa, subieron por mi espalda despacio, aprendiendo otra vez lo que ya sabían de memoria, y lo conduje de espaldas hasta la cama porque conducir, en aquella geografía, era cláusula mía.
Se dejó conducir. Un hombre de aquel tamaño, dueño de todo aquello, sentándose en el borde de la cama porque yo lo empujé con dos dedos; y mirándome de abajo arriba, en la penumbra, con la cara del alambique, la cara de antes, la cara que ya no se arregla para mí.
—Juliette. —Mi nombre salió como sale el perfume de un frasco antiguo: despacio, con todo dentro.
—Aquí —respondí, como en Cannes. Y fui.
Me senté sobre él con la luna a mi espalda, y la camisa se quedó —abierta al final, despeinada por él, pero se quedó, mi bandera y mi penumbra—, y él no discutió con la bandera: se rindió a ella, la boca en mi cuello, las manos en mi cintura por debajo de la tela, calientes y despacio, tratando cada palmo como si el palmo tuviera nombre.
Yo marqué el compás y él obedeció al compás, los dos al ritmo del campo ahí fuera —lento, hondo, sin ninguna prisa del mundo—, y cuando la risa se me escapó bajito, sin motivo, solo por estar viva allí, él se rio conmigo dentro del beso, y la cama vieja crujió escandalizada, y nos reímos más, y ni riéndose perdió el paso.
—Quédate —pidió en algún momento, la frente en la mía, la voz desmontada. No era sobre la noche.
—Estoy aquí —respondí, que era verdad y no era promesa, y él aceptó el cambio sin comprobar la vuelta, porque estaba distraído de felicidad; y yo guardé su distracción conmigo, como se guarda una flor en el libro equivocado.
Después el mundo se estrechó al tamaño de aquella cama, como se estrecha siempre, pero esta vez despacio: la ola vino de lejos, anunciada, subiendo el valle entero antes de encontrarme, y cuando me encontró no me resistí; me deshice con la cara en su cuello, su nombre en la boca, y lo sentí deshacerse conmigo, las manos firmes en mi cintura, mi nombre partido en dos sílabas contra mi hombro, una para cada mitad de mí.
El valle aplaudió con grillos.
Nos quedamos mucho tiempo sin deshacer el nudo, la luna andando por el suelo de piedra, el sudor enfriándose despacio. Él dibujaba círculos lentos en mi espalda, por debajo de la camisa, y yo escuchaba su corazón volver del campo.
—Aquí vale —dije, bajo, contra su pecho, firmando el precio nuevo antes de que intentara negociar otro—. París no sabe de esto.
—París —respondió, con la voz espesa de sueño y de otra cosa— nunca ha sabido de nada que importe.
Se rio bajo de su propio contrabando, me atrajo más hacia él y se durmió como duerme desde Cannes: de repente, como un desmayo, la mano cerrada apenas en mi muñeca.
Fue ahí, en la mejor hora de mi vida reciente, cuando subió la frase.
Vino sin ruido, del lugar donde la mantengo enterrada, y subió por la oscuridad como una raíz buscando una grieta: pasó por el pecho, ganó la garganta, llegó a los dientes.
Dos palabras. Solo dos palabras, y el hombre dormido a mi lado con la cara de antes, desarmado como nunca, la ventana abierta, el valle de testigo, ningún edificio en setecientos kilómetros a la redonda. Si existía en el mundo una hora y un lugar, eran esta hora y este lugar.
Llegué a separar los labios.
Y lo miré. El sueño terminaba de deshacer lo que el día había empezado: ningún cargo, ninguna helada, solo el hombre del alambique, más joven, con la arruga de cabezonería de siempre y la mano en mi muñeca como quien guarda la cosa más robable de la casa.
Una semana. Tenía una semana de esto; la primera de su vida, por lo visto, y quién sabe si la única antes de que llegara la cuenta, porque la cuenta venía, con sello, como vienen las cuentas para nosotros dos.
Cerré los labios despacio.
Dos palabras, y la burbuja se convierte en reunión. Dos palabras, y él se despierta presidente.
Las guardé de vuelta, una a una, en la oscuridad de donde vinieron; no por miedo, esta vez, y eso era nuevo y era peor.
Fuera, el campo respiró toda la noche por nosotros dos. Por nosotros tres, pero eso solo lo sabía yo; yo y la pequeña en el alféizar de Belleville, cada una sosteniendo su silencio en su ciudad, con raíz.