CAPÍTULO 27
«Una aprende pronto que al peligro le gusta la oscuridad. Tarda una vida en descubrir lo que el sol hace con los disfraces.»
JULIETTE MOREAU
La orden de servicio llegó un lunes, con número de registro y olor a campo.
Seguimiento técnico de la cosecha: los campos de la Véran, la lavanda en flor, el lote de estreno de la línea. Presencia obligatoria de la analista responsable del registro, jornada completa, salida a final de semana.
La solicitud subía desde producción, con el sello del técnico de la línea y el visto bueno de la dirección; leí el documento dos veces, como leo todo en aquel edificio, y en la segunda lectura me detuve donde me había detenido en la primera.
En la firma.
Conozco las manos como conozco la tierra, y aquella firma era un retrato de las manos que la habían hecho: el trazo no era de pluma; era de tijeras de podar.
Decidido donde corta, limpio donde deja, sin una floritura que desperdiciara tinta. Cannes había entrado en mi vida por una lista que él firmó sin leer mi nombre en medio; lo supe entonces, por la fecha del trazo.
Este papel era exactamente lo contrario: una página donde mi nombre y el suyo vivían a tres líneas de distancia, con fecha fresca; y ningún hombre que poda de esa manera firma una página sin leer cada palabra.
Lo sabía. Y, al firmar, sabía que yo iba a saber que lo sabía.
Comprobé el resto con el cuidado de quien comprueba su propia coartada: la petición nacía de la cosecha, no de la vigesimoprimera planta; mi nombre entraba por el registro, no por favor; y una sospechosa que rechaza un servicio de oficio confiesa más alto que una sospechosa que se va pronto.
Si alguien quería decir que fui por él, iba a tener que discutirlo con un sello de producción; y el sello, en mi vida, siempre ha sido el mejor testigo de la defensa.
El trabajo mandaba. Yo iba.
Lo que no registré fue el resto: el calor pequeño e inmediato que subió antes que la prudencia, otra vez en el orden equivocado, cuando mis ojos pasaron del sello al campo.
Una semana entera de lavanda en flor. Una semana entera lejos del edificio.
Y es exactamente de eso de lo que tengo miedo, pensé, con honestidad de inventario. No de él. Del campo. Nuestra guerra es un bicho de pasillo: necesita paredes, acreditación, actas. No sé en qué se convierte en un sitio donde la lavanda florece por hectáreas y nadie sella nada.
Camille vino el miércoles por la noche a por las llaves, con la taza de siempre y el olfato de siempre.
—A ver si he entendido las bases. —Se sirvió, se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama, y contó con los dedos—. Una semana de campo, sol de verano, lavanda hasta el horizonte. Tú, el técnico, media docena de gente de producción. Y el de arriba.
—Su nombre está en la página. Es la línea de su apuesta.
—Hm. —El trago fue largo y la mirada, por encima de la taza, más larga todavía—. Servicio, entonces.
—Con número de registro.
—Claro. —Dejó la taza—. Apunta el turno de guardia, madame: la carpeta sigue durmiendo donde duerme, y yo la compruebo el domingo, en tu rito, a tu manera. La lavanda grande la riego como has escrito en la notita, porque obviamente has dejado una notita. La pequeña...
—La pequeña bebe menos. —La frase salió redonda, ensayada ante el espejo—. También está en la notita.
—La pequeña bebe menos —repitió Camille, solemne, levantando la taza hacia el balcón oscuro como quien saluda a las tropas—. Tranquila. Ninguna de tus criaturas se muere en mi guardia.
El trago que me tragué no tenía taza. No se dio cuenta, porque me he pasado la vida aprendiendo a tragar sin público; y porque Camille estaba ocupada apuntando al siguiente blanco.
—¿Y tu madre?
—Le he avisado de que la semana es de campo y la cobertura es de campo. Si te llama a tu teléfono, es que es cosa de la farmacia; entonces me localizas aunque sea por paloma mensajera.
—Farmacia, paloma, entendido. —Hizo girar la taza despacio, y la perita le cedió el sitio a la amiga durante exactamente una frase—: Ju. El campo desarma a la gente de ciudad. Es bonito, huele bien, nadie está mirando. Solo no vuelvas de allí con más desperfectos de los que te llevas.
El jueves por la noche hice la maleta. La pequeña.
Ropa de campo, botas que conocen el barro, el cuaderno nuevo de notas, el sombrero que mi madre me hizo prometer que me pondría y que iba a ponerme por la promesa y por el sol, en ese orden.
Ningún vestido. El azul se quedó colgado de su clavo, dispensado con honores: aquello era uniforme de otra batalla.
Después salí al balcón con el vaso de agua de todas las noches.
La lavanda madre estaba en su apogeo, dos espigas abiertas y una tercera decidiéndose, el morado firme contra lo oscuro de los tejados; provinciana cabezota enseñándole al barrio entero cómo se hace.
Al lado, en la maceta de barro, la pequeña seguía su calendario en silencio: más chica, verde todavía, entera raíz.
Regué las dos en la medida de cada una, comprobé la firmeza de los tallos con el dedo, y me quedé un instante en cuclillas entre ellas, en el frescor que sube de las hojas por la noche, haciendo lo que mejor sé hacer: no decir nada.
Mañana las dos quedaban al cuidado de Camille: la grande con las instrucciones en el papel, la pequeña con las instrucciones en el papel y el significado en ninguna parte. La mejor guardiana de París, cuidando de lo que no sabe que guarda.
Cerré la ventana con el pestillo, apagué la luz, me tumbé junto a la maleta lista.
El secreto no necesitó sitio en el equipaje. Viaja donde ha viajado siempre: por dentro, bien acompañado, con raíz.