Capítulo 8 #2
Como si mi lugar en su vida dependiera del estado emocional de otra persona.
—¿Y mientras tanto?
Me sostuvo la mirada.
—Mientras tanto necesito que me ayudes un poco.
No respondió inmediatamente.
Los dos sabíamos lo que significaba.
Menos mensajes.
Menos yo.
—Entiendo.
Y otra vez era mentira.
Pero estaba cansada de pelear contra cosas que nadie nombraba.
Axel se acercó.
Tomó mi mano.
La sostuvo unos segundos.
Si hubiera dejado de quererme, todo habría sido más sencillo.
Pero seguía buscándome.
Seguía encontrando excusas para verme.
Y aun así algo estaba cambiando.
Algo que ninguno de los dos parecía capaz de detener.
Aquella noche nos despedimos como siempre.
O al menos fingimos hacerlo.
Pero mientras bajaba las escaleras comprendí algo.
Por primera vez, el problema ya no era nuestra relación.
El problema era que había empezado a adaptarme a perder partes de ella.
Y eso me asustó más que cualquier discusión.
Capítulo 9
No ocurrió de un momento a otro.
No hubo una escena definitiva.
Ni una palabra que lo cambiara todo.
Fue otra cosa.
Más lenta.
Más constante.
Una acumulación.
Después de aquella conversación con Andrés, intenté volver a lo de siempre.
A la normalidad que habíamos construido.
A los encuentros en el apartamento.
Pero algo ya no encajaba igual.
No en lo que hacía.
En lo que entendía.
Ahora veía cosas que antes pasaba por alto.
Detalles pequeños.
Formas de decir.
Formas de evitar.
Silencios.
Axel evitaba etiquetas.
No recordaba lo que decía.
Recordaba cómo hacía que todo lo demás dejara de importar.
Y esa era la parte que no sabía olvidar.
Nada era lo suficientemente evidente como para cuestionarlo.
Pero tampoco lo suficientemente invisible como para ignorarlo.
Y eso lo cambiaba todo.
Seguí viéndolo.
Seguimos hablando.
Pero ya no era igual.
Habían aparecido pensamientos que antes no existían.
Comparaciones innecesarias.
Dudas.
Y, sobre todo,
una sensación constante de estar ocupando un lugar que no me correspondía.
No porque alguien me lo dijera.
Porque lo sabía.
Intenté sostenerlo.
Como había hecho antes.
Minimizando.
Redefiniendo.
Repitiéndome que no era una relación.
Un no-no.
Un espacio donde no dolía.
Pero ya no funcionaba.
Porque ahora sí dolía.
De otra forma.
Más silenciosa.
Más persistente.
Una noche, mientras leía uno de sus mensajes, me detuve.
No era nada importante.
Una conversación como cualquier otra.
Y, aun así,
algo no se sintió igual.
No era lo que decía.
Era lo que ya no provocaba.
Cerré la conversación sin responder.
Lo dejé ahí.
Pasó un minuto.
Luego otro.
El hábito era responder.
Siempre.
Esa vez no.
Dejé el teléfono a un lado.
No porque no quisiera hablar con él.
Sino porque necesitaba escucharme a mí.
El silencio se sintió incómodo al principio.
Como si estuviera rompiendo algo
que no debía tocarse.
Pero no era así.
Lo que estaba haciendo era soltar.
Por primera vez,
de forma consciente.
No hubo enojo.
Ni siquiera decepción.
Solo claridad.
No podía seguir en ese lugar
sin perder algo más.
Y ya había perdido suficiente.
Esa noche no escribí.
Al día siguiente, él lo hizo como siempre.
Un mensaje ligero.
Natural.
Lo leí.
No respondí de inmediato.
Horas después escribí algo breve.
Suficiente.
Sin abrir la conversación.
Sin sostenerla.
Durante los días siguientes, repetí lo mismo.
Respuestas más cortas.
Más espaciadas.
Menos preguntas.
Menos de mí.
No porque quisiera lastimarlo.
Porque no sabía cómo hacerlo de otra forma.
A veces veía su nombre en la pantalla
y sentía el impulso inmediato de responder.
Como antes.
Y entonces me detenía.
Porque sabía que ese impulso era el problema.
No él.
Yo.
Mi forma de quedarme
incluso cuando ya no debía.
No fue fácil.
Hubo momentos en los que quise volver.
A lo cómodo.
A lo conocido.
A él.
Pero algo dentro de mí no lo permitió.
Porque ahora sí entendía.
No todo.
Pero lo suficiente.
Una tarde revisé una conversación antigua.
Mensajes que antes me parecían normales.
Ahora no.
Cerré la conversación.
Sin responder.
Sin volver atrás.
No fue una ruptura.
No hubo despedida.
Fue algo más difícil que eso.
Elegir salir
sin que nadie te esté echando.
Elegir irte
cuando todavía quieres quedarte.
Porque quedarte ya no es una opción.
Y por primera vez,
la decisión no fue sobre él.
Fue sobre mí.
Aunque doliera.
Sobre todo porque dolía.
No sé cuándo dejé de esperar su mensaje.
Pero sí supe cuándo cambió.
El día en que verlo escribir
dejó de cambiarme el ánimo.
Y por primera vez,
el silencio
se sintió como descanso.
Pasaron cuatro meses.
No los conté.
Pero los sentí.
El inicio fue difícil.
Más de lo que esperaba.
Los primeros días se sintieron vacíos.
Luego vinieron las semanas.
El hábito desapareció.
Las conversaciones dejaron de existir.
Su nombre dejó de aparecer.
Y poco a poco…
aprendí a estar sin eso.
Volví a mis rutinas.
A mis espacios.
A mí.
A veces todavía lo pensaba.
No igual.
Más como un recuerdo.
Algo que entendía mejor que antes.
Ya no dolía igual.
O eso me decía.
El tiempo hizo lo que hace.
Suavizó.
Borró los bordes.
Dejó lo necesario para recordar…
pero no lo suficiente para regresar.
Y por un momento,
creí que había terminado.
Hasta ese día.
El teléfono vibró.
Un sonido simple.
Pero no lo era.
Miré la pantalla.
Su nombre.
Axel.
No reaccioné de inmediato.
Solo miré.
Como si necesitara comprobarlo.
Como si esperara que desapareciera.
Pero no lo hizo.
El mensaje seguía ahí.
Simple.
Sin explicación.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si nada se hubiera roto.
Sentí algo moverse dentro de mí.
No era emoción.
Era memoria.
El cuerpo recordando
antes que la cabeza.
Respiré.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
No lo abrí enseguida.
Pasaron unos minutos.
Tal vez más.
No estaba evitando.
Estaba decidiendo.
O intentándolo.
Porque en el fondo,
la respuesta ya existía.
Y eso era lo que más incomodaba.
Lo tomé otra vez.
Abrí la conversación.
Leí el mensaje.
Y esta vez no intenté justificarlo.
Y por un instante,
todo volvió.
No lo que había pasado.
Lo que hacía sentir.
La conexión.
La facilidad.
Ese punto exacto
donde nunca terminaba de desaparecer del todo.
Ahí.
Me quedé mirando la pantalla.
Sin moverme.
Porque ahora entendía algo que antes no.
No era él volviendo.
Era yo recordando
por qué nunca había terminado de irme.
Y por primera vez en mucho tiempo…
eso me asustó.
Más que antes.