Capítulo 66
¿Y ahora qué?
Aiden se despertó con Rian apoyado en su pecho, con el brazo rodeándole la cintura. Parecía que había amanecido hacía rato, por la cantidad de rayos de sol que se colaban por los huecos de la persiana. Aiden suspiró feliz antes de abrazar a su compañero y dejarle un suave beso en la cabeza.
—¿Es hora de levantarse? —preguntó Rian en un susurro, todavía adormilado.
—Sí, parece tarde. —Aiden estiró un brazo, buscando el móvil con la mano.
Cuando encendió la pantalla comprobó que pasaban un par de minutos del mediodía. Tenía casi cincuenta mensajes sin leer y dos llamadas perdidas de Caleb.
— Parece que nuestro entrenador está algo desesperado. Dice que como no demos señales de vida antes de la una, tirará la puerta abajo de tu habitación y de mi piso, hasta encontrarnos —le actualizó Aiden, sonriendo.
—¿Qué puede ser tan importante para molestarnos tan temprano un domingo? Creo que no se acuerda que ayer ganamos el campeonato. Deberías recordárselo —protestó Rian sin molestarse en abrir los ojos, todavía acurrucado en sus brazos.
—¿Y si es algo importante de verdad?
Rian resopló antes de contestar.
—Eres un poco ansias. Si tanto te preocupa, devuélvele la llamada. Seguro que te cuenta cualquier chorrada.
—Igual quiere hablar sobre los errores que cometimos ayer.
—Eso puede esperar a mañana.
—¿Y si es sobre alguna entrevista que nos quieren hacer? A lo mejor nos ofrecen salir por la tele. ¿Te imaginas?
—Me parece poco probable, pero, de ser así, también puede esperar al lunes.
—¿Y si…?
Rian abrió los ojos de golpe, incorporándose de la cama y mirándolo ojiplático, había caído en un posible motivo de la llamada.
—Llámalo ya —apremió.
No quedaba nada del chico que hace dos segundos estaba medio dormido, todavía desnudo, abrazado a él. Aiden lo observaba confuso. En aquel momento, era él quien no entendía lo que estaba pasando.
—¿A qué viene tanta prisa de repente?
—Hoy juega el Dorogoy. Quizá nos invitan al duelo. Llámalo ya.
Aiden desbloqueó el teléfono y tocó sobre el nombre del entrenador para devolverle la llamada. Caleb contestó al segundo toque.
—Aiden, al fin. ¿Dónde os habéis metido? Te he dejado como una veintena de mensajes y os he llamado varias veces, tanto a ti como a Rian.
Aiden pulsó el botón que ponía la llamada en altavoz, para que Rian también pudiera escuchar.
—Nos acabamos de despertar. —Y todavía no se habían levantado de la cama, pero eso no se lo dijo.
En aquel momento, estaban los dos sentados, el uno frente al otro, con el móvil entre ellos.
—Necesito que vengáis al despacho lo antes posible. Es muy importante.
—¿Qué ha pasado?
Caleb no contestó al momento. Los segundos fueron pasando y el silencio se hizo tan pesado que Aiden tuvo que comprobar varias veces que la llamada no se hubiera cortado.
—¿Caleb?
—Le acabo de pasar una foto a tu compañero por el móvil. Está contigo, ¿verdad? Dile que la abra y lo entenderéis todo.
Rian se lanzó a por su móvil y después de fallar tres veces la contraseña, consiguió desbloquearlo y entrar a ver los mensajes.
—Es para hoy —protestó Aiden nervioso.
—Ya va —contestó en el momento en el que consiguió entrar en la aplicación.
Después de tener que esperar unos cuantos segundos a que la foto se terminara de descargar, por fin la pudieron abrir. En ella, se podía observar una carpeta marrón con sus dos nombres escritos a ordenador en la cubierta. Nada más.
Aiden miró a su compañero, confuso. Al ver su cara de incredulidad, se sintió más perdido todavía.
—¿La habéis visto? —preguntó Caleb conteniendo un grito.
Aiden esperó a que Rian contestara, a fin de cuentas, él era el único que sabía de qué iba aquella carpeta, pero su compañero estaba tan impactado que todavía seguía mirando aquella foto con la boca abierta.
—¿Rian? —lo llamó Aiden, intentando traerlo de vuelta al mundo real.
Como si su voz lo hubiera hecho reaccionar, el chico levantó la mirada hasta que sus ojos se encontraron. Los de Aiden no podían estar más confusos mientras que los de Rian estaban llenos de emoción. Asemejaba estar a punto de llorar. Mentira. Estaba llorando.
—¿Alguien me puede explicar qué está pasando? —pidió Aiden desesperado. Estaba cansado de ser el único que no se enteraba de nada. Él también quería emocionarse o llorar, o ambas cosas.
—Un contrato —dijo Rian finalmente.
—¿Un contrato? —repitió sin entender.
Rian afirmó con la cabeza.
—Esas carpetas son donde se guardan las cláusulas de un contrato deportivo. Alguien nos quiere fichar, Aiden. Un equipo profesional —dijo y su voz tembló cuando lo anunció en voz alta.
A Aiden le costaba procesar aquella información.
—¿Lo…? ¿Lo estás diciendo en serio?
—Te lo prometo, Aiden. Jamás bromearía con algo así.
—Exacto —gritó Caleb emocionado desde el otro lado del teléfono—. Enhorabuena, chicos, lo habéis logrado.
◆◆◆
Media hora después, ambos estaban en el despacho de Caleb, revisando los documentos.
El Nygore era un equipo bastante grande y en su banquillo había una docena de magos.
Se había creado una década atrás, pero había ido acumulando victorias y se encontraba entre los cincuenta mejores equipos del mundo.
Actualmente estaba en segunda división, aunque no había logrado nada muy relevante en aquella mitad de temporada, y tenía una posición modesta, algo por debajo de la mitad de la lista.
El contrato que les ofrecía el Nygore era de prácticas ya que, al ser estudiantes, no podía ser de otra manera.
Participarían en dos partidos al año: uno en la temporada de invierno y otro en la de verano.
Les proponía especializarse en climas desérticos por su actuación de la escuela media con el Kettou y una ampliación de contrato anual hasta que terminasen la universidad si hacían un buen papel.
La idea era ir duplicando el número de duelos que realizaban cada año, a medida que avanzase su experiencia.
Tendrían dos prácticas al mes con el resto del equipo, pero en el contrato ponían que se adaptarían a los horarios que mejor les cuadraran y podrían seguir entrenando y compitiendo en el Igrom hasta que se graduaran.
Aiden miró el resto de las páginas del contrato, donde se detallaban las cláusulas de confidencialidad, no concurrencia y sueldo a percibir. Aún no había abierto la boca porque no era capaz de decir nada. Todavía no lo había asumido.
Era bueno. Era muy bueno y, aun así, sentía que no era tanto como le gustaría.
Caleb estaba sentado del otro lado de la mesa. Les había explicado el contrato punto a punto.
—¿Qué te parece? —preguntó Aiden un rato después, aunque ni él sabía si se estaba refiriendo al contrato, a la oportunidad o al hecho de que aquella oferta les llegase al día siguiente de haber ganado.
—Lo he revisado esta mañana antes de llamaros y está todo correcto —les dijo para que estuvieran tranquilos al respecto—. Ayer lo hicisteis más que perfecto. Fue increíble. Esto que veis aquí solo es el resultado del esfuerzo y el trabajo bien hecho.
—¿Y ahora qué? —preguntó Rian, levantando por primera vez la mirada del documento desde que entraron al despacho, veinte minutos antes.
—Ahora debéis pensar qué queréis hacer. No es una decisión que yo pueda tomar por vosotros. Podéis aceptar este contrato y entrar al Nygore, o podéis rechazarlo y centraros en el Igrom a la espera de que llegue otro equipo que os aporte más.
Aiden tenía claro cuál era el equipo en el que quería competir y sabía que Rian pensaba lo mismo que él.
El Dorogoy era de los mejores equipos que había y sus magos destacaban entre los demás.
Caleb era el claro ejemplo de ello. Pero el Dorogoy estaba en las primeras posiciones de la liga de oro y aquello era un sueño fuera de su alcance.
—¿Tú qué harías?
Caleb sonrió antes de responder.
—Depende. ¿Cuál es vuestro objetivo a largo plazo?
¿Lo tenéis claro? ¿Queréis entrar en cualquier equipo o hay alguno especial en el que querías competir?
¿Lo que os ofrece el Nygore es compatible con lo que buscáis?
Es algo que tenéis que pensar y debatir entre vosotros.
Yo no puedo responder a ninguna de esas preguntas, no me corresponde.
Aiden y Rian se miraron. Tenían muy claro lo que querían, lo llevaban sabiendo toda la vida.
—Queremos competir en la división de oro —dijo Aiden.
—Queremos ganar el campeonato mundial —añadió Rian.
—Queremos ser especialistas en todos los tipos de estadios. —No querían limitarse solo a terrenos desérticos, sino ir mucho más allá.
Además, Aiden odiaba ese tipo de terrenos. Malditos desiertos.
—Queremos ser los titulares.
Aquello era complicado; cuanto mejor era el equipo, más probable era que sus magos pudieran participar en cualquier tipo de condiciones climáticas.
Los equipos de la división de oro tenían a ocho magos titulares y ocho suplentes para la mayoría de los duelos. A medida que descendías de categoría, te ibas encontrando a más magos por equipo.
—Pues si eso es lo que queréis —dijo Caleb pensativo, con una ligera sonrisa—, tenéis dos opciones.
Probar este primer año con el Nygore, ver cómo os adaptáis a las competiciones y poneros a prueba.
O podéis seguir este año en el Igrom y… —Caleb abrió uno de los cajones de su mesa y sacó dos carpetas idénticas a las que ya estaban observando, pero el sello que tenían grabadas en el centro era inconfundible–.
Y en septiembre, después de haber pulido vuestras técnicas y contar con un año de práctica universitaria completo, incorporaros como duelistas titulares en el Dorogoy.
—Caleb les tendió los contratos con una sonrisa en la cara.