Derrota Colateral (Victoria 2) Capítulo 64
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Capítulo 64

La meta no es el final.

Había sonidos mágicos que podían erizarte la piel con tan solo escucharlos. Y, para Aiden, el pitido que anunciaba el final del duelo era uno de ellos.

El mago estaba empapado de sudor, respiraba con dificultad y la herida que tenía en la pierna aún sangraba.

Nada de eso tenía importancia. Ni siquiera podía llegar a sentir una pizca de dolor. La emoción que lo inundaba aplacaba lo demás.

El público se había vuelto loco y la gente aplaudía y chillaba sin control.

Por la megafonía estaban anunciando algo, pero las palabras llegaban a sus oídos como sílabas inconexas.

Olivier e Igor estaban sentados en el suelo, con gesto apenado en actitud derrotada.

Habían ganado. Eran los campeones.

Aiden buscó a Rian con la mirada y lo encontró a un par de metros con la vista fija en él. Su corazón se desbocaba por segundos, exaltando todavía más la euforia que lo recorría. En cuanto la comisura de la boca de Rian empezó a alzarse, él ya sonreía con ganas.

Luego, ambos se acercaron y se fundieron en un cálido abrazo.

Un abrazo que lo significaba todo.

La cara de Aiden se escondió en la curvatura del cuello de su compañero, mientras que sus manos lo agarraban como si tuviera miedo a que desapareciera, y en parte así era.

Sabía que no podía obligar a Rian a hacer nada, él era libre de elegir su propio camino, aunque deseaba de corazón que aquella victoria fuera la primera de muchas y no el final de una etapa.

—Rian, te quiero —le susurró al oído mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Yo también te quiero, Aiden, más que a nada —le contestó apretándole con fuerza contra él.

—Prométeme que habrá una próxima vez —suplicó—.

Prométeme que vas a seguir aquí conmigo.

—Aiden notó como el chico se tensaba entre sus brazos.

Ninguno hizo el amago de ampliar la distancia entre ellos.

El tiempo estaba en su contra, aquel momento íntimo iba a tener que romperse en cualquier instante.

Solo necesitaba escucharle decir aquellas palabras.

No podía volver a pasar por lo mismo otra vez—.

Por favor. Quédate conmigo, aprovechemos los años que me queden para ganar todo y luego vivamos tranquilos, juntos. Tú y yo.

—Hagámoslo, entonces —aceptó Rian, rompiendo el abrazo y mirándolo fijamente a los ojos.

—Puede que mi magia no dure mucho tiempo, pero tenemos tiempo de sobra para lograr todos nuestros sueños antes —respondió convencido.

—Llegaremos a lo más alto. No tengo dudas. Me quedaré a tu lado siempre.

Afirmar aquello parecía algo sencillo y siempre era una palabra muy grande. Por algún motivo, no le asustó, ni sintió que su compañero mintiera. Era lo apropiado.

Lo correcto.

—Aiden, Rian —la voz de Olivier los llevó de vuelta al presente—. Enhorabuena por vuestra victoria. —El chico estiró la mano y la dejó tendida en el aire como muestra de deportividad. Tenía la mandíbula tensa y los labios apretados en una fina línea.

Aiden se mordió el labio antes de aceptarla. Había un reconocimiento brutal en su mirada. No había pena o consideración, sino la rabia del perdedor.

—Gracias —respondió y pasó a aceptar la enhorabuena de Igor—. Ha sido un buen combate.

Rian también saludó a ambos magos.

—Conseguiremos nuestra revancha. Esto no quedará así —añadió Olivier antes de darse media vuelta y arrastrar los pies fuera de la Arena.

Todos soñaban con salir victoriosos de una final, pero solo había un trofeo y, aquel día, lo habían ganado ellos.

◆◆◆

La radio sonaba de fondo desde hacía varias horas y Aiden estaba ocupado como para prestarle atención.

Estaba sentado en una silla, en la terraza de un bar, muy cerca de la playa.

El sonido de las olas llegaba hasta sus oídos, envolviéndolo.

Él se encontraba con los ojos cerrados, simplemente existiendo.

Había estado esperando por aquel momento muchos años.

Se había esforzado más de lo imaginable.

Había demostrado a todo el mundo que no había apostado por él que había cometido un error.

A aquella profesora de la escuela que le dijo que era imposible que fuera mago.

A aquel médico, que le sugirió que hiciera su vida fingiendo que no tenía poder. Que el temblor de su mano sería incapacitante. Que jamás lograría dominar sus debilidades.

A sus compañeros de la escuela media, que se rieron de él y le recordaban a diario que llevaban años de ventaja y que jamás se graduaría.

A aquel profesor particular que le gritaba que estaba perdiendo el tiempo, que jamás lograría ser un duelista profesional.

A aquellos que le dijeron que no podía. Porque sí que pudo. Y vaya si lo hizo.

Aquella tarde, Rian y él se habían proclamado campeones del torneo nacional, consiguiendo la clasificación para el internacional de verano.

Estaba a un paso de cumplir su sueño. De su lista de diez cosas que hacer antes de morir había cumplido nueve y, la décima, ya no era tan descabellada.

Rian estaba seguro que el Dorogoy les ofrecería una plaza en las próximas semanas, pero Aiden tampoco tenía prisa.

No le importaba si tenía que esperar un par de semanas, meses o incluso años.

Él ya había llegado más lejos de lo que esperaba.

No le importaba hacer tiempo hasta entonces.

—Estabas aquí —dijo la voz inconfundible de Rian a su espalda.

—Necesitaba respirar un poco de aire. Me estaba agobiando un poco ahí dentro —confesó.

Sus amigos, compañeros del equipo y otros conocidos de la universidad les habían organizado una pequeña fiesta por la victoria.

Para sorpresa de nadie, se había salido de control y acabaron siendo más de cuatrocientas personas en un pequeño local a las afueras de Mayak, a un cuarto de hora andando de la universidad.

El alcohol y la comida se habían distribuido sin ningún tipo de reparo y, a aquellas horas de la noche cuando el reloj marcaba cerca de las dos de la madrugada, todos estaban un poco pasados de copas.

Aiden también estaba algo achispado, aunque nada que se pudiera comparar.

Había salido para desconectar un rato. No llevaba ni quince minutos fuera cuando Rian había aparecido.

—¿Puedo? —preguntó Rian, señalando la silla colocada justo al lado de la que estaba sentado Aiden.

—Por favor —respondió, haciendo un gesto con la mano, invitándole a sentarse.

Rian pasó por delante de él y se sentó a su lado. Llevaba un botellín de cerveza en la mano que dejó apoyado a sus pies, antes de agarrarle la mano a Aiden.

—¿Cómo estás?

Había tanto detrás de aquella pregunta que Aiden solo pudo contestar con una ligera sonrisa y un suspiro. Luego asintió y le apretó la mano a Rian, quien lo estaba acariciando, trazando movimientos circulares con los dedos sobre su muñeca.

—Perfecto.

Aiden volvió a cerrar los ojos, disfrutando del momento. Quería que aquellos sentimientos quedaran grabados con fuego en su mente. Deseaba recordarlos toda la vida.

Si miraba en perspectiva, podría decirse que había sido un mal año en general, con momentos increíbles salteados por el tiempo. Y a pesar de eso, volvería a vivir todo lo que había pasado por estar con Rian, sentados en aquella terraza, bajo la luz de la luna y las estrellas.

—Durante un segundo pensé que no lo conseguiríamos —confesó Rian, recordando el final del último combate.

—Yo también lo pensé. La verdad.

—Me sorprendiste mucho.

—¿Yo?

—Sí, el último movimiento… Siempre que pienso que te conozco, vienes a demostrarme que me equivoco. Tenía muy claro los límites de tu poder actual, pero me da que solamente he explorado hasta la primera capa y que debajo de ella tienes cientos más esperando a que las utilices.

Aiden se rio bajito.

—Me gusta pensar que todos los entrenamientos a los que me sometió Loan en tu ausencia valieron para algo.

El semblante de Rian cambió en un parpadeo, como si acabara de recibir un golpe. Luego se pasó la mano que tenía libre por el pelo, el cual estaba mucho más largo y no le podía quedar mejor.

—Lo siento mucho, Aiden. De verdad. Sé que te lo he dicho cientos de veces, aunque no tendré vida suficiente para seguir repitiéndotelo de nuevo.

—No tienes nada que sentir. Ya lo hemos hablado. Además, ahora estás aquí —dijo haciendo un poco de presión sobre la mano de su compañero—. No necesito más.

—Ya lo sé, pero…

—Sin peros. De verdad. Quizás si no nos hubiéramos separado no habríamos podido crecer de forma individual. Quizás no habríamos logrado todo lo que conseguimos.

Rian lo estaba mirando fijamente a los ojos cuando decidió romper el espacio que los separaba y juntar los labios con los suyos. La boca de Aiden se abrió como respuesta. En vez de profundizar el beso, Rian se separó unos milímetros de sus labios.

—Te quiero, Aiden. Te quiero muchísimo y que quedaré siempre a tu lado. Mientras así lo quieras.

En ocasiones, aquello era tan nuevo para él que no sabía cómo gestionarlo. Luego recordaba que era de Rian de quien estaban hablando y se le pasaba. Si de algo estaba seguro era de sus sentimientos. Quizás no fuera así dos años atrás, pero en aquel momento…

—Bien —dijo satisfecho.

—¿Bien? —preguntó Rian extrañado, lo que hizo que Aiden no pudiera reprimir una sonrisa.

—Sí, porque yo también te quiero. Con locura y para siempre.

Rian sonrió con fuerza al escuchar aquellas palabras. Su colmillo se clavó en su labio inferior y Aiden no dudó en hacerlo él mismo. Envolvió el labio de su compañero con sus dientes y apretó con suavidad.

—¿Quieres volver a dentro? —preguntó Rian un rato después, señalando en dirección al local a sus espaldas.

Sus labios lucían rojos e hinchados.

—No —dijo Aiden, agarrándolo con fuerza de la nuca y sentándose en su regazo—. Se me ocurren mil cosas más interesantes que hacer ahora mismo.

Rian llevó las manos hasta la espalda de Aiden y las deslizó por debajo de su camiseta, acariciándolo sobre la piel.

—Vámonos entonces —susurró Rian como respuesta.

Aquel camino que no debería durar más de quince minutos, se alargó casi una hora.

Paraban cada dos minutos a besarse, se columpiaron en unos balancines que encontraron de camino, se sacaron un montón de fotos…

y cuando por fin llegaron a la puerta de la habitación, no parecían ser capaces de esperar a llegar a dentro.

Aiden tenía la cazadora en una mano y la camiseta a medio sacar.

Rian tenía el botón del pantalón desabrochado, facilitando la entrada a la mano de Aiden.

Cuando la puerta se cerró tras ellos y se dejaron caer sobre la cama, Aiden se separó unos milímetros de Rian.

—¿Estás seguro?

—No he estado más seguro de nada en toda mi vida. —Y sin darle tiempo a responder se volvieron a besar.