29
Marta abrió la puerta con el jersey mal abrochado y el pelo todavía húmedo en la nuca, como si hubiera intentado despejarse con una ducha y el agua no le hubiese servido para nada.
La casa olía a café recalentado y a esa quietud rara de las viviendas donde se ha pasado demasiadas horas esperando una llamada que cambie el sentido de la noche.
No preguntó por Gabriel. Miró primero a Laia y luego a Bruno, y en esa mínima diferencia de enfoque ya había una forma de cansancio.
—Pase.
Los hizo entrar hasta el salón. Las luces estaban encendidas solo en la mitad de la estancia.
Sobre la mesa baja había dos tazas, una manta doblada con una precisión demasiado limpia y el cuaderno de Alba cerrado, lejos de cualquier gesto espontáneo, como si Marta llevara rato sentándose a su lado sin atreverse a abrirlo otra vez.
—Gabriel no está —dijo.
Laia dejó el abrigo en el respaldo de una silla.
—Lo sé.
Marta alzó la vista.
—Entonces ha hablado con ustedes.
No era exactamente una pregunta.
—Sí.
Marta cerró los ojos un segundo. No hubo sorpresa en el gesto. Hubo algo peor: la confirmación de un miedo que llevaba tiempo ensayando en silencio.
—¿Quiere café? —preguntó.
—No —dijo Laia—. Quiero que me diga qué lleva años intentando no pensar.
Marta se quedó de pie frente a ella. La luz lateral le dibujaba ojeras profundas y una rigidez en la boca que no era llanto contenido, sino costumbre de cerrarse antes de hablar de más.
—No sé si puedo ayudarla.
—Sí puede. Otra cosa es lo que le cueste.
Bruno no intervino. Se quedó junto al aparador, atento a la respiración de Marta, al modo en que apretaba una mano con la otra, al esfuerzo casi visible con que estaba decidiendo si se sentaba o seguía en pie para no parecer débil. Al final fue al sofá y se sentó en el borde, sin apoyar la espalda.
—Gabriel siempre ha creído que los problemas se arreglan si se cogen a tiempo —dijo de pronto—. Antes de que se hagan grandes. Antes de que la gente empiece a hablar. Antes de que una cosa arrastre a otra.
Laia no la interrumpió.
—Cuando nos vinimos aquí, pensé que esa manera de ser era útil.
Él lo ordenaba todo. Todo parecía más fácil.
Las hipotecas, el trabajo, las amistades, las cenas, los hijos de los demás, los problemas de los nuestros.
Nunca levantaba la voz. Nunca daba un portazo.
Nunca hacía nada que una pudiera señalar y decir esto está mal.
Y, sin embargo, con los años… —se quedó unos segundos buscando la palabra— con los años empecé a notar que siempre faltaba aire después de una crisis.
Como si las cosas se resolvieran por fuera y se quedaran mal dentro.
Laia se sentó enfrente, sin invadirla.
—Hábleme de Celia.
Marta la miró mucho tiempo. Cuando habló, la voz ya no salió defensiva, sino cansada.
—No la conocí bien. Venía algunas tardes.
Cuidó un tiempo a un niño de la casa de los Vilamajó.
Después entró en otras dos. A veces la veía cruzar con una mochila pequeña y un abrigo marrón.
Era amable. Joven. Llevaba el pelo muy oscuro, muy liso.
Tenía esa manera de saludar de la gente que intenta no ocupar demasiado sitio en casas ajenas.
—¿Gabriel la conocía?
—La había visto.
—No le pregunto eso.
Marta apoyó los dedos en el borde del sofá.
—Sí. La conocía más que yo.
Bruno dio un paso muy pequeño, casi nada, lo suficiente para que la frase se asentara de otro modo.
—¿Cómo lo sabe?
Marta se quedó mirando el cuaderno de Alba.
—Porque una noche volvió tarde. Muy tarde.
Yo estaba despierta. Alba tenía siete años y había pasado el día con fiebre.
Le oí entrar en la cocina. Pensé que venía de una cena de trabajo, pero olía a tierra mojada y a humo, no a restaurante.
Entré. Tenía los zapatos manchados y la camisa arrugada como si se la hubiera puesto otra vez deprisa.
Me dijo que había ayudado a un vecino con una avería junto al vallado.
Yo quise creerlo. Supongo que porque era más fácil creerlo que hacer la pregunta siguiente.
Laia no apartó los ojos de ella.
—¿Qué pregunta?
—Por qué estaba temblando.
El silencio se quedó muy quieto en la sala.
—¿Le habló de Celia? —preguntó Laia.
—No aquella noche. Ni al día siguiente. El nombre apareció después, cuando ya corría el rumor de que una chica había muerto ahí fuera.
Recuerdo que yo estaba en el club social.
Helena hablaba con dos mujeres junto a la cristalera.
No me vieron. Una de ellas preguntó algo sobre la policía.
Helena dijo: «Cuanto menos se mezcle esto con las familias, mejor».
Y luego habló de Gabriel. Dijo que había hecho lo que había podido.
Bruno levantó la vista.
—¿Exactamente eso?
—No palabra por palabra. Ha pasado tiempo.
Pero el sentido era ese. Me fui antes de que me vieran.
Esa misma noche le pregunté a Gabriel si había tenido algo que ver con aquella chica.
Se enfadó, pero no como un hombre inocente que no entiende de qué le hablas.
Se enfadó como alguien que necesita cerrar una puerta antes de que entre aire.
—¿Qué le dijo? —preguntó Laia.
Marta soltó una risa mínima, seca.
—Que no entendía lo delicadas que eran ciertas situaciones. Que había gente joven implicada. Que una mala decisión podía arruinar varias vidas. Que había cosas que, si se hacían públicas sin entenderlas bien, ya no se podían recoger.
Laia sintió una rabia vieja, casi física, pero la dejó quieta.
—El mismo idioma.
Marta asintió sin ganas.
—Sí.
—¿Se lo ha oído usar más veces?
Marta dudó.
—No con ese nombre. Pero sí con Alba. En los últimos meses. Empezó a decir que la niña miraba las cosas como si todo fuera muy simple, muy limpio. Que no entendía las consecuencias. Que no sabía distinguir entre verdad y daño.
La frase quedó suspendida entre ellas con una claridad insoportable.
—¿Alba le habló alguna vez de Celia? —preguntó Laia.
Marta se llevó una mano a la garganta, no por teatralidad, sino por el gesto reflejo de quien recuerda algo que debió atender mejor.
—Una vez. Hará dos o tres semanas. Me preguntó si yo me acordaba de una chica que había muerto cuando ella era pequeña.
Pensé que era una curiosidad rara. Le dije que sí, muy vagamente.
Me preguntó si había sido verdad que se había caído sola.
Le dije que no lo sabía. Y me miró de una manera…
—cerró los ojos—. Me miró como si supiera que yo estaba eligiendo no saberlo.
Bruno bajó la cabeza un instante.
—¿Tenía algo Alba? ¿Alguna prueba? ¿Algún papel?
Marta miró hacia el aparador.
—No sé si era una prueba. Pero encontré esto después de que desapareciera.
Se levantó, fue hasta un cajón y sacó una funda de plástico transparente, de las de guardar documentos sin doblar. Dentro había una fotocopia vieja, de mala calidad. Marta se la tendió a Laia.
Era un parte interno de mantenimiento, muy antiguo, con un membrete antiguo de la comunidad y una anotación manuscrita en el margen.
El papel hacía referencia a una apertura extraordinaria del acceso de servicio junto al módulo técnico, ocho años atrás, en una franja nocturna.
Abajo, casi borrada, aparecía una firma de validación: O.
Massanet. Y, al lado, otra anotación a mano, mucho más breve, con una letra nerviosa: «Ordenado por G.G. »
Laia sintió cómo todo se reordenaba con una violencia silenciosa.
—¿De dónde salió esto?
—Del despacho de Gabriel. O de una carpeta en la que guardaba papeles antiguos que nunca tiraba. Alba debió de fotografiarlo o copiarlo primero. Yo lo encontré en su mesa, dentro de una funda con otras hojas.
—¿Por qué no nos lo dio antes?
Marta se quedó muy quieta. Cuando habló, la vergüenza le salía limpia, sin disculpa.
—Porque lo vi y comprendí de golpe que podía ser verdad. Y necesité unas horas más para seguir respirando en esta casa.
Nadie dijo nada. Laia miró otra vez la nota, la hora, el acceso, la abreviatura brutal del nombre de Gabriel convertida en iniciales útiles. No era una prueba total, pero era una grieta vieja abierta exactamente donde necesitaban.
—Esto cambia mucho —dijo Bruno.
Marta soltó aire y se hundió un poco más en el sofá.
—Hay otra cosa.
Laia alzó la vista.
—Dígamela.
—La noche en que Alba desapareció, antes de que ustedes llegaran, Gabriel salió del dormitorio para responder una llamada en el pasillo. Yo estaba en el baño y lo oí. No entendí todo. Solo una frase. Dijo: «No la dejéis sola ahí».
La habitación se quedó inmóvil.
—¿Está segura?
Marta asintió. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.
—Sí.
—¿Antes de que se avisara formalmente a la policía?
—Sí.
Bruno se pasó la mano por la boca.
—Joder.
Marta se volvió hacia Laia con una expresión extraña: devastada, sí, pero también cansada de haber sido durante años la última en aceptar lo evidente.
—Usted ha dicho antes que yo podía ayudarla. Ya la he ayudado. Ahora necesito que me diga una cosa.
Laia no apartó la mirada.
—Dígamela usted.
Marta tragó saliva.
—Cuando encuentre la verdad, no vuelva a convertirla en algo soportable para esta gente.
Laia pensó en Helena, en Gabriel, en Oriol, en la frase que a todos les había resultado tan natural: esperar, entender, no precipitarse, proteger. Pensó en Alba sola entre ellos.
—No he venido para eso —dijo.
Marta asintió despacio. Luego apoyó una mano sobre el cuaderno de su hija y, por primera vez desde que habían entrado, pareció no estar conteniéndose para nadie.
—Entonces lléveselo todo —murmuró—. Porque si me quedo aquí una hora más con estas paredes, voy a acabar creyendo otra vez que quizá las cosas nunca fueron exactamente como las vi.
Laia se levantó con la funda en la mano.
Antes de irse, miró una vez más la casa: la luz templada, los objetos caros, la manta bien doblada, el orden impecable de un salón diseñado para que nada desentonara.
Le pareció que toda la novela estaba también allí, en esa calma correcta sostenida a costa de lo que fuera necesario.
En la puerta, Bruno se adelantó un paso.
—¿Quiere que avisemos a alguien para que no se quede sola?
Marta negó con la cabeza.
—No. Llevo años acompañada de la peor manera posible. Por una noche puedo estar sola de verdad.
Cuando salieron, el aire de fuera estaba más frío. Laia guardó la funda bajo el brazo y echó a andar hacia el coche sin decir nada. Bruno la siguió.
—La llamada —dijo él al cabo—. «No la dejéis sola ahí».
—Sí.
—Eso ya no es una intuición.
Laia abrió el coche, pero no entró todavía.
—No. Es la frase de un hombre que, antes incluso de pensar en su hija, pensó en la escena.
Bruno asintió despacio.
—¿Y ahora?
Laia levantó la vista hacia la zona oscura donde sabía que estaba el módulo técnico, más allá del jardín común y del muro vegetal.
—Ahora vamos a donde llevan años creyendo que podían dejarlo todo sin que nadie quisiera mirar de cerca.