Dentro (El perímetro 1) 28
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Laia dejó a Bruno en la sala un momento y salió al pasillo con el teléfono en la mano.

No llamó enseguida. Miró el reflejo oscuro del cristal de la puerta de administración y se obligó a ordenar la rabia.

Había aprendido a desconfiar de ese punto exacto en que una investigación se acelera por fin y el cuerpo pide correr antes que pensar.

Oriol acababa de darles lo que necesitaban para sostener la cadena: Gabriel en la zona del módulo técnico, Alba en el suelo, Helena ordenando tiempo. Era mucho. No era todavía suficiente.

Marcó a Gabriel.

Él respondió al segundo tono.

—Inspectora.

La voz salió plana, sin sueño, sin sorpresa, como si llevara rato aguardando una llamada de ese tipo.

—Necesito verlo ahora.

Hubo una pausa breve.

—Estoy en casa.

—Baje al edificio de administración.

—¿A estas horas?

—Ahora, señor Giner.

Laia colgó sin esperar respuesta. Cuando volvió a entrar, Bruno seguía de pie junto a la pared de corcho, mirando los nombres como si la simple proximidad pudiera obligarlos a recolocarse.

—¿Lo has llamado? —preguntó.

—Sí.

—Pensaba que ibas a ir antes con Marta.

—Si Gabriel intuye que Oriol ha hablado, va a empezar a moverse. Quiero verlo antes de que tenga tiempo de escoger la versión buena.

Bruno se pasó una mano por la nuca.

—Y Helena.

—A Helena la quiero después. Gabriel todavía cree que puede seguir hablándonos como si esto fuera un problema de gestión. Quiero verlo perder ese idioma.

Tardó doce minutos en aparecer. Entró sin abrigo, con la americana mal cerrada, una camisa blanca abierta en el cuello y el cansancio mal repartido por la cara.

Ya no parecía el padre impecable del principio, sino un hombre al que la presión le había secado lo mejor del rostro y le dejaba solo la estructura.

Aun así, seguía moviéndose con ese control aprendido que le impedía llegar roto a ninguna parte.

—¿Ha pasado algo? —preguntó.

Laia no contestó enseguida. Le indicó la silla.

—Siéntese.

Gabriel miró a Bruno y luego a ella. Se sentó despacio, colocando las manos sobre la mesa con un gesto de disciplina antigua.

Laia reconoció enseguida la estrategia: nada de brusquedad, nada de ansiedad visible, nada que pudiera parecer propio de un hombre acorralado.

Solo corrección. Corrección hasta que la corrección se confundiera con inocencia.

—Vamos a repetir la noche de la desaparición —dijo ella—. Con detalle.

—Ya lo he hecho.

—No de este modo.

Él bajó la vista un segundo y volvió a levantarla.

—De acuerdo.

Laia empezó por lo mínimo: la hora en que vio a Alba por última vez, lo que llevaban semanas discutiendo, el ambiente en casa, las llamadas de aquella noche.

Gabriel respondió sin atascarse. Había matices nuevos, pequeñas variaciones, frases más largas que otras veces, pero el conjunto seguía armado con el mismo material: una hija difícil en los últimos meses, una tensión normal de la edad, una discusión que no había ido más allá, un padre preocupado, un matrimonio cansado.

Nada en su relato sonaba imposible. Ese era precisamente el problema.

—¿Por qué discutieron esa semana? —preguntó Laia.

—Ya se lo dije. Por salidas, por horarios, por…

—No me lo dijo. Me dijo «por varias cosas».

Gabriel tensó apenas la mandíbula.

—Alba estaba desafiante. Llevaba tiempo buscando conflicto.

—¿Buscando conflicto o haciendo preguntas?

Él la miró con una quietud tan exacta que resultó reveladora.

—No entiendo a qué se refiere.

—Sí lo entiende.

Bruno se apoyó en la pared, cruzado de brazos, sin intervenir. Laia dejó que el silencio le trabajara la cara a Gabriel. Fuera, por el pasillo, se oyó una puerta y luego nada.

—Voy a ser muy precisa —dijo ella al fin—. Ya no estamos en el punto en que usted me cuenta cómo era su hija y yo decido si le creo. Estamos en el punto en que necesito saber cuánto sabía Alba sobre Celia Robles y cuánto sabía usted de que Alba lo sabía.

El nombre cayó entre los tres como un objeto duro. Gabriel no pestañeó enseguida. Solo después apoyó mejor la espalda en la silla.

—No tengo nada que ver con esa mujer.

—No le he preguntado eso.

—Entonces formule mejor las preguntas.

Bruno dejó escapar una risa breve, sin alegría.

—Vaya.

Laia no se apartó.

—Le voy a formular esta. ¿A qué hora salió usted de casa la noche en que Alba desapareció?

Gabriel se quedó quieto.

—No salí de casa.

—Piénselo otra vez.

—No salí.

Laia abrió una carpeta y empujó hacia él la hoja con el registro de tráfico interno, las franjas del sistema, una nota de incidencias y una declaración resumida de Oriol sin firma todavía. No era bastante para judicializarlo. Sí para enseñarle que ya no estaban en la superficie.

Gabriel miró el papel. La sangre no le abandonó del todo la cara, pero algo cambió. No en la expresión: en la economía de la respiración.

—Esto no prueba nada.

—Prueba que hay gente cansándose de sostenerle.

Gabriel levantó los ojos.

—¿Sostenerme?

—A usted. A Helena. A lo que sea que llevan años llamando prudencia aquí dentro.

Él apoyó la yema del índice sobre la mesa, una sola vez, como quien busca un punto desde el que volver a dominar.

—Si Oriol ha dicho algo, ha debido de malinterpretarlo. Ese hombre vive aterrorizado por perder su puesto. Hace lo que cree que se espera de él.

—Esa noche, al parecer, hizo exactamente eso.

Laia lo vio entender que estaba a un paso de escoger entre dos errores: seguir negándolo todo o empezar a explicarse demasiado.

Gabriel había vivido mucho tiempo en entornos donde el control consistía en saber qué grado de verdad convenía ceder para no perder el resto.

Allí, sin embargo, el margen se estaba estrechando.

—Salí de casa unos minutos —dijo al fin—. Porque Alba no estaba. Porque Marta estaba… descompuesta. Di una vuelta por la zona más cercana. Eso no es un delito.

—¿Fue a la zona del módulo técnico?

No contestó.

—¿Encontró allí a Alba?

Gabriel giró la cabeza muy despacio hacia la ventana, como si la oscuridad de fuera pudiera ayudarlo a no mirarla a ella.

—Encontré un problema.

Bruno se enderezó.

—Una chica de quince años en el suelo, sangrando, ¿y lo llama «un problema»?

Gabriel volvió a mirar al frente. La máscara había empezado a cuartearse, no por exceso de emoción, sino por el esfuerzo de seguir nombrando las cosas de forma útil para él.

—No sabía qué había pasado.

—Pero sabía que no quería que se viera —dijo Laia.

—No diga lo que yo quería.

—Dígalo usted, entonces.

Gabriel la sostuvo un instante. En sus ojos apareció por primera vez algo más crudo que el cálculo: una mezcla de miedo, cansancio y antigua soberbia herida.

—Quería entender la situación antes de provocar una cadena irreparable.

La frase dejó en la sala un silencio peor que una confesión directa. Bruno apartó la vista un segundo. Laia no.

—Una cadena irreparable —repitió ella—. ¿Eso pensó antes que en llamar a una ambulancia?

Gabriel tragó saliva.

—No sabía si seguía…

Se interrumpió.

Laia lo cazó ahí.

—Lo sabe. Porque la vio.

Él cerró los ojos apenas medio segundo. Lo bastante para que pareciera un reflejo. Lo bastante poco como para seguir negándose el derrumbe.

—Vi a mi hija en el suelo —dijo con una aspereza que no había mostrado hasta entonces—. Vi sangre. Vi a otra persona fuera de sí. Vi el final de muchas cosas al mismo tiempo.

—Y eligió.

Gabriel soltó aire por la nariz.

—No tiene hijos, inspectora.

La frase la habría irritado años atrás. Ahora le sonó a cobijo moral de hombre cansado de ser desobedecido por el mundo.

—No. Y usted tuvo una hija. Eso no le enseñó nada útil esa noche.

Se hizo un silencio más largo, más hondo. Gabriel bajó la vista a sus manos. Por primera vez no parecían manos seguras. Parecían manos que hubieran hecho algo y estuvieran empezando a comprender que ya no podían esconderlo detrás del vocabulario de siempre.

—¿Quién estaba con Alba? —preguntó Laia.

Gabriel tardó.

—No fui el primero en llegar.

—Eso ya lo sabemos. Dígame quién estaba.

Él se pasó una mano por la boca. Cuando respondió, la voz le salió áspera.

—Dídac.

Bruno soltó una maldición muy baja.

—¿Qué había ocurrido?

Gabriel miró un punto de la mesa.

—Discutían. O habían discutido. No lo sé. Ella había ido a buscarlo. Le dijo algo. Él intentó quitarle el móvil. Ella retrocedió. Tropezó. Fue rápido.

—¿Tropezó? —preguntó Laia.

—No vi el momento exacto.

—Pero vio lo suficiente para decidir que lo importante era «entender la situación».

Gabriel no respondió.

—¿Alba seguía viva cuando llegó Helena? —preguntó Laia.

Él la miró con un odio cansado, no hacia ella, sino hacia el lugar al que lo estaba llevando.

—No lo sé.

Bruno dio un paso hacia la mesa.

—No vuelva a decir eso.

Gabriel lo miró por primera vez como si se acordara de que estaba allí.

—No lo sé —repitió, más bajo—. Respiraba, creo. O yo quería creerlo. Todo estaba mezclado.

Laia cerró la carpeta.

—No. Todo no estaba mezclado. Había una chica malherida y varios adultos decidiendo qué valor tenía el escándalo que podía provocar. Eso estaba clarísimo.

Gabriel agachó la cabeza. Cuando volvió a levantarla, el control había cambiado de lugar: ya no estaba en la superficie del gesto, sino en una terquedad mucho más fea.

—No entiende este sitio.

—Lo entiendo perfectamente.

—No —dijo él—. No entiende lo rápido que todo puede hundirse. No entiende lo que arrastra una acusación así. Los hijos, las familias, el trabajo, los años. Un solo error lo contamina todo.

Laia se inclinó un poco hacia él.

—Ése es el problema, señor Giner. Que ustedes llevan años llamando error a cosas que exigen verdad.

Gabriel no contestó. Tenía la cara muy quieta. El silencio ya no lo protegía: lo retrataba.

—Vamos a volver a hablar —dijo Laia, levantándose—. Y la próxima vez habrá menos margen para sus palabras útiles.

Él siguió sentado un instante, como si el cuerpo hubiera tardado en recibir la orden de levantarse. Al ponerse en pie, se tambaleó apenas un paso. Bruno lo vio y no hizo el menor gesto para ayudarlo.

En la puerta, Gabriel se detuvo.

—Marta no sabe nada —dijo, sin volver la cabeza—. Déjenla fuera.

Laia sintió que la frase le helaba algo por dentro, no por la petición, sino por la costumbre con que la había formulado. Como si excluir a una mujer de la verdad hubiese sido durante años la forma natural de protegerla.

—Eso ya no depende de usted —respondió.

Gabriel salió. El pasillo volvió a quedar en silencio.

Bruno tardó unos segundos en hablar.

—No ha confesado. Pero ya no puede volver atrás.

Laia recogió la carpeta y apagó la grabadora.

—No me importa la palabra exacta que no ha dicho. Me importa lo otro.

—¿Qué?

Se quedó quieta un momento, con la mano sobre la mesa.

—Que sigue creyendo que elegir tiempo en lugar de ayuda fue una forma de cuidar a los suyos.

Bruno la miró sin cansancio ya, solo con una rabia limpia.

—¿Y ahora?

Laia se dirigió a la puerta.

—Ahora sí. Marta.