Capítulo 20 – Deseo y Venganza
La niña no parecía asustada.
Eso era lo más inquietante.
Permanecía inmóvil frente a la puerta abierta del Archivo Blackwood.
El reloj colgado de su cuello seguía detenido.
9:17.
Valeria se arrodilló lentamente.
—¿Cómo te llamas?
La niña dudó.
Como si buscara un recuerdo perdido.
—Lía.
—¿Quién te trajo hasta aquí?
—Una señora de cabello gris.
Dijo que debía buscar a la mujer que nunca abandonaba a los demás.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
No sabía si aquellas palabras eran una esperanza...
O una nueva trampa.
Adrián observó el pasillo.
Demasiado silencioso.
Demasiado vacío.
Alguien había dejado a Lía allí a propósito.
—Tenemos que salir.
Ahora.
Vivian asintió.
—Si esa mujer encontró a la niña, significa que ya conoce nuestra ubicación.
No terminaron la frase.
Las luces del edificio se apagaron.
La alarma dejó de sonar.
El silencio fue aún peor.
Apenas lograron llegar al estacionamiento subterráneo cuando un teléfono comenzó a vibrar dentro del bolsillo del abrigo de Lía.
No era suyo.
Era un dispositivo que alguien había escondido allí.
Adrián respondió.
Russo habló sin rodeos.
—Escúchenme.
No tienen mucho tiempo.
—¿Dónde está Tomás?
—Vivo.
Pero ya no puedo protegerlo.
Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué nos ayudas?
Hubo un largo silencio.
Cuando Russo respondió, su voz sonó diferente.
Más cansada.
Más humana.
—Porque confundí la venganza con la justicia.
Y cuando lo comprendí...
Ya había destruido demasiadas vidas.
La llamada terminó.
Mientras conducían hacia Blackwood Manor, la lluvia volvió a cubrir la ciudad.
Lía observaba las gotas deslizarse por la ventana.
—Mi mamá decía que la lluvia hace que todos miren al cielo...
Y nadie vea el peligro que viene de frente.
Vivian cerró los ojos.
Conocía esa frase.
Era de Eleanor.
—¿Quién te enseñó eso?
Lía sonrió con inocencia.
—Mi mamá.
Valeria intercambió una mirada con Adrián.
Cada respuesta conducía a un misterio aún mayor.
Blackwood Manor ya no era un refugio.
Era el único lugar donde todavía podían ordenar las piezas del rompecabezas.
Adrián llevó a Lía hasta la antigua sala del reloj.
La niña se detuvo en seco.
Miró el gran reloj de pared.
También estaba detenido.
9:17.
Levantó lentamente la mano.
Sin que nadie se lo pidiera, giró el péndulo una sola vez.
Un clic metálico resonó dentro de la pared.
Todos se quedaron inmóviles.
Detrás de la biblioteca comenzó a abrirse un compartimento oculto.
Vivian dio un paso atrás.
—Alexander nunca me habló de esto...
En el interior había una caja de madera oscura.
Sobre la tapa, una placa de plata.
"Solo cuando el pasado encuentre al futuro."
Valeria levantó la tapa.
Dentro descansaban varias fotografías.
En una aparecía Eleanor sosteniendo en brazos a un bebé.
En otra, Alexander estrechaba la mano del hombre que había muerto en el cementerio.
Y, al fondo de la caja, un sobre sellado.
Dirigido a Adrián.
Él lo abrió con cuidado.
Dentro había una carta.
"Hijo, si has llegado hasta aquí, significa que la guerra ha sobrevivido a nuestra generación. No permitas que tu necesidad de reparar el pasado destruya el futuro. La verdad merece salir a la luz, pero nunca olvides que las personas valen más que cualquier legado."
Adrián permaneció en silencio.
Las palabras de su padre derribaban años de orgullo.
Durante mucho tiempo creyó que vencer significaba recuperar el control.
Ahora comprendía que significaba algo distinto.
Elegir qué estaba dispuesto a proteger.
Esa noche, Valeria salió sola al jardín.
Necesitaba respirar.
Escuchó pasos detrás de ella.
Adrián.
Se detuvo a su lado.
No hablaron durante varios segundos.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Valeria observó la lluvia.
—En que llevo semanas persiguiendo respuestas.
Y ahora solo quiero que Lía tenga una vida que nosotros nunca tuvimos.
Adrián asintió.
—Yo también.
Sus miradas se encontraron.
No había promesas.
No había certezas.
Solo la decisión compartida de dejar que el miedo dejara de elegir por ellos.
Antes de que cualquiera pudiera decir algo más, un disparo rompió el silencio.
El cristal de la biblioteca estalló.
La caja de madera cayó al suelo.
Las fotografías se dispersaron.
Y, entre ellas, apareció una que nadie había visto.
Mostraba a la mujer de cabello gris.
A Russo.
Y a Alexander.
Los tres juntos.
Sonriendo frente a Ravens Hill.
En el reverso había una frase escrita con tinta negra.
"Antes de convertirnos en enemigos... juramos proteger el mismo secreto."