Capítulo 10 – Pérdida y Rendición
La pantalla quedó en negro.
Nadie habló.
El eco de las últimas palabras de Tomás seguía suspendido entre ellos.
"Nunca trabajé para Russo."
Valeria fue la primera en romper el silencio.
—Es una trampa.
Adrián no discutió.
—Sí.
—¿Y aun así vamos a ir?
Él la miró.
—Si Russo quiere que nos movamos, también podemos obligarlo a mostrar una pieza más del tablero.
La ubicación llegó un minuto después.
Un antiguo teatro abandonado.
Teatro Bellmont.
Cerrado desde hacía quince años.
El mismo lugar donde la fundación Blackwood celebraba sus galas benéficas antes del incendio de Ravens Hill.
Nada era casualidad.
El teatro olía a humedad y polvo.
Las butacas permanecían cubiertas con sábanas blancas.
Como fantasmas esperando el comienzo de una función.
Sobre el escenario había un único foco encendido.
Y una silla.
Tomás estaba sentado.
Las manos atadas.
El rostro lleno de golpes.
Pero seguía consciente.
Valeria dio un paso.
Adrián levantó el brazo para detenerla.
—Espera.
Demasiado tarde.
Las luces del teatro se encendieron al mismo tiempo.
Un aplauso lento rompió el silencio.
Desde uno de los palcos apareció Russo.
Vestido con un impecable traje oscuro.
Su serenidad resultaba más inquietante que cualquier amenaza.
—Bienvenidos.
Nadie respondió.
Russo sonrió.
—Siempre imaginé que nuestro primer encuentro sería aquí.
Adrián dio un paso al frente.
—Suéltalo.
—Todavía no.
Russo apoyó las manos sobre la baranda del palco.
—¿Sabes cuál fue siempre tu mayor error, Adrián?
No esperó respuesta.
—Creer que podías salvar a todo el mundo.
Dos hombres aparecieron entre las cortinas.
Empujaban un antiguo proyector.
La película comenzó.
Sobre la pantalla surgieron imágenes de hacía doce años.
Alexander Blackwood.
Eleanor.
El padre de Valeria.
Y Tomás.
Discutían con evidente tensión.
El sonido era deficiente.
Solo algunas frases podían entenderse.
—...no podemos seguir ocultándolo...
—...Valeria nunca debe saber...
—...Russo ya viene...
La imagen se cortó.
Russo observó la reacción de ambos.
—Toda verdad tiene un precio.
Sacó un pequeño detonador del bolsillo.
—Hoy decidirán cuál están dispuestos a pagar.
Valeria sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué hiciste?
Russo señaló el escenario.
—Debajo de esa silla hay explosivos.
Tomás cerró los ojos.
—No lo escuchen...
Russo ignoró la advertencia.
—Pueden intentar salvarlo.
O pueden perseguirme y recuperar los documentos que acaban de robarme.
No tienen tiempo para hacer ambas cosas.
El teatro quedó en silencio.
Adrián miró a Tomás.
Después a Valeria.
Después la salida por donde Russo comenzaba a desaparecer.
Era una elección imposible.
—Ve por él —dijo Valeria.
Adrián negó con firmeza.
—No voy a dejarte sola.
—No estoy sola.
Estoy contigo.
Pero alguien tiene que impedir que Russo desaparezca otra vez.
Él dudó.
Ella sostuvo su mirada.
No había miedo.
Había decisión.
—Confía en mí.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier otra.
Porque eran exactamente las que ella se había negado a pronunciar durante años.
Adrián asintió.
Corrió tras Russo.
Valeria subió al escenario.
Tomás levantó la cabeza con dificultad.
—No cortes el cable rojo...
Ella comenzó a revisar el mecanismo.
El temporizador avanzaba.
01:12.
01:11.
01:10.
Encontró tres cables.
Rojo.
Negro.
Blanco.
Respiró hondo.
—Necesito que sigas hablándome.
Tomás sonrió con amargura.
—Si salimos de esta... tendrás respuestas.
—No.
Las tendrás que dar.
Mientras tanto, Adrián perseguía a Russo por los pasillos del teatro.
Las puertas se cerraban una tras otra.
Hasta que llegó al escenario principal del viejo anfiteatro.
Vacío.
Russo ya no estaba.
Solo encontró un sobre negro.
Dentro había una fotografía reciente.
Valeria.
Adrián.
Tomás.
Tomada aquella misma noche.
Alguien los había estado observando desde dentro del teatro.
En el reverso, una frase.
"Siempre eliges con el corazón. Por eso siempre llegas un segundo tarde."
Una explosión sacudió el edificio.
El suelo vibró.
Adrián sintió que el mundo se detenía.
Corrió desesperadamente hacia el escenario.
El humo cubría toda la sala.
Las butacas ardían.
El techo comenzaba a derrumbarse.
Entre los escombros encontró a Valeria, de rodillas, tosiendo.
Ella seguía consciente.
Pero la silla donde había estado Tomás ya no existía.
Solo quedaban cadenas rotas.
Y manchas de sangre sobre la madera quemada.
Valeria levantó lentamente la vista.
Las lágrimas, por fin, aparecieron.
—Llegué tarde...
Adrián la ayudó a ponerse de pie.
No dijo que no era cierto.
No intentó aliviar un dolor que compartía.
Porque ambos comprendieron la misma realidad.
Habían salvado una vida.
Pero habían perdido otra.
Y Russo acababa de demostrar que no necesitaba ganar cada batalla.
Solo necesitaba obligarlos a vivir con las consecuencias de sus decisiones.
Cuando abandonaron el teatro, una sirena comenzó a sonar en la distancia.
En el bolsillo del abrigo de Adrián vibró el teléfono.
Un nuevo mensaje.
Una sola línea.
"La rendición no empieza cuando pierdes a alguien. Empieza cuando dejas de creer que aún puedes salvar a los demás."