Capítulo 1 #2
—Drake, nos están observando —murmuré mientras esquivaba una rama que se cernía sobre mí. Aquellas ramificaciones, duras y delgadas como dedos huesudos, parecieron estirarse para intentar atraparme cuando pasaba justo al lado. Ni hablar. Otra vez no .
—Tú sigue corriendo.
No sabía qué querían ni quiénes eran, pero sí tenía claro que no quería averiguarlo.
—¿No podemos llamar a los demás?
—No —espetó Drake. Al mirarme a los ojos y ver el pánico en mi cara, soltó un resoplido—. Solo lo haremos si no nos queda otra. No sería justo traerlos aquí en plena luna llena. Somos nosotros los que nos hemos metido en este lío y vamos a salir de aquí los dos, juntos.
Me quejé para mis adentros mientras corría y las botas se me hundían en la nieve hasta los tobillos. Sabía que Drake tenía razón, pero seguía siendo frustrante. Puede que nuestros amigos no pudieran usar magia, pero al menos podrían habernos traído algunas armas.
Llegamos a un claro donde, por fin, la maraña de árboles se abría un poco. Me incliné para recuperar el aliento, apoyando las manos en los muslos mientras jadeaba.
—Luna, no podemos parar —dijo Drake, agachándose a mi lado. Sus iris lilas brillaban más que mil soles. Pasara lo que pasara en aquel bosque, también le estaba afectando a él.
Estaba totalmente agotada, pero Drake me empujó hacia la fila de árboles y me obligué a levantarme.
No obstante, justo antes de llegar hasta allí, Drake soltó una maldición entre dientes.
Se me paró el corazón al ver lo que miraba.
De repente, cuatro figuras con capucha salieron de las sombras.
Sus ojos resplandecían en la oscuridad y, bajo las capuchas negras, solo se veían las puntas de unas narices escamosas. Nos bloqueaban el paso.
Puaj. Troles.
—Por orden del príncipe Drake Wintersbee, de la Corte de Invierno, dejadnos pasar —gruñó Drake.
Una de las figuras bajitas se separó del grupo y se acercó a nosotros. Levantó las manos con las palmas hacia arriba, dejando ver unos dedos torcidos y ásperos. Chasqueó la lengua.
—Esta noche su autoridad no tiene ningún poder sobre nosotros, querido príncipe —contestó con voz ronca—. La luna llena pertenece solo a quienes vivimos en las sombras, a esos súbditos oscuros que usted prefiere mantener ocultos a toda costa.
—Aun así, mañana, cuando amanezca, tendréis que responder por haber atacado a un miembro de la familia real. ¿De verdad queréis jugárosla?
—No es usted quien nos interesa, alteza —dijo la criatura, quien acto seguido ladeó la cabeza hacia mí—. Es la mestiza.
La sangre se me heló. ¿Por qué demonios no habíamos traído armas?
—Es mía y está bajo mi protección —espetó Drake, clavando una mirada acerada en el asqueroso trol—. Apartaos o enfadaréis a vuestro rey.
—Creo que asumiremos ese riesgo.
El líder se lanzó hacia mí, dejando ver varias hileras de dientes afilados como los de un cocodrilo.
Entonces todo pareció ir a cámara lenta.
Drake embistió al trol de lado justo antes de que me alcanzara, y yo susurré el hechizo para invocar mi daga.
Pero, en lugar de la pesada empuñadura que esperaba sentir en la palma, apareció un bolígrafo. Mierda .
De buenas a primeras, otro trol saltó sobre mí y le clavé el bolígrafo en el pecho.
Apenas consiguió atravesar la gruesa piel escamosa de la criatura.
Un mísero hilillo de sangre oscura brotó de la herida antes de que el monstruo se arrancara el arma improvisada de un tirón.
Cuando lo miré, vi una sonrisa torcida curvándole los labios verde oliva.
Luego estiró las manos, rematadas en garras, directas hacia mí.
Mis músculos se tensaron un segundo, lo justo antes de que sacara a relucir lo que había aprendido en el entrenamiento de combate.
Me giré para esquivar sus zarpazos y le golpeé las rodillas nudosas al agacharme.
El trol se tambaleó y cayó de espaldas en la nieve profunda, justo cuando un segundo atacante se me echaba encima.
A la mierda . Busqué en mi interior el lazo negro que rodeaba mi corazón y tiré de él.
Puede que hubiera aceptado la decisión de Drake de no meter al resto del equipo en esto, pero nadie había dicho nada de nuestro instructor demonio.
A pesar de todo lo que había pasado entre Ryder y yo, él me había prometido que siempre estaría ahí cuando lo necesitara.
Y en ese momento, lo necesitaba de verdad.
Por el rabillo del ojo vi a Drake forcejeando con dos troles.
Se defendía bien, incluso sin armas. Por suerte, aquellas bestias eran lentas.
Le lancé un gancho ascendente al trol que se acercaba, y mis nudillos crujieron contra su gruesa mandíbula.
Me tragué el grito que pugnaba por escapar de mi garganta y rematé con una patada circular que impactó de lleno en su cabeza.
La capucha cayó hacia atrás, dejando al descubierto una cabeza calva, de piel curtida y surcada de arrugas.
Me estremecí. ¡Cielos, qué feos eran esos tipos!
—¡Luna, cuidado!
Me agaché justo a tiempo. Un segundo después, un trol pasó por encima de mí intentando agarrarme con las garras, pero solo arañó el aire. Noté un pinchazo en la mejilla al pasar. Me llevé los dedos a la cara y, al apartarlos, estaban manchados de sangre. ¡Maldito feérico!
El bolígrafo negro, medio enterrado en la nieve, me llamó la atención.
Me agaché a por él y, antes de que el trol pudiera levantarse, se lo clavé en la espalda.
El crujido de los huesos al romperse me puso la piel de gallina.
Puaj . La criatura se quedó inmóvil, con la cara hundida en la nieve.
Me giré para buscar a su compañero, pero antes de que pudiera dar un solo paso, noté que una mano áspera me agarraba de la pantorrilla y me tiraba al suelo.
—¿No puedes morirte de una vez? —grité mientras el trol seguía arrastrándose hacia mí.
Pataleé y me retorcí, pero aquella mano arrugada me tenía atrapada como un cepo. Con una fuerza impropia de aquel cuerpo rechoncho, me levantó la pierna de un tirón y, al ponerse en pie, me cargó sobre su hombro.
—¡Suéltame!
La cabeza me rebotaba contra el suelo porque el trol me iba arrastrando boca abajo, directo hacia la oscura hilera de árboles. Las sienes me fueron latiendo cada vez más intensamente con cada golpe que me daba contra el terreno pedregoso que se ocultaba bajo la nieve.
¡Hijo de feérico!
La mirada de Drake se cruzó con la mía mientras luchaba con un trol y, de repente, se quedó pálido. Intentó zafarse de su rival, pero el otro se le echó encima y lo frenó en seco.
—¡Luna! —gritó.
Empezaba a ver nada más que oscuridad a mi alrededor. El vaivén constante de mi cabeza y el martilleo de la sangre en las sienes estaban a punto de hacerme perder el conocimiento. En un último intento desesperado, me revolví contra el agarre del trol, imposible de soltar.
De repente, una sombra oscura pasó a toda velocidad y solté un gemido. Vale, ya estaba viendo cosas. Iba a desmayarme de un momento a otro, ¿verdad?
No. De pronto, la presión en mis tobillos desapareció y caí de bruces sobre la nieve blanca. El golpe me dejó sin aire y luché por recuperar el aliento. Seguía viendo estrellas. Parpadeé varias veces y forcé la vista para enfocar la maraña de cuerpos que se movía a unos metros.
Ryder estaba sentado a horcajadas sobre dos troles, dándoles puñetazos y rompiéndoles los huesos. Aquello me dio náuseas. Me puse en pie de un salto y busqué a Drake por el claro.
A lo lejos, distinguí un cuerpo tirado en la nieve. Muerta de miedo corrí hacia él, pero cuando me acerqué vi que era una figura encapuchada, no el príncipe de hielo.
—¡Drake! —grité.
Ryder pasó como un rayo a mi lado y desapareció entre los árboles antes de que pudiera seguirle con la vista. A su paso solo quedaron los cuerpos destrozados de mis atacantes.
—¡Drake! —volví a gritar, mirando el bosque a mi alrededor, desesperada.
Se me encogió el pecho mientras buscaba el lazo lila.
Seguía latiendo, débil, pero estaba ahí.
Un momento después, Ryder salió de entre los árboles con Drake cojeando a su lado.
Sentí un alivio tremendo. Crucé el claro nevado a toda velocidad, con el corazón retumbándome en los oídos.
Pasé el brazo de Drake por encima de mis hombros y lo sujeté por la cintura.
—¿Estás bien?
Unas gotas de sudor le recorrían la frente y le perlaban el labio superior. La sangre manaba de un profundo tajo que le cruzaba el torso. Llevaba la cabeza inclinada hacia delante.
—Se pondrá bien en cuanto lo llevemos a la enfermería —dijo Ryder.
Por encima del hombro de Drake, me encontré con la mirada cansada de mi instructor.
—Gracias por venir —susurré.
—Siempre.