Demonios (Academia Darkblood 3) Capítulo 30
93%

Capítulo 30

Garabateé la última palabra del examen final y dejé el bolígrafo sobre la mesa.

¡Por fin! Se acabó Adivinación y Profecías para mí.

Si no volvía a ver un oráculo en toda mi vida, sería feliz.

La semana de exámenes se me había pasado volando y, después de tantas horas estudiando, había terminado.

Las pruebas prácticas de magia habían sido coser y cantar, pero las asignaturas de historia y teoría eran mi punto flojo.

Aun así, tras días empollando a fondo con Cinder, Scarlett y los demás, confiaba en haber aprobado. O eso quería pensar.

Recogí el examen, me colgué la mochila al hombro y me acerqué a la mesa de Calliope, al frente del aula. Ella también se había cogido un día libre tras la excursión al Inframundo. Al parecer, hasta los ángeles necesitaban un respiro. Sonrió cuando le entregué el examen.

—¿Qué tal? ¿Matrícula de honor?

—Bueno… aprobar, apruebo fijo.

—Seguro que te ha salido mejor de lo que crees. Al fin y al cabo, eres la experta en profecías.

—Qué graciosa.

Aunque sonreí, en el fondo no quería seguir dándole vueltas a la visión del oráculo.

Ahora que Luxora estaba bien entre rejas, lo que hubiera visto ya no podía hacerse realidad…

¿o sí? Me quité de encima aquellos pensamientos.

Ya tendría tiempo de preocuparme el próximo semestre.

Lo que necesitaba de verdad ahora mismo eran las vacaciones de primavera.

—¿Te veré esta noche en el baile? —preguntó Calliope, volviéndome al presente.

—Sí. Cinder prácticamente me está obligando a pasármelo bien.

Guardó mi examen en una carpeta mientras otro estudiante se acercaba al escritorio.

—Pues nada, que lo pases bien. Me toca hacer de vigilante, así que nos veremos por allí. Y te prometo que no volveré a darte la lata hasta el próximo semestre.

—Gracias, Calliope.

Me despedí con la mano y salí del aula a toda prisa.

El pasillo estaba a rebosar de estudiantes.

El buen rollo que se respiraba era contagioso.

Había sobrevivido a otro semestre en la Academia Darkhen y seguía viva para contarlo.

Por los pelos, pero viva al fin y al cabo.

Dentro de unas horas pensaba ponerme fina de malta y champán azariano.

Si Cinder me obligaba a ir a ese baile, al menos pensaba disfrutarlo con toda la alegría encima.

—¡Por fin! —y hablando del dragón… Cinder apareció corriendo por detrás y me pasó un brazo por los hombros— Llevo un buen rato esperándote.

—Perdona, no todas podemos ser alumnas ejemplares como tú, Cin —dije con tono bromista. Le di un codazo suave en el costado mientras le guiñaba un ojo.

—Entonces, ¿nos arreglamos en mi habitación esta noche?

—Me parece bien —dije, curvando los labios—. Así no tendré que ir cargando hasta la residencia con ese pedazo de vestido de gala que me vas a dejar.

Cinder puso los ojos en blanco.

—Ahora te quejas, pero ya verás cuando los chicos te vean con él. Se les va a caer la baba.

Me reí y le di un apretón cariñoso.

Cinder estaba empeñada en buscarme un novio y creía que el baile era la ocasión perfecta. Yo la dejaba fantasear con la idea, pero no sabía si estaba lista para empezar algo nuevo.

—Ah, y ni se te ocurra llegar tarde —me advirtió Cinder, levantando un dedo—. A las seis en mi habitación. Raf viene antes para pasar el rato y entrar en calor.

Fruncí el ceño e hice un esfuerzo para que no se me notara lo que pensaba en la cara.

—Gracias, pero paso. No pienso hacer de sujetavelas mientras os dais el lote antes del baile.

—Que no va a ser así. Alissa y Maxi también vienen —dijo Cinder—. ¡Va, será divertido!

—Vale, vale. Nos vemos a las seis.

Con un gesto de despedida, Cinder salió dando saltitos por el pasillo hacia Raf, que se acercaba a ella. Yo subí las escaleras de la residencia, decidida a echarme una buena siesta antes de que empezara la fiesta. Aquella noche me prometí que iba a relajarme de veras.

Cillian tenía razón. Luxora estaba entre rejas, Ryder estaba a punto de salir de rehabilitación y, por una vez, todo parecía ir bien. Pensaba disfrutarlo a tope, aunque fuera por una noche.

Aparté la vista del espejo cuando oí tres golpes rápidos en la puerta de la habitación de Cinder.

Llevaba ya un buen rato mirándome, la verdad.

Como siempre, mi mejor amiga se había pasado un poco con el vestido que había elegido para mí.

Era un vestido negro de encaje, largo hasta los pies, con cuello halter y un escote bastante pronunciado en la espalda.

En fin, tenía que tener cuidado al agacharme si no quería enseñar más de la cuenta.

—¡Ya voy!

Cinder salió disparada del baño hacia la puerta. Ella estaba guapísima con su vestido de seda azul marino, ajustado a las curvas de su figura alta y estilizada. Por lo visto, Raf pensaba exactamente lo mismo, porque casi se le salen los ojos de las órbitas cuando abrió la puerta.

—Madre mía, estás guapísima —dijo. Le dio una rosa de color azul marino, a juego con el vestido, y después la atrajo hacia él para besarla.

Un carraspeo hizo que apartara la vista de la encantadora pareja y mirara al príncipe feérico. Estaba detrás, esperando en el pasillo. También iba especialmente guapo. Llevaba un traje azul pálido que le marcaba los hombros anchos y se ajustaba a la perfección a su torso fino.

—Oye, ¿y tú qué haces aquí? —pregunté. Estaba convencida de que estaría entreteniendo a su harén de admiradoras feéricas en alguna fiesta previa al baile.

—Raf me ha invitado, así que aquí estoy —contestó Drake.

Acto seguido, el príncipe levantó una botella translúcida llena de un líquido lavanda brillante. El brillo hacía juego con el de sus ojos, que recorrían despacio mi vestido. Rehuí de aquella intensidad y dirigí mi atención hacia la botella. Al verla, se me hizo la boca agua.

—¿Vino feérico?

—Por supuesto.

—Pues pasa —dije, abriendo más la puerta para que pudiera esquivar a los dos tortolitos.

Hice un gesto al sofá mientras cogía unos vasos de plástico del minifrigorífico. Drake miró los vasos con cierto desdén al acercarme, como si estuviera protegiendo su vino feérico.

—Perdona por no tener copas de cristal, alteza.

Él puso los ojos en blanco y descorchó la botella con un chasquido de dedos.

—Bueno, habrá que apañarse.

Raf y Cinder se acomodaron en el pequeño sofá frente a nosotros. Mi amiga estaba radiante.

—No me puedo creer que ya hayamos terminado otro semestre. Se pasa en nada.

Su novio nefilim le acarició el brazo con infinita ternura.

—¿Brindamos?

Drake alzó la botella mientras el vino irisado brillaba a la luz.

—Sí, claro.

Le tendí mi vaso y le pasé otros dos a la parejita empalagosa. Chocamos los vasos. El plástico no sonó tan fino como el cristal, pero me daba igual. Levanté el vaso y di un buen trago.

—Eh, despacio, bestia —dijo Drake. Su mano se cerró sobre mi muñeca, apartando el vaso de mi boca—. No me apetece pasarme la noche sujetándote el pelo mientras lo echas todo.

—Ay, Drake. ¿Harías eso por mí? —sonreí con picardía mientras ponía el vaso sobre la mesa.

—Si no me quedara otra, sí —replicó Drake, y se encogió de hombros—. A veces eso sigue siendo mejor que aguantar el baile y a todas mis pretendientas pesadas.

Tuve que contener un giro de ojos de lo más teatral. Como si a Drake le molestaran de verdad los halagos constantes de su pequeño harén de admiradoras feéricas.

Maxi y Alissa salieron del baño de golpe y, en cuanto vieron a Drake, sus miradas se fueron hacia él como si las atrajera un imán.

Las dos se sonrojaron a la vez mientras se acercaban con disimulo.

En los últimos meses le habían perdido el miedo tanto al príncipe feérico como a los famosos Siete.

En realidad, le había pasado a casi todo el mundo.

Aunque nadie sabía a qué nos dedicábamos, todos recordaban el ataque de Luxora y el rescate de película.

Las dos dragonas cambiaformas se sentaron en los sitios que quedaban libres y prefirieron servirse malta en vez del vino.

No podía culparlas. Aquella bebida tenía mala leche.

Yo ya le había cogido algo de aguante de tanto tratar con Drake, pero aun así se me subía enseguida si no iba con ojo.

Maxi y Alissa no paraban de hablar de los dos dragones cambiaformas que las acompañarían al baile.

Sus nombres me sonaban, aunque apenas los conocía.

Estaban tan ilusionadas que supuse que serían de dos de las familias más importantes de Draeko.

—¿Y tú con quién vas al baile, Luna? —preguntó Maxi, girándose hacia mí.

—Oh… eh… Yo pensaba que iríamos todos juntos…

—Yo voy con Luna.

Drake se inclinó hacia delante con una sonrisa encantadora.

—¿Ah, sí? —preguntamos al unísono las otras tres mujeres de la habitación y yo.

—Estamos todos aquí juntos, ¿no?

El lazo lila latió, enroscándose alrededor de mi corazón. Miré al príncipe de hielo.

—Creía que nunca ibas al baile con pareja porque daba un mensaje demasiado claro.

—Puede que haya cambiado de opinión.

Cogí a Drake de la mano y tiré de él para que se levantara.

—Disculpad un segundo —les dije a los demás mientras lo llevaba a rastras hasta el baño.

Cerré la puerta de un portazo, y Drake torció el gesto mientras me miraba.

—¿Qué haces? —susurré.

—Invitarte al baile.

Me crucé de brazos y lo miré con cara de pocos amigos.

—No, en serio.

Drake me agarró de la mano sin apartar la mirada.

—Si tanto insistes… —murmuró— Luna Hallows, ¿quieres venir al baile conmigo?

—¿Lo dices en serio?

—¡Sí! —exclamó, insistente. Se pasó una mano por el pelo platino, perfectamente peinado con gel—. Desde luego, no me lo estás poniendo nada fácil.

—¿Pero por qué? ¿Solo para tener a raya a tu harén feérico?

Drake puso los ojos en blanco mientras se le escapaba un quejido.

—¿De verdad tengo que explicártelo?

—Sí, por favor.

Su mano se deslizó hasta mi nuca y acortó la distancia entre los dos.

Me beso con ternura. Luego me inclinó ligeramente la cabeza para profundizar el beso, mientras sus labios fríos se deslizaban sobre los míos.

Poco a poco consiguió que mi lengua respondiera, acariciándola con la suya.

Tras varios besos largos y pausados, se apartó suavemente.

Sin embargo, yo seguía con la boca abierta, intentando asimilar lo que acababa de pasar.

—¿Ha quedado claro? —preguntó Drake, con una sonrisa ocurrente.

Di un paso atrás hasta apoyar la espalda en el lavabo.

—Supongo que sí —solté.

—Bien. ¿Volvemos? Me gustaría acabarme el vino antes de que empiece el baile.

Al entrar en el gimnasio, me quedé con la boca abierta por enésima vez aquella noche.

El enorme espacio estaba en penumbra, iluminado solo por una luna llena y un cielo lleno de estrellas que brillaban sobre nosotros.

Cientos de pequeñas luces feéricas flotaban por la sala, envolviéndola en un resplandor etéreo.

De las cuatro esquinas colgaban faroles cuyas llamas titilantes proyectaban sombras hipnóticas sobre las paredes.

Era un ambiente íntimo, tranquilo y muy romántico.

Los centros de mesa estaban adornados con candelabros de velas encendidas y gardenias que desprendían un aroma delicioso.

El dulce perfume de las flores llenaba toda la sala.

En el centro se extendía la pista de baile, esta vez cubierta por una estructura blanca, de la que colgaban muchísimas lucecitas pequeñas y parpadeantes.

—Ay, qué bonito… —canturreó Cinder.

—Muy romántico.

Drake iba a poner los ojos en blanco, pero se quedó a medio gesto cuando le lancé una mirada que lo decía todo.

Sin perder el tiempo, Raf cogió la mano de Cinder y la llevó hasta la pista justo cuando empezó a sonar una melodía suave.

Maxi y Alissa se juntaron con sus parejas y avanzaron hacia el centro, entre las demás parejas que ya estaban bailando.

Recorrí con la mirada el gimnasio, convertido en una noche mágica y estrellada, y sentí felicidad.

Vi a Triston y a Zephyr bailando con unas chicas cambiaformas; a Scarlett con su clan de vampiros; y a Raine y Aeria riéndose y dándole a la bebida en la barra.

Mi escuadrón de supes y mis compañeros estaban a salvo y, lo mejor de todo, se lo pasaban en grande.

Al parecer, hasta mi director. Señalé con la cabeza hacia un rincón apartado de la sala.

—Oye, Drake, mira. Cillian está bailando con Calliope.

Frunció el ceño mientras observaba a los dos ángeles moverse por la pista. Una sonrisa enorme iluminó el rostro del apuesto ángel cuando Calliope le susurró algo al oído.

—Qué mono… —murmuré.

La mirada de Drake se apartó de la pareja y volvió a la pista antes de posarse en mí.

—No hace falta que bailemos si no te apetece —dije, y fui a dejar el bolso de mano sobre la mesa más cercana, apartando una silla para sentarme.

—No, sí quiero.

El príncipe me sorprendió al cogerme de la mano y entrelazar los dedos con los míos.

A lo mejor eran cosas mías, pero habría jurado que notaba las miradas de mis compañeros clavadas en la nuca mientras nos abríamos paso entre la gente.

Drake se detuvo por fin al llegar al centro de la pista.

Me apoyó una mano en la parte baja de la espalda y me acercó a él.

Mi cuerpo se relajó contra el suyo mientras la música me hacía mecerme suavemente.

Si cerraba los ojos, era como volver al Palacio de Wintersbee.

—Esta vez, nada de vals —me susurró Drake al oído.

Nuestros ojos se encontraron.

—¿Cómo has sabido que estaba pensando en eso?

Se encogió de hombros.

—Porque yo también lo pensaba.

Me apoyé contra su pecho y su aroma a lavanda helada me envolvió por completo.

No sabía muy bien cuándo había pasado, pero, en algún momento, Drake se había convertido en un refugio bonito.

Era mucho más que mi amigo y mi mentor. Encontraba consuelo entre sus brazos y, con toda la locura que había sido mi vida durante los últimos meses, lo necesitaba.

Por el rabillo del ojo, pillé la mirada curiosa de Cinder. Nos hizo un gesto con picardía a Drake y a mí. Sonreí y apoyé la cabeza en el hombro de Drake mientras bailábamos.