Capítulo 28
—¡Traedme a la mestiza y matad a los demás!
Cillian me soltó y me colocó detrás de él.
Mientras tanto, el grito de Luxora resonaba por encima del estruendo.
El corazón me iba a mil por hora, a pesar de que intentaba calmarme.
Apenas tuve un segundo. Cillian entró en acción, derribando demonios tan rápido como surgían.
El estrépito de las armas al chocar llenó el aire, y el olor metálico de la sangre impregnó casi al instante la sombría sala.
En unos segundos, mi equipo había formado un círculo a mi alrededor.
A todo esto, yo seguía en el centro, completamente paralizada.
—¡Espabila, Luna!
Me di un par de palmadas en las mejillas para quitarme el aturdimiento que me había dejado la visión de Celine.
Mis amigos me necesitaban. No iba a dejar que pelearan mi batalla por mí.
La rabia empezó a crecer dentro de mí hasta que ya no pude contenerla.
Extendí los brazos y la canalicé hacia la magia que aún me quedaba.
Noté cómo algo se encendía dentro de mí y la energía volvió a recorrerme las venas.
Abrí los dedos y una descarga de luz púrpura salió disparada de mis yemas, impactando de lleno en el pecho de un demonio que se nos echaba encima.
El golpe lo lanzó varios metros hacia atrás.
Al mismo tiempo, vi a Logan enfrentándose con valentía a una bestia de alas negras mientras su espada cortaba el aire con la precisión de una guillotina.
—¡Luna, como practicamos! —gritó.
—¡Ah, vale!
Contuve la magia y concentré una esfera de energía en cada mano.
Los demonios seguían saliendo del portal, pero yo las fui lanzando una tras otra, sin darles ni un respiro.
Iban cayendo uno tras otro a los pies de la abertura, como piezas de dominó.
La batalla rugía a mi alrededor. Gritos ahogados, gruñidos y el choque del acero me retumbaban en los oídos.
El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales era imparable.
Pero no paraban de aparecer más. Por cada demonio que abatíamos, otro cruzaba el portal.
Tenía que cerrarlo. Otra oleada de criaturas irrumpió por la abertura.
Docenas, por lo menos. Agarré la mano de Drake con decisión y le hice un gesto para que cogiera la de Zephyr rápido, que estaba a su izquierda.
—¡Ahora!
Él asintió, con los ojos lila brillando como brasas. Una vez teníamos las manos entrelazadas, extendí el brazo mientras los tres pronunciábamos el conjuro oscuro. Entonces, una oleada de fuego azul salió disparada de mi mano y arrasó a la horda de demonios que avanzaba.
Nicodemus apenas tuvo tiempo de apartarse.
Las llamas blancas devoraron la piel escamosa de las criaturas, consumiéndolas hasta no dejar tras de sí más que el penetrante olor de la carne carbonizada.
Ahora era el momento. Era mi oportunidad.
Con Nicodemus apartado y Luxora fuera de mi vista, eché a correr enseguida, fuera del círculo protector de mis amigos.
—¡Luna, cuidado! —gritó Cillian.
Seguí corriendo hasta el otro extremo, donde el portal seguía escupiendo a las criaturas más repugnantes del sexto reino.
Levanté una burbuja protectora y me planté a pocos metros del vórtice giratorio.
La magia oscura de Nicodemus rezumaba del portal y protegía la abertura de cualquier intento de cerrarla.
Menos mal que últimamente me había pasado horas y horas estudiando los portales.
Solo esperaba que aún me quedara magia para hacerle frente.
Mientras pensaba en eso, por el rabillo del ojo vi cómo el círculo de demonios se iba cerrando más alrededor de mis compañeros.
Lo peor era que ellos empezaban a quedarse sin fuerzas, mientras que los del Inframundo seguían tan frescos como si acabaran de aparecer.
Con cada nueva oleada no solo eran más: también parecían volverse más fuertes.
Malditos bichos del infierno. Tenía que cerrar ese portal.
Apreté los ojos con fuerza y reuní toda la magia que aún chisporroteaba dentro de mí.
Por mucho que me fastidiara, acabé tirando de esa oscuridad profunda a la que casi nunca recurría.
Su poder me recorrió las venas, mezclándose con mi sangre y haciendo vibrar cada rincón de mi cuerpo.
Abrí los ojos de golpe. Las palabras del hechizo me vinieron solas a la cabeza.
—¡Oblivis portalis chiudem!
Los vientos que giraban alrededor del portal empezaron a perder fuerza y la abertura sobrenatural comenzó a encogerse.
Las rodillas me temblaban mientras seguía repitiendo el conjuro.
Poco a poco, los bordes de mi visión empezaron a oscurecerse.
El portal se hizo más pequeño, pero los demonios seguían atravesando el vórtice, cada vez más estrecho.
Los lazos que rodeaban mi corazón se tensaron de golpe y el pánico me oprimió el pecho.
Giré la cabeza hacia mi equipo. Se me heló la sangre.
Entre el caos distinguí el pelo azul neón de Aeria esparcido por el suelo.
Raf estaba arrodillado a su lado. Otro cuerpo yacía junto a ella, pero la maraña de demonios no me dejaba ver de quién se trataba.
Un destello cegador estalló en medio del grupo y otra docena de demonios quedó reducida a cenizas por las llamas etéreas.
De repente, Raf salió del círculo con Aeria inconsciente en brazos.
Desplegó las alas y sobrevoló el combate hacia los pasillos por los que habíamos entrado.
Me obligué a seguir respirando. Raf estaba con Aeria y la sacaría de allí, me dije.
Todo iría bien. Entonces otro lazo se tensó con tanta fuerza que me dejó sin el poco aire que me quedaba.
Me llevé una mano al pecho y lo estuve toqueteando unos segundos, hasta que el dolor empezó a aflojar.
Era el lazo negro, pero daba igual. Ahora no podía pensar en Ryder.
Reuní el poco aliento que me quedaba y repetí el conjuro con todas mis fuerzas.
—¡Oblivis portalis chiudem! ¡Oblivis portalis chiudem!
Los vientos que giraban a mi alrededor se calmaron y el vórtice fue perdiendo fuerza hasta desaparecer del todo. Un pop rompió el silencio cuando se desvaneció por completo.
Sentí un alivio enorme. Las rodillas me fallaron y las piernas no aguantaron más.
La burbuja protectora estalló justo cuando me desplomé sobre el frío suelo de piedra.
Con la vista ya empezando a nublarse del todo, apenas logré distinguir unas pocas docenas de demonios.
Mis amigos seguían luchando como podían, aunque el cansancio se les notaba en la cara.
Yo tampoco podía rendirme. Me apoyé en el suelo y conseguí incorporarme a duras penas.
Busqué mi magia y me di cuenta de que apenas quedaba un hilo.
Tendría que acabar con aquellos demonios a la antigua usanza.
Cuando me agaché para desenvainar la daga que tenía sujeta al muslo, un brazo me rodeó el cuello.
Noté unos bigotes ásperos rozándome la mejilla mientras Nicodemus me arrastraba hacia la plataforma, metros detrás del combate.
—Eres más fuerte de lo que imaginaba, mestiza, pero vas a morir igual —susurró.
—¡Luna!
La voz de Drake se alzó por encima de la batalla, que poco a poco iba apagándose.
Barrí la sala del trono con la mirada y sentí una especie de tranquilidad.
Solo quedaban unos pocos demonios. Al menos sabía que mis amigos estarían a salvo.
Entonces, Luxora reapareció entre las sombras con su inquietante serpiente enroscada al cuello.
Los pequeños ojos rojos del animal se clavaron en mí mientras siseaba, y un escalofrío me recorrió la espalda.
El señor oscuro recorrió con la mirada las montañas de cadáveres y ceniza que cubrían la enorme sala. Torció los labios en una mueca de desprecio.
—Patético. ¿Cómo es que mi ejército ha estado a punto de caer ante una panda de críos?
Cillian se giró de frenteo hacia ella. Tenía algunos mechones dorados pegados a la frente, que se encontraba completamente empapada de sudor y sangre.
—Luxora, deja en paz a Luna o te juro que...
—¿Qué, Cillian? ¿Vas a soltarme otro sermón? Si apenas te tienes en pie.
Por el torso le recorrían unos profundos tajos ensangrentados.
Algunos empezaban a cerrarse, pero otros seguían abiertos.
Aquello me alteró, y tuve que acordarme de respirar.
Me dije que se recuperaría de aquello, que todos iban a estar bien.
¿Pero sería así? Cuando Luxora consiguiera lo que realmente quería, a mí, ¿dejaría marchar a los demás?
Me revolví con todas mis fuerzas para zafarme del agarre de Nicodemus; sin embargo, el hechicero era sorprendentemente fuerte para lo enclenque que parecía.
Le pisé el pie con todas mis ganas y soltó un alarido de dolor.
Aproveché aquel momento de debilidad para plantarle cara a Luxora.
La sostuve con la mirada más fría que fui capaz de representar.
—Deja marchar a mis amigos y me quedaré contigo sin oponer resistencia.
Luxora soltó una carcajada perversa.
—Como si pudieras impedírmelo. Estás tan agotada como el ángel. Apenas noto magia en ti.
No le faltaba razón. La energía que me quedaba apenas daba para encender una vela, como para enfrentarme a una sala llena de demonios, a Nicodemus y al mismísimo señor oscuro.
—No tienes por qué hacer esto, Luxora —dijo Cillian, quien apretaba la mandíbula mientras hacía lo posible por intentar avanzar. No obstante, al poco cuatro demonios le cerraron el paso—. Sabes que las visiones no siempre son fiables. Matar a Luna no va a ser la solución.
Una sonrisa desfigurada se dibujó en los labios carnosos de Luxora.
—¿Quién ha dicho que quiera matarla? Con su poder, la prefiero viva que muerta. Solo tengo que quitarle esa molesta humanidad... y liberar de una vez a la bruja oscura que lleva dentro.
Se me encogió el corazón. Lo sabe.
—Ah, sí. Celine también lo vio. Veréis, la chica tiene un don extraordinario.
No es una vidente cualquiera, eso desde luego.
Además, Cillian, en realidad os estoy haciendo un favor a todos —dijo Luxora—.
No tenéis ni idea del poder que corre por las venas de esta muchacha.
Pero como nunca ha existido una mujer bruja, ¿cómo ibais a saberlo?
Yo me encargaré de que sus habilidades se desarrollen... y de enseñarle a controlarlas.
—¿Para que lleve a cabo tus planes? —solté— Ni de coña, Luxora. Prefiero morir antes que ayudarte a sembrar el caos en el mundo humano.
—Eso lo dices ahora, pero cuando tu demonio despierte, no te quedará otra.
Sin poder evitarlo, pensé en Ryder. Sabía que ella lo había estado manipulando todo ese tiempo. No iba a dejar que hiciera lo mismo conmigo. Aún nos quedaba una oportunidad.
Si entre los ocho... no, los nueve, todavía había suficiente poder… Volví a centrarme en los lazos de mi corazón. De la mayoría apenas quedaban unos débiles destellos de energía, pero dos seguían ardiendo con fuerza. Ryder y Raf. Así, un enorme alivio me recorrió el pecho.
Si Raf estaba bien y aún conservaba su magia, Aeria también tenía que seguir con vida.
Seguro que la había llevado a algún sitio donde pudiera recuperarse.
Me centré en la energía que latía en esos dos lazos, el claro y el oscuro, y redirigí su poder hacia la chispa casi apagada del mío.
Eso fue suficiente. De repente, el pequeño orbe empezó a crecer.
El lazo negro latía, se tensaba y se aflojaba mientras unos latidos rápidos me apretaban el pecho.
¿Qué demonios...?
Un dolor abrasador me atravesó el torso y el corazón dio un golpe seco contra su jaula de hueso. Una oleada de calor me recorrió las venas y se extendió por toda la piel.
De buenas a primeras, el agarre de Nicodemus se aflojó. Lo observé abrir los ojos como platos al ver las yemas de sus dedos completamente chamuscadas.
—¡Para ya con eso! —gritó, con una voz mucho más aguda de lo normal.
Un fogonazo de luz salió de mi pecho y, en mitad de la sala, se abrió un portal brillante que se llevó por delante a varios demonios.
Por la abertura apareció una figura. Su silueta, de hombros anchos y cintura estrecha, se recortaba contra el intenso torbellino azul que giraba a su espalda.
Me quedé paralizada. Ryder salió del portal con una espada en cada mano.
Antes de que me diera tiempo a parpadear, ya se había cargado a dos demonios.
El resto del equipo reaccionó al momento y el ruido de las armas volvió a llenar la sala.
Mientras tanto, Cillian pasó volando a mi lado a una velocidad imposible de seguir con mis ojos humanos.
Pero no hacía falta verlo para saber adónde iba.
Iba directo a por Luxora. Ella se dio cuenta.
—¡Nicodemus! —gritó mientras el ángel se abalanzaba sobre ella.
—¡Entrapem!
Me giré hacia el hechicero y varios rayos de energía salieron disparados de mis dedos. Había cometido el error de darme la espalda cuando Luxora lo llamó. Era la oportunidad perfecta.
Una burbuja carmesí envolvió al viejo hechicero y lo elevó varios metros del suelo. Golpeaba desesperado las paredes impenetrables de la prisión mágica, sin dejar de gritar. Seguramente me estaba maldiciendo, aunque la barrera ahogaba por completo sus palabras.
—Disfruta del castigo, imbécil.
Me giré para ayudar al equipo. Error. La cabeza empezó a darme vueltas.
Mierda .
La oscuridad empezó a nublarme la vista mientras luchaba por mantener la prisión mágica de Nicodemus.
Puede que me hubiera pasado con ese último hechizo.
Entonces, las piernas me fallaron y me caí al suelo.
La poca magia que me quedaba chisporroteó vagamente, y el sudor empezó a correrme por la frente mientras me obligaba a aguantar.
Al otro lado de la sala apenas alcanzaba a ver a Cillian y a Ryder acorralando a Luxora entre la visión borrosa.
Drake se deslizó por el suelo de piedra y cayó de rodillas a mi lado. Levanté la vista. Su pelo platino estaba empapado de sangre y de aquella asquerosa baba de demonio.
—Aguanta, Luna. Estoy contigo.
Me rodeó la cintura con un brazo y me dejé caer contra su pecho. Su piel fría era un alivio increíble frente a la mía, ardiendo por la fiebre.
Un grito desgarrador resonó por toda la sala del trono.
Apenas me quedaban fuerzas para girar la cabeza.
Era Luxora. Su cuerpo yacía en el suelo, inmóvil, bajo la imponente figura de Ryder.
Ante aquella escena, sentí un alivio enorme.
Y entonces dejé caer mis párpados, que me pesaban demasiado.
Todo había terminado. Apoyé la cabeza en el hombro de Drake.
Y todo se volvió negro.