Capítulo 7
Aturdida, avancé a trompicones por el callejón hasta la calle principal.
No podía volver a entrar en la discoteca.
Tenía que salir de allí. Ya. La magia hervía dentro de mí, despierta, llenándome el pecho de un calor abrasador.
Pero no podía largarme y dejar a las chicas.
Me tragué la rabia y saqué el móvil mientras avanzaba hacia la entrada del club.
Les mandé un mensaje rápido: tenían cinco minutos para reunirse conmigo fuera si querían que les abriera un portal de vuelta.
La cola interminable de gente había desaparecido, igual que el enorme portero vampiro que vigilaba la entrada.
La música retumbaba tras los cristales negros del edificio, pero todo el encanto se había ido al garete.
Me apoyé en la pared, junto a la puerta, y me abracé a mí misma, intentando recomponer los pedazos en los que me había quedado.
Solo tenía que volver a la academia. Apreté la mandíbula y luché por no soltar una lágrima.
De vez en cuando salía algún supe tambaleándose del club, pero la mayoría iban demasiado borrachos o colocados como para fijarse en mí.
Bajé la vista al móvil, obligándome a centrarme en cualquier cosa que no fuera Ryder y el desastre en el que se había convertido todo.
No había significado nada para él. Todo había sido mentira.
Mi estúpido corazón se negaba a aceptarlo y mi cabeza solo quería darle un meneo hasta que entrara en razón.
—Hola, guapa.
Unos ojos verdes asomaron por encima de la pantalla del móvil. Levanté la vista y le lancé mi mirada más asesina al desconocido de orejas puntiagudas.
—Mira, de verdad, esta noche no estoy para tonterías.
Se pasó una mano por el pelo platino y un par de mechones se le soltaron del recogido.
—Pero si la noche no ha hecho más que empezar... —dijo, alargando las palabras.
Intentó cogerme la mano y el móvil se me cayó al suelo mientras forcejeaba para quitármelo de encima. El aparato rebotó contra el asfalto y fue a parar a unos pasos. Mierda . Más le valía que la pantalla no se me hubiera roto. Fui a recogerlo, pero el tío me agarró del brazo.
—¿Adónde vas, mestiza?
—¡Suéltame!
Intenté zafarme, pero, para lo borracho que iba, tenía una fuerza de la leche. Estaba a punto de soltarle toda mi magia de bruja.
—Venga... —soltó— ¿No quieres probar lo que es estar con un sangre pura, por una vez?
Su mirada fría me recorrió de arriba abajo y me dejó helada.
—¿Qué os pasa a vosotros, los medio humanos?
—¿Y a vosotros, los feéricos engreídos, qué os pasa? —murmuré— No todas las mujeres del mundo, sean supes o no, os encuentran irresistibles.
—Entonces está claro que nunca has estado con uno de los nuestros.
Una sonrisa cargada de desprecio le curvó los labios mientras me arrinconaba contra la pared. El intenso olor a vino feérico le salía de la piel mientras pegaba su cuerpo al mío.
La furia estalló en mi interior, y sentí la magia oscura aflorar bajo mi piel.
—Te vas a arrepentir de esto, imbécil.
Chispas de energía brotaron de las yemas de mis dedos cuando abrí las palmas contra su pecho. Antes de tocarlo, una sombra oscura pasó como un rayo y me quitó de encima el peso muerto del feérico. La figura lo estampó contra el suelo a pocos metros de donde estaba.
Mis ojos se clavaron en aquellos hombros anchos y en los tatuajes negros que asomaban por sus brazos.
Ryder . El chasquido de los huesos resonó en la silenciosa calle y me recorrió un escalofrío.
Yo seguía inmóvil, con los pies firmes en el suelo, como si hubieran echado raíces.
Apreté los puños y me obligué a mover las piernas.
Eché a correr hacia los dos mientras Ryder seguía moliendo a puñetazos a aquel siniestro ser feérico.
Cuando llegué, se me cayó el alma a los pies al verle la cara completamente destrozada.
—¡Ryder, para!
Le agarré del hombro y se volvió de golpe hacia mí. El amarillo brillante había devorado por completo el color de sus iris, y la rabia le deformaba el rostro en una expresión aterradora.
—Vete —gruñó con una voz apenas humana.
—¡Vas a matarlo! —chillé.
Sonrió con maldad antes de volver a inclinarse sobre el ser feérico inconsciente.
—Te dije que te fueras —gruñó por encima del hombro—. O conocerás a mi verdadero yo.
Aspiró hondo y de la boca del tipo salió un vapor azul mientras su cuerpo se levantaba un poco del suelo. La nube se quedó flotando antes de que Ryder la absorbiera. La piel del ser feérico se quedó completamente pálida y sus labios se volvieron de un azul mortecino.
—¡Ryder, basta!
Lo empujé por los hombros mientras echaba la cabeza hacia atrás y la neblina azul seguía girando a su alrededor. Ni se inmutó. Un segundo después, el ser feérico cayó desplomado contra el suelo y unos ojos verdes, ya sin vida, se quedaron clavados en el cielo nocturno.
Se me revolvió el estómago y la bilis me subió hasta la garganta.
—Lo has matado... —murmuré mientras todo empezaba a darme vueltas.
Ryder se volvió hacia mí y me miró con unos ojos color citrino, intensos pero vacíos.
—¿Sigues queriéndome después de haber visto esto?
El ácido me quemaba la garganta mientras miraba, incapaz de apartar la vista, al hombre que creía conocer. Aquello fue mil veces peor que un puñetazo en el estómago. No contuve las náuseas. Apenas me dio tiempo a girar la cabeza antes de vomitar junto a la acera.
Cuando volví a levantar la vista, Ryder ya había desaparecido.
No me sentía orgullosa, pero pasé los tres días siguientes metida en la cama y no salí más que cuando no me quedaba otra.
Y aun así, me costaba. Cinder, Scarlett, Cillian e incluso Drake habían intentado convencerme por las buenas de que saliera, pero mi cuerpo no respondía.
Me habían apaleado y pisoteado el corazón y, sin él, ya no quedaba nada de mí.
Me giré y me quedé mirando el reloj con forma de guitarra de Scarlett, colgado sobre la puerta.
Eran poco más de las tres de la tarde y la oscuridad me envolvía, como unos brazos tranquilos que me adormecían.
La luz, en cambio, era demasiado fuerte e invasiva.
Sacaba a la luz la verdad, y yo aún no era capaz de asumir que Ryder se había ido para siempre.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y chocó contra la pared con un golpe seco.
Me tapé la cabeza con el edredón y apreté los ojos con fuerza.
No sirvió de nada. El olor embriagador de la magia oscura llenó la habitación.
El aire se volvió denso, cargado de poder.
Sin necesidad de asomarme, ya sabía quién había venido.
—Luna Hallows.
Se me erizó la piel al oír aquella voz autoritaria.
—¿Qué? —murmuré contra la almohada.
—Sal de una vez.
Con un bufido, aparté el edredón y me giré hacia mi padre. Aquel día llevaba la piel de ébano y el traje negro de uno de sus agentes del Servicio Secreto.
Clavó en mí una mirada que imponía.
—Me han dicho que te niegas a levantarte de la cama, a ir a clase o a entrenar. ¿Se puede saber por qué?
—No, no se puede —solté, antes de volver a darme la vuelta hacia la pared.
Los pasos de Garrix sonaron a mi espalda. Lo tenía a apenas unos centímetros de la cama.
—Sea lo que sea, tienes que superarlo.
Apreté los dientes. Sus palabras me dolieron, recordándome lo que Ryder me había dicho.
Tienes que pasar página.
—¿Y si no puedo? —murmuré contra la almohada.
—Habla más alto, Luna.
Me incorporé de golpe y le lancé una mirada que habría fulminado a cualquiera.
—¿Y si no puedo superarlo? ¿Y si no quiero? ¿Y si ya no tengo ni idea de qué hago aquí?
Garrix frunció el ceño y torció los labios en un gesto de desagrado.
—¿Todo esto es por ese instructor demonio tuyo?
El calor me subió por el cuello, me inundó las mejillas y me llegó hasta las orejas.
¿Cómo sabía lo de Ryder?
—Cualquiera con dos dedos de frente se daba cuenta de que entre vosotros había algo. —dijo Garrix mientras se aflojaba el nudo de la corbata—. Pero me niego a creer que mi hija vaya a dejar que algo así mande al traste todo aquello por lo que hemos trabajado.
—Todo por lo que has trabajado tú, Garrix —repliqué—. Que el mundo humano y el sobrenatural convivan era tu sueño, no el mío. Y ahora soy yo la que está en medio de todo, obligada a interpretar un papel que nunca fue mío.
—Eso no es así —espetó Garrix. Se acomodó a mi lado—. ¿No te das cuenta de lo poderosa que eres? ¿No ves todo lo que has logrado? Puede que te dé miedo, pero que Luxora, uno de los señores de la guerra del Inframundo, te quiera a ti dice mucho de lo importante que eres.
—Kimmie-Jayne te habló de sus visiones, ¿no? ¿Sabes por qué le importo al señor oscuro?
—Sé que podría pasar cierto futuro. Y eso no es lo mismo que saber lo que va a pasar.
—¿Y entonces qué? ¿Se supone que tengo que quedarme de brazos cruzados hasta que Luxora y sus secuaces consigan capturarme... o algo peor?
—No. Se supone que tienes que seguir perfeccionando tus habilidades, como llevas haciendo este último año, y estar preparada para cuando venga a por ti.
Sentí que el pecho se me hacía más y más pequeño. Me obligué a respirar con fuerza y conseguí que mis pulmones siguieran funcionando a trompicones.
—Ya no quiero seguir luchando.
—Qué pena que en esto no tengas elección, querida.
Garrix levantó un brazo y, por el rabillo del ojo, vi cómo se acercaba. Me dio una palmada torpe en la espalda y luego otra. Sus movimientos eran rígidos, casi incómodos, pero aun así noté cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Me agarró del antebrazo y me incorporó.
—Ven. Tengo algo que te va a venir bien. Te lo prometo.
Cogió mi abrigo del respaldo de la silla, me lo echó por encima de los hombros e hizo aparecer unas botas en mis pies con un simple gesto. Genial . Nos íbamos fuera.