CAPÍTULO 34
El Muro
Arthur salió del apartamento de Sani el sábado a la noche abatido y no fue a casa.
Entró al auto, puso las manos y la cabeza en el volante como si el mundo hubiera terminado para él. Ya no había gracia en nada. Suspiró hondo, encendió el motor, y manejó. Sin destino. Sin ruta. Solo el cuerpo necesitando moverse porque si paraba, el dolor iba a crecer.
La ciudad pasaba por la ventanilla — luces, faros, gente cruzando la calle, parejas caminando de la mano en la vereda. Ver eso dolía demasiado.
Las seis fotos. Los seis lugares. El mismo hombre. Y la voz de ella diciendo te juro que no conozco a ese tipo — era nítida la desesperación de ella, la angustia de algo que para ella no era verdad, las lágrimas bajando implorando que él le creyera. Él no sabía qué decir.
Sintió que el suelo se abría.
Ahí, en medio de todo eso, y las voces que lo perturbaban, impidiéndole oírse a sí mismo. Sin saber a quién creerle. Sin saber qué hacer.
Manejó por la autopista hasta llegar al malecón. Pasó por delante de su casa pero decidió seguir — no estaba bien. Siguió por las calles vacías de barrios que no conocía. El indicador del tanque bajando. La ciudad vaciándose, el frío tomando el cuerpo. Y los pensamientos que lo dejaban sin rumbo.
Volvió a casa después de la medianoche.
El apartamento olía a ella — en la almohada, en la toalla del baño, en el aire quieto del cuarto. La taza que ella usaba, todavía en el fregadero. El recuerdo de ella sonriendo sentada en el sofá. El cepillo que usaba para el cabello antes de dormir.
Y en la silla del cuarto — la remera gris que a él tanto le gustaba, la que ella usaba para dormir. Cuando sintió el olor de ella impregnado en la tela, no aguantó. Llevó la remera al rostro y lloró como un niño.
En la mesita de luz, estaba el anillo que ella le devolvió. Lo miraba y no podía creer lo que veía. La pregunta era solo una: ¿por qué?
El llanto vino de un lugar hondo — del pecho, del estómago, de un lugar que ni sabía que existía.
Era el dolor de no saber. O peor — el dolor de quien en el fondo ya sabe, y aun así no puede moverse.
Del otro lado de la ciudad, Sani estaba sentada en el suelo del baño.
Ya no lloraba. Había llorado todo lo que tenía. Ahora solo se quedaba ahí, de espaldas a la pared fría, mirando el dedo donde el anillo había estado.
La marca todavía estaba. Fina, casi invisible. Pero estaba — y ella lo sentía como si el dedo entero doliera, aunque no hubiera nada ahí para doler.
Se quedó así por un largo rato. El azulejo frío en la espalda.
El silencio del apartamento alrededor. La cabeza intentando entender cómo todo había girado tan rápido — quién había hecho eso, de dónde había venido, por qué alguien haría eso con ella.
El sexto sentido hablaba fuerte. Pero ella entregó.
No resistió. Había aprendido a confiar en algo mayor.
En Dios. Y en ese instante se encontraba en el vacío quieto que viene después de que todo se derrumba.
Decidió no llamar, no ir detrás, no mandar mensajes.
Ya había dicho todo. Había dicho la verdad. Y si la verdad no era suficiente — entonces no había nada más que decir.
Se levantó despacio. Las piernas pesadas, el piso frío en los pies descalzos.
Fue hasta el lavabo. Abrió la canilla y se echó agua helada en el rostro, una vez, dos, tres, hasta sentir la piel despertar, hasta que el frío la jalara de vuelta al cuerpo.
Se miró en el espejo. Los ojos hinchados, el rostro marcado por el llanto, el cabello pegado en la frente.
Y con la mirada firme en el reflejo, habló.
— No hice nada malo.
No necesitaba que nadie se lo confirmara. Ella lo sabía. Y el tiempo lo iba a mostrar — no para ella, que ya lo sabía — sino para quien necesitara verlo.
Se fue a dormir con la certeza quieta de quien sabe que el tiempo resuelve lo que la boca no alcanza.
El lunes a la mañana, Arthur llegó a la oficina a las ocho.
Gustavo estaba en la puerta de su sala, café en mano, la mirada que decía lo sé pero no voy a preguntar.
— Reunión con Henrique a las diez — dijo apenas.
— Bien.
Entró. Cerró la puerta. Se sentó.
La laptop abierta. Los informes en la pantalla. Los números que no decían nada.
Se quedó así por veinte minutos sin leer una línea.
Afuera, él sabía, las fotos habían circulado.
Alguien se las había mandado a alguien que se las mandó a alguien — el ciclo invisible que destruye sin dejar rastro.
En la reunión de las diez, el Dr. Henrique hizo un comentario velado sobre “decisiones que se toman con la cabeza, no con el corazón.” Gustavo miró el techo.
Dos colegas intercambiaron mirada de reojo.
Arthur no respondió. Firmó lo que había que firmar, participó de lo que había que participar, salió a las seis sin hablar con nadie.
En el auto, Roberto llamó.
— ¿Cómo estás?
— Estoy.
— Arthur.
— Estoy, Roberto.
El silencio entre los dos dijo más que cualquier frase.
— ¿Vos realmente creés que ella hizo eso?
Arthur se quedó en silencio. La pregunta era simple. La respuesta también — solo que simple no significaba fácil.
— No sé.
— Yo te conozco desde hace veinte años — dijo Roberto, la voz firme pero con cuidado. — Y vi cómo estuviste con Valentina por cinco años. Che, Valentina nunca te miró de la manera en que te mira Sani.
— Roberto…
— Solo lo digo. Valentina siempre quiso lo que vos representabas. Sani te quiere a vos.
— Las fotos existen.
— Existen. Pero ¿pensaste de dónde vinieron? ¿Quién tendría interés en mandártelas justo a vos?
Silencio.
— Valentina es complicada, lo sé — continuó Roberto. — Pero fabricar una semana entera de vigilancia… es mucho, Arthur. Es demasiado para creer.
Es demasiado, pensó Arthur. Es exactamente eso. Demasiado para creer. De los dos lados.
Pero no dijo nada. Se lo tragó. Colgó con un gracias seco.
Y se quedó parado en el estacionamiento, las manos en el volante, el motor apagado.
Roberto había llegado cerca. Había tocado el tema de Valentina. Pero había retrocedido — es demasiado para creer — en el momento exacto en que necesitaba haberse quedado y hablado más.
Y Arthur lo había dejado.
Porque era más fácil concordar con la duda que sostener la certeza solo.
Ese mismo lunes, mientras él se quedaba parado en el estacionamiento sin fuerzas para salir del auto, Sani trabajaba.
Tenía una sesión programada. Preparó el ambiente, montó el equipo, habló con la clienta de la manera en que solo ella sabe hacerlo.
Y cuando miró por el visor y encuadró el rostro de la mujer frente a ella, ocurrió lo que siempre ocurría: el mundo de afuera desapareció.
Solo existían la luz, el ángulo, el instante.
Por unos segundos se olvidó de todo. Y en esos segundos, respiró.
A la tarde, Isabela mandó un mensaje.
Isabela: “San. Necesitamos hablar.”
Sani miró el mensaje por un largo momento. Sabía lo que venía. Las fotos les habían llegado a las amigas también — alguien se las mandó a alguien, alguien vio, alguien comentó. Esas cosas llegan lejos.
Sani: “¿Puede ser mañana?”
Isabela: “Claro. Te quiero, ¿sí?”
Sani sonrió con los ojos aguados.
Sani: “Yo también.”
Guardó el celular. Volvió al trabajo.
No iba a explicarle a Isabela. No iba a explicarle a nadie. Quien la conocía, la conocía. Quien necesitaba una prueba — no merecía la explicación.
Esa noche, el padre llamó a Arthur.
Alfredo: “Necesitamos hablar. ¿Pasás mañana?”
Arthur sabía lo que significaba. Alfredo no pedía hablar — Alfredo convocaba.
Llegó a la casa de los padres el martes a la tarde.
La sala demasiado silenciosa. El padre de pie cerca de la ventana, las manos cruzadas detrás de la espalda. Doña Alicia en el sofá, quieta, los ojos que leían al hijo antes de que él abriera la boca.
Ella le había llamado todos los días desde el sábado. Él no siempre atendía. Y cuando atendía, decía estoy bien, ma con una voz que decía lo contrario.
— Recibimos unas fotos — dijo el padre sin rodeos. — De una persona anónima.
Arthur cerró los ojos.
— Yo también las recibí.
— ¿Son verdaderas?
— Las fotos son reales. Pero Sani dice que no conoce al hombre.
Doña Alicia se inclinó hacia adelante.
— Arthur, hijo, a mí me gustó Sani. Lo sabés. Pero… ¿seis lugares distintos?
— Lo sé.
— Nos la presentaste. La pusiste dentro de nuestra casa. Le abrimos las puertas.
Él no respondió. Porque ya no tenía certeza de nada.
Doña Alicia desvió la mirada. Por un segundo — solo uno — pareció que iba a decir otra cosa. Pero no lo dijo. Dobló las manos en el regazo y se quedó quieta, de la manera en que las madres se quedan cuando aman al hijo y creen que están haciendo lo correcto.
El padre caminó hasta él. Se sentó a su lado. Puso la mano en el hombro — con ese peso de padre que cree que está ayudando y no sabe que está hundiendo.
— Hijo, lo sé, duele. Pero tenés que abrir los ojos.
— Pa. Yo la conozco. Conozco su corazón.
— Conocés lo que ella te muestra.
La frase golpeó como un puñetazo. Porque era exactamente el miedo de él — que lo que ella mostraba no fuera todo lo que existía.
Salió de la casa de los padres sin cenar. Las manos apretando el volante hasta que los dedos se pusieron blancos.
Mientras tanto, Isabela esperaba a Sani en una cafetería cerca del estudio. Cuando ella llegó, se sentó frente a la amiga y se largó a llorar.
Isabela pidió dos cafés sin preguntar. La miró con esa mirada de quien quiere creer pero tiene miedo de ser ingenua.
— Contame.
— No hay qué contar, Isa. Fui a una vernissage. Hablé con un hombre sobre arte. No sabía que me estaban fotografiando. No sabía que era una trampa.
— ¿Trampa de quién?
— Creo que fue Valentina. Llegué a pensar en mi ex. Pero me surgió la duda — él no iría tan lejos.
Isabela se quedó en silencio.
— Sé que parece — continuó Sani, la voz fortaleciéndose de a poco. — Seis fotos, seis lugares, parece imposible ser inocente. Pero fue lo que fue. No tengo cómo probarlo. Y no voy a quedarme intentando.
— San…
— Yo sé quién soy, Isa. — Simple. Sin drama. — Quien me conoce también lo sabe.