CAPÍTULO 20
Autodescubrimiento
Del otro lado de la ciudad, era jueves a la noche.
Marcos había viajado. Volvía el domingo. Tres noches, el apartamento entero solo para ella.
Isabela caminó por la sala, apagó las luces del techo y encendió el velador de la sala y del pasillo. La luz dorada llenó cada rincón, calentando el espacio, dejando todo acogedor y reconfortante. Había algo diferente en el aire, una especie de invitación silenciosa: te merecés este momento.
Respiró hondo. Sintió la presencia del espacio como si el propio apartamento celebrara esa noche solo de ella.
Tomó el celular. Eligió una música que tocaba el alma, de esas voces femeninas que no cantan para distraer, cantan para abrir.
La puso baja, solo lo suficiente para acompañar sin prisa.
La voz fue entrando, encontrando los lugares que uno guarda cerrados durante el día, soltando uno a uno, sin prisa, sin piedad.
Y cuando Isabela se dio cuenta, ya estaba sintiendo cosas que no había planeado sentir.
Fue al cuarto. Giró la llave en la puerta: esta noche es mía, solo mía.
Encendió una vela. La llama tembló y se quedó. La luz completó la atmósfera, delicada, íntima. El cuarto se volvió otro lugar.
Fue al baño. Abrió la canilla de la bañera. Mientras el agua subía, separó la toalla más suave que tenía, la que guardaba para las visitas y nunca usaba para sí misma. La puso en el borde. Para ella. Porque se lo merecía.
Recordó el aceite de sándalo que Marina le había regalado en el cumpleaños. Sellado hasta hoy. Lo abrió. Dejó caer algunas gotas. El olor subió con el vapor, amaderado, cálido, acogedor, y el baño entero cambió. Quedó íntimo. Quedó suyo.
Volvió al cuarto.
─────── ♥ ───────
Se detuvo frente al espejo. Silencio. Solo ella, el reflejo y la música.
Empezó a desvestirse. Se quitó la blusa, desabotonando cada botón con cuidado, como si se estuviera desenvolviendo. Después el pantalón. Quedó en ropa interior.
Dio una vuelta. Mirando su propio cuerpo. Reconoció curvas, líneas y sombras que antes ignoraba. La cintura que tenía forma. Los hombros que sostenían tantas cosas y aun así eran bonitos. La piel cálida en la luz dorada.
La voz de Sani volvió, mansa y firme: Verte entera. El hombre que es hombre de verdad no ve partes. Ve a la mujer. El conjunto. La energía.
Respiró. Intentó traer la mirada de vuelta.
Se quitó el corpiño. Un escalofrío recorrió la piel. El aire tocando donde antes solo había tela.
Solo con la bombacha. La luz de las velas y del velador dibujando el cuerpo en tonos de miel.
Vivo diciéndome que soy fea… pero no lo soy. Soy bonita, murmuró para sí misma. Y la voz sonó extraña en la propia boca, como si dijera algo por primera vez.
Intentó mirarse como miraría a una amiga. Con cariño. Con paciencia. Con esas ganas de decir: sos más bonita de lo que creés.
La mano se deslizó hasta la bombacha. Bajó hasta la mitad de la cadera. Se detuvo. Un instante de duda, el viejo temor surgiendo. Subió la tela de vuelta. Se miró. Conversó silenciosamente consigo misma.
Ahora es mi momento.
Se quitó la bombacha del todo.
Desnuda.
Se quedó ahí. Respirando. Se miró entera, viva, presente.
En vez de buscar defectos, dejó que la mirada paseara, sin prisa, sin juicio.
Las curvas. La piel. La línea de la cintura.
Las caderas. Las piernas. Los pechos que tenían el peso justo para ella.
El cuerpo que había cargado treinta y dos años de vida y estaba ahí, de pie, firme, bonito.
Era bonita. A su manera. Y reconocerlo dolió un poco, porque hacía treinta y dos años que nadie se lo había dicho. Ni ella misma.
Una sonrisa leve surgió. Reconocimiento silencioso de quien siempre estuvo ahí.
─────── ♥ ───────
El agua estaba perfecta.
Entró de a poco. El calor fue subiendo por las piernas, por la cintura, por el pecho, como un abrazo que viene de afuera hacia adentro.
Cuando se sentó, el agua la recibió entera.
Y el alivio fue tan profundo que soltó el aire sin darse cuenta.
Como si el cuerpo hubiera esperado ese momento por mucho tiempo.
Apoyó la cabeza en el borde. Cerró los ojos.
El sándalo envolvía todo. La música llegaba desde el cuarto como si supiera el camino, pasando por la puerta, deslizándose por el vapor, posándose en la piel junto con el agua.
E Isabela se quedó ahí. Solo una mujer dentro de una bañera caliente en una noche que era enteramente suya. Y eso, que parece tan poco, era todo.
La rodilla emergió del agua. Ella la miró sin razón. Jugó, moviendo la pierna, viendo el agua escurrir por la piel. Había algo libre en ese gesto. Casi infantil. La niña que había sido antes de aprender a tener vergüenza.
Después se abrazó a sí misma.
Mano derecha en el hombro izquierdo. Mano izquierda en el hombro derecho. Apretó de verdad. Y se quedó. Sintiendo el calor de las propias manos, la presión suave en los hombros, el corazón latiendo contra los brazos cruzados.
Nadie nunca le había enseñado a abrazarse así.
Las lágrimas llegaron. Las dejó. No las limpió. Dejó que corrieran por el rostro y cayeran en el agua caliente. Cada lágrima llevándose un poco del peso.
Se quedó así hasta que el llanto pasó solo. Y cuando pasó, quedó una calma que no conocía. Liviana. Limpia.
─────── ♥ ───────
Las manos empezaron a moverse. Por los hombros, por el pecho, por la panza.
Sin destino. Con cariño. Porque existe un tipo de toque que solo uno sabe darse a sí mismo.
Que no es de hombre, no es de amiga, no es de madre.
Es de la mujer que finalmente para y le dice al propio cuerpo: estoy acá. Te veo. Te cuido.
Sostuvo los pechos. Sintió el peso, la suavidad. Los dedos llegaron a los pezones y algo respondió, un calor que no vino de afuera. Vino de ella. La piel se erizó. La respiración cambió sin que ella lo mandara.
La mano bajó más.
Por el bajo vientre. Despacio. Llegó cerca. Y se detuvo.
El corazón se aceleró. No de placer todavía.
De miedo. De todo lo que les habían enseñado que eso era.
Sucio. Mal. Cosa que mujer decente no hace.
¿Cuántas mujeres paran exactamente acá? ¿Cuántas llevan la mano de vuelta, se ponen el pijama y se van a dormir con la sensación de que faltó algo, sin saber que lo que faltó eran ellas mismas?
La voz de la mamá: Eso no se hace.
Isabela se quedó ahí, la mano detenida, el agua detenida, todo detenido. Podía volver. Podía retirar la mano, salir de la bañera, secarse, ponerse el pijama y fingir que esa noche no había ocurrido.
Podía.
Pero la voz de Sani llegó, mansa, amorosa, cierta: Si fuera pecado, no tendríamos un cuerpo hecho para eso. Nadie crea algo así para prohibirlo.
Esto es mío.
Los dedos tocaron. Suave. Casi nada.
Y el cuerpo respondió de una manera que no esperaba.
Una ola de calor que subió por las piernas y se expandió por la panza.
La respiración cambió antes de que ella decidiera cambiarla.
El agua caliente alrededor amplificando todo, cada terminación nerviosa más viva, más sensible, como si el cuerpo hubiera esperado años ese toque y ahora dijera: por fin.
Se detuvo. La mano ahí, inmóvil. El corazón latiendo fuerte.
¿Puedo continuar?
La pregunta era para sí misma. Y la respuesta vino del cuerpo, que no se enfrió, que no retrocedió, que se quedó ahí pulsando con una paciencia que ella no se conocía. Como si dijera: estoy acá. Hace tiempo que estoy acá. Podés venir.
Continuó.
Los dedos encontraron ritmo. La respiración se acortó. El agua empezó a moverse con ella, ondulando suave, acompañando. El vapor caliente en el rostro, la piel mojada, el sándalo en el aire. El cuerpo entero ahí, presente, despierto de una manera que nunca había estado.
Un sonido escapó. Bajo, natural, bonito.
La música mezclándose con la propia vibración.
Y oír la propia voz dándole forma al placer la asustó y la liberó al mismo tiempo.
Porque ese sonido era de ella. Solo de ella.
El sonido de una mujer permitiéndose sentir.
Sin audiencia, sin actuación, sin nadie a quien agradar.
El placer creció. Subió. Se expandió. Los dedos de los pies se encorvaron, las rodillas se abrieron, la espalda se arqueó contra el borde de la bañera.
Se quedó ahí, sintiendo lo que venía, de la manera en que venía — sin salir de sí, sin dividirse, sin observarse desde afuera.
Estaba entera.
Con la certeza silenciosa de lo que estaba viviendo.
De lo que sentía.
De lo que permitía.
De lo que ocurría dentro de ella.
Sin vergüenza.
Sin miedo.
Sin necesitar ser diferente de lo que era.
Y eso lo cambió todo.
Cuando llegó, fue fuerte. Real. El cuerpo tembló y ella lo dejó.
Sin contener, sin ocultar, sin disminuir.
Por primera vez en la vida, dejó que el propio placer existiera sin pedir disculpas.
El agua se movió alrededor, las ondas golpeando los bordes de la bañera, acompañando lo que ocurría dentro de ella.
Y detrás de ese llegó otro. Más pequeño, más hondo, que recorrió el cuerpo como un abrazo de adentro hacia afuera.
La boca se abrió, el aire salió caliente, los ojos se cerraron apretados.
Cada ola trajo consigo un poco de libertad, un poco de alivio, la sensación de que, por fin, se permitía existir del todo.
─────── ♥ ───────
Se quedó en el agua por un tiempo. Solo respirando. Oyendo el propio corazón volver. El cuerpo entero blando, cálido, agradecido. Como si cada célula dijera gracias.
Después lloró.
Pero ese llanto era diferente. Limpio. Liberador.
Lloró por todos los años que no se permitió.
Por todas las noches al lado de Marcos esperando sentir algo y creyendo que el problema era ella.
Por todas las veces que se miró en el espejo y solo vio defectos.
Por todas las veces que pidió disculpas por existir de la manera en que existía.
Por todas las mujeres que, como ella, crecieron oyendo que el propio cuerpo era territorio prohibido.
No estaba rota.
Nunca lo había estado.
─────── ♥ ───────
Salió de la bañera diferente de la que había entrado.
Se secó con la toalla suave, esa que era para las visitas y ahora era para ella. Pasó la mano por el espejo empañado y miró su propio rostro.
Ojos rojos. Piel rosada. Cabello mojado en los hombros. Y un brillo en la mirada que no estaba cuando la noche empezó.
Del cuarto, la música todavía sonaba. La misma voz que había abierto la noche ahora la cerraba, con esa dulzura de quien se quedó ahí toda la noche, cuidando, acompañando sin molestar. Como si la música supiera que hay cosas que una mujer necesita vivir sola. Y que sola no significa sin compañía.
Isabela sonrió. Para sí misma. Para la noche que era de ella. Para el cuerpo que siempre supo y que por fin ella escuchó.
Soy mía. Me lo merezco.