17 Cade
Cade
Cuando despertó, la habitación estaba a oscuras salvo por la luz de la luna que entraba por una ventana abierta. Tenía la cabeza apoyada contra el pecho de Elias, que rodeaba a Cade con un brazo para mantenerlo junto a él.
Cade permaneció tumbado allí, sonriendo en la oscuridad mientras reparaba en todos los puntos donde se tocaban sus cuerpos.
El brazo sobre su espalda, las piernas entrelazadas e incluso la respiración profunda de Elias, que le revolvía el pelo a Cade.
Notaba un dolor sordo en el culo, pero no tenía que preguntarse a qué se debía.
De hecho, aquel dolor le ensanchó la sonrisa.
Por Dios, se había propuesto descubrir hasta dónde podían llegar, y habían hecho casi de todo.
Claro que aún le quedaba probar a hacer una mamada e incluso averiguar si Elias podía aguantar que Cade se lo follara, pero ¿qué importaba eso?
Cade se había morreado de lo lindo con Elias, le habían hecho una mamada y había dejado que aquel hombre se lo follara.
Todo lo demás eran detalles. Aunque, bien mirado, eran detalles que volvían a despertarle la polla, hasta entonces dormida, pero detalles al fin y al cabo.
Allí tumbado en la oscuridad, entre los brazos de Elias, se dio cuenta de que nunca se había sentido tan en paz.
¿Qué importaba que acabara de renunciar a su generosa asignación mensual y de cortar los lazos con su familia?
¿Qué importaba que su sexualidad fuera un lío y no supiera si era bisexual o si solo le atraía Elias?
Cade estaba calentito y abrazado a alguien que lo quería y a quien Cade quería muchísimo. Eso era lo único que importaba.
Bueno, eso y las ganas urgentes de ir al baño.
Cade se deslizó con cuidado para salir de debajo del brazo de Elias.
Desenredar las piernas requirió más maña, pero lo consiguió sin zarandear demasiado a Elias.
Bajó de la cama y fue descalzo hasta el baño.
No se molestó en encender la luz al entrar: no hacía falta deslumbrarse cuando ya sabía dónde estaba el váter.
Al terminar, se lavó las manos, se las secó y volvió al dormitorio.
En cuanto se acomodó en la cama, la mano de Elias le agarró la pierna.
—Hola.
Cade sonrió.
—Hola.
—Has vuelto —murmuró Elias.
A Cade se le encogió el pecho.
—Sí, claro.
—Bien.
Elias tiró de él y Cade se dejó atraer de nuevo.
El grandullón volvió a rodearlo con el brazo y lo acercó a sí.
Esta vez, Elias se tumbó detrás, pegando el pecho a la espalda de Cade.
Elias se apretó contra él y lo abrazó con fuerza mientras hundía la cara en el pelo de Cade y suspiraba satisfecho.
No era la primera vez que alguien lo abrazaba por detrás, pero sí la primera que lo hacía con la polla de un tío apretada contra el culo.
Cade sonrió con picardía, rodeó a Elias con un brazo y se arrimó más a él.
No era la polla de cualquiera: era la de Elias.
Y, aunque no estaba convencido de que todas las pollas fueran maravillosas, sí tenía claro que la de Elias era estupenda.
Apenas unas horas antes había cumplido con creces y, con suerte, si Cade no lo había estropeado todo por esperar demasiado, quizá habría más. Mucho más.
—Duerme —murmuró Elias con voz pastosa.
Y eso hizo. Descubrió que despertar por segunda vez entre los brazos de Elias era tan maravilloso como la primera. Aunque esta vez Elias ya estaba despierto. Lo miraba desde arriba con una sonrisa pícara y le había estado acariciando el vientre a Cade hasta despertarlo.
—¿Qué haces? —preguntó Cade.
—Tocarte —respondió Elias.
—Eso ya lo veo.
—Has preguntado.
—¿Por qué?
—Porque me gusta tocarte.
Cade le dio un codazo suave y sonrió de oreja a oreja.
—Me lo tomaré como algo bueno.
La mano de Elias bajó por el cuerpo de Cade hasta que sus dedos rodearon la polla de Cade.
—Algo muy bueno.
A Cade le dio un vuelco el estómago y se le puso dura.
—Ah, ya veo.
No era de los que rechazaban un poco de diversión matutina, pero, por algún motivo, no se había imaginado a Elias tan juguetón.
Aquel hombre apenas parecía una persona cuando acababa de despertarse.
Sin embargo, por primera vez, Elias tenía aspecto de haber descansado bien y los ojos le brillaban de deseo.
Deseo por él.
Cade se puso boca arriba y deslizó una mano por el ancho pecho de Elias.
—¿Tienes algo en mente?
Elias bajó hasta dejar la boca suspendida sobre la polla de Cade.
—Tenemos que asegurarnos de que podemos hacerlo todo, ¿no? Pues anoche no llegué a tragarme nada.
Cade sonrió con picardía. Probablemente porque, en vez de eso, el hombre se había corrido dentro de Cade. La idea apenas le resultó rara, no con la boca de Elias tan cerca de su polla.
Cade inspiró hondo.
—Supongo que habrá que averiguarlo.
Resultó que tragársela no suponía ningún problema.
* * *
El sol de la tarde caía a plomo sobre ellos en la terraza de la cafetería.
Habían elegido una mesa sin sombrilla. Con el calor cada vez más intenso, Cade se alegraba de haber pedido un batido helado.
Frente a él, Elias bebía despacio un elaborado café helado cuyos ingredientes había enumerado sin vacilar.
Hasta la barista había quedado impresionada y un poco desconcertada, aunque no tanto como para no volver a mirar con interés la imponente figura de Elias.
—Estoy casi seguro de que esa barista está buscando la manera de quedarse a solas contigo —dijo Cade, mirando hacia el interior de la cafetería.
Elias arqueó una ceja.
—¿Qué?
—La chica que te tomó nota. La que babeaba por ti —aclaró Cade.
Elias dejó escapar un resoplido.
—No estaba babeando.
—Claro, solo es que no podía quitarte los ojos de encima desde que te vio —dijo Cade.
Elias lo observó un momento con una leve sonrisa en la comisura de los labios.
—¿Son… celos lo que oigo?
Cade se atragantó al dar el siguiente sorbo y empezó a toser.
—¿Qué? ¡No!
Elias volvió a beber.
—Yo diría que sí.
Cade notó que le ardía la cara.
—Pues no. Solo constato un hecho. Sé reconocer cuándo alguien se come a otro con la mirada.
Elias dejó el vaso sobre la mesa.
—Supongo que no voy a encontrar una ocasión mejor para sacar el tema, pero ¿qué pasa con nosotros?
Cade parpadeó.
—¿Qué?
—Nosotros, Cade. Tú y yo.
—Sé lo que significa «nosotros».
Elias suspiró.
—Mira, sé que es pronto para hablar de esto. Pero no voy a mentirte: lo de anoche fue…
—Increíble —terminó Cade por él.
Elias sonrió de oreja a oreja.
—Alucinante también vale. O sea, he echado polvos estupendos otras veces, pero aquello fue… Sí, fue otra cosa.
Cade se rio por lo bajo y volvió a notar calor en la cara.
No iba a llevarle la contraria. Cade suponía que no había tanta distancia entre disfrutar cuando una chica llevaba un juguete a la cama y dejar que un tío se lo follara.
Aunque, bien pensado, de haber sido cualquier otro, Cade se habría negado al instante.
Con Elias, en cambio, había sido una experiencia alucinante, incluida la mamada de aquella mañana.
Elias apoyó los codos en la mesa.
—Pero lo que quiero decir es: ¿ya está? ¿Vamos a limitarnos a follar, pasar el rato juntos y nada más?
De pronto, Cade lo entendió.
—Ah, te refieres a…
Elias hizo una mueca.
—Sí.
Cade no pudo evitar reírse un poco.
—A ver, si fuéramos pareja, ¿haríamos algo distinto?
Elias frunció el ceño.
—No sería lo mismo.
Cade entendía a qué se refería, pero no pudo contener la sonrisa.
Lo cierto era que antes había bromeado con que salir con Elias sería lo más fácil del mundo si no fuera porque los dos eran heteros.
Ahora parecía que no eran tan heteros como creían, o algo por el estilo.
Cade seguía sin tener claro cuál era exactamente su sexualidad, pero, después de la noche anterior, comprendía que probablemente no tenía sentido intentar averiguarlo.
Lo habían pasado bien y la mente de Cade ya no estaba obsesionada con si aquello era raro o no.
Pensaba más bien en la mano de Elias y en cómo conseguir que volviera a rodearle la cintura.
Cade dejó su vaso sobre la mesa y tomó con suavidad la mano de Elias.
—Lo sé. Te refieres a salir juntos de verdad. Ser monógamos.
Elias frunció el ceño mientras miraba sus manos.
—Ahora que lo dices así, supongo que no cambiaría mucho, ¿verdad? Solo esas pocas cosas.
—Bueno, y compartir la cama de una forma muy distinta —dijo Cade mientras acariciaba con los dedos la mano de Elias.
Elias sonrió.
—Me gustó. Despertarme contigo a mi lado.
—A mí también —admitió Cade sin dudar.
Tal vez no fuera a acostumbrarse a todo de la noche a la mañana.
Seguro que habría momentos en los que no podría evitar pensar en lo extraño que era todo.
Pero, si a cambio de lidiar con algunas ideas desconcertantes podía volver a sentir lo mismo cuando Elias lo besara o al despertarse junto a él, calentito y a salvo, le compensaba de sobra.
—Quiero que sigamos adelante —le dijo Cade.
El rostro de Elias se iluminó.
—¿Sí?
—Quiero seguir descubriendo qué otras cosas funcionan entre nosotros.
Quiero demostrarle a mi yo de antes, el que estaba muerto de miedo, que todo aquello era una estupidez y no tenía sentido.
Me encantó lo de anoche y me encantó lo de esta mañana.
Todo encajó tan… bien, ¿sabes? Estar contigo siempre me ha parecido lo más natural del mundo.
En realidad, no debería sorprenderme que hayamos llegado hasta aquí —dijo Cade, apretándole la mano.
—Esta noche he dormido mejor que en semanas —le dijo Elias en voz baja.
—Y yo nunca me he sentido mejor. Quizá eso nos diga que estamos haciendo algo bien.
Así que sigamos adelante, averigüemos adónde nos lleva esto.
Si acabamos en una relación seria, que así sea.
Pero quiero que tengamos la oportunidad de descubrirlo sin expectativas.
Christine ya sabe la verdad, así que no tenemos que estar tan pendientes de guardar las apariencias ni ponernos paranoicos —dijo Cade.
Elias se enderezó.
—¿Qué?
Cade resopló.
—Perdona, no había tenido ocasión de contártelo. Hablé con ella el otro día. Lo sabe todo y lamenta haber causado tantos problemas.
—¿Y la crees?
—Por raro que parezca, sí. Fue ella quien me dio el empujón que necesitaba para dejar de hacer el idiota y atreverme a dar el paso. La verdad es que probablemente debería hacerle un regalo, porque tenía razón.
Elias negó con la cabeza.
—Cuesta creer que fuera ella quien te ayudó.
Cade arrugó la nariz.
—En cierto modo, fue ella quien empezó todo esto. Si lo piensas, fue la mierda que montó la que nos metió en esto. No es que vaya a darle las gracias por eso, pero ¿por el consejo? Sí.
Elias se encogió de hombros, mirando sus manos entrelazadas.
—Bueno, puede que yo sí lo haga.
—¿He oído mi nombre por ahí?
Al oír la voz de Christine, Cade se irguió y miró a su alrededor.
Ella se acercaba desde la calle con una amplia sonrisa.
Tras ella venía la madre de Cade, con el rostro pétreo.
Pamela les lanzó una mirada penetrante que fue a parar a la mesa, donde las manos de Cade y Elias seguían entrelazadas.
Cade no soltó la mano de Elias y sostuvo la mirada de su madre mientras ella entraba en la cafetería a grandes zancadas sin decir palabra.
Christine suspiró.
—Está muy disgustada, la verdad.
—Pues que se joda y lo supere —masculló Elias.
Cade parpadeó. Nunca había oído a Elias decir nada malo de Pamela.
—Eso mismo.
Christine soltó una risita.
—Me da que es lo último que hará. Se niega siquiera a hablar de ti. Por lo visto, tuvisteis unas palabras, ¿no?
Cade arrugó la nariz.
—Unas cuantas, y ninguna agradable.
—Ah, bueno, eso lo explica. Desde luego, eso la ha hecho empeñarse aún más en sus planes, aunque en ninguno de los que tiene por delante figuras tú —observó Christine.
—Creo que me ha desheredado —dijo Cade.
Christine se tocó la barbilla con un dedo.
—¿Y eso es lo que quieres?
Cade la miró a los ojos.
—Christine. Odio tu vida, la vida que lleva ella y la vida que todos queríais para mí. Si para tener a Elias y vivir mi propia vida tengo que ser pobre, pues seré pobre.
Elias arrugó la nariz.
—Tampoco es que ganes tan poco.
Christine se rio con suavidad y apartó un mechón de la cara de Cade.
—Bien por ti, Cade. Es una lástima, pero no voy a reprocharte que busques tu felicidad.
Cade sonrió al oírlo.
—Gracias, Christine.
Christine se volvió hacia Elias y la sonrisa se le apagó un poco al mirarlo.
—Y tú. Trátalo bien o te hundiré sin contemplaciones.
Elias se quedó mirándola mientras ella se daba la vuelta y entraba en la cafetería a grandes zancadas. Una vez dentro, los saludó alegremente con la mano, para evidente irritación de la madre de Cade.
Elias soltó un gruñido.
—Creo que empieza a caerme bien.
Cade se echó a reír.
—Sí, es raro, ¿verdad?
Elias se levantó, esperó a Cade y le cogió la mano.
Para Cade, caminar de la mano de Elias en público era mucho más fácil que el beso que le había dado a Elias la noche anterior.
Aun así, le producía la misma calidez y satisfacción que despertarse con aquel hombre abrazado a él.
Esa sensación de que todo encajaba se hacía más intensa a cada momento que pasaban juntos desde que Cade por fin había dejado de resistirse y se había lanzado al vacío.
—Matt nos ha invitado a tomar unas copas esta noche —dijo Elias mientras esperaban en el paso de peatones.
—¿A nosotros? ¿Ya se lo has contado? —preguntó Cade.
Elias sonrió de oreja a oreja.
—No. La invitación era para ti y para mí, pero no creo que nos invitara como pareja. Dice que quiere que quedemos con él y con su novio para… pasarlo bien.
—Mmm, eso me huele a cita doble —dijo Cade.
—Puede ser. ¿Te parece mal?
Se encendió la señal para cruzar y echaron a andar por la calzada, cogidos de la mano.
Cade sonrió de oreja a oreja.
—Si voy contigo, no.