CAPÍTULO 19 No soy suficiente
Hay preguntas que no se formulan para obtener información, sino para confirmar una sospecha que ya lleva días pudriendo el aire por dentro.
Son las seis de la tarde del domingo. Las maletas están hechas y colocadas junto a la puerta principal del vestíbulo.
Se supone que nos volvemos a Londres dentro de media hora, pero la tormenta exterior ha decidido convertirse en un vendaval de lluvia torrencial que golpea las ventanas de la mansión con la violencia de un puño de agua.
Henry me ha pedido que suba con él a su dormitorio en la segunda planta para coger su abrigo.
Al cruzar el umbral, Henry no camina hacia el armario. Se gira, cierra la puerta de roble pesado con un clic suave pero definitivo y pasa el cerrojo por primera vez desde que llegué a esta casa.
El sonido del metal al encajar en la pletina retumba en la habitación como un disparo.
Me quedo helada en mitad de la alfombra. El corazón me da un vuelco salvaje contra las costillas.
Henry se apoya contra la madera de la puerta.
Sigue vistiendo su jersey de lana gris claro y unos pantalones oscuros.
Se le ve pálido. Las sombras oscuras bajo sus ojos delatan que apenas ha dormido durante las últimas tres noches, pero en sus facciones ya no hay la duda ni el intento de disimular de la mañana.
Hay una lucidez absoluta, dolorosa y devastadora.
Me observa en silencio. Sus ojos negros, habitualmente tan dulces y transparentes, me fijan en el sitio con una gravedad que me corta el aliento por completo.
—Henry... —consigo articular en un hilo de voz, con las manos heladas apretándose contra las mangas de mi jersey.
—¿Qué está pasando, Margott? —pregunta.
La frase sale de su boca con una voz baja, tranquila, sin alzar el tono un solo decibelio. Pero la firmeza de la pregunta es tan inapelable que destruye en un segundo cualquier intento de evasión.
—No pasa nada —miento por puro instinto de supervivencia, sintiendo que la garganta se me cierra—. Es solo que estamos cansados y la lluvia...
—No me mientas —me interrumpe él.
No hay rabia en su tono. Hay algo mil veces peor: un cansancio roto, una súplica limpia para que no lo trate como a un idiota.
Henry da dos pasos lentos hacia mí, deteniéndose a un metro de distancia. La forma en que me mira es la de alguien que ya ha analizado las métricas, que ya ha revisado los registros del servidor y solo necesita que la otra persona admita la anomalía para cerrar el expediente.
—Llevas tres días sin mirarme a los ojos cuando me dices que me quieres —continúa Henry, y su voz empieza a temblar imperceptiblemente en las finales de las frases—.
Alexander no ha hecho un solo comentario descarado desde el viernes.
Jack ha estado vigilando cada pasillo de esta casa como si fuera a estallar una guerra...
Y tú saltas cada vez que alguno de los dos se acerca a ti más de un metro.
Trago saliva con una dificultad agónica. Siento que las lágrimas me pican detrás de los párpados.
—Henry, por favor...
—No soy tonto, Margott —dice él, y una lágrima solitaria se le escapa por el ojo derecho, rodando en silencio por su mejilla pálida—.
Puedo aceptar que seas caótica. Puedo aceptar que tengamos límites en la cama.
Puedo aceptar que necesites tu espacio...
Pero no puedo aceptar que me mires a la cara y me trates como si fuera ciego.
El impacto de su lágrima me destruye por dentro.
Ver a Henry O’Connell —el chico dulce, el hombre bueno que me cuidó cuando mi autoestima estaba hecha pedazos— rompiéndose frente a mí es un castigo mil veces peor que cualquier grito o reproche.
—No te trato como si fueras ciego —susurro, y las lágrimas se me escapan finalmente, mojándome la cara—. No quiero hacerte daño, Henry. Te lo juro por mi vida que no quiero hacerte daño.
—Entonces dime la verdad —pide él, dando un paso más hacia mí, atrapando mis manos heladas con las suyas. Sus palmas están frías, temblorosas—. Dime qué está pasando entre tú y mis hermanos.
Me quedo paralizada. El dilema me descuartiza por dentro.
Podría mentir. Podría echarle la culpa a la incomodidad de la casa, a la brusquedad de Alexander o a la presencia intimidante de Jack. Podría construir una versión adulterada de la realidad para proteger su corazón y salvar mi relación con él.
Pero miro los ojos oscuros de Henry y me doy cuenta de que mentirle ahora sería la verdadera traición. Henry no merece una fantasía piadosa. Merece la verdad que ha ganado con su devoción limpia durante estos cuatro meses.
Paso la lengua por mis labios secos, respirando con dificultad.
—Siento cosas —confieso en un hilo de voz roto.
El aire en la habitación se detiene en seco.
Henry no suelta mis manos, pero siento cómo su cuerpo entero se queda rígido, congelado como si le hubieran vertido cemento en las venas.
—¿Sientes cosas... por quién? —pregunta en un susurro que apenas se escucha por encima del ruido de la lluvia.
—Por los dos —admito, y la frase sale de mi boca con la dureza de una losa cayendo sobre el suelo—. No todo. No es lo mismo que siento por ti, Henry... pero es algo.
Henry parpadea despacio, procesando la información. Las palabras caen en su mente con la precisión de un código destructivo que desmantela su arquitectura interna pieza a pieza.
—Alexander... —murmura él, uniendo las piezas en voz alta—. Alexander te ha dicho algo.
—Alexander empezó jugando —explico, con la voz entrecortada por los sollozos—.
Empezó a provocarme porque es su forma de ser...
pero después hablé con él en la cocina la noche que volvió de París.
Vi cómo es por dentro, Henry. Vi su soledad.
Y en la biblioteca me dijo cosas... me dijo que era hermosa, que no entendía cómo podía dudar de mí misma. Y le creí.
Henry aprieta mis manos con tanta fuerza que casi me hace daño, pero no se da cuenta. Sus ojos oscuros se dilatan, llenándose de un pánico devastador.
—¿Y Jack? —pregunta, su voz quebrándose del todo en el nombre de su hermano mayor—. ¿Jack qué tiene que ver en esto?
—Jack se dio cuenta —confieso, bajando la mirada porque no puedo soportar el dolor en sus ojos—.
Jack me vio tener un ataque de pánico en la biblioteca y se quedó conmigo.
Me enseñó a respirar. Jack me escuchó cuando nadie más lo hacía...
Y el viernes por la noche hablé con él a solas en el estudio.
Estuvimos a punto de... pero él se detuvo, Henry.
Jack se detuvo por ti. Él no quería hacerte daño. Ninguno de los dos quería hacértelo.
El silencio que sigue a mi confesión es atroz.
Henry suelta mis manos despacio. Da dos pasos hacia atrás, tambaleándose ligeramente hasta chocar contra el borde de su cama impecable. Se deja caer en el colchón, escondiendo el rostro entre las manos mientras sus hombros empiezan a temblar con espasmos mudos y desgarradores.
El peor miedo de Henry O’Connell acaba de hacerse realidad.
No es solo que la mujer a la que ama sienta algo por otros hombres.
Es que los hombres por los que siente algo son los dos pilares de su vida: los dos hermanos que se comieron el barro en Bermondsey para protegerlo, los dos hombres en los que confiaba ciegamente por encima de cualquier cosa en este mundo.
Me arrodillo en la alfombra frente a él, intentando tocarle las rodillas, pero me detengo a un centímetro de su ropa, no atreviéndome a invadir su espacio.
—Henry, por favor... —suplico en mitad de mis lágrimas—. Lo siento tanto. Te quiero a ti. Te juro que te quiero a ti. Lo de ellos es una locura, es una confusión por todo lo que ha pasado en esta casa...
Henry baja las manos de su rostro.
Su cara está desencajada, roja, bañada en lágrimas. Pero lo que veo en sus ojos no es furia. No hay ira violenta ni deseo de venganza. Hay la devastación absoluta de un hombre al que le han arrancado el suelo debajo de los pies.
—No es una confusión, Margott —dice Henry con una voz rota, roncamente sincera—. Sé exactamente lo que ha pasado. Yo te ofrecí una vida tranquila, una vida segura... pero yo tengo límites. No puedo darte todo lo que necesitas. Y mis hermanos... mis hermanos son todo lo que yo no soy.
—¡No es por eso! —protesto, llorando con desesperación—. ¡Tú eres maravilloso, Henry! ¡Eres el hombre más atento y dulce del mundo!
—Pero no es suficiente —sentencia él, y las palabras salen de su boca como una condena a muerte—. No soy suficiente para ti. Y lo peor de todo es que Alexander y Jack lo sabían. Sabían que no podía darte lo que ellos te ofrecen... y entraron.
Se pone de pie despacio, limpiándose las lágrimas con la manga de su jersey con un gesto de una dignidad desgarradora.
Camina hacia la puerta, retira el cerrojo con un chasquido metálico y abre la madera de par en par.
—Henry, ¿a dónde vas? —pregunto, poniéndome de pie a toda prisa.
Henry no se gira para mirarme.
—A hablar con mi familia —responde con una voz fría, plana y dolorosamente rota.
Sale del dormitorio y empieza a bajar los escalones de la gran escalera de nogal hacia la planta baja.
Le sigo a cierta distancia, sintiendo que el pánico me congela la sangre en las venas.
Sé lo que viene ahora. Sé que el hilo que mantenía unida a esta casa acaba de romperse, y que la fractura de la familia O’Connell va a desatarse en los próximos tres minutos sin que nadie pueda hacer nada para detenerla.
CAPÍTULO 19: No soy suficiente
El vestíbulo principal de la mansión tiene una acústica diseñada para que el sonido de la lluvia resuene con una majestuosidad trágica. Pero en este instante, el ruido del agua contra los ventanales se vuelve un fondo insignificante comparado con la densidad del aire en la planta baja.
Henry no grita. Nunca ha necesitado gritar para marcar su presencia.