Demasiado cerca CAPÍTULO 18 ¿Qué está pasando? #2
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CAPÍTULO 18 ¿Qué está pasando? #2

Baja el último tramo de la monumental escalera de nogal con un paso lento, medido, casi autómata.

Se detiene justo en el centro del diseño de ajedrez en mármol blanco y negro, bajo la enorme lámpara de araña apagada.

Llleva los puños apretados a los lados del cuerpo y las mejillas aún marcadas por las huellas húmedas de sus lágrimas.

A un lado del vestíbulo, apoyado en la consola de caoba, está Alexander. Tiene la chaqueta de lana en la mano y el abrigo sobre el brazo, listo para salir hacia el coche.

Al otro lado, junto a la puerta abierta del estudio de música, está Jack.

Los dos hermanos mayores se congelan al ver la cara de Henry.

No necesitan que nadie les explique lo que acaba de ocurrir en la segunda planta.

La pálida desolación en los rasgos del enano, combinada con mi presencia tres escalones más arriba, temblando y con el rostro hinchado por el llanto, es la confirmación definitiva de la catástrofe.

Alexander deja caer la chaqueta sobre la consola. El movimiento es torpe, desprovisto por completo de su elegancia habitual. Se le va la sangre del rostro, quedándose de un blanco cadavérico.

Jack no se mueve. Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le tensan bajo la piel de la garganta. Sus ojos azul helado, habitualmente inquebrantables, se llenan de un dolor soterrado y terrible.

El silencio que envuelve el vestíbulo es tan denso que puedo oír el temblor de mi propia respiración desde la escalera.

Henry mira primero a Alexander. Luego gira la cabeza despacio y mira a Jack.

—¿Desde cuándo? —pregunta Henry.

La pregunta no lleva gritos ni agresividad. Sale de su garganta con una voz baja, rota, rasposa por el llanto, pero con la contundencia de una sentencia de muerte.

Nadie responde.

Alexander pasa la lengua por sus labios secos, buscando una salida, una broma, un sarcasmo que pueda desmontar la escena, pero su boca no produce ningún sonido. La coraza del modelo brillante se ha pulverizado por completo.

—He preguntado que desde cuándo —repite Henry, y esta vez un leve temblor de rabia contenida hace vibrar su voz—. ¿Desde el primer día? ¿Desde que cruzó esa puerta con el bizcocho de limón? ¿O esperasteis a que yo me encerrara en la biblioteca a trabajar para empezar a acorralarla?

—Henry... no —interviene Alexander en un susurro desesperado, dando un paso titubeante hacia adelante—. No la hemos acorralado. Te lo juro por mi vida que no la hemos acorralado.

—¡No me jures nada, Alexander! —estalla Henry por primera vez.

El grito rompe la tranquilidad de la casa con la violencia de un cristal estrellándose contra el mármol. Henry da dos pasos rápidos hacia su hermano mayor, encarando a Alexander con el pecho agitado y los ojos ardiendo en lágrimas.

—Te vi en la cocina —dice Henry, señalándolo con un dedo tembloroso—.

Vi cómo la mirabas. Pensé que solo estabas siendo un idiota provocador, como siempre.

Pensé: «Es Alexander, no sabe relacionarse con las mujeres de otra manera» .

Confié en ti. Confié en ti porque eres mi hermano.

¡Porque dijiste que te alegrabas por mí!

Alexander baja la cabeza. Aprieta las manos a los lados del cuerpo, aceptando el golpe verbal sin intentar defenderse.

—Fui yo, Henry —confiesa Alexander en un hilo de voz quebrado—. Fui yo el que empezó esta mierda. Ella no tiene la culpa. Ella solo intentaba querer te a ti. Fui yo el que no supo apartarse.

Henry suelta una risa amarga, seca, una carcajada sin rastro de alegría que resuena en las paredes del vestíbulo.

—Claro —murmura Henry, negando despacio con la cabeza—. Porque tú eres Alexander O’Connell. Tienes que tener todo lo que quieres. No podías dejar que el enano tuviera algo para él solo, ¿verdad? Tenías que venir y demostrar que puedes conseguir que cualquier mujer se olvide de mí en cuatro días.

—¡Eso no es verdad! —estalla Alexander, alzando la vista con los ojos verdes llenos de lágrimas de frustración—. ¡Jamás quise competir contigo! Te quiero más que a mi propia vida, Henry. Intenté parar. Hablé con Jack el viernes y le prometí que no volvería a tocarla ni a mirarla...

—¿Hablaste con Jack? —pregunta Henry, deteniéndose en seco.

Gira la cabeza hacia el fondo del pasillo.

Jack sigue de pie junto a la puerta del estudio. No ha dado un paso atrás. Sostiene la mirada de Henry con una serenidad dolorosa, trágica, la mirada del hombre que sabe que ha fallado en su única misión importante.

—Tú lo sabías —dice Henry, y su voz baja de golpe a un murmullo helado que da más miedo que cualquier grito—. Tú sabías lo de Alexander... y no me dijiste nada.

—Lo sabía —asiente Jack con voz grave, sincera, desprovista de cualquier excusa.

—¿Por qué, Jack? —la voz de Henry se quiebra de nuevo, volviendo a sonar como la del niño asustado de Bermondsey—.

Tú eres el hermano mayor. Tú eres el que siempre cuida de nosotros.

El que arregla las cosas cuando se rompen...

¿Por qué me dejaste quedar como un imbécil mientras mi novia se confundía con vosotros en mi propia casa?

Jack traga saliva. Aprieta las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros con tanta fuerza que los hombros se le contraen.

—Porque intenté solucionarlo solo —responde Jack con una honestidad desoladora—. Intenté parar a Alexander. Intenté poner distancia. Intenté asegurarme de que ella estuviera bien sin destruir lo que tenías con ella.

—¿Y tú? —pregunta Henry, dando un paso hacia Jack—. ¿Tú qué hiciste, Jack?

El silencio vuelve a caer sobre el vestíbulo como una guillotina.

Alexander mira a Jack de reojo. Yo me agarro con más fuerza a la barandilla de madera de la escalera, sintiendo que el pánico me congela las entrañas.

Jack no miente. Nunca miente.