Capítulo 22 Aquello que había de encontrar
Nos preparamos para el concierto. Leo no paraba de darnos ánimos y de parecer tan amistoso como antaño, aunque a mí no me engañaba.
Mis compañeros le seguían el juego y estaban contagiados de sus ganas de salir allí arriba y conquistar al público con aquellas malditas canciones.
Se acercó a mí y, como si no hubiéramos discutido nunca, me cogió de las manos y me dijo:
─No siempre hemos estado así, ¿te acuerdas Taylor? No hemos cambiado tanto tú y yo. Estamos aquí para aprovechar nuestra oportunidad de brillar.
─No, Leo. Te equivocas por partida doble. Sí hemos cambiado, porque yo busco brillar y tú buscas ensombrecer todo cuanto te rodea
Debió molestarle aquella verdad porque me cogió del brazo con brusquedad, pero yo me solté.
─¡Ni se te ocurra volver a tocarme! Hace mucho tiempo que perdiste ese derecho ─me empoderé al pronunciar aquellas palabras.
Al ver el mal rollo que se respiraba, Don se acercó a preguntarnos si todo marchaba bien.
Le contestamos que sí mientras yo miraba con odio a Leo y me separé de él disponiéndome a preparar el bajo para nuestra actuación.
La noche prometía. En aquel piso cubierto al lado del escenario no cabía un alma.
Estaba a reventar y la gente esperaba impaciente mientras poníamos todo a punto para el gran espectáculo que el Tío Sam había prometido.
Había técnicos de luces, y la mesa de mezclas, donde acababa todo el cableado, era de las grandes.
Sin duda tendríamos un sonido impecable.
Ya habíamos hecho las pruebas una hora antes y no se había escatimado un céntimo en que las bandas que íbamos a tocar sonáramos como nunca.
Nosotros seríamos los primeros en estrenar ese sofisticado equipo en aquella ocasión.
Abrimos el concierto con una atmósfera oscura pregrabada con sintetizadores que empezaba a inundar el lugar. Don empezó a tocar los toms pareciendo la percusión de un ritual tribal. No me gustaba esa manera de presentarnos: parecía que íbamos a oficiar un sacrificio.
La gente se empezó a animar y entonces nos metimos Carlos y yo. Yo hacía una base con el bajo y él tocaba un arpegio con una distorsión ensordecedora. Me recordaba más a una canción como Trust de Megadeth que a nuestro estilo pasado con ritmos ligeros y ágiles.
La siguiente canción era algo más rápida para contrastar con esa introducción, pero nada que ver con lo que una vez fuimos.
Estaba decidida: tras el concierto reuniría las fuerzas necesarias para dejar el grupo de una vez por todas.
Me estaba consumiendo toda la alegría que una vez insufló en mí la música.
Tocamos ocho temas y la gente reaccionó como las últimas veces: todos estaban muy alterados y parecían sumidos en un trance extraño.
Sin embargo, no se desplomaron. Un gran aplauso nos despidió y yo me fui a echarme agua en la cara para espabilarme.
Parecía que había corrido una maratón cuando realmente no había sido para tanto.
Al llegar de nuevo cerca del escenario, ya habían quitado nuestra pancarta de los Punk Wolves y en su lugar lucía la de uno de los grupos favoritos del momento: los Death Anthems. Eran unos tíos que daba respeto solo de verlos, tan oscuros, incluso su preciosa guitarrista lo era, otra de las fantasías de muchos y muchas del entorno.
Su cantante, Seth, era también un muy popular.
Tenía fama de haber estado con muchas de las chicas del Rock Realm, que lo consideraban el cantante más atractivo de nuestra época.
Pero había algo en él que a mí me producía escalofríos.
No entendía por qué habíamos mezclado en este evento punk rock, si eso era lo que aún hacíamos, con esa especie de metal oscuro y desagradable. Pero era uno de los favoritos del Tío Sam y eso lo explicaba todo.
Las guitarra de la chica sonó haciendo un riff majestuoso. Era una diva en la que se clavaban todos los ojos y tenía al público embobado, especialmente al masculino. Me recordaba a Nana Osaki, un personaje de un manga japonés sobre grupos de punk rock que estaba leyendo.
Como una alarma de supervivencia, volví a la realidad cuando vi que la multitud se empezaba a empujar violentamente.
Entonces me dispuse a salir de allí tan rápido como pude, recibiendo algún que otro codazo.
Me sentía acorralada, y con tantas personas no conseguía ubicar la salida de la sala de conciertos.
Necesitaba aire y sabía que si caía al suelo estaría perdida, pues acabaría aplastada por esa marea de descerebrados.
Corrí escaleras arriba pero en la parte superior, en los balcones, la gente seguía el mismo patrón.
Poco a poco me fui moviendo hasta uno de los palcos que parecía algo más vacío para poder respirar.
Sin embargo, la masa se amontonó hasta llegar donde estaba yo.
El pánico se apoderó de mí y rogué para mis adentros que alguien me sacara de aquel infierno.
Parecía que nadie me veía ni me escuchaba entre aquella oscuridad.
Los destellos de luces sumados al sonido ensordecedor de aquel condenado grupo tampoco ayudaban en absoluto.
Recibí un golpe en la cabeza que casi me hizo perder la noción de donde estaba.
En ese momento un grupo de chavales enormes se chocó contra mí haciendo que perdiera el equilibrio y me diera contra la barandilla de seguridad que evitaba que alguien se pudiera precipitar hasta el piso de abajo.
Sentí un dolor agudo. Me había golpeado en los riñones con aquella barra de metal y mis pies se levantaron del suelo por el impacto. Ya no había nada firme donde sujetarme.
De pronto, de entre el amasijo de gente surgió una mano que sujetó mi pierna y tiró de ella para devolverme la poca seguridad que ofrecía aquel piso.
Por instinto me abracé como pude a él como si fuera lo único que me podía aferrar a la vida.
Aquella persona me cubría con su cuerpo para que yo no recibiera la lluvia de golpes que aquel descontrol había provocado.
Tras unos minutos de terror, llegamos a una zona más despejada donde ya no parecía haber peligro, pero tropezamos, quizás porque él había agotado todas sus fuerzas.
Se colocó debajo de mí para no aplastarme con su peso y fui yo quien cayó impactando sobre su pecho.
Por suerte, aunque seguía oscuro, había algo más de luz donde nos encontrábamos ahora.
─¿Estás bien? ─me preguntó. Aquella voz me pareció la de un ángel que ya conocía. Su abrazo parecía hacernos invisibles ante el resto del universo y yo me sentí a salvo, completa.
─Dante, ¿qué haces aquí? ─le pregunté aún sobre su cuerpo.
─Nata me dijo lo que le habías contado y solo quise asegurarme de que estabas bien en tu concierto. Que no nos estemos viendo no significa que no me preocupe por ti. Además, cuando te estaba buscando entre la gente, te escuché llamarme.
Sus palabras me dejaron sin habla.
─¿Cómo que me oíste llamarte? Es imposible con todo este ruido.
Él se limpió una herida en la ceja, donde había recibido un golpe.
Mientras tanto, nos quedamos en silencio mirándonos, con nuestros cuerpos pegados, hasta que ambos hicimos un intento por levantarnos sabiendo que ya era suficiente.
Quizás ese momento de contacto cubriera el tiempo que habíamos pasado separados, no sé.
Después, nos dirigimos a un lugar menos concurrido y más tranquilo.
─Gracias, Dante. Pensé que no lo contaba ─le agradecí sabiendo que iba a perderlo de nuevo.
─Esto está siendo muy difícil, pero no sé hacerlo mejor. Yo la quiero ─confesó.
─Lo sé. Y eso te honra. Sara te merece y espero que os vaya muy bien. En serio. Solo me apena… ─y no seguí la frase.
─¿Qué? ─me preguntó.
─Pues que un paso en falso me hizo perderte y lo lamentaré por siempre. Pero lo comprendo y lo respeto. ─Y de repente noté que no podía ocultarle nada. Se lo debía─. No quiero que Sara sufra por mi culpa y por ello sé que no tengo que verte.
─Eres fuerte y valiente. Te admiro. Yo también te perdí, Taylor. Gracias por saber cómo llevar esto. Te lo agradezco de corazón y te pido perdón por no saber encontrar una solución a esto que nos está pasando.
Salimos afuera por fin y nos fuimos de allí caminando, aprovechando para hablar de lo sucedido en la actuación, como si hubiera un cronómetro que iba en nuestra contra restando los pocos minutos que estábamos pasando juntos.
Ambos pensábamos que había algo detrás de todo esto de la música y la reacción del público. Y, tras analizar lo sucedido, llegamos a la conclusión de que ese estado de trance era similar al de la hipnosis, como sucede con la publicidad subliminal.
Después me acompañó a casa a pesar de que yo prefería que no lo hiciera.
Una parte de mí sí lo deseaba, pero la más racional insistió en que nos separásemos ya.
Sin embargo, él era demasiado caballero como para obedecerme esta vez, así que media hora más tarde se despedía de mí, esta vez en la puerta de mi piso, asegurándose de que yo estuviera totalmente a salvo.
Ojalá nos hubiéramos despedido de otra forma...
pero no era mío. Algo que tuve esa noche para volver a perderlo. Qué acertada, Mamá Lola.