Capítulo 5 ¿Qué está pasando?
Las clases de ese día se me habían pasado volando y mis resultados parecían mejorar.
A diferencia del primer año de carrera, en el que todos íbamos un poco a ciegas y en el que las asignaturas se ocupaban de filtrar a quienes podían seguir y a quienes no, este curso era más interesante, quizá por las materias que había elegido.
Había visto a Byron bajando por la escalera, hablaba con una chica de su edad.
No me sorprendería que fuera su novia, pues iba cogida a su brazo, riéndose, mientras él se encogía con una risa tímida.
La verdad es que hacían buena pareja. Ella era muy guapa, de piel pálida, como él, y su pelo era de ese rubio que está más cerca del plata.
Sus ojos eran azules pero no tan llamativos como los de Byron, y combinaba en su ropa el negro y el lila aunque no llevaba ninguna camiseta que te diera alguna pista de qué música le gustaba.
Esa información estaba en su bolsa, repleta de parches de grupos nórdicos.
Pude distinguir Nightwish, Sonata Arctica y HIM en el poco tiempo que tardó la presentación silenciosa de mi amigo: al igual que sucedió el día anterior con su hermana, los desconocidos nos presentábamos mientras él no hacía absolutamente nada. La chica se llamaba Hilda.
Cuando llegué a casa me encontré con Jesús y con la mesa del salón llena de exámenes, algunos sin corregir, otros con su veredicto en la casilla para la nota.
─Sé bueno con ellos ─le solté dándole un susto al sacarlo de sus pensamientos─. Te estás pensando mucho ese que tienes enfrente, ¿no?
─¡Vaya susto, Dante! Me has cogido totalmente ido. No, qué va, no les ha salido del todo mal y son buenos chicos académicamente hablando. Pero estaba pensando en otra cosa en mi tutoría ─contestó algo apesadumbrado.
─¿Qué les pasa a los tuyos?
Sentí interés por esos adolescentes. Al fin y al cabo yo había sido uno de ellos no hacía tanto.
─Las pantallas y las redes sociales. Algo que creo que ha venido para quedarse. Pasan mucho tiempo ahí y se aconsejan cosas que a veces distan mucho de ser un buen mensaje. Realmente no sé cómo abordarlo.
─Bueno, pero para eso están sus padres también ─dije yo con una seguridad que iba haciendo aguas conforme terminaba mi frase.
─Ese es el problema. Es todo parte de un sistema erróneo.
La situación laboral o bien empeora o bien los padres quieren tener mucho más de lo que necesitan, a mi parecer.
Las dos realidades suponen que ambos trabajen y no pasen tiempo con los niños en casa o que deleguen esta función en sus abuelos, con los que ya estoy empezando a tener tutorías, por cierto.
Los abuelos no tienen herramientas, pero los padres tampoco porque llegan para cenar y van perdiendo los vínculos con sus hijos.
Además, ni unos ni otros tienen el conocimiento de Internet necesario.
─Ostras, no me había parado a pensar que esto estuviera pasando. Siempre tuve a uno de mis padres en casa cuando necesité algo. Me controlaban las horas de consola reloj en mano ─expliqué añadiendo algo de humor a la conversación.
─Hoy en día, el sistema económico en el que vivimos quiere un dos por uno a la hora de conseguir más trabajadores e incrementar el rendimiento y la productividad.
El resultado es que las familias no permanecen juntas ─me instruyó mi compañero de piso.
Yo lo seguía viendo fascinante por su implicación con los alumnos y el panorama social que los rodeaba─.
Los padres vienen quejándose de que no les hacen caso y los niños, que están presentes en la salita de reuniones, alegan que, si desde hace años no están y solo se los llevan de viaje para compensar esa ausencia, no pueden esperar que ahora les obedezcan.
De ahí que Internet les ofrezca modelos educativos en muchas ocasiones no acertados a los que ellos se aferran.
Es muy serio. Perdona por el rollo, Dante.
Necesitaba desahogarme ─concluyó con una triste sonrisa y con la mirada perdida en uno de esos exámenes. Acto seguido, se hizo el silencio.
Me quedé pensativo, era un tema del que no se hablaba mucho y me hizo darle vueltas a cómo se debían sentir esos adolescentes por culpa del sistema podrido en el que nos obligaban a entrar.
Era triste ver cómo muchos padres habían caído en esa red y habían dejado de ser maestros de vida para ellos, para delegar en los profesores funciones que no eran naturalmente propias.
Así que me senté enfrente de mi escritorio y en una hoja empecé a escribir el comienzo de una idea: What’s Going on?
Tras estudiar un rato y pasar a limpio unos apuntes, me puse a entrenar una hora, como cada día.
Lo necesitaba, me liberaba la mente y me hacía desconectar de la universidad.
La verdad es que llevaba años haciendo ejercicio y gracias a eso mi autoestima había crecido lo suficiente para dejar de lado algunos complejos que me acompañaban desde pequeño.
Ahora que ya había crecido, estaba siendo una pasada ver cómo mi cuerpo aceptaba de buen agrado los ejercicios de calistenia a los que lo sometía.
Hacía unos meses que había puesto una barra en la puerta de mi cuarto y me encantaba colgarme poniéndome desafíos.
Me metí en la ducha y al salir me encontré a Annette en la bancada de la cocina, esta vez no traía consigo ninguno de sus diseños.
Estaba calentando agua para una infusión y se la veía triste como otras muchas veces.
Su hermano era un militar que había sido destinado a una guerra de la que nunca volvió.
Pero ella nunca quería hablar del tema. Yo me enteré por Davi, nuestro otro compañero, con el que tenía más relación.
─Hola compi ─reaccionó sin mirarme─. ¿Sales esta noche?
─Sí, me va a recoger una amiga con el coche y voy a ir a ver su ensayo en el Reino del Rock ─contesté yo.
─Te va a encantar cuando vayas al Rock Realm. Es una pasada si vas a los pisos superiores. Tengo un amigo que está aquí de intercambio y que es un crack en el piso dos. Tocan rock japonés.
─No piloto mucho del rock japonés, pero suelen ser unos virtuosos. No te puedo negar que me hace ilusión ver por fin ese sitio que está en boca de muchos de los de mi facultad ─añadí con entusiasmo.
─Es tu rollo, ya verás, te vas a sentir como en casa.
Y dicho esto, vertió el agua caliente en una taza que mostraba el dibujo de un chico con un sombrero de paja y una cicatriz debajo de uno de sus ojos.
Me encantaba cuando me contaba argumentos de series de anime que veía o cuando me enseñaba los openings tan chulos con los que empezaban los episodios.
Tras sumergir su bolsita de infusión se volvió a su cuarto haciendo un gesto con la mano para despedirse.
Me calenté los restos de una lasaña vegetal que me había comprado unos días atrás y dos huevos que me había reservado para tomar tras mis ejercicios. Con eso aguantaría la noche que me quedaba por delante.
Era hora de decidir qué llevar. Me calcé mis Converse negras y unos vaqueros azul oscuro que contaban con algún roto que otro.
Ese día me pondría una camiseta de los Foo Fighters con la portada de The Colour and the shape mientras escuchaba en mi pequeña minicadena ese mismo álbum.
La elegida fue Monkey wrench , para cargarme de energía.
Por último, me eché un poco de colonia para ayudar al desodorante a hacer su trabajo y por si acaso me llevé una chupa de cuero fina que usaba para el entretiempo.
Bajé las escaleras y esperé en el portal a que Sarah me recogiera.
Al cabo de diez minutos se escuchaba su música al doblar la esquina. Esta vez me recibía con Petals y la característica voz de Courtney Love en su radio del coche. A mí también me gustaba mucho ese disco de Hole.
─Perdón por el retraso, Dante. Me estaba terminando de arreglar. Pero verás, tras el resultado, que merecía la pena esperar.
Y no mentía. Iba vestida con colores rojos y negros y se había maquillado acorde a ese patrón.
Eso fue lo primero que advertí. Por lo que me pude fijar con disimulo minutos más tarde, mientras hablaba con ella en el coche sin que pareciera que le estaba haciendo un escáner, llevaba unos leggins a rayas y una falda negra que adornaba un cinturón con adornos metálicos que simulaban rosas y espinas.
Un top muy ceñido marcaba sus bien definidos pechos y dejaba ver su ombligo con un piercing de aro.
Me sentí un poco violento cuando me dio dos besos en las mejillas abalanzándose con gran afecto sobre mí y dejando caer su cuerpo sobre el mío sin ningún miramiento.
Parecía que disfrutaba haciéndome sentir incómodo y comprobando que no sabía muy bien cómo reaccionar.
Luego me habló de su banda. Me dijo que eran tres porque su otro guitarra los había dejado tirados.
Ella, como yo ya sabía, era batería. Su cantante también se encargaba de la guitarra.
Añadió que el bajista era genial y que me iba a encantar conocerlo por su toque místico y existencial.
Tocaban principalmente temas suyos grunge y algunas versiones de punk rock de grupos como Sum41. Me pareció fascinante saberlo.
Llegamos al parking del Rock Realm, que estaba repleto ya. Cuando conseguimos aparcar, Sarah se bajó del coche y entonces fue cuando sí la vi bien. Ella lo percibió.
─¿Mereció la pena? ─me soltó descaradamente.
Y yo, con la guardia baja, solo pude emitir un entrecortado «sí, claro», que no sé si quedó tan claro.
Me pidió que le sujetara el bolso mientras ella cogía una chaqueta vaquera y cerraba el coche.
Acto seguido nos metimos por un portón que daba acceso a un rellano enorme.
Allí había, por un lado, otra puerta que comunicaba con los locales de esa planta y, por otro, un ascensor para los pisos superiores si no querías usar las escaleras.
Elegimos la opción más cómoda y, cuando entramos en la cabina, Sarah pulso el botón de la segunda planta.
Al abrirse las puertas metálicas nos encontramos de frente con una puerta de emergencia sobre la que un letrero anunciaba nuestro destino: The Stage. Era épico.
Cuando la crucé aún no tenía ni idea de que aquella noche viviría algo que cambiaría mi vida para siempre.