#3
El Poeta llegaba al alba y se agazapaba detrás de unos tupidos matorrales ubicados frente a la casa, esperando que el mariscal, como todas las mañanas, saliera al Palacio de Gobierno a despachar con sus ministros.
Apenas el camino quedaba despejado, se escurría entre las yerbas altas que cortaban el viento de la mañana e inmediatamente penetraba en esos dominios.
No tenía más que forzar una nada los pestillos metálicos de los portones y, una vez dentro, atravesar el primer patio y seguir recto por el pasadizo con faroles adosados a la pared que conducía al vestíbulo.
La luz a esa hora era siempre gris y el relente de la casa llevaba impregnado el olor fresco de las magnolias, buganvilias, madreselvas y jacarandás sembrados en el jardín exterior.
Lucrecia lo recibía en la escalera de azulejos con una mano tendida y entonces él se dejaba guiar hasta la cálida habitación central, donde —después de correr los cerrojos, desenrollar las cortinas y regular las persianas buscando la iluminación adecuada— cumplía con desvestirla fogosamente, encaramarse sobre ella, embestirla y hacerle el amor dos veces sobre la cama tibia.
Allí se quedaban, los cuerpos pegajosos dando vaharadas uno al lado del otro, inspeccionando los vértices del cielorraso, tumbados como esas barcas que amanecen boca arriba sobre la arena mojada, tan rendidos o extasiados que lo normal era que perdieran la noción del paso de las horas.
En más de una ocasión, el Poeta —pantalón y levita en mano— debió saltar los balcones balaustrados de la terraza, descolgarse con premura por las enredaderas y guarecerse en el primer escondite posible ante la inminente llegada del presidente o de alguno de los peones o gendarmes de su séquito de custodios.
Si no se escondía en el corral de las gallinas, lo hacía en el trasfondo de las caballerizas o en el diminuto guardarropa de la servidumbre, y en caso extremo, si tenía que apurarse, se ocultaba dentro del piano de caoba que Castilla había mandado traer de Viena para complacer uno de los tantos caprichos de su amante, piano que nadie tocaba y que descansaba como un animal manso y refinado en la antesala de la segunda planta.
Amar a Lucrecia en esos predios era tan insolente y trepidante como profanar una catedral.
Se volvieron tan adictos a sí mismos, tan ciegos, tan recíprocamente insaciables y frenéticos que, cuando no podían verse en la casa, Lucrecia se las ingeniaba para avisarle a Luis Benjamín dónde estaría, y él iba a buscarla con la voracidad de un maniático y la seguía a procesiones, iglesias, comercios, estaciones de tren y paseos dominicales por la alameda del Centro o las praderas de Chorrillos, siempre guardando una distancia física que no hacía más que alimentar la tentación entre ambos, y cuando ya no resistían se las arreglaban para coincidir en algún recoveco, donde se besaban y tocaban fugaz pero efusivamente.
La espiral de adrenalina de aquel triángulo amoroso se diluiría a los tres meses, cuando Lucrecia le anunció al Poeta que estaba embarazada.
Al imaginarse que sería padre, Luis Benjamín, de dieciocho años, se sintió como su amigo Ricardo Palma sobre la cubierta del Rímac en plena tempestad, o más precisamente como el propio buque viniéndose a pique en la horrenda garganta del boquerón de la Punta de San Juan.
Lucrecia rompió con el mariscal Castilla y este, furioso, dolido en su ego, aun sin sospechar nada de la existencia de otro hombre, menos aún del embarazo en ciernes, la encerró primero en los gallineros de la casona y a los pocos días la desalojó sin darle chance de empacar nada, arrojándole dos vestidos a la calle.
Previniendo eso, el Poeta había alquilado un cuarto en los altos de un conventillo cerca de la casa donde él vivía con su madre, cuidándose de que Nicolasa no reparara en sus maniobras.
Lucrecia se mudó allí y en los meses siguientes Luis Benjamín se dedicó a cuidarla por las noches.
Le preparaba tónicos e infusiones y le acariciaba la giba del vientre mientras resumía para ella las novedades del Ministerio o refería las últimas incursiones alcohólicas de Los Cuervos Románticos por los bares del Centro, y se quedaba despierto hasta que Lucrecia tocaba el fondo del sueño, y solo entonces volvía a casa de su madre y le daba excusas, siempre nuevas, que lograban aplacar las dudas de Nicolasa, aunque por dentro ella no dejaba de preguntarse por qué su hijo andaba en tan inusuales correrías.
El parto se adelantó una madrugada y el Poeta solo atinó a llamar de emergencia a la única persona que podía hacer de matrona y guardar la discreción del caso: Dominga Prieto.
La morena tenía guardados y entreverados ya tantos secretos que no le afectó callarse uno más.
Lucrecia perdió litros de sangre durante la intervención pero se impuso al dolor abdominal y, sin rendirse, empujó al bebé con cada uno de los músculos de sus extremidades.
Cuando asomó su cabecita por la vagina inflamada, la criatura tenía el cordón umbilical alrededor del cuello y había adquirido un color violáceo que asustaba.
Pese a las complicaciones, Dominga Prieto la sacó de allí de un tirón, anunció con su voz gruesa que era una mujer y se quedó pasmada con su pequeñez de sietemesina.
A continuación le dio una nalgada enérgica y pasó a quitarle de encima la sustancia mantecosa que había sido su abrigo en el útero durante los días y las noches de la gestación.
Los padres recibieron a la niña sabiendo que se llamaría Elvira —Elvira Cisneros Colichón— y tardaron varios minutos en aprender a acunarla sin sentir que se les escurría de los brazos nerviosos.
Su presencia minúscula iluminó las paredes de ese cuartucho lúgubre haciendo que inesperadamente pareciera algo así como un hogar.
Con el socorro de contados amigos, Lucrecia y el Poeta vivieron escabullándose, acostumbrados a ser una joven pareja de padres que nadie reconocía como una familia.
Disimular, mentir, idear subterfugios, aclimatarse a las triquiñuelas y a la vida a oscuras fue un suplicio que duró cuatro años que se sintieron infinitos.
Para entonces la vida de Luis Benjamín transcurría entre el Ministerio —ahora ya era jefe de la sección «Continental»— y el retirado solar de la calle Velaochaga adonde se mudó con Lucrecia.
En todo ese tiempo no había dejado de escribir poemas, ni de estrenar obras de teatro, ni de sentirse patriota ni de colocar en los periódicos artículos sobre los continuos desarreglos políticos.
Tampoco había dejado de embarazar a su mujer, que después de Elvira dio a luz a Adelaida y enseguida a María Luisa.
Para el Poeta, esos años fueron la manifestación de una vida acezante, incierta, que le reportaba una extraña forma de felicidad.
Pero todo aquello acabó de un tajo la mañana en que Lucrecia —ya harta de las fintas, las simulaciones y la rutina de topos— le exigió casamiento público.
—Quiero que todos sepan que vivimos juntos y que mis hijas puedan abrazar a su padre a vista y paciencia de los demás.
Luis Benjamín no encajó bien la petición.
Lo primero que temió fue la decepción que iría a ocasionar en su madre el solo anuncio de tantas novedades.
No sería fácil para Nicolasa, pensaba, enterarse de repente de que su hijo vivía en pecado con la amante del presidente, y mucho menos de que era abuela de tres niñas a las que no había visto jamás, pues él las había mantenido durante años en las sombras.
El Poeta vislumbró la debacle y le pidió a Lucrecia que recapacitara. Entendía su deseo exasperado de legalizar a su familia, pero no se atrevía a lidiar con las consecuencias que aquella decisión iría a desencadenar.
Arrebatada ante su debilidad, Lucrecia amenazó con dejarlo. No estaba dispuesta, le advirtió, a quedarse en medio de una relación marginal viendo cómo su juventud se extinguía.
Del puro susto de oírla hablar así, el Poeta contrajo un insomnio que le puso los ojos amarillos y le marchitó las ideas. Cada vez que tomaba un papel y una pluma, solo producía borrones y jeroglíficos, como si de golpe se hubiese olvidado de escribir.
Para colmo, Castilla vivía su fase más retrógrada desde que fuera reelegido en votaciones amañadas.
Hacía mucho tiempo que había dejado de ser el gobernante magnánimo que aboliera la esclavitud, ese régimen segregacionista que llevaba trescientos años implantado en el Perú, para lo cual debió enfrentarse a los hacendados agrícolas, quienes creían en la supremacía racial y no concebían un mundo sin la opresión de los negros.
Antes de ser vendidos para trabajar en plantaciones y vivir en el valle en medio de abusos, azotes, correazos, torturas y demás vejaciones por parte de sus propietarios, los negros —hombres, mujeres y niños— pasaban las noches encerrados en galpones que eran auténticos chiqueros, a merced de incontables enfermedades, custodiados por perros salvajes que no dejaban de ladrar, y cuando morían sus cuerpos ni siquiera eran enterrados en ataúdes ni fosas, sino que se abandonaban a la intemperie para que los buitres se los disputaran como carroña.