#2
Cuando Agapito nació, para menguar el escándalo del adulterio de su marido y salvaguardar la imagen de su hogar católicamente bendecido, Francisca Diez Canseco consintió en hacer pasar al niño como suyo, criándolo en su casa de la calle Divorciadas, y hasta soportó que Castilla siguiera viéndose abiertamente con Lucrecia, esa chiquilla cautivante que las viejas aristócratas denigraban llamándola «embaucadora», «querindonga» y «barragana», pero a la que sus esposos deseaban con la indomable lujuria de los pensamientos.
Luis Benjamín disfrutaba en la oficina con las infidencias y descripciones que sus compañeros hacían de esos entresijos, y encontraba cómico que Lucrecia dominara al presidente a su antojo, y a la vez triste que él menospreciara a Francisca, a quien, según versiones atribuidas al Mono Quintín, vejaba e incluso propinaba palizas, completamente alcoholizado, cada vez que regresaba de perder en las partidas de rocambor.
Lo que el Poeta ignoraba, aunque él mismo lo codiciara ardientemente desde la noche en que vio a Lucrecia Colichón por primera vez en el teatro, era que muy pronto se enredaría con esa mujer y convertiría su vida en una vorágine de infelicidad.
Un amigo del colegio, mayor que él, Ricardo Palma, lo invitó a una tertulia en casa de otro poeta joven, Carlos Augusto Salaverry, quien recibía cada mes a camaradas, escritores, poetas novatos, poetastros, libreros, aficionados a la ópera y no pocos bohemios plumíferos y desencantados.
En esa tertulia Luis Benjamín conoció a una cofradía de poetas lívidos que solían trasnochar en las tabernas del Centro y pagar los licores que bebían leyendo versos satíricos.
Se hacían llamar Los Cuervos Románticos, usaban bigotes frondosos como cepillos, vestían estricto terno inglés y, al presentarse, daban únicamente su primer apellido: Corpancho, Márquez, Parra, Castillo, García.
Esa noche, los invitados rodearon a Ricardo Palma en cuanto empezó a narrar sus peripecias a bordo del buque Rímac, el primer buque a vapor de América Latina.
La embarcación había resultado tan novedosa por su sistema de propulsión que, cuando arribó al puerto de Paita en su recorrido inaugural, los pobladores, al ver la enorme columna de vapor saliendo de la chimenea, se alarmaron creyendo que se incendiaba.
Pero lo que Palma contaba no era eso sino los pormenores del accidente que todo Lima comentaba aquellos días: el sonado naufragio del Rímac en la Punta de San Juan, en la playa Los Leones, donde la nave, en medio de una borrasca, colisionó contra una formación rocosa conocida como El Elefante.
La noticia de la odisea dio la vuelta al mundo.
Al producirse el impacto contra una rompiente, el barco se partió en dos y los pasajeros —Palma, entre ellos— se arrojaron desesperados al mar dando alaridos de auxilio y nadando, los que sabían nadar, en direcciones opuestas.
Solo sesenta de los cuatrocientos desafortunados que se embarcaron alcanzaron la orilla, exangües, vomitando algas y espuma.
Los otros perecieron tras golpearse contra arrecifes filudos, o víctimas de calambres e hipotermia tras bracear muchas horas, luchando contra el oleaje, dando manotazos rumbo a la nada.
Una vez varados en tierra —después de fatigarse dos días entre médanos y planicies en búsqueda de algún signo tangible de civilización—, el hambre, el cansancio y la sed fueron acabando con la vida de cerca de cuarenta hombres.
Al final, nada más diecinueve sobrevivieron a la catástrofe.
«Cuando llegamos al primer pueblo teníamos el semblante de los espectros», describía Palma, chupando un habano, mientras los demás oían su testimonio espantados, boqueando, sin animarse a sorber la copa de pisco que tenían delante.
Luis Benjamín escuchó atentamente a Palma hasta que una visión repentina lo sacó del relato.
Cuatro muchachas surgieron detrás de la puerta y, con los quitasoles desarmados sobre los antebrazos, se deslizaron rumbo al salón pasando por debajo de un reloj de pared que marcaba las ocho en punto.
Fuera la noche estaba tan oscura como la boca de un muerto.
Aunque en las tertulias de Salaverry habitualmente solo se admitían hombres, las jóvenes se presentaron como «amigas de Juana Manuela Gorriti», una escritora argentina cuya casa de la calle Valladolid era conocido punto de veladas de escritores y bebedores de etiqueta.
Su amistad con Gorriti fue suficiente aval para ser aceptadas.
De pronto todos repararon en las advenedizas, que deslumbraban con los escotes de sus vestidos afrancesados hechos con telas de ultramar.
Caminaron sobre las baldosas sincronizando las piernas debajo de las crinolinas y se refugiaron en un rincón desde donde estudiaron el ambiente con dejadez o petulancia mientras un sirviente rellenaba sus copas con un líquido que parecía ser aguardiente de chirimoya.
Al verlas, un petimetre lleno de nombres y apellidos ostentosos y estrafalarios, Víctor Fulgencio Ramiro Regalado de la Riva Agüero y Looz Corswarem, que presumía de ser hijo de la princesa Arnoldina Irene de Looz Corswarem, las señaló mascullando: «Ahí llegaron las mazorqueras», que era el modo despectivo con que los aristócratas ninguneaban a las esposas e hijas de los nuevos ricos que habían surgido en Lima pocos años atrás gracias a los recursos del guano, los que, reunidos en un partido llamado popularmente Partido de la Mazorca, respaldaron al Gobierno del caído Rufino Echenique.
De las cuatro muchachas, una descollaba por su voluptuosidad, su desenvolvimiento y por el aire de frivolidad que se cernía sobre ella.
Era Lucrecia Colichón. En cuanto la vio, Luis Benjamín enfocó toda su atención en los contornos de su rostro, y después de quedarse un rato mirando sus negligentes bucles de tirabuzón, calibró su peso, aspiró la mezcla de fragancias que la envolvían —los ámbares, las algalias, los benjuíes, los alcanfores—, se le acercó con estudiado aire afligido y, sin preámbulos, la asaltó diciéndole resueltamente:
—Tengo diecisiete años y llevo toda la vida enamorado de usted.
La Colichón expectoró una risa altanera que viajó por el cuarto como una nube flotante y resonó al otro lado de la estancia, callando en el acto a Ricardo Palma, quien proseguía con la narración de su travesía en altamar ante un disminuido auditorio de contertulios que ya empezaba a dormitar.
Luis Benjamín había leído en alguna parte —quizá en ese anecdotario de Voltaire que portaba a todos lados— que «la risa en una mujer es un acto de sensualidad», así que no se amilanó ante lo que parecía una burla.
Además, algo de su desvergonzada confesión debía haber traspasado la máscara de limeñita inalcanzable de Lucrecia, pues ella de repente, como si no quisiera, con un remilgo mal actuado, empezó a prestarle más oídos a él que a las muchachas emperifolladas con quienes había arribado minutos antes.
Solo entonces, oyéndolo, Lucrecia descubrió que su audaz, jovencísimo admirador era el autor de la obra que tanto le había gustado al mariscal Castilla y que ella misma había aplaudido fascinada desde la galería del teatro.
—¿No llevaba esa noche un abanico con encajes de ebanistería? —preguntó Luis Benjamín.
—Efectivamente. ¿Siempre es tan observador con los abanicos?
—Depende de quién los use.
—¿Debo tomar eso como un cumplido?
—O una torpe galantería. En todo caso, espero no incomodarla.
—El galante solo incomoda si es impetuoso.
—Comprenderá que a veces es difícil frenar los ímpetus.
—¿Acaso no tiene dominio de sí mismo, Luis Benjamín?
—No frente a usted.
—Ahora es cuando me hace falta un abanico.
—¿No lo trajo esta vez?
—Lo dejé en casa.
—¿Se arrepiente?
—Un poco. No sabía que la temperatura iría a elevarse tanto por aquí.
Lucrecia dijo eso último mirándolo con el engreimiento expansivo de sus veintiún años, y en ese instante Luis Benjamín supo que no tenía escapatoria.
«Qué importa que sea mayor que yo. Que sea la amante de Castilla.
Que tenga un hijo suyo. Que le digan buscona o pelandusca.
Qué importa si fuera cierto», desvariaba en silencio, ya sin control alguno sobre el incómodo borboteo de sus ideas y su sangre.
Animados por el piano del anfitrión, Los Cuervos Románticos invitaron a las mazorqueras a bailar polcas, chotis y mazurcas.
El Poeta tomó de la mano a Lucrecia para unirse con ella a la cuadrilla, y cuando ya daba los primeros giros de la coreografía y se aprestaba a balbucear algo en su oído, justo ahí apareció Ricardo Palma, quien, por envidia o amistad, procedió a rescatar a su camarada del peligro de andar coqueteando con la mujer del presidente.
—Discúlpenos, señorita —dijo, dirigiéndose a Lucrecia—. Nos espera otra tertulia.
—¿Qué haces? —protestó Luis Benjamín en voz baja.
—Salvándote la vida, Poeta.
A la larga, aquella impertinencia de Palma sería irrelevante. Los dados fueron arrojados en un determinado sentido, y poco podría haber hecho nadie para revertir el destino que desde esa noche fue cerniéndose lentamente sobre el Poeta como un jarabe espeso.
No pasaron ni siete días antes de que Luis Benjamín comenzara a visitar hasta dos veces por semana la imponente casona rústica, con establo, jardín y dos piletas con surtidores de agua en forma de querubines que Castilla había comprado para tener dónde encontrarse en paz con Lucrecia Colichón.