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De a pocos, Gregorio fue incorporando a los hermanos Cisneros a su núcleo de confianza, brindándoles un trato diferenciado al que mantenía con el resto de voluntarios.
Un buen día, después de pacientes gestiones, los llevó a conocer a los altos mandos del Ejército libertador y hasta consiguió que compartieran unas viandas con el propio Simón Bolívar en las afueras de Huácar, cerca de Conchamarca.
Durante aquel almuerzo —sentada en la esquina de una mesa en la que predominaban ensaladas, suculentos guisados de carnero con ají, chupes, pepianes y copitas de vino tinto de Burdeos—, Nicolasa se atrevió a contar que, tras la jura de la independencia en Lima en julio de 1821, había conocido personalmente al general José de San Martín, y no dudó en calificarlo como «un líder sagaz» además de «un caballero de inigualable gentileza»; comentarios que provocaron en Bolívar —quien desde Venezuela había buscado sabotear y desestabilizar el Gobierno del argentino, infiltrando agentes en su entorno— una profusa cascada de toses desaprobatorias.
A su lado, Pedro se preguntaba cómo era posible que su hermana fuese tan deslenguada, tan impertinente como para alabar a San Martín en presencia de Bolívar, si era sabido que ambos generales libertadores aún masticaban las rencillas originadas tras la entrevista de julio de 1822, en Guayaquil, donde les tomó cuarenta y ocho horas estudiarse, sopesar sus estilos antagónicos y lamentar los muchos desacuerdos y nulas convergencias de sus proyectos militares.
Como tantos otros jóvenes patriotas uniformados, Pedro reverenciaba a Bolívar, lo veía como el guía continental de mayor envergadura, más astuto que San Martín y el único capaz de concluir la emancipación de los pueblos sudamericanos.
Por eso, en aquella desmesurada comida apenas si abrió la boca, cuidándose de no decir nada que pudiera importunar al venezolano.
Para Nicolasa, en cambio, Bolívar buscaba la gloria personal antes que el bienestar de los peruanos; lo consideraba un hombre valiente, pero moralmente inferior a San Martín y en ningún caso digno de mayores pleitesías de las que merecían los próceres civiles que ya habían iniciado el camino hacia lo que algún día sería la República del Perú.
A Cartagena esa tenue forma de irrespeto, quizá porque le recordaba las propias rebeldías de su pasado, lo desarmaba, robusteciendo su interés por la joven Cisneros.
Aunque incómodo para Bolívar, el relato de Nicolasa se ajustaba a lo cierto.
En diciembre de 1820, pasada la juramentación de independencia en Huánuco, ella se desplazó presurosa a Lima, donde se avecinaba un acto similar que prometía mayor resonancia.
Nicolasa había nacido en la capital durante una de las varias paradas que sus padres hicieron allí y buena parte de su infancia transcurrió en el centro limeño, por lo que mantenía amistades que acogían con entusiasmo sus visitas cargadas de fervor insurgente.
Cuando llegó a Lima anticipándose a San Martín encontró sectores conservadores privilegiados que defendían la permanencia de los realistas —buena parte de la Iglesia, cierta prensa, la élite criolla emparentada con los españoles—, así que ayudó a los libertarios a propagar con más énfasis el mensaje del general argentino, esperando que calara entre la mayoría desinformada, que hasta el final dudaría si unirse o no a la lucha «por eso que llaman independencia».
Lima era entonces una ciudad de unas doscientas manzanas, habitada por setenta mil personas a lo más, que sufría los efectos del desabastecimiento de alimentos —las zonas de producción de la serranía habían sido asoladas por los soldados realistas—, pero sobre todo los efectos del miedo.
Por un lado, estaban los que temían el supuesto pillaje que traería consigo la irrupción patriótica y que se refugiaban en sus casas de balcones y rejas doradas, o trancaban templos, beaterios y conventos, o se parapetaban tras los muros macizos del castillo del Callao.
Del otro lado estaban los temerosos del cerco establecido en las afueras de la capital por las tropas del general español José de Canterac: ellos permanecían en las huertas, las tiendas y los solares a la espera de la siguiente arremetida del jefe del Estado Mayor de los realistas.
Esa atmósfera de disensiones y beligerancia cesó tras la llegada de San Martín al centro de la ciudad y de la juramentación que hiciera en cuatro plazas el sábado 28 de julio de 1821.
Los realistas, prevenidos, salieron con dirección al Cusco, instalándose en Lima una calma provisoria.
Fue por esos días que Nicolasa, siguiendo el ejemplo de otras damas de distintas localidades, solicitó una audiencia para comparecer ante San Martín, saludarlo en nombre de los habitantes de Huánuco y ofrecerse como colaboradora del nuevo régimen en lo que cupiese.
El general argentino la recibió, la oyó con atención y la premió contándola entre los cientos de invitados a las fiestas semanales que, en adelante, comenzaron a celebrarse en el Palacio de Gobierno: recepciones decoradas con ornamentos argentinos, mueblería y platería prestadas por algunos limeños adinerados, que se iniciaban a las diez de la mañana de cada viernes y, animadas por el ponche caliente y la música de los granaderos del regimiento del Río de La Plata, se alargaban más allá del mediodía del sábado.
Nicolasa asistió por lo menos a tres de esos festines, que siempre encontró desmedidos, y aunque no llegó a bailar con San Martín, sí apreció sus movimientos en el salón, confirmando sus dotes para el vals, su solvencia con la sajuriana y su impericia para la contradanza y la zamacueca.
Antes que con las invitadas anónimas, el Protector argentino prefería bailar con las marquesas condecoradas con la Orden del Sol, siendo la más requerida Mariana Echevarría de Santiago y Ulloa, esposa del pobre marqués de Torre Tagle, que desde los márgenes del salón, con un ponche en la mano, veía a su mujer balancearse sonriente en los brazos del General.
Una vez que Pedro se alistó en el Ejército libertador acantonado cerca de Cerro de Pasco —unidad que a la postre combatiría en las batallas definitorias de Junín y Ayacucho—, la amistad entre Nicolasa y el cura Cartagena se tornó más próxima.
Al principio se reunían solo los viernes, pero luego hasta tres veces por semana, siempre en la casita de piedra que funcionaba como parroquia de la iglesia principal de Huácar, donde Gregorio despachaba a diario sobre una mesa atiborrada de papeles mientras prestaba oídos a la confesión de los creyentes compungidos que buscaban el bálsamo de cualquier penitencia.
Pero después, para no incentivar la comidilla de esos mismos cristianos, que levantaban una ceja cada vez que veían aparecer por esos lares parroquiales a la señorita Cisneros y notaban el afán mal disimulado con que Cartagena la recibía, ambos convinieron en continuar las «sesiones de instrucción independentista», como Gregorio las llamaba, en casa de Nicolasa, la residencia que había pertenecido a sus padres y que se hallaba en las inmediaciones de la plaza Central de Huánuco.
Con los padres muertos, con casi todos los hermanos dispersos por trabajo entre distritos como Conchucos, Corongo y Yungay, los únicos que quedaban en la casa eran Pedro y Nicolasa.
Pero ya que Pedro acababa de incorporarse al Ejército unificado, Nicolasa vivía únicamente con Dominga Prieto, la zamba corpulenta que llevaba trabajando allí más años de los que cualquiera pudiera recordar, alternándose como confidente, criada, cocinera, ama de llaves, costurera, institutriz y comadrona.
Fue precisamente Dominga Prieto la testigo de excepción de las sigilosas visitas de Gregorio Cartagena, a quien abría la verja posterior de la casa y saludaba con un respeto displicente, sin pizca de afecto, como si olfateara las genuinas intenciones que fluían bajo su velo pastoral.
No obstante, al cabo de unos meses de no ver de parte del clérigo ningún comportamiento o arrebato que le pareciese inusual o indigno de su investidura, la morena —arrepentida de lo incrédula que había sido— empezó a darle al presbítero un trato más cortés, a suplicar sus bendiciones a la hora de despedirlo, a invitarle sus mazamorras de calabaza, sus dulces de trigo, sus limones rellenos, sus mermeladas de carambola, sus tés desinflamantes de achiote, romero y abuta; hierbas balsámicas que, según contaba Dominga Prieto, prevenían la anemia, combatían el reumatismo, curaban el asma y protegían los riñones de un estropicio prematuro.