Dejarás la tierra 3 #2
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Tampoco del tío Sarino sabía nada, salvo que había muerto de un infarto.

Ignoraba que había sido un fumador empedernido, que chupaba cigarros Inca o Nacional Presidente, uno tras otro, como chimenea, desde las cinco de la mañana hasta antes de dormir, dejando a su paso un reguero de ceniza, y que incluso se bañaba con el cigarro en la boca cuidándose de no mojarlo, y que en el techo de su cuarto, exactamente sobre su cama, se extendía una deforme mancha marrón producida por el tufo contaminado que exhalaba entre silbidos durante el sueño.

Antes de los cincuenta, Sarino ya tenía los ojos secos, los dientes amarillos, el paladar tapizado de pústulas, las uñas bronceadas por la nicotina y una legendaria tos de perro con la que anunciaba su llegada.

La madrugada de su muerte, ingresó en cuidados intensivos con las vías respiratorias infectadas y los pulmones obstruidos.

Ni siquiera lo operaron. La familia aseguró que falleció porque tuvo una reacción adversa a la dosis de anestesia que le aplicaron, pero lo cierto es que su deteriorado cerebro de fumador —a esas alturas un amasijo de materia gris— reventó en cuanto entró en la sala de operaciones.

Yo, que creía que el tabaco había sido una adicción exclusiva de mi padre, encontré en Sarino un antecedente que me hizo pensar en un patrón de ansiedad familiar cuyo origen debía estar oculto, esperando ser descubierto.

Igual pasó con el tío Fortunato. De él apenas se decía que había sido el hermano más guapo de todos, el enamorador, el atlético, el bailarín.

Se hizo famoso en San Isidro y Miradores por conquistar a las mellizas Gallardo, unas niñas creídas, alzadas, patéticas en su falsa aristocracia, que no salían con nadie así sin más, pero se dejaban besar y tocar por Fortunato.

«No estoy hecho para casarme», pregonaba el tío, hasta que conoció a la voluptuosa Cuchita Bermejo, una mujer mayor que él, pelirroja, guapísima, jaranista.

Se casó con ella a los pocos meses, pero el matrimonio se fue al diablo antes del año, cuando Fortunato descubrió que Cuchita le ponía los cuernos con un comandante de la Guardia Republicana.

Dicen que enloqueció de furia. Esa locura, sumada a su desidia para el trabajo, acabó arruinándolo.

Fortunato era aplacado o temeroso o simplemente vago.

Su hermano Sarino, el fumador, le consiguió un puesto en una empresa de maquinaria pesada.

No duró ni un mes. Lo sorprendieron robando dinero de una caja registradora y lo echaron.

Al parecer, no era la primera vez, porque cuando Sarino se enteró del hurto de su hermano, dio un puñetazo virulento contra la pared gritando «¡Esta vez no voy a hacer nada por él!

». Y así fue. Fortunato se quedó años sin trabajar y se dedicó a la bebida día y noche, deambulando por bares, licorerías y tabernuchas.

Pero más que el desempleo y el alcoholismo, lo que devastó su centro fue la infidelidad de Cuchita Bermejo.

Dicen que murió tras un ataque al corazón, pero algunos sostienen calladamente que una noche de noviembre se encerró en el cuarto de la pensión que alquilaba en Barrios Altos, apagó la luz del único foco de su habitación y se descerrajó un tiro en la sien.

Hay incluso quien dice haber visto su cadáver: una pistola en la mano, la cabeza perforada, un charco de sangre, un batallón de moscas.

En esa reunión de noviembre de 1992, sobre una pared de la sala saltaba a la vista un diagrama trazado con rotuladores de colores.

Era un gráfico de nuestro enmarañado árbol genealógico.

Allí, en la parte superior, podía leerse el nombre de Nicolasa Cisneros.

Alguien, no recuerdo quién, algún tío seguramente, hizo una sucinta mención a ella sin aludir por supuesto a su relación amorosa con el cura Gregorio Cartagena.

Tampoco se dijo nada de Roberto Benjamín .

Se hablaba de su descendencia con la mayor naturalidad, como si la mujer hubiese tenido hijos por sí sola, como si hubiese salido encinta gracias a la brisa andina, a una milagrosa ave salida del río Huallaga o a la intervención de algún arcángel huanuqueño.

Ninguno de los asistentes preguntó quién había sido el esposo de Nicolasa, el padre de sus hijos.

Tampoco yo. Lo poco que se dijo de la tatarabuela entró por mi oído derecho y salió por el izquierdo sin hacer escala en mi cerebro.

Ese día solo tuve clara una cosa: si nos apellidábamos Cisneros, era debido a ella.

Y por primera vez, leve, vagamente, muy por dentro, me pregunte por qué.

Fue distinta mi reacción en julio del 2007, en un almuerzo que congregó a cientos de Cisneros en una finca en las afueras de Lima.

Mi padre llevaba doce años de difunto. Yo acababa de cumplir los veinte y desde hacía un tiempo venía buceando en el archivo sentimental de mis antepasados.

Esa fue una tarde de sol y de cerveza y de mosquitos que acribillaban obligándonos a usar repelente.

Mi tío Gustavo, otra vez de anfitrión, colocó en la entrada unas pancartas o papelógrafos con la evolución actualizada del cada vez más intrincado árbol familiar.

Junto al tronco, como una especie de piedra fundadora o primordial, se veía a Nicolasa.

Era la primera imagen suya a la que teníamos acceso. A muchos nos costó identificarla.

—Ella es Nicolasa, ¿cierto? —le consulté a un pariente canoso.

—Sí, la madre de Luis Benjamín, tu bisabuelo.

—¿Y quién fue el padre? —se me ocurrió indagar.

—¿Cómo? —dijo, mirándome con suspicacia, fingiendo estar sordo.

—El padre de Luis Benjamín. ¿Quién fue?

Sorbió su vaso.

—¿Cómo?, ¿no sabes?

—No. ¿Y tú?

—Sabía, pero ya me olvidé —dijo antes de darse media vuelta.

Aquel hombre canoso era uno de los contados parientes que sabían quién había sido Gregorio Cartagena y que vivían cuidando que ese nombre no se filtrase en ninguna conversación.

Era absurdo, pero también revelador: ciento setenta años después de que el sacerdote irrumpiera en la vida de mi tatarabuela se mantenía vigente el pánico a mencionarlo.

Hasta el tío Juvenal, con quien más confianza y proximidad yo sentía, se abstenía a toda costa de hablar de esos hoyos del pasado.

Las dos veces que lo busqué en su casa para atacar ese asunto específico, me dio largas.

Por eso no me extrañó cuando, años después, el tío Gustavo contó que Juvenal desanimaba sus investigaciones familiares y las recibía con profundo desinterés, como si fueran no un avance sino un despropósito.

Aquella foto de Nicolasa, la única que existe, es una reproducción de una pintura anónima.

El cuadro original —86 centímetros de alto, 65 de ancho— fue parte de los bienes del Banco Industrial y, tras su liquidación, acabó en los sótanos del Banco de la Nación por un veredicto del Instituto Nacional de Cultura.

La descripción en la ficha artística dice: «Retrato de mujer anciana sentada de medio cuerpo».

Hoy esa mujer anciana está colgada en medio de la sala de reuniones del departamento de Negocios del Banco de la Nación, en el piso siete de un edificio ubicado en la esquina que forman Aramburú y República de Panamá.

Desde allí desconcentra a los banqueros con su rictus árido, su nariz afilada, sus labios tiesos, sus cabellos oscuros como el alquitrán.

Su vestido negro lleva prendado un camafeo de nácar y en su índice izquierdo brilla a medias un anillo de zafiro gastado.

Sobre su cabeza se distingue una mantilla idéntica a las que usan ciertas modelos de Goya.

Su mano derecha porta un misal entreabierto.

Casi no tiene cejas. Las mangas blancas de los puños contrastan con el tapiz cerúleo de la silla que la acoge.

El día que fui a ver la pintura le pregunté a un trabajador del banco si alguien del piso siete sabía quién era la mujer. «No sabemos —repuso—, pero se parece tanto a la madre de Pietro Malfitano, uno de los gerentes del área, que aquí le decimos así: la mamá de Malfitano».

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Huánuco, 1824

Pedro y Nicolasa se registraron en el Ejército libertador y aceptaron buscar a Gregorio Cartagena cada viernes del verano de 1824 para que les diera detalles de sus nuevas tareas.

Los hermanos recorrían semanalmente la ruta desde el centro de Huánuco hasta Huácar solo para ilustrarse con los consejos del cura, congraciarse con su amistad y aprender de cómo lidiaba con el hastío y desesperanza de los huanuqueños, que sentían que la emancipación de España, aún después de haber sido declarada, no terminaba de cristalizarse en la vida diaria.

Muchos encontraban en las misas dominicales de Cartagena el aliento que les faltaba y, ante las homilías piadosas pero enérgicas del cura, sentían vergüenza por haber siquiera pensado en abandonar la lucha.