Defensive Desire (Iron Ridge Icehawks Series 4) 18. Capítulo dieciocho #2
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18. Capítulo dieciocho #2

No le va a importar a una mujer como Emma.

No cuando se ha pasado toda la vida teniendo que demostrar que merece un sitio en la mesa.

Cuando la gente ha mirado sus sueños y los ha tratado como pasatiempos.

Cuando ha tenido que abrirse camino entre susurros y miradas de reojo solo para que la tomen en serio.

La miro. La miro de verdad.

Y lo único que puedo pensar es en cuánta razón tiene al estar enfadada. Porque he sido un idiota. He tenido miedo de decírselo y ahora es demasiado tarde.

He gestionado esto como siempre lo hago... intentando cargar con ello solo.

—Lo siento, ¿vale? Emma, no te lo dije... —digo con voz ronca—, porque no pensé que esto pasaría.

—Mentira. Tus hermanos me dijeron que pasa todo el tiempo. Especialmente con los jugadores veteranos.

—No —Doy un paso adelante, clavando mis ojos en los suyos—. No pensé que esto pasaría. Que tú pasarías. Que nosotros pasaríamos.

Parpadea, atónita—. ¿Qué se supone que significa eso?

—Significa... —Respiro de forma entrecortada— que no entraba en mis planes enamorarme de ti, Emma. Pero lo he hecho.

El silencio cae entre nosotros como una bomba. Una que nos deja a ambos en mitad de las secuelas, parpadeando entre el polvo de las palabras que le acabo de decir por primera vez a otro ser humano desde que murió mi madre.

—¿Estás enamorado de mí? —Su voz se quiebra, solo un poco.

Asiento. A la mierda. Ya no hay vuelta atrás.

—Por supuesto que sí. Eres la persona más increíble que he conocido. ¿Cómo no iba a estar enamorado de ti?

Doy otro paso cuidadoso hacia delante, con la voz más baja ahora, pero más segura que nunca.

—Por eso me planto en tu puerta cada maldito día. Por eso te arreglo las estanterías y recorto dichosos marcapáginas para unos niños cuyos padres los tirarán a la basura mientras duermen. Por eso te llevo las bolsas de la compra y te miro con cara de tonto en mitad del maldito desfile de mascotas.

Emma entreabre los labios, pero no sale nada.

—Estoy enamorado de ti, Emma Carter. No lo vi venir. No lo planeé . Pero ahora lo sé, y es de lo único de lo que he estado seguro en meses.

Emma inspira aire como si fuera la primera vez que lo hace en horas.

Y entonces me da un puñetazo en el brazo.

Bueno, no un puñetazo .

Me da un fuerte manotazo en el hombro y masculla algo entre dientes que suena sospechosamente a neandertal con estreñimiento emocional , pero, ahora mismo, lo acepto.

Una lágrima le resbala por la mejilla, pero no se la limpia.

Pruebo suerte y le tomo la cara entre las manos.

—Tú lo eres todo para mí, Emma. No lo vi venir, pero ahora que te tengo, no puedo volver atrás. No lo haré.

Se inclina hacia mí, solo un poco.

—Entonces no vuelvas a dejarme a ciegas nunca más —susurra.

—Jamás —le prometo.

Y cuando la beso, no es un beso suave. Es feroz, desesperado y lleno de cada gramo de arrepentimiento y esperanza que me recorre el pecho.

Porque este es nuestro punto de inflexión.

Esto somos nosotros, eligiéndonos el uno al otro..., pase lo que pase después.

Me separo y Emma me mira durante lo que parece una eternidad, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas.

Entonces algo cambia en su expresión. La determinación sustituye al dolor.

—Sabes que yo también te quiero, ¿verdad? —susurra.

Me quedo sin aliento—. ¿Sí?

Sacude la cabeza, sonríe y me agarra del cuello—. Pues claro que sí.

Sus labios chocan con los míos, hambrientos y desesperados.

Me besa como si me estuviera insuflando vida, como si yo fuera oxígeno y ella se estuviera ahogando. La rodeo con mis brazos por la cintura, pegándola a mí mientras la empujo hacia la cama.

Caemos juntos sobre el colchón, en una maraña de extremidades y ropa a medio quitar. Me tiemblan las manos mientras le quito la camiseta por la cabeza, revelando la piel suave que he memorizado estas últimas semanas.

Pero esto es diferente.

Somos nosotros. Nosotros, finalmente abiertos en canal, al desnudo, siendo un auténtico desastre.

—Eres mía —gruño contra su cuello, trazando un camino con la boca hasta sus pechos—. Lo eres todo para mí. No me iré a ninguna parte mientras tú estés cerca.

Emma se arquea bajo mi cuerpo, hundiendo sus dedos en mi pelo. Su piel sabe a sal y dulzura, y no tengo suficiente.

Elimino las últimas barreras entre nosotros, posicionando mi polla en su entrada cálida y sedosa, observando su rostro mientras empujo hacia dentro.

—Logan —jadea, con los dedos recorriendo mi mandíbula y limpiando las lágrimas que se me han escapado sin darme cuenta—. Te necesito. Todo tú.

Levanta las piernas, rodeándome la cintura, permitiéndome entrar más profundamente.

Me muevo dentro de ella, despacio al principio, para ir subiendo el ritmo hasta que gime debajo de mí. Su coño se aprieta alrededor de mi miembro, sus paredes vibran mientras se acerca al orgasmo.

—Eso es, nena. Córrete para mí —susurro, angulando las caderas para dar en ese punto justo al fondo de su coño—. Deja que te sienta.

Se viene abajo, arrastrándome con ella al abismo. Nos desplomamos juntos, respirando con dificultad, empapados de sudor y temblando.

Después, nos quedamos enredados entre las sábanas, con mi brazo rodeándola de forma protectora. Le doy un beso en el pelo, inhalando su aroma. Todo de ella.

—Pase lo que pase..., te elijo a ti. Siempre eres tú, nena.

Emma apoya la cabeza en mi pecho, trazando dibujos ociosos sobre mi corazón con los dedos.

Por primera vez desde que murió mi madre, siento que por fin me he perdonado por el pasado.

Porque ahora estoy construyendo algo que dura. Algo más allá del hockey. Algo que no se limitará a masticarme y escupirme cuando sea demasiado viejo.

Emma me pasa las manos por el pelo revuelto, susurrando te quiero como si fuera un secreto destinado solo a mí. Al poco rato se queda dormida, con mi sudadera bien apretada alrededor de su cuerpo esbelto, con una respiración suave y acompasada.

La observo, memorizando cada peca, cada curva.

Si esto es lo que se siente con el amor... ningún partido, ningún título, ningún contrato de diez años podría compararse jamás.

No cuando ella es lo único que quiero que me espere al sonar la bocina final.