Defensive Desire (Iron Ridge Icehawks Series 4) 16. Capítulo dieciséis
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16. Capítulo dieciséis

Capítulo dieciséis

Logan

L os neumáticos crujen sobre la grava a medida que el bosque se despeja y la cabaña aparece a la vista.

Levanto el pie del acelerador, dejando que la camioneta avance por inercia hasta detenerse en el amplio claro de tierra y agujas de pino que siempre hemos usado como entrada provisional.

El aire cambia aquí fuera. Es más intenso. Más salvaje.

Huele a pino y a tierra fría, con un toque de humo de leña transportado por la brisa.

Los árboles se alzan altos y orgullosos por todos lados.

Abetos de Douglas que se elevan como catedrales verdes, pinos de azúcar que crujen con el viento, con las acículas brillando por la escarcha del deshielo matutino.

La luz del sol se filtra a través del dosel en suaves cintas doradas, proyectando una luz moteada sobre el capó de la camioneta, el porche y el cabello de Emma cuando se inclina hacia adelante en su asiento para verlo mejor.

Y ahí está.

La cabaña de la familia Kane.

Sigue en pie. Sigue siendo testarudamente, perfectamente imperfecta.

Madera castigada por la intemperie. Un techo de hojalata oxidado con un goteo suave y constante donde el rocío de la mañana se está derritiendo.

La barandilla del porche sigue torcida desde que Cole lanzó una trucha a través de ella durante un concurso de pesca particularmente acalorado, y la vieja mecedora en la que solía sentarse mamá está volcada de lado, medio enterrada bajo un manto de agujas de pino.

Una suave columna de humo se eleva desde la chimenea y el aroma me golpea. Hoguera, savia y el recuerdo persistente de las tortitas de los domingos.

Hogar .

Apago el motor, pero mis dedos permanecen envueltos alrededor del volante un segundo de más.

Emma se gira hacia mí en el asiento del pasajero, con el rostro iluminado por el cálido resplandor de la cabaña.

—¿Es aquí? —pregunta, con los ojos muy abiertos mientras mira por la ventana delantera y una suave sonrisa asoma a sus labios.

Una ardilla cruza corriendo el claro, dispersando piñas. En algún lugar lejano, un cuervo grazna una vez, el sonido es tan agudo y resonante que juraría que todo el lugar contiene el aliento.

—Sí —digo en voz baja—. Es aquí.

Dos figuras salen de detrás de la segunda camioneta aparcada junto a la mía. Llevan neveras en una mano y cañas de pescar en la otra, con las botas cubiertas de tierra roja.

Nate levanta una mano a modo de saludo. Cole ve a Emma e inmediatamente suelta un silbido fuerte y descarado que resuena entre los árboles.

—Bueno, la madre que me parió —exclama Cole, el más joven de los tres—. ¿Mi gruñón hermano ha traído a una mujer ? ¿Y encima es guapísima? Disculpa, señorita, parpadea dos veces si te ha secuestrado.

Se me revuelve el estómago.

De repente, no me siento tan seguro.

Ella nunca los ha conocido. Qué demonios, nunca he traído a nadie aquí. Este lugar no es solo una cabaña… es una puta cápsula del tiempo. Un cementerio de viejas discusiones y recuerdos marcados por cicatrices.

Y ahora… ella está dentro.

La he lanzado directamente al fondo de la piscina.

¿Y si no encaja?

¿Y si sí lo hace?

Nate se acerca primero, alto y sólido como siempre, con la mandíbula sombreada por la barba de varios días del fin de semana y esa expresión indescifrable que siempre pone cuando siente demasiado.

Me da una palmada en el hombro. —Me alegro de que hayas llegado, hermano. ¿Y traes compañía?

—Esta es Emma —digo, rodeando la camioneta hacia su lado mientras ella baja de un salto.

Ella le tiende la mano a Nate, con confianza y calidez. Esa es mi chica.

—Encantada de conocerte —dice Emma sonriendo.

Nate la observa, no con sospecha, sino con ese estilo de evaluación silenciosa de los Kane. —Igualmente —dice él tras una pausa, dándole a su mano un apretón que denota aprobación.

Cole se acerca dando brincos, todo energía inquieta y picardía risueña. Me pasa un brazo por los hombros y luego lo pasa rápidamente a los hombros de Emma como si la conociera de toda la vida.

—No sabía que Logan supiera cómo pescar a una mujer tan guapa —dice—. ¿Estás segura de que estás con el Kane adecuado, ricura?

Antes de que yo pueda gruñir, Emma sonríe con suficiencia y se zafa de su agarre.

—Totalmente segura. Tu hermano es el único en la tierra con paciencia suficiente para aguantarme.

Cole se lleva la mano al pecho como si ella le hubiera disparado. —Herido me dejas.

—¿Sigues siendo el de siempre? —murmuro entre dientes.

—Siempre. —Me lanza una cerveza de la nevera—. Tú, por otro lado… parece que has estado sonriendo últimamente. Apenas te reconozco. ¿Te estás muriendo o algo así?

Me río para quitarle importancia y le doy un empujón antes de pasar mi mano por la cintura de Emma. Se pega tanto a mí que logro oler su cabello sin que mis hermanos se den cuenta.

Empezamos a descargar la camioneta. Emma coge la bolsa de los aperitivos y su petate de fin de semana, y pillo a Nate observándola por el rabillo del ojo. No de mala manera. Solo… con curiosidad.

Y lo entiendo.

Porque viéndola ahora, moviéndose por el claro, con el pelo brillando bajo el sol de finales de la mañana, las mejillas rosadas por el aire de la montaña… me doy cuenta.

Ella encaja aquí.

Como si perteneciera al lugar.

Y solo ese pensamiento me asusta de muerte.

La última vez que estuve en este claro, estaba solo. Enfadado. Todavía afectado por haberme perdido el funeral de mamá debido a una obligación contractual.

Al menos, eso es lo que me dije a mí mismo que era la razón por la que no fui.

Vine aquí y me senté bajo la lluvia durante tres días, empapado y furioso con todo el maldito mundo. Me juré que nunca traería a nadie. Que nunca abriría mi corazón, que nunca compartiría esta parte de mí.

Y sin embargo… aquí está ella.

La mujer más espectacular del planeta, riendo con Cole como nunca nadie lo hace. Se limpia las manos en los vaqueros y se ofrece a ayudar a Nate a apilar leña, recogiendo ramas como si lo hubiera hecho antes.

Cole abre otra cerveza y se la ofrece a Emma. Antes de que ella pueda cogerla, se la quito de la mano y la sustituyo por una botella de agua.

Ella me lanza una mirada cómplice. —¿Qué pasa, es que no puedo estar a la altura de los chicos grandes?

—Hidrátate primero —murmuro, levantando mi propia botella de agua y agitándola—. Atorméntame más tarde.

Ella resopla. Nate levanta una ceja. Y Cole suelta una carcajada como si acabara de encontrar su nuevo deporte favorito.

—Joder, tío. Te vas a arrepentir de haberla traído —me dice con un guiño.

—No —digo, más bajito de lo que pretendo—. Realmente no.

Unas horas más tarde, el sol ha bajado lo suficiente como para volver doradas las copas de los árboles, y el claro ha adquirido ese tipo de resplandor cálido que hace que todo parezca sacado de una postal.

Emma está dentro, dejando su bolsa de fin de semana en la pequeña cama doble de la habitación trasera de la cabaña.

Las paredes están revestidas de pino nudoso y las ventanas están deformadas por décadas de nieve y tormentas de verano, pero la vista del exterior, con el lago apenas visible entre los árboles, compensa cada imperfección.

O quizás solo sea ella.

Pasa los dedos por la colcha de retazos, sonriendo como si se hubiera topado con algún cuento de hadas.

—Este lugar es adorable —murmura, y luego se gira hacia mí con una sonrisa pícara—. Pero… solo hay una cama, ¿eh?

Me encojo de hombros, dejando que mis dedos rocen los suyos mientras me acerco. —Te dije que era rústico.

Ella arquea una ceja. —¿Piensas portarte bien?

Alargo la mano y le doy un azote juguetón en el culo. —En absoluto, nena.

Ella se ríe y le doy un beso en la mejilla antes de volver a salir.

Nate y Cole ya están a la orilla del agua, desenredando sedales como si no hubieran cambiado su técnica desde el instituto.

El lago brilla bajo el sol, todavía tranquilo en algunos lugares y ondulante en otros.

Le entrego a Emma una caña de repuesto, una que siempre guardábamos en el cobertizo para "invitados", y le enseño cómo comprobar la tensión del carrete.

Sus dedos se entorpecen al principio y entorna los ojos ante el sedal.

—Vale. Esto es más complicado de lo que parece —murmura.

Cole, que ya lleva seis cervezas encima y está sumergido hasta la cintura en sarcasmo, grita desde un tronco en el que está encaramado. —Nunca ha sido así de amable enseñándome a mí. Supongo que no parpadeé con suficiente fuerza.

Me coloco detrás de Emma, guiando sus brazos suavemente mientras se prepara para lanzar.

—Todo está en la muñeca. No lo pienses demasiado.

Ella lo intenta, pero el señuelo simplemente cae al agua como una piedra triste.

—Eso era de práctica —dice rápidamente—. El próximo es el de verdad.

Cole se echa hacia atrás dramáticamente, con las manos detrás de la cabeza mientras mira a Nate con una sonrisa.

—Nunca pensé que vería el día en que Logan Kane se convirtiera en un hombre paciente. Míralo, todo tierno y romántico.

—Y aun así puedo lanzarte al lago —le respondo a gritos.

Emma se ríe, y el sonido burbujea entre los árboles como el primer día cálido de primavera.

Intenta lanzar de nuevo. Mejor esta vez. Doy un paso atrás, dejando que se encargue ella sola, y su rostro se ilumina cuando el sedal forma un arco en un bucle perfecto.

— Ahí va —digo, intentando que no se me note lo orgulloso que me siento.

Nos instalamos en un ritmo tranquilo, lanzando sedales e intercambiando historias durante la siguiente hora.

Es principalmente Cole quien cuenta las historias, por supuesto. Ese tío no calla ni debajo del agua.

Ahora está inmerso en alguna versión exagerada de la vez que me caí de bruces al río cuando teníamos trece años.

—Pensé que mamá le iba a retorcer el cuello —dice Cole, sonriendo y dando un trago a otra cerveza—. Apareció en la cabaña empapado con un pez coleando dentro de la camisa.

Emma casi se dobla de la risa, agarrándose el estómago como si no pudiera respirar. —No sé si me fío de vosotros cerca del agua.

—Chica lista —murmura Nate, con los labios temblando en una semi sonrisa.